JUEGOS DE AZAR by Conchi Ruiz Mínguez

5f993bd86c7cfbe8ecec00640e5a8051

Este texto de Conchi Ruiz forma parte del Taller de Escritura j re crivello sobre True Crime. Hemos sustituido la raya de los dialogos por puntos negros Estimado lector, pero Ud no desespere…

La nota escrita destartalada, sin comas ni puntos para descanso de las letras y la asimilación de su lectura decía “estés donde estés daré contigo”

La mano de Lina tembló y soltó el móvil como si tuviera fuego y quemara sus dedos, los ojos fijos en aquel, para ella, infernal objeto que reflejaba el escrito. Cerró los ojos y se dejó caer en la cama, con la respiración entrecortada para aguantar el grito que quería salir de su garganta, de entre sus labios apretados y como un lamento, un murmullo apenas audible, una palabra ¡No!

…///…

Llegó a Londres a la hora en punto, nadie la esperaba porque a nadie conocía todavía, años atrás su trabajo la obligó a vivir allí seis años en los que tuvo experiencias que la hicieron más precavida, más segura de sí misma y a la vez, ejercer su profesión con más intensidad, pero también con más sigilo en sus actos.

Comparar Barcelona con Londres era casi una aberración era como salir de la luz de un bello amanecer y entrar en un túnel oscuro y húmedo. Llegó a sentir odio por la niebla persistente de fondo lo bueno en una gran ciudad, pero también lo menos bueno y trágico.

Subió al taxi que esperaba en la fila del aeropuerto y dio una dirección, pasó la mano por el cristal para despejarlo de la humedad y contemplar el paisaje, sin mucho éxito. El tráfico a esa hora de la mañana era como entrar en un terreno de animales salvajes, sorteando obstáculos, gesticulaciones amenazadoras en los adelantes o cruces, Lina pensaba que jamás se acostumbraría a estos hechos, pero ya los vivía con intensidad e indiferencia.

  • Señora, estamos llegando.

La voz del taxista en un inglés con acento sudamericano.

  • Doble la esquina y pare en el número 46, gracias

Era una puerta grande con un toldo a rayas y una gran alfombra en la entrada allí se cerraban los paraguas y acogían las huellas de los zapatos húmedos. Ya en el ascensor echó un vistazo al espejo y se vio lamentable, los ojos con sueño, adormilados y la tersura de su piel fría agradeció el calor de la calefacción del edificio. Pulsó el botón de subida, quinto piso.

Un pasillo largo con puertas cerradas y cartelitos metálicos indicando lo que en el interior se llevaba a cabo, “Jefatura de Investigación” A su llamada se abrió la puerta con prontitud.

  • Buenos días, soy Lina Carballo, el inspector Dawson me espera.
  • ¡Oh, sí! Buenos días señorita Carballo, tiene una visita ¿le importa esperar?
  • Sí, claro
  • ¿Le apetece un café o un té?
  • No gracias, lo tomé en el avión.

La secretaria asintió con la cabeza y siguió con su tarea.

El mobiliario al estilo inglés con alfombras cubriendo la totalidad del suelo y la mesita del centro cargada de revistas, lo que la hizo pensar que quien iba allí tenía que esperar. Pero no.

La puerta se abrió y en el quicio un hombre no muy alto pero fornido la invitaba a entrar en un correcto inglés.

  • Buenos días señorita Carballo, disculpe que la haya hecho esperar, pero así es este trabajo. Pase por favor.
  • No se preocupe, no ha sido tan larga la espera. Gracias
  • Tome asiento por favor, es un placer conocerla, me han hablado mucho de usted detective Carballo ¿le importa que la llame Lina?
  • En absoluto señor Dawson, también me han hablado de usted y muy bien, por cierto.
  • Gracias Lina, me halaga.
  • ¿Qué desea que haga o cuál es mi cometido aquí en Londres? En Barcelona no me han dado ninguna pista.
  • Verá, usted conoce muy bien Londres, ha hecho muy buenos trabajos aquí de investigación y es una gran colaboradora.
  • Gracias, ahora me halaga usted.
  • No, no me las de, pero esto que la ha traído aquí no es nada fácil, pero hemos pensado en usted porque ha solucionado algunos casos similares, aunque éste es más complicado y estaremos siempre en contacto con usted y colaborando estrechamente.
  • ¿De qué se trata?
  • Estamos tras la pista de un hombre precisamente español, llamado Martín Mederos. Es propietario de un Club de Juegos y de todo lo que este tipo de actividades que se operan en él, me comprende ¿verdad?
  • Lo tenemos vigilado la policía y los detectives, pero es muy resbaladizo y todo parece estar bien y sin ningún problema.
  • ¿Entonces…?
  • Hace un mes aproximadamente apareció un hombre con un tiro en la cabeza en una callejuela cercana al Club. Hicimos una redada, pero no había señales ni huellas que pudieran darnos alguna pista del crimen.
  • Y necesitan un cebo, ¿no es eso?
  • No ha hecho falta explicarle mucho. Por cierto, Lina -abrió un cajón de su mesa y extrajo un sobre- es un cheque porque necesitará algo de ropa, bueno digamos algo más…ligero…más…
  • ¿Sexi?

Lina se levantó de la silla, hizo un gesto provocador y ambos rieron.

  • Cuídese, es usted una mujer encantadora, y esté en contacto con nosotros en todo momento.
  • Lo haré, gracias.

Desde la puerta saludó con la mano y cruzó dos dedos. Sí, era suerte, y mucha, la que iba a necesitar.

…///…

El Club de Juegos era un gran espacio con distintas luces de colores. Los juegos de azar ocupaban la mayoría del lugar y el ruido de las ruletas dando vueltas y más vueltas hasta que un grito de alegría o de rabia de algún jugador rompía tan singular sonido. Las fichas iban y venían y el crupier las iba amontando y animando a los clientes indecisos con esa jerga que sólo ellos conocen, y las gentes envenenadas por el deseo de ganar, aceptaban.

Otras máquinas para jugar en solitario y hasta un ring de boxeo para los que querían medir sus fuerzas que, después de las bebidas, no eran muchas, Lina lo comprobó viendo copas y vasos en la barra del mini bar donde los amantes de los golpes bebían sin medida. Y mujeres jóvenes y no tan jóvenes, pero de buen ver, rondando por todas partes, con vestimentas escandalosamente destapadas, ella había optado por un traje negro con la espalda totalmente al descubierto y unos altos tacones rojos que de vez en cuando le costaba contralar.

Una escalera describiendo eses daba a un piso superior, aún no había subido y esperaba el momento para hacerlo. Sólo vio a una pareja subir, pero no bajar.

  • ¿Nueva aquí? – una voz a su espalda la sobresaltó.
  • Sí, es la primera vez.
  • ¿Y qué le parece?
  • Aún estoy haciendo el recorrido, pero veo que es muy atractivo.
  • Usted también lo es –la voz se hizo más insinuante – Mi nombre es Jules Benson, soy el dueño de todo esto.
  • Mi nombre es Rosetta Pogris – dio un nombre falso.
  • ¿italiana?
  • No, española
  • ¡Oh España, que bella!
  • Tomamos una copa ¿le apetece?

Mientras hablaban lo había estudiado, robusto, cuidada musculatura de gimnasio, frente estrecha y ojos oscuros insondables. La sonrisa parecía haberse helado para siempre en su rostro. Un Al Capone barato.

…///…

Esa noche Lina no podía dormir, demasiadas emociones en los acontecimientos de la noche pasada. Una larga conversación y al final una propuesta “¿quieres trabajar para mí en el Club?”, Su sangre se había helado, pero con una sonrisa inventada tomó un sorbo de batido de fresas y nata haciendo un mohín travieso en sus labios. Había mirado su reloj de pulsera y le tendió la mano en señal de despedida, nunca se había sentido tan mal y en su mente anidó la idea de la renuncia, cosa que jamás habría hecho.

Se levantó perezosamente y en el momento de correr las cortinas se detuvo en seco, dos hombres apoyados en la pared de la acera de enfrente con aparente displicencia.

¿La vigilaban? Sintió un escalofrío por la espalda y dejó la cortina cerrada. El sonido del teléfono móvil la sobresaltó. Miró el número, desconocido, solo el Sr. Dawson sabía dónde estaba ¿por qué ocultar su número si conocía el suyo? Reflexionó unos segundos y marcó un número.

  • ¿Si?
  • ¿Sr. Dawson?
  • Gracias Lina por contestar mi llamada, pero recuerde que sólo yo la llamaré.
  • Lo siento, pero creo que me vigilan, hay dos hombres en la acera de enfrente.
  • Sí, son de los nuestros ¿Cómo le fue en el Club?

Lina hablaba apresuradamente dando detalles.

  • ¿Va a ir esta noche?
  • Sí, dije que aceptaba su invitación, no puedo levantar sospechas.
  • Bien, allí estarán tres detectives más, si se les acercan haciéndole alguna proposición, dígales que no, llevarán un pequeño objeto en la mano para que sepa que son ellos, Fred, Morris y Jean
  • ¿Ocurre algo? –la voz de Lina era angustiada.
  • Sí, ha aparecido otro hombre muerto no muy lejos del lugar del otro y en la mano cerrada tenía una ficha de una ruleta.
  • ¿Qué opina la policía?
  • Están investigando, pero el Inspector Fred en un descuido se apoderó de la ficha, los forenses están estudiando las huellas.
  • Entendido –la voz de Lina era casi un murmullo.
  • Haga vida normal, salga a dar un paseo a pesar de la lluvia, vaya a un restaurante, de compras, lo que quiera, nuestros inspectores la van a seguir por separado, vaya tranquila.
  • Haré lo que me dice, pero llevaré mi pistola en el bolsillo, lo siento, no desconfío de los compañeros, pero me sentiré más protegida.
  • Hágalo, pero recuerde que se juega mucho
  • Lo sé. Adiós.

 

Se quedó mirando un rato el móvil y lo guardó en el maletín de viaje y sacó otro que sólo contenía algunas fotos y temas sin importancia.

 

…///…

 

A las diez de la noche pidió un taxi y dio la dirección del Club, el conductor la miró por el espejo retrovisor y sonrió. Su traje color rojo con su espalda desnuda y los altos tacones del mismo color, un bonito bolso de mano también rojo y el de sus labios.

La sala estaba aún despejada, era temprano. Miró disimuladamente a su alrededor y no vio a Jules Benson. Respiró algo aliviada. Sentada en una mesita en un lugar discreto paseó su mirada a la largo y a lo ancho. Sus ojos se cruzaron con los de un hombre de mediana edad que jugueteaba entre sus dedos con una piedra roja, hizo un esbozo de sonrisa ¿cuál de los tres sería? Al otro extremo y con la barbilla apoyada en la mano, un hombre joven y bien parecido pasaba una piedra color turquesa de dedo en dedo con agilidad, justamente en una mesa casi pegada a la suya, otro hombre con vaqueros y chaqueta azul metía y sacaba una piedra blanca en su vaso vacío ¡Estaban los tres! ¿y ahora qué? Tocó su bolsito y notó la forma del arma.

  • ¡Rosetta, has venido, gracias!
  • Le dije que vendría señor Benson
  • Por favor, llámame Jules, creo que vamos a ser buenos amigos.

Lina no dijo nada, una sonrisa helada desdibujó sus labios carnosos.

  • ¿Te gusta la ruleta Rosetta?
  • No he jugado nunca.
  • Pues vas a aprender y te doy la primera lección – y soltó una pequeña carcajada – verás, yo te indico una persona que gana siempre, te colocas detrás de él y aplaudes sus éxitos. Cuando tenga una gran cantidad de dinero, bueno son fichas, te hago una señal y le dices al oído si te quiere acompañar, fíjate en las demás chicas que están tras dos o tres jugadores a ver quién tiene más suerte, entonces le propones que te invite a una copa porque le has dado suerte y cuando estén en el mini bar, le dices que necesitas ir a la toilette y ya no te preocupes de nada más. ¿Qué te parece?
  • Espero saber hacerlo. Nada más.
  • Después sube las escaleras y me esperas allí, va a ser hermoso.

Lina se estremeció, pero se mantuvo lo más serena que pudo.

  • Ahora te dejo porque tengo que preparar algunas cosas. Le cogió una mano y se la besó.

Lina sintió como si una víbora la hubiese picado.

En una servilleta escribió “atentos a cuando yo suba la escalera”

Saltó del taburete y la dejó sobre la mesa del detective de la piedra azul, éste a su vez y con calma, con un cigarrillo colgando de los labios, la dejó en la mesa de la piedra roja, al momento iría a parar a la mesa de la piedra blanca. Lina volvió al taburete y pidió una piña colada.

Estar detrás de un desconocido y poner su mano en el hombro le repugnó, eso sí era un juego sucio y había entendido para lo que era y puso las dos manos.

No había pasado más de una hora cuando las fichas ganadoras se amontonaban delante de aquel hombre que enloquecía y sudaba de alegría cuando el crupier cantaba sus fichas y decía “el juego ha terminado señoras y señores”.

Aquel hombre fue directamente a cambiar sus fichas por una gran cantidad de dinero. Se tomó una copa y ella rechazó su invitación. Creía conocer su destino.

Subió las escaleras con rapidez y los tres inspectores se levantaron de las mesas y también subieron los escalones de dos en dos. Varias puertas cerradas bajo una luz débil e insinuante, olor a incienso. Lina apoyó su espalda en la baranda y los detectives entraron en una de las habitaciones a oscuras.

De pronto y algo agitado llegó Benson.

  • ¡Lo has hecho muy bien pequeña, pero ahora tú y yo vamos a disfrutar de la noche!

Lina tembló al notar su mano sobre la suya y apretó con más fuerza el bolsito que transportaba el frio del arma.

La luz al ser encendida la deslumbró y dejó a la vista una habitación decorada al estilo chino, cojines, lujosas estrellas, lámparas y una cama con una colcha dorada que arrastraba por el suelo.

A lo lejos y cada vez más cerca se podían oír las sirenas de ambulancias y coches de la policía. Lina supo que el hombre ganador estaba tirado en la calle con un tiro en la cabeza.

  • Desnúdate Rosetta. ordenó.
  • ¡No, jamás lo haré ni me poseerás, asesino!
  • Estás loca zorra –la segunda bofetada no le llegó, tres hombres entraron en la habitación, cada uno de ellos con una pistola en la mano y Lina tenía la suya.

Fred hizo una llamada telefónica.” El pájaro ya está en la jaula”

Martín Mederos, alias Jules Benson, fue condenado a cadena perpetua. Desde la cárcel no podría amenazarla.

Por la ventanilla del avión la lluvia caía intensamente. Todo había terminado, cerró los ojos y un rayo de sol la despertó. La voz de la azafata en ese momento decía “bienvenidos al aeropuerto del Prat”.

 

 

By Conchi Ruiz Mínguez

 

Pacto de silencio by Mel Gómez

58aa0ae8674dfa061f69c6055f5869b4

Este texto está escrito bajo las pautas de True Crime para el Taller de Escritura j re crivello

 

12 de marzo de 1989. Un grito aterrador de un niño interrumpe la madrugada. Luego silencio.

Hacía un mes que Iliana y Federico se habían separado. Ella era muy joven, casi una niña cuando se casaron.  Él ya tenía su carrera, trabajo y no quiso esperar más. Iliana era muy hermosa. De cabellos rubios y revueltos de tanto estar en la playa, su juvenil piel dorada y su figura grácil llamaba la atención de cualquier hombre que se cruzara en su camino. Federico la quería para él y le prometió una vida sencilla para empezar y con mucho esfuerzo levantarían su familia y un pequeño negocio del que se encargaría ella.  Poco tiempo después recibieron al primer niño, vivo retrato de la madre. Dos años después la niña, de cabellos oscuros y piel de nácar, delicada como una rosa.

A los cinco años de matrimonio, ya la relación estaba maltratada, herida de muerte. Iliana estaba cansada de jugar a la casita a los veintidós años. Amaba a sus hijos, pero estaba hastiada. Le faltaba vivir. Se aburría. Añoraba sus días de playa, sus amigos y fiestas. Deseaba de nuevo su libertad.  Federico intentó renovar la ilusión comprando una casa para la familia. Los niños subían y bajaban las escaleras corriendo, escogiendo cuál sería su habitación. Inocentes de todo lo que sucedía entre sus padres, no tenían idea del giro súbito que tendrían sus cortas vidas.

El 2 de enero de 1989, se firmaron los documentos de la propiedad. Tomaron un camión de mudanzas, lo llenaron de cajas y pertenencias para irse a habitar la nueva casa. Federico tenía que trabajar más e Ileana no resistió más. Salía a la calle y se paseaba con sus hijos, ante los ojos curiosos de sus nuevos vecinos, para volver al encierro de aquellas cuatro paredes que la asfixiaban. Cada día su frustración era mayor y los argumentos con Federico se hacían cada vez más insostenibles. No quería seguir en aquel matrimonio que le robaba sus mejores años y así se lo dijo a su esposo, sin más. Él le pidió que estuvieran separados por algún tiempo, tal vez así podría extrañarlo y reparar lo que parecía estar roto, pero Iliana estaba convencida de que su deseo era terminar con ese error que solo le trajo dos cosas buenas: sus hijos.

De este modo, poco más de un mes de mudarse a la nueva casa, cada cual se fue por su lado, aunque ninguno de los dos puso documentos de divorcio en la corte. Ella porque no tenía el dinero y él, porque no tenía el deseo. Federico iba a buscar a sus hijos durante el fin de semana para compartir con ellos. En esos días vivía con sus padres y era allí donde los llevaba a pernoctar. Sostenía la casa donde vivía Iliana con los niños, por lo que el dinero no le sobraba para rentar un piso para él. Los abuelos gozaban de los nietos, pero no podían evitar interrogarlos acerca de lo que sucedía en la casa de la madre. De ese modo se enteraron que Iliana salía con varios amigos y amigas y que hacía fiestas hasta altas horas de la madrugada en las que bailaban, tomaban licor y se ponían «graciosos».

—Federico, tienes que ponerte en vela. No sabes quién entra a esa casa. Allí están tus hijos, sobre todo hay que tener cuidado con la niña, ya sabes… —aconsejaba la madre preocupada.

—Esa mujercita nunca me gustó para ti, hijo… Pero es que te encaprichaste con ella y ya se te metió entre ceja y ceja y no escuchaste consejos. Esto se venía venir —argumentaba el padre.

—No me digan más, ni les estén preguntando a los niños. Quiero llevar esta fiesta en paz. Si no hay nada que hacer, pues tendré que entender. Además, Marcia y Enrique, los primos de Ileana van a menudo y la visitan. Dicen conocer a toda esta gente… Los nuevos amigos de Iliana. Dicen que no pasa nada extraño, que son vecinos de la calle. Yo solo tengo que ocuparme de mis hijos. Este fin de semana vienen y por favor, no los interroguen.

Federico llegó a las seis de la tarde del viernes 10 de marzo de 1989 a buscar a sus hijos. Llevaba el sobre de la manutención, que le entregó a Iliana. Los niños salieron con sus mochilas de ropa y alegres abrazaron y besaron a su padre. Luego se subieron al auto despidiéndose de la madre con sus pequeñas manitas a través del cristal de atrás del auto.

—Los traigo el domingo… A las seis —dijo retrasándose unos segundos, esperando que ella dijera lo que nunca dijo: que lo amaba, que se quedara, que volvieran a empezar.

Ese fin de semana salieron a la feria el sábado y el domingo 11, fueron a un cumpleaños de una primita paterna en la playa. Corrieron, hicieron castillos de arena y de cuando en cuando se metían en los brazos del amoroso padre. Este los recibía y se preguntaba por qué tenía que devolverlos. No entendía por qué tenía que renunciar a ellos y conformarse con verlos solo los fines de semana. Era tan injusta esta ley. Se daba cuenta de que cada vez que los veía se había perdido parte de sus vidas que jamás iba a poner reponer. Ambos crecían día a día, venían con historias nuevas, palabras que no los había oído decir antes. No era él quien quería romper el matrimonio, pensaba, era ella. ¿Por qué él tenía que sufrir las consecuencias? Sintió rabia, algo en él cambió. Empezó a sentir rencor hacia la mujer que tanto había amado.

Esa tarde tenía que devolver a los niños. Por su cabeza pasaban todo tipo de pensamientos, su amor derrotado, lo injusto que era todo. Cuando llegó a la casa se bajó para entregar a los niños que felices besaron a su mamá y entraron corriendo a la casa jugando.

—¿Podemos hablar? —preguntó.

Ileana atravesó los ojos, molesta.

—¿Otra vez? ¿De qué quieres hablar? Yo creo que está claro todo entre nosotros.

—Pues sí, entre nosotros sí, pero no en cuanto a los niños.

—¿Qué con los niños?

—Yo tengo claro que me has dicho mil veces que no me amas, que esto fue un error y que quieres el divorcio. Pero, ¿por qué razón si eres tú quien quiere romper este lazo, te quedas con los niños? ¿No dices que quieres tu libertad? ¿No serías más libre si me los dejas? Ellos son mi vida.

—No… Los niños se quedan conmigo.

—¿Por qué? Porque te toca la casa y la manutención, ¿no es así?

—No es eso, son mis hijos. Yo los parí.

—Ileana, sé justa. Mira, si quieres sigo pagando la casa y una manutención para ti por un tiempo, mientras consigues un trabajo, estabilidad.

—No. Ya te dije que no. ¿Y quién te dio esa idea? ¿Tu papá o tu mamá?

—Ninguno de los dos… Solo pensaba mientras los miraba jugar en la playa —respondió melancólico—. Bueno, te veo en dos semanas —se despidió derrotado.

 

«14 de marzo de 1989.  Una madre y sus hijos de cinco y tres años fueron asesinados a puñaladas. Ileana Barbosa Fred fue encontrada desnuda en una bañera en el segundo piso de su residencia. Los cuerpos de los niños fueron conservados en un refrigerador y congelador del hogar. La escena era una espeluznante para los agentes que llegaron a investigar una vez que recibieron varias llamadas de los vecinos debido al olor fétido que provenía desde la residencia. Se cree que el asesinato ocurrió hace dos días según el resultado de la autopsia y el estado de descomposición de la madre. Los cadáveres de los niños se encontraban conservados, él de la niña tuvo que ser descongelado antes de hacerle la autopsia», Diario del Ojo Visor.

 

Federico supo de la noticia cuando lo llamaron los investigadores ese terrible miércoles, 14 de marzo. Creyó enloquecer. Se presentó a la residencia, quería entrar, pero no lo dejaron. Las noticias presentaron su imagen desesperada, mientras el padre de Iliana lo amenazaba de muerte por aquel terrorífico acto. Todo era confusión en su mente, no creía lo que pasaba, estaba en otra dimensión, un sueño horrible del que nunca despertaría. En el principio fue el principal sospechoso, pero pronto los agentes lo descartaron. A la hora de los asesinatos, estaba en la casa de sus padres con unos amigos viendo películas y boxeo. Más de diez personas podían corroborar esta versión.

Por otro lado, notaron que existía un código de silencio entre los vecinos de la calle donde ocurrió el asesinato. Al principio nadie hablaba. Nadie quería ayudar a las autoridades, después de todo, apenas conocían a la joven madre ni a sus hijos. Luego una vecina que vivía al final de la calle, a una distancia prudente, indicó que la madrugada del lunes —cuando se creía que habían ocurrido los asesinatos—, en la casa de Ileana había música muy fuerte. La vecina inmediata, dijo que no escuchó nada, que la casa estaba en silencio. Otros decían que habían escuchado el llanto de un niño. Una anciana dijo que el martes por la noche vio un hombre saltar el muro de la entrada, entrar a la casa y salir en su auto, pero no podía dar más información porque en la oscuridad no se veía bien. Eran tan contradictorios los testimonios que los fiscales comenzaron a amenazar a los posibles testigos. El pueblo estaba rabioso y alguien tenía que responder.

Temerosos por los interrogatorios y las amenazas de los fiscales, dos hermanos, menores de edad —Luisa (15) y Antonio (14)— fueron a la Fiscalía de Distrito y la muchacha declaró lo siguiente: «El domingo estábamos en casa de Ileana, escuchando música y bailando. A ella le gustaba mucho bailar. Bebimos bastante. Ya sé que no se supone que mi hermano y yo bebiéramos, pero estábamos allí, cerca de nuestra casa. Al rato llegaron dos vecinos mayores que nosotros. Comenzaron a bailar con Ileana, pero uno de ellos la tocó de una forma que ella no le gustó. Vi que ella se puso muy seria y dijo que iba al segundo piso a ver si los niños dormían. La vi subir las escaleras. Unos minutos después los vi subir también. Me asusté mucho y le dije a mi hermano que nos fuéramos».

 

El 16 de junio de 1992 se llevó a cabo el último día del juicio contra los acusados.

—El grito aterrador de un niño interrumpió la madrugada. Luego el silencio —declaró un testigo.

En el suelo de la cocina la criatura se desangraba sin socorro —declaró el detective—. Las huellas iban desde el primer al segundo de la vivienda, la niña dormía en un charco de sangre el sueño eterno sobre la cama. Luego ambos cuerpos fueron puestos en el refrigerador, el niño; la niña, en el congelador —concluyó.

—Ellos dos —dijo señalando con el dedo a los acusados— luchaban con Ileana, que se defendía y él le pegaba en la cara. Ella parecía no creer lo que estaba viviendo. Una bestia la acariciaba lujuriosamente y el otro observaba y callaba. Yo los vi y le dije mi hermano que nos fuéramos —declaró Luisa, siendo su testimonio confirmado por su hermano.

Esa fue la historia final con la que condenaron a dos hombres que aun comenzaban la vida, tres horas después de que concluyeran las presentaciones del fiscal y la defensa. Solo ellos sabían la verdad.

Por veintiocho años los condenados reclamaban su inocencia y pidieron que se revisara su caso a la luz de las nuevas pruebas científicas —DNA mitocondrial*—, que para cuando fueron convictos no existía. Sabían que en la autopsia encontraron vello púbico en la ropa interior de Ileana. Estaban seguros de que no eran de ellos. Nunca estuvieron en la escena. Solo aquella muchachita los había puesto allí, quién sabe por qué. Sus razones eran un misterio para ellos. Los resultados llegaron y fueron develados en una vista el 14 de septiembre de 2017. El vello púbico no pertenecía a ninguno de los convictos. Pertenecía a alguna persona relacionada con la víctima por vía materna. La juez ordenó un nuevo juicio.

 

En la madrugada del lunes 12 de marzo de 1989, Enrique llegó a la casa de su prima.

—Me extrañó que tuvieras la luz encendida a esta hora —dijo—. ¿Está todo bien?

—Sí. No podía dormir. ¿Y Marcia?

—Discutimos un poco y salí a dar una vuelta.

Ileana abrió la puerta confiada y le ofreció un café. Él no quiso tomar nada, pero pidió permiso para ir a ver a sus sobrinos.

—Están dormidos —respondió la madre.

—Solo un momento.

—Está bien. Solo un momento —Y subió las escaleras.

 

En la noche del martes 13, Enrique saltó el muro de la entrada. Subió corriendo las escaleras y se quedó viendo el cadáver de Ileana: hinchado, putrefacto. Lloró. ¿Por qué no pudo ser amable con él?, pensó. Volvió sobre sus pasos hasta la cocina. Abrió el refrigerador y el congelador. Allí seguían los cuerpecitos sin vida de sus sobrinos. Tomó el cuchillo con el que había acabado con las vidas de la madre y los niños. Lo olvidó. Ahora nadie sospecharía de él, jamás.

El 12 de noviembre de 2019, la Corte Suprema declaró que, aunque la prueba determinaba que el vello púbico no pertenecía a los convictos, ese solo hecho no ameritaba un juicio nuevo y denegó la oportunidad de probar su inocencia a los dos hombres que llevaban más de veintiocho años cumpliendo sentencia de por vida por unos delitos que tal vez no cometieron.

 

Notas:

*El ADN mitocondrial se puede extraer de cabello, huesos y dientes. Los restos antiguos y no identificados se pueden comparar a los perfiles del ADN mitocondriales de supuestos parientes maternales disponibles.

*La forense que hizo las autopsias declaró que no había golpes en la cara de Ileana y que quien asesinó a los niños debió ser alguien conocido, pues no hicieron nada para defenderse.

 

El caso del taconazo en San Roque de Baladona by Mel Gómez

ba08be57a6795c65f063708eee183b8d

Desperté a eso de las tres de la mañana con la boca seca y desnuda. Había bebido tanto la noche anterior que apenas recordaba qué había hecho. Desde que Cecilia me había abandonado —ella se quejaba de que el trabajo lo era todo para mí—, tomaba casi todas las noches. Y digo que casi todas, porque cuando estaba inmersa en mi trabajo apenas bebía ni agua. Hasta Espalader —mi jefe—, me había hecho un acercamiento por el hedor a alcohol que expedía en algunas ocasiones, pero como estaban las cosas ni siquiera eso me importaba. Yo, la super eficiente detective Emilia Iceta me había tirado al desperdicio por causa del amor.

Miré intuitivamente el móvil. Francisco Martínez —mi compañero—, había dejado varios mensajes de texto para que me comunicara de inmediato. Lo cierto es que más que un compañero era un amigo. Hasta teníamos los mismos gustos: rubias de piernas largas y senos enormes. Era mi paño de lágrimas desde que mi relación terminó, se las ingeniaba para taparme de Espalader y de todos en la comandancia. «Hoy por ti y mañana por mí», con esa frase cliché me subía en el primer taxi hacia mi fabuloso apartamento en San Roque de Baladona.

Cuando solicité empleo en Barcelona, Cecilia estaba feliz. La pobre tenía una idea romántica de la ciudad. Se imaginaba caminando por las Ramblas, por el Barrio Gótico o por el de Gracia, fabulosa con su melena rubia y sus tacones rojos. Cuando supo que iríamos a San Roque le dio un ataque. Que no quería vivir entre gitanos, que eran gente de poca monta, asesinos y violadores. Le expliqué que precisamente por todas estas razones estaba abierta la plaza de detective y que pagaban bien. La convencí con la promesa de que en pocos años me ascenderían y podríamos mudarnos a un lugar mejor. Pero ella no tuvo paciencia y al pasar el primer año se fue alejando, ya no sentía lo mismo.

Luego de ir al baño y pasar por el refrigerador por una cerveza marqué a Francisco.

—¿Qué diablos te pasa que llamas con tanta urgencia? —reclamé.

—Emilia, estamos aquí en la escena de un asesinato. Espalader pregunta por ti. Le dije que estás en uno de esos días y que no te sentías bien. Así es que, si hueles a alcohol te recomiendo que te des un baño, te laves bien la boca con antiséptico y vengas ahora mismo.

La urgencia en la voz de mi compañero fue suficiente para despabilarme. Seguí sus instrucciones al momento y me presenté a la dirección que me había indicado. Cuando llegué ya habían acordonado el perímetro y podía verse los gitanos arremolinados alrededor de la escena. Con dificultad me hice paso entre ellos. Francisco alcanzó a verme y acudió a mi rescate.

—¿Qué ha pasado? ¿Quién es el muerto que hay tanta gente alrededor? —pregunté.

—Los gitanos están tratando de averiguar si es uno de ellos —respondió Francisco.

—¿Y es? Porque de ser así…

—No, no es. Es una turista polaca.

—Ah, que bueno… Bueno, ya sabes a lo que me refiero.

—Sí, sé. No estamos como para una venganza gitana.

—¿Qué pasó entonces?

—El esposo cuenta que una prostituta se le acercó y que él le dijo que no estaba interesado, pero la mujer insistía. La esposa se mortificó y llamó a la mujer aparte, pero que no se sabe qué le dijo. Entonces la prostituta enfureció, se quitó un zapato y le propinó un golpe tan fuerte que el tacón se le quedó incrustado en el ojo.

—¡Auch! Me dolió… ¿Alguien más ha dicho algo?

—Nadie. Sabes cómo son, herméticos.

—A ver por dónde empezamos —dije caminando hacia el afligido esposo—. Señor…

—Borzym…—contestó en perfecto español.

— Mi nombre es Emilia Iceta, soy la detective a cargo de la investigación del asesinato de su esposa —me presenté extendiéndole la mano.

—¿Usted? Pensé que era el otro…

—Sí, trabajamos juntos, pero a veces yo dirijo y otras él. Así dividimos equitativamente los casos. Claro, si no tiene usted objeción.

Muchas veces me daba cuenta de que las perjudicados tenían más fe en el detective masculino. Me divertía enfrentándolos a sus prejuicios y verlos nerviosos, tratando de aclarar que no tenían preferencias. En fin, que obviaban el sexto sentido femenino el cual no solo yo, sino Espalader y Francisco, consideraban uno de mis mayores activos.

—No, claro. No tengo ninguna objeción —contestó el señor Borzym.

—Bien, entonces vayamos a la comandancia para hacerle algunas preguntas. Le veo allá.

Subí a mi vehículo y le pedí a uno de los agentes que llevaran al esposo de la mujer asesinada a la delegación. Cuando llegó lo llevé a mi oficina.

—¿Desea café, té, o algún refresco?

—Un poco de té, por favor.

Borzym era un hombre alto, de cabello y ojos castaño claro. Me daba la impresión de que estaba demasiado tranquilo para lo que había vivido hacía solo unas horas. Tan pronto le trajeron la bebida se quedó mirando el fondo de la taza.

—¿Se siente mejor? —pregunté para romper el hielo.

—Sí… creo que sí.

—Señor Borzym, ¿había visto a la mujer que agredió a su esposa anteriormente?

—No creo.

—¿No cree? ¿Cómo debo interpretar su contestación?

—Es que he visto varias que se le parecen. Las gitanas se parecen mucho unas a las otras.

—O sea, que usted identifica a la mujer como gitana.

—Estoy casi seguro, podría decir.

—¿Podría identificarla si la ve?

—Tal vez…

—¿Me podría dar alguna descripción?

—Cabello largo, ojos oscuros, piel cobriza. No muy alta…

—Ya veo, así son casi todas. Tiene razón —. ¿Alguna cosa que la diferencie de las otras?

—No que yo lo notara.

Sabía que Francisco y Espalader miraban a través del cristal de visión unilateral, de manera que luego podíamos intercambiar ideas sobre lo que el interrogado declaraba.

—¿Tenía usted alguna razón para asesinar a su esposa?

—¿Qué? ¿Cómo me hace esa pregunta? ¡Yo soy la víctima aquí!

—En casos de homicidio siempre hacemos esta pregunta, señor Borzym. La pareja sentimental es el primer sospechoso. Es rutina, ¿usted entiende?

—Entiendo, pero no me agrada. ¿Ya puedo irme o es necesario que llame a un abogado?

—Puede irse, por supuesto. No está arrestado.

Lo vi irse nervioso, inquieto. Más de lo que estaba cuando lo vi por primera vez. Unos minutos después Francisco entraba en mi oficina.

—El tipo pidió hablar con Espalader.

—Eso ya lo esperaba.

—Es que se la has metido sin vaselina.

—Lo sé —contesté—. ¿No te pareció que estaba muy tranquilo en la escena del crimen? No se le salió ni una lágrima.

Francisco se quedó meditativo. Siempre decía que no todo el mundo reaccionaba igual. El tío era polaco, pero por más sangre fría que fuera habían asesinado a su esposa y en su presencia. Llamé a García para que me diera los resultados de la autopsia en cuanto fuera posible. También a Rodríguez del laboratorio para prueba de huellas, DNA, fibras y cualquier cosa que pudiera ayudar con el caso. Estaba segura de que algo habría en el bendito zapato que pudiera dar luz sobre este asesinato.

Po la mañana salí con Francisco a visitar el barrio gitano. Tocamos muchas puertas, pero como siempre, nadie nos daba razón. Una anciana —vestida con traje de colorines y una bandana en la cabeza—, nos dijo que estaba harta de las muertes en el vecindario.

—Los turistas pasan a vernos como si fuéramos animales de feria. Critican nuestra cultura, cómo vivimos la vida, pero siempre buscan una leída de manos o una tirada de cartas para que le adivinemos el futuro.

Ya no se podía vivir en paz, se quejaba sobrecogida. Decía que si era de los Baltasares el lío iba a ser mayúsculo.

—¿Qué le hace pensar que esto tiene que ver con los Baltasares?

—No… nada —contestó como si se diera cuenta de que había abierto mucho la boca —. ¡Ah! Ya para qué… Se dice que la gitana es de ese clan. Nadie puede tocarla.

Con esta aseveración dejamos a la anciana. Por lo menos una pista, aunque fuera ínfima, pero algo tendríamos para trabajar y callar a Espalader por un rato. La verdad es que no es fácil manejar a los gitanos, sobre todo a los Baltasares. Son bravos, vengativos, se protegen unos a los otros, pero esto de no poder tocarles… Veríamos.

Nos dirigimos al jefe del clan y le comentamos que teníamos una pista sobre el homicidio de la polaca y que pensábamos que la mujer envuelta podía ser parte de la familia.

—¿Una Baltasar prostituta? ¿Sabe lo que dice detective? —preguntó el hombre indignado.

—Es lo que me han sugerido. No tengo nada en contra de su clan. La verdad es que prostitutas hay en todas partes. No discrimino, señor —observé.

—Si fuera uno de los nuestros el muerto, ustedes no tendrían que estar aquí. La justicia gitana no es como la suya, es un muerto por un muerto. Pero como la mujer que falleció era polaca, no es asunto nuestro.

—Pero sí nuestro y si alguno de ustedes está involucrado, pronto lo sabremos —concluí antes de irnos.

Francisco estaba con la mente en otro lado durante todo el intercambio que tuve con el jefe de los Baltasares.

—¿Qué pasa contigo? ¿Estás dormido? ¿Enamorado?

—Estoy pensando en una mujer preciosa que conocí hace poco.

—¡Ajá! Hace ratito que nadie te mueve el piso. ¿Y cómo es? ¿Rubia, de piernas largas y senos enormes?

—Para que sepas, no. Rompe todos mis esquemas. Quedé en irla a ver esta noche a la discoteca Nirvana. ¿Quieres ir?

Hacía mucho que no me daba una vuelta y estaba encerrada en mí misma. Quizá ya era tiempo de olvidarme de Cecilia. Más o menos a las diez entramos a Nirvana. Nos sentamos en la barra y pedimos cervezas al barman. Francisco me dijo que iba al baño y yo me quedé sentada mirando el ambiente. Pasó como media hora y moría de aburrimiento. Al ver que no regresaba decidí ir a buscarlo para despedirme. Lo encontré en la oscuridad, pegado a la pared, besando a una mujer. Supuse que era de quién me había hablado.

—Francisco —lo llamé —, me voy.

—Espera Amelia, quiero presentarte a Adriana, mi chica.

La miré en las tinieblas y ciertamente no era del tipo nuestro, pero si a él le gustaba era todo lo que importaba. La saludé con un gesto de la cabeza y me despedí. Al día siguiente llegué temprano y todo el mundo lo notó. Me di cuenta de que había dejado mi trabajo abandonado por mucho tiempo. Sin embargo, este caso, tenía algo enigmático.

Francisco llegó más tarde. Le pregunté cómo le había ido con Adriana.

—Es una chica difícil —contestó.

Difícil podía significar cualquier cosa. No quise preguntar más. Cuando él quisiera me daría más detalles. Me puse a leer los datos del caso y los agentes que llegaron primero a la escena reportaban que los testigos no podían describir muy bien a la mujer, pero que les parecía gitana. Pasé el día leyendo apuntes y esperando por la autopsia.

—¿Qué vas a hacer esta noche? —pregunté a Francisco.

—Pues nada —contestó—. Esta noche no veré a Adriana. Es un poco complicada. Quiere tocarme, hacerme sexo oral, pero dice que no quiere perder su virginidad. En esta época, ¿no te parece raro?

—Un poco, sí… —dije sin darle mucho pensamiento.

Eran las siete de la tarde cuando salí de la comandancia y alcancé a ver a una mujer que me pareció Adriana. Llevaba un vestido ajustado, el pelo rizado y mucho maquillaje. Tenía los senos muy grandes, como si se los hubiera hecho. No la saludé porque no estaba segura.

—Hola —dijo ella.

—Adriana, perdona —contesté—. No te reconocí.

—¿Y Francisco?

—Ya sale.

Seguí caminando hacia el aparcamiento. Saqué un cigarro y lo encendí. Mientras echaba una bocanada mi mente echó a correr. Adriana era muy bonita, pero su voz era algo ronca. Ahora entendía su negativa para tener sexo. Decidí regresar, pero ni ella, ni Francisco estaban. En eso llamó Rodríguez para indicarme que ya tenía las pruebas de laboratorio. El DNA del zapato era de hombre. A la señora Borzym la asesinó un transexual y gitano.

Salí a toda prisa en mi auto al apartamento de Francisco. Subí los cuatro pisos de escaleras corriendo. Me faltaba el aire cuando toqué la puerta. Enseguida abrió.

—Amalia, tienes que entrenar más a menudo.

—¡Estúpido! ¿Estás solo?

—No. Estoy con Adriana.

—Adriana es hombre —susurré.

—Ya lo sé. De eso estábamos hablando cuando llegaste.

—Es que Rodríguez me ha dicho que el asesino de la polaca es hombre.

—Ya. Y tu piensas que es Adriana.

De la sala salió la peculiar voz ronca de Adriana.

—No he sido yo, pero puedo ayudarles. Conozco a todos los transexuales de mi comunidad.

Accedí a la ayuda de Adriana. Ella conocía bien a San Roque y supuse que no eran muchos los transexuales de los alrededores. Dos días después llamó con la información vital para la resolución de este caso. El señor Borzym no era del todo inocente. Por varios meses había sido amante de un gitano transexual llamado Gypsy. Había conspirado con él para llevar a su esposa al barrio y de este modo no ser sospechoso. Cuando los capturaron, Gypsy estaba vestido de hombre y a punto de dejar Barcelona hacia Polonia.

Francisco está feliz con Adriana. Me ha dicho que ya han superado lo de las relaciones sexuales. Hoy recibí una llamada de Cecilia. Dice que quiere reunirse el viernes conmigo en el Nirvana. No sé. Creo que ya no me interesa.

6 condiciones para escribir un relato de True Crime -by j re crivello

 95ec8a3cba6be658c0a3ac5dcbc37464

¿Quiere escribir un relato de serie negra?

No se encandile con historias cálidas y llenas de amor, diríjase al precipicio de un acantilado, ponga sus dos pies en la mitad de donde finaliza la tierra y aparecerá la certidumbre de estar protegido, y percibirá un cierto desequilibrio, el viento le empujará suave y si mira debajo el vacío le atraerá. Ahora está en condiciones de escribir un relato con tanta chispa que decidirá terminar rápido para regresar a su confortable sofá burgués.

Ya en su casa, imagine que hay tres motores, o es amor, o sexo, o dinero. La mayoría mata por esas dificultades de la vida. Los psicópatas lo hacen porque les viene en gana. Pero Ud. tiene lectores y ellos quieren escenas de intriga en las cuales el sexo se active y les atraiga a ese territorio de acidez. Otros se decantan por el amor. A veces matamos por no ser correspondidos, por vengarnos de que ella o él están diciendo todo el día: ¡me gustaría vivir esa vida! Buscan un señuelo de pareja que le haga fantasear con noches de barro bajo la lluvia.

Una vez listo, le propongo el método j re crivello. Y… ¡Suerte!

1-Tres motores que deben ser explotados, el amor y el sexo y el dinero. O todos a la vez.

2-El detective puede desdoblarse en una dupla de hombre y mujer y con ello aparece una tensión emocional entre ambos que obliga al lector a distraer sus intuiciones siguiendo aquella atracción fatal.

3-Las situaciones banales o de ironía cómica corroen el relato y permiten digerir los momentos en que el texto necesita un breve descanso.

4-No insistir en el asesino en serie, un buen crimen se basta para tener al lector metido en la intriga.

5-Es recomendable escribir por el sistema de Escenas de Lakin, con ello no damos pistas del suceso antes, con ello acercamos al lector al estilo televisivo y cada capítulo es una manera de contar lo que investigamos.

6- La escenografía. Cada asesinato o crimen tiene un espacio: puede ser una ciudad de provincias, una zona de mucho frio o calor, unos bares difíciles de encontrar. Con ello hablaremos de las rutinas que nos guían, y esos son paisajes que todos transitamos.

 

¿Qué tienes Harrys? by Awilda Castillo

95b18ad7bea5299576ac9cec735b7f94

Son pasadas las 20:00 horas, Barcelona sacudida por un ataque terrorista. Las Ramblas son noticia a nivel mundial. Toda la policía de la ciudad y el resto de los cuerpos de seguridad en alerta máxima, un despliegue sin igual ante el asfixiante temor que embarga al ciudadano común de Barcelona y a los turistas que por causalidad, la vida les convocó para esta mala hora.

El detective Pérez Sáenz recibe un  llamado con carácter de urgencia y debe abandonar la escena donde se perpetró el atentado.

—Teniente, se nos ha reportado hace apenas  unos minutos un cadáver en la zona donde estás.

—¿Es uno de los muertos arrollados que no habíamos conseguido? —Pregunta el detective como abrumado ante tanto caos.

—No Señor. Este, es el cadáver de una joven, la cual fue muerta con arma blanca.

Pérez Saenz pasa su mano por la frente apartando los mechones de pelo que la cubrían de manera recurrente.

—Martínez, como ya sabes todos estamos atendiendo esta gran emergencia, verdaderos crímenes sucedieron aquí. No puedo moverme, ¿se está levantando la escena?

El operador de la central policíal insiste: —Disculpe Señor, el comandante Bastardo ha ordenado que tome el caso, por eso le he llamado.

La llamada terminó y el mandato quedó hecho. No había otra opción que dirigirse a la escena del otro crimen.

—¿A quién le importa un muerto por un cuchillo, cuando andan terroristas matando con sus vehículo a muchos ciudadanos, en medio de esta ciudad? ¡Por favor! ¿En que están pensando?

A pesar de sus cavilaciones, sube a su coche y dejando a un lado su propia lógica, junto a Ramírez otro de los mejores policías de la estación, llegan a la otra escena.

La ciudad está totalmente acordonada. Los guardias civiles abundan por todas partes, el Ejército y hasta la guardia privada del presidente deja  ver la presencia de  algún piquete en la zona de conflicto.

—¡Joder! como no es suficiente con este día lleno de tragedia, ahora un asesinato extra. Quisiera despertarme y descubrir que esto solo ha sido una horrible pesadilla de la cual voy a despertar en cualquier momento.

Pasar por la Plaza Catalunya, seguir por El Corte Inglés y llegar más allá del Teatro El Liceo es como recorrer un escenario de guerra, donde se respira dolor y terror por todos lados.  Realmente una situación muy lamentable y devastadora.

—¿Quién quiere investigar un cuerpo con un puñal ?

A pocos metros de este último punto, una calle pequeña, contigua a una de las principales, desembocando en el lugar de los contenedores de basura, casi a la salida posterior de un pequeño restaurante de pastas, a unos 20 pasos, un cuerpo.

—¿Qué tienes Harrys? —Dice Pérez Sáenz, mientras se acerca a ver el cuerpo.

—Por su rigidez Teniente, indica que la muerte ocurrió hace apenas unas dos horas o un poco más.

—Prácticamente a la hora que ocurrían las muertes, no muy lejos de aquí… increíble, mientras el odio hacía de las suyas entre el colectivo, alguien  que tampoco sabemos quién fue, arremetió de manera particular con esta pobre chica. El asesino estaba tan enfrascado en su propio mundo que no lo detuvo lo que ocurría a su alrededor.

__¿El arma homicida estaba en el cuerpo? — Pregunta Pérez Saénz mientras se agacha observando con detenimiento.

—No Señor, quien la hirió tuvo el cuidado de sacarlo, hay un pequeño hilo como rastro de sangre, pero el arma no está.

Ramirez también se agacha a revisar el cuerpo. Colocan guantes en sus manos y descubren la herida. —Una sola herida, letal. —El asesino hizo un corte limpio, sabía adonde apuntar,  fue una herida certera.

—¿Algún sospechoso, alguien vio algo?—Dice Pérez Sáenz mientras recorre con su mirada toda el área.

Su compañero ya levantado, camina hacia la esquina y al regreso dice:

—Acabo de hablar con el señor de la tienda del inicio de la calle. El asesino tuvo que entrar y salir por ahí, es una calle cerrada al final. Me dice que vio pasar varias personas, pero no está seguro de las que salieron luego.

—Pobre chica, se salvó de terroristas y encontró la muerte en manos de alguien con un cuchillo o al menos eso parece. No hay signos de pelea, ni observé nada a primera vista bajo sus uñas, pero de todas maneras, Harry debe procesarla.

Nos vemos en la estación, levanten toda la escena, voy a volver a la zona de Las Ramblas, a ver si se tiene alguna otra información sobre los que perpetraron el atentado.

Pasan al menos 40 minutos y ya en la estación la investigación avanza.

Entra Marypaz, una linda y joven pecosa. La última adquisición de la estación, experta en informática y temas tecnológicos.

—La muerte de Paula Garzón (como se llama la occisa) se la propinó un cuchillo muy afilado, pasamos a creer que de una buena cocina. Procesamos el teléfono de la chiquilla, solo tenía 19 años y no aparece ningún novio loco por ahí. Cero amoríos, cero amiguita de juego eróticos, nada. Solo mensajes para estudiar y compartir cosas referente a su carrera. Realizaba un estudio sobre la contaminación en la ciudad y todo ese mal rollo del cambio climático. Revisamos sus redes sociales además, y ningun mensaje de ataque o molestia que emitiera o recibiera de nadie.

—¿Se le avisó a la familia? Pregunta el detective mientras observa las fotos del cadáver, en la tabla que le comparte MaryPaz.

—Su mamá está aquí, vino a identificar el cuerpo. ¿Quiere hablar con ella?

—Si, por favor.

Casualmente aquí viene la señora.

—Señora Garzón, él es el Detective Pérez Sáenz, a cargo de la investigación. La chica dice esto y sigue su camino, mientras que el policía queda ante la infortunada madre.

—¿Usted es,  la madre? —su voz es vacilante.

—Si, yo soy Pamela Garzón, la madre de Paula. —mientras dice esas palabras, una lágrima corre por sus mejillas, y su impactantes ojos azules brillan.

—¿Qué le  ocurrió a mi hija? ¿Ya tienen a quien lo hizo?

—Permítame Pamela, acompáñeme por favor hasta esta salita, aquí podemos hablar con más calma. Necesito hacerle algunas preguntas.

El detective no puede evitar que sus ojos se vayan tras las curvas de esta mujer. Es impresionantemente atractiva, no parece para nada, la madre de la chica muerta, podría ser su hermanita mayor fácilmente.

Ella, como leyendo su pensamiento, voltea y le descubre husmeando entre la apertura lateral de su falda. Pérez Sáenz se rasca la garganta, como buscando compostura.

—Sé lo que está pensando, porque ya he pasado por eso antes. Soy la madre de Paula, tengo 34 años. No parezco su madre, pero lo soy. Hace una pausa y su rostro experimenta un cambio. Me gustó jugar con el sexo desde temprano. Sus ojos ahora brillan, sin que aparezca el dolor observado hace pocos minutos, ahora hay fuego en una mirada casi provocadora.

—Si, parece muy joven para ser la madre de la chica muerta, pero yo no estoy aquí para juzgar sus antecedentes sexuales, mis preguntas están orientadas a resolver este crimen.

—Entonces haga su trabajo. Se sientan, frente a una pequeña mesa y al hacerlo, uno de los botones se la blusa de Pamela, se abre; la mirada instintiva del detective se detiene unos segundos ahí, pudiendo ver  algo de su ropa interior. Rápidamente desvía la mirada hacia otra parte, y comienza a hacer las preguntas.

—Sabe si Paula tenía novio o algún enemigo, ¿alguien con quien peleara recientemente? ¿Recibió alguna amenaza?

—¿Novio? ¡No que va! Su vida era estudiar. Pretendía cambiar al mundo y hacer que tomaran conciencia sobre la naturaleza. Ella a diferencia de mi, no sabía disfrutar de lo bueno de la vida.

—¿A qué se refiere?

—¿A qué va a ser? A los chicos, al sexo rico, a todo eso.

—El arma homicida no se ha encontrado aún, pero estimamos que fue un cuchillo de cocina. ¿Ella asistía a alguna clase de cocina o algo por el estilo?

—No, ella jamás cocinaba, no le gustaba… y a quien conocía… no, pero eso no es posible…

—¿A qué se refiere Sra. Garzón? Cualquier detalle es importante.

—Ella tenía dos amigas que estudian un curso alterno para chef.

—Dígame sus nombres.

Tomados todos los datos, se ubican ambas chicas.

De la entrevista con ellas salió un nombre. Lucas, un chico encantador que tenía los ojos más profundos que nadie jamás había visto.

—Él estaba enamorado de alguien, pero no sabíamos de quien. Dijeron ambas chicas, compartiendo esa intriga que a ambas carcomía.

Horas más tarde Pérez Sáenz y Ramírez  dando el recorrido por Las Ramblas nuevamente, volvieron  al sitio de la muerte de Paula. Esta vez ingresaron por la calle  al restaurante que no estaba abierto al público; preguntaron por Lucas y no  había llegado aún.

—Es un chico muy reservado, bueno atendiendo la cocina, pero poco hablador. Dijo el encargado, mientras les dirigía a la cocina a hablar con el chef.

—Buenos días, soy el Detective Pérez Sáenz y mi compañero Ramírez, policía local, investigamos el asesinato de Paula Garzón.

-¡Asesinato! ¿Y por qué entran a mi cocina?

-El arma homicida fue un cuchillo, que bien podría ser de esta cocina. ¿Usted conoce a Lucas Trojas? El conocía a la occisa y queremos hablarle.

—Claro que conozco a Lucas, es uno de mis ayudantes más efectivos.

—¿Falta algún cuchillo extraviado en su cocina? ¿Podríamos revisar?

—Claro, yo no tengo ningún inconveniente y mucho menos nada que esconder.  El chef se dirige a la mesa donde están expuestos la mayoría de los utensilios, y también despliega una amplia gaveta donde están ordenados metódicamente todos los cuchillos. Pasa la mano sobre ellos, como contando mentalmente y dice: Falta uno… falta uno de mis mejores cuchillos. Ese lo tenía ayer Frank, él está escogiendo unos mariscos en la trastienda. Pueden hablar con él, si lo desean.

Salen hasta donde indicó el chef y efectivamente hallan a Frank con las manos en sendos canastos contentivos de todas las especies marinas.

—Policía de Barcelona ¿podemos hacerle algunas preguntas?

La cara de asombro de Frank es evidente, el color rojo sube a su cara hasta tornarse simikar al de la langosta que mueve sus tentáculos en uno de los recipientes.

—¿Qué quieren Saber?

—Investigamos la muerte de Paula Garzón. Muestra una fotografía de ella y al verle, el rostro de Frank indica que la reconoce.

—Es la amiga de Lucas. Ella ha estado por aquí un par de veces esta semana.

—¿Era amiga o algo más de Lucas?

—Pues presumo que amigos, nunca les vi en otro plan.

—Y cuando fue la última vez que la vio?

—Hace dos días. Yo estaba tirando unos restos a la basura en el contenedor al final de la calle y la vi hablando con Lucas allí atrás.

—Justo ahí, la asesinaron ayer. ¿Lucas viene hoy?

—No, todos estamos libres por 48 horas, por lo del atentado de ayer. Vinimos solo los que realmente somos responsables de la cocina. Lucas es todavía un “aprendiz”. Dice eso con algo de amargura o sinsabor en el fondo.

Terminada la conversación con Frank, solicitan  la dirección de Lucas. A los 10 minutos están a su puerta.

-¡Lucas Trojas, policía de Barcelona, abra la puerta! Se oyen pasos lentos y vacilantes. Con  las manos puestas en la funda de sus armas, ambos policías miran como la puerta se abre, dejando ver a un joven con cara de tristeza.

—¿Qué es lo que quieren?

—Investigamos la muerte de Paula Garzón. Abrimos paso y entramos al apartamento. Todo está revuelto, pero no se observan restos de sangre, ni ningún cuchillo como el que andamos buscando.

—Debes acompañarnos a la estación.

No dice una palabra, sus ojos profundos y negros solo nos siguen mientras literalmente arrastra sus pies.

—¿Estás drogado acaso?

Sigue en silencio, mientras su mirada nos transmite algo de desprecio. Lo trasladamos a la comisaría e inicia el interrogatorio. No pide abogado, y hace como si no nos escuchara.

Las grises paredes del recinto hacen más lúgubre la cara de Lucas, quien solo mantiene su mirada en la ventana que permite que se pueda observar del lado de afuera, sin ser visto.

—¿A ver Lucas, cuéntame de dónde conocías a Paula?

—Somos compañeros de la uni, casi no se oye lo que dice.

— ¿Dónde estabas ayer a las 6:00 pm?

—En mi trabajo. La voz en murmullo sigue.

—¿Cuándo viste a Paula por última vez?

—Ayer. Ella estuvo como a las cinco. Vino a verme y charlamos unos minutos. Hace pausa entre palabra y palabra, comonel que está exhausto.

—¿Antes de que la mataras?

Hay un silencio que se vuelve interminable.

—Contesta Lucas.  ¿Hablaste con ella antes de matarla?

—Yo no la maté.

—¿De qué hablaron?

—De nuestras clases, el proyecto ambientalista que estamos desarrollando, deje unos apuntes en su casa y me los trajo.

—¿Y luego? ¿Qué ocurrió después?

—Nada, nos despedimos y ella se fue.

—¿Había alguien más con ustedes?

Lucas coloca sus manos esposadas sobre su cabeza como queriendo no escuchar más nada.

Me acerco más y Ramírez mueve su cabeza en señal de negación, como queriendo decir que estamos perdiendo el tiempo.

—Vuelvo a preguntarte Lucas, ¿porque mataste a Paula?

—Pau, era mi amiga…la quería. Yo volví a la cocina y ella estaba viva. No se obtiene más del interrogatorio.

El detective  vuelve a su oficina y recibe algunos informes que se desprenden de la revisión del forense.

Cabellos largos y negros en la correa de su reloj. Marcas de una mano que la agarró fuerte por el antebrazo izquierdo, cosa que a  cuando vieron el cuerpo  inicialmente  no se observaban, pero con el paso del tiempo “los muertos hablan”. La chica llevaba el pelo rojizo, por tanto no era de ella el mechón encontrado, de Lucas tampoco son por razones obvias, el lleva cabello corto. De pronto una duda salta en medio del informe.

—¡Ramírez, tenemos que ubicar a la señora Garzón! Debo hacerle otras preguntas. En min primer dontacto no fui más allá, pensando en el dolor que estaba procesando. No puede evitar recordar el botón abierto de su blusa y sus ojos insinuantes a pesar de la lágrima que vió.

—Enseguida teniente, voy por ella. Transcurre una media hora y trae de vuelta a la señora Garzón. Esta vez se ve  distinta. Cabellos recogidos en una coleta, lo que hace resaltar aún más sus ojos azules, pantalones muy ajustados negros y una blusa blanca que transparenta su ropa interior ¿de luto quizás?

—Sabía que enviaría por mi, detective.

Definitivamente esta mujer intimida a cualquiera, su voz tiene un tono que despierta deseos de mirarla.

—Entonces gracias por venir. El teniente Pérez Sáenz trata de hacer todo de la manera más natural posible, pero los ojos de la mujer mirándole firmamento le hacen revolver deseos internos.

—¿Estuvo usted con su hija en el callejón donde murió?

Los ojos de Pamela se abren y puede observarse cómo se dilata su pupila.

—¿Estuve allí… si, y qué hay con eso?

—¿Por qué no lo dijo antes?

—Porque usted, no lo preguntó.

—Dígame ¿Qué hacía usted ahí? ¿Usted conoce a Lucas?

Luego de un suspiro y una mirada como de fastidio, Pamela comienza a hablar.

—Estuve ahí, quedé de verme con Lucas, al que conozco muy bien, y como no apareció, me vine hasta el restaurante. Paula llegó, nos vio, y tuvimos una discusión, pero nada más.

—¿Una discusión?

—Lucas es uno de mis amantes, o si quiere hacerlo más romántico, él está enamorado de mi. Nos conocimos en mi casa cuando él fue por Paula para ir a un evento ambientalista. Desde ese día el chico me gustó, nos vimos un par de veces más y dos tardes a la semana lo hemos venido pasando bien. Él se lo tomó en serio, y quería contárselo a Paula, yo le aclaré que era solo sexo, pero ella también lo descubrió. Por eso fue la discusión.  Lucas entró volvió a la cocina porque uno de sus compañeros le reclamó y mi hija caminó conmigo. Ella sabía cómo soy yo, así que le di explicaciones claras, que ella entendió. Al final me dijo que todo estaba bien, sólo que le había chocado el no enterarse por mi, que por favor no lastimara a Lucas y me dijo además que le pediría disculpas al muchacho. Yo seguí mi camino, tenía una cita con alguien más grande, así que no podía estar perdiendo el tiempo. Lo pensé mejor y como no quería problemas con un “niñato” le escribí diciéndole que nuestras citas estaban canceladas hasta nuevo aviso.

—Puede revisar mi teléfono y todo lo demás cuando quiera. Su provocación no cesa, la forma de moverse aún sentada, es como de un felino al acecho.

Sin dudar Pérez Saenz revisa el teléfono y comprueba lo dicho por Pamela. Igualmente procesan el teléfono de Lucas y encuentran el mensaje. Esa es la razón de su tristeza.

Comienzan las conjeturas en la mente del detective, mientras camina hacia su oficina.

—Si no fue Lucas, ni su “mami” ¿Quién mató a Paula Garzón?  La chica volvió  al restaurante ¿qué ocurrió allí?

Mira a Ramirez y dice: —Vamos por Frank, el cocinero, quien al parecer no nos contó todo lo que sabía.

En pocos minutos Pérez Saenz vuelve al restaurante, Frank nobesta en el lugar y al verle el chef rápidamente pregunta:

—¿Resolvieron el caso? ¿Ya saben quién mató a la chica? Mientras conversan empieza a  llover muy fuerte.

—¿Usted vio a Paula hablar con Lucas ayer?¿había alguien más?

—Realmente no la vi, el despacho de la tarde iba muy rápido, estábamos muy llenos, y luego llegó la noticia del atentado, así que todos entramos en pánico aquí dentro. Todo el mundo gritaba y estaba agitado, había confusión… aunque ahora que lo recuerdo mejor, Lucas si tuvo una discusión con Frank y les vi salir al callejón,  con el alboroto lo olvidé.

La lluvia sigue fuerte los próximos diez minutos. Pérez Sáenz decide revisar nuevamente la escena y al abrir la puerta trasera que da al callejón, mira caer un cuchillo casi al frente de él. El agua de la lluvia, llenó el canal y empujó el arma hasta caer del techo. Saca su pañuelo, lo recoge y lleva a la estación para ser  analizado. —Creo que encontré el arma homicida, dice a Ramirez.

En media hora llegan los resultados. La sangre en el cuchillo era de la víctima.

—Volvamos por Frank, Ramirez. Llegan nuevamente al restaurante  y este sigue sin dejarse ver . Salen al callejón y  a lo lejos le divisan  corriendo, tratando de huír. Ramirez da la voz de alto y corre tras él, por varios minutos le da trabajo, es rápido el cocinero.

A  unas cuantas cuadras consigue lanzarse sobre él y le apresa, llevándolo esposado a la comisaría. En el mismo recinto donde interrogaron a Lucas, quien todavía está bajo custodia, hacen las preguntas a Frank Coello. Pamela quien también está en el lugar está detrás del vidrio y observa el interrogatorio.

—¿Por qué no nos dijo que si había visto a Paula? ¿Cuál era su relación con ella?

—Yo no tenía ninguna relación con esa niña ¡lo mío era con su mamá!

—¿Con su mamá? —Explíquese mejor.

—¿Qué quieres que te explique? ¿Que me acostaba con ella y no quería compartirla con nadie?

—¿Y que tuvo que ver eso con Paula? —No se oye ninguna respuesta.

—Vuelvo a preguntar ¿Qué ocurrió con Paula?

—Salí a reclamarle a Lucas, porque deja el trabajo, por cualquier excusa y tengo que estarlo cubriendo. No sé por qué no lo despiden. Al salir le vi discutiendo con la chica, pero para mi sorpresa también estaba allí, “Pamy” y escuché cuando el tonto de Lucas le decía a Paula que quería a su mamá. En ese momento me enfurecí, pero preferí volver a la cocina. Estuve allí un rato sin saber que hacer hasta que Lucas volvió.

—Le ofrecí unos golpes, por eso fuimos afuera.  Nadie se dio cuenta, porque había gritos y carreras por lo del atentado. Él me decía que la amaba y que ella  a él, también. Por supuesto, que desde lo molesto, que estaba, le dije la verdad, que Pamela era una zorra, pero era “mi zorra” y no me daba la gana de compartirla con alguien tan insignificante como él. En ese momento Paula llegó y escuchó nuestra discusión. Lucas puso cara de que el mundo le cayó encima con mi revelación, así que como un cobarde salió corriendo.

—¿Qué es lo que has dicho de mi madre? —Dijo enfurecida

—Nada que tú no sepas, porque de seguro eres tan zorra como ella. Eso lo dije porque era verdad, pero la niña no se quedó quieta, aunque le tome por las muñecas, ella se zafó y me abofeteó.

—Yo queriendo castigar a su madre, saque el cuchillo que traía en mi delantal y simplemente la herí.  Solo, quería que culparan ese tonto, así me libraba de él y tendría a  Pamy nuevamente.

—Llévenselo. Dice Pérez Saenz mientras sale del salón de interrogatorio y al hacerlo se consigue con Pamela quien lo espera con ojos expectantes.

—¿Ve las cosas con más claridad ahora, detective?

—Lo que veo es a una mujer  peligrosa que desata las más bajas pasiones con sus encantos.

—Eso es casi un halago, detective. Que estén dispuestos a matar por mí, quiere decir que tengo algo que desean con mucha fuerza…

El detective sigue de largo, quiere escapar de los lazos de seducción de esta mujer, cuya hija pagó el precio de su insaciable apetito sexual. Se va y un pensamiento cruza por su mente: ¿Qué será eso que tiene?

El Monstruo by Nico Pittaro

2d99ad137f972ef334bfc51f72f44818

Las sirenas podían oírse algo lejos porque seguramente los gritos producidos por la muerta, habían sido escuchados por varios vecinos de la cuadra. Ellos sabían que esa historia no iba a tener un final feliz. De hecho, la situación de los amantes siempre era tema central para las chusmas de la vecindad ¿Escuchaste los gritos?, ¿Viste cómo lo trató? Parece un pobre diablo, un mísero trapo de piso de la manera en que lo trata, eran los principales comentarios. Pero aquella noche había sido distinta a todas porque era un punto final para aquella relación enfermiza y sin futuro.

Todavía tenía las manos con sangre y estaba sentado como esperando que lo vinieran a buscar. La casa estaba completamente oscura y sólo la luz de la cocina bastaba para ver el rostro del asesino, que se confabulaba entra la sombra y la tenue luminosidad que se desprendía. El cuerpo estaba totalmente inerte, con los brazos extendidos y separados  y en posición boca abajo, que uno, al acercarse un poco y extender la cabeza hacia el cadáver, se observaba que la cabeza estaba levemente inclinada hacia derecha. La posición de Cristo crucificado, pero este cuerpo no era de ningún mesías ni de ningún elegido, sino más bien la de un monstruo.

En ese instante el deseo de fumarse un cigarrillo lo invadió por completo y fue cuando recordó que aún le sobraba uno en la etiqueta de Rothmans que tenía en el bolsillo de su camisa blanca, que ahora, estaba manchada de sangre. Metió la mano y sacando el encendedor de su pantalón una chispa bastó para encenderlo. El rostro del asesino cobró algo de luminosidad. Parecía pálido como fuera de sí, como si aquel cuerpo homicida no fuera más que un joven párvulo que comenzaba a vivir una vida plena, pero que ahora, sabía, que la vida en la cárcel lo estaba esperando.

Las voces que provenían desde el patio de entrada a la casa se colaban por la ventana, aunque si percibir definidamente que decían o vociferaban lo envolvían y perturbaban en una vorágine de sonidos indefinidos. Él sabía y había vivido en carne propia un infierno en que no tenía palabras para describirlo ante el comisario, que pronto, lo iba a interrogar. Ese demonio maldito que ahora yacía sin vida era la realización de un plan que hacía rato venía planificándose cuidadosamente o por lo menos, estaba almacenado en su cabeza para realizarlo aquel día en que la gota rebalse su paciencia.

El sonido acompasado de las agujas del reloj generaba la sensación de que el tiempo se estiraba densamente como si quisiera dilatar ahora una agonía perpetua. Se había convertido en un asesino y la ley venía a buscarlo.

Tenía la cabeza gacha y el cuerpo muerto reposaba a unos pocos metros de dónde él estaba sentado. Las bocanadas de humo se mezclaban y se confundían con la oscuridad de la habitación y aún se podían escuchar las voces que venían desde el exterior aunque sin reconocerlas. El frío seguía castigando y las ventanas del living estaban totalmente escarchadas por el mínimo calor del hogar que poco a poco se extinguía en cenizas. Cenizas que antes eran vida y ahora no eran más que vestigios contaminados de polvo para volver al polvo de la muerte. Ahora él era un asesino y lo sabía, se estaba consumiendo de la misma manera en que se consumían esos imperceptibles leños.

Irguiendo la cabeza un poco, vio que una luz azul intermitente que irrumpía aquella habitación y su cuerpo,  posibilitó que en un movimiento casi instintivo, una última pitada bastara para extinguirlo y repararse ante la inminente decisión. Vio sus manos y estaban embadurnadas de sangre, podía oler ese aroma metálico y palpar la viscosidad de aquel líquido. Sentía la angustia que sienten los hombres antes de elegir porque sabe que puede equivocarse. Escapar o enfrentar todo el peso de la ley que ahora venía a buscarlo. Sí, el monstruo tenía sangre roja y en su interior homicida  habitaba algo, como cierto sentimiento heroico por haber acabado con aquel monstruo maldito y contarle al comisario su épica bastaría para un perdón misericordioso pensó.

Sólo vio montones de luces, el frio de las esposas y las voces no parecían descolocarlo de su decisión. El trayecto en el móvil transcurrió de inmediato como si fugazmente el espacio y el tiempo se hubieran suprimido y enseguida ya estaba en una habitación sentado en una silla con almohadones curtidos por el paso del tiempo. Las voces continuaban escuchándose siempre imperceptibles pero diferentes a las anteriores quizás. Había más luminosidad y un escritorio maltrecho frente a su cuerpo. la atmósfera era una mezcla inaguantable de humo de cigarros añejos y de sudores humanos. Pero él estaba como un marasmo infinito, ensimismado de su situación apremiante. Mirada cabizbaja, cuerpo inerme y consumido que se acurrucaba para ahorrar todavía un mínimo de energía para contarlo en detalles.

Desde lejos unos pasos se avecinaban fragmentaban el poco silencio de la habitación, marcaban los segundos de una existencia que parecía consumirse en pedazos. En un instante, la puerta se abrió y la figura de un hombre bigotudo y corpulento invadió la escena. Estaba vestido de un azul marino profundo con los primeros botones de la camisa desabrochados y sin mediar saludo pasó a sentarse a la silla de enfrente. Era el comisario y por detrás un sujeto de traje negro pasó a sentarse por entre medio de ambos cuerpos. El comisario estaba serio, como si en las comisarías reírse fuera un pecado. Sé acomodó en su silla y está se ciñó de tal forma que el reo se sobresaltó como si despertara de un sueño profundo, o más bien, de una pesadilla horrible. El hombre de traje negro sólo atinó a colocar una hoja de papel blanca y a prepararse para lo que sería una larga noche de confesiones, mientras el comisario sacaba un cigarrillo, que sin ofrecerle a nadie, lo prendió de inmediato. Fumaba con método y  miraba a su recluso con sentencia, como si quisiera fulminarlo. Las evidencias eran claras y justificaban su aprensión: el cuerpo del occiso mutilado, el arma asesina, las manos manchadas de sangre ya reseca, sin embargo, el asesino se había dejado atrapar teniendo la salida de escape a pocos metros. La sala comenzaba de nuevo a invadirse de un humo espeso y a llenarse de ruidos y con una voz engolada primerió:

-¿Cómo comenzó  Sr. Fuentes? Las pruebas de que usted es el culpable son irrefutables y  es más, y  quiero que me lo diga todo. Así que vaya al grano-.

El asesino estaba esperando esa pregunta desde que su infierno había comenzado años atrás pero estaba como aturdido de luces y voces. Un nudo en la garganta le taponaba la garganta y aún con la cabeza gacha pidió agua. Una mano vaya uno a saber de quién era le acercó el vaso con agua y como enseguida quedó vacío. Estaba sediento, tenía la garganta arenosa y sabía la noche iba a ser larga. Se repuso.

-Bueno, basta ya de ceremonia y comencemos Sr. Fuentes. ¿Cómo fue que ocurrió?-

El recluso transpiraba, una sensación de ansiedad o quizás de nervios lo asediaba. Levantó la cabeza vio al hombre azul y corpulento con su ojo vigilante que lo miraba como el águila calva que mira a su presa para devorarla y con el rabillo del ojo pudo comprobar que el hombre de saco negro también lo observaba sin perderle pisada, y tomando un poco de aire invernal para comenzar el relato de su epopeya infirió titubeando:

-Yo hace muchos años. Muchos, muchos años conocí a una chica muy linda, y en pocos días yo ya estaba, después de haberle conversado con ella, es ¿Cómo se dice?, eh…eh… enamorado. Desgraciadamente. Y entonces, lo que yo no sabía es que ella estaba enamorada de su pelo. Tenía un pelo largo, hermoso, que iba desde el ocre, pasando por los rojizos, los castaños, que le caían así, pesadamente. Parecía como de fibra óptica. En cada lugar en donde nos deteníamos, conversábamos e íbamos a tomar un café o lo que fuere, ella enseguida buscaba un espejo, buscaba un vidrio donde reflejará su pelo y  se empezaba a mirar ella misma. Así transcurría, ¡Transcurrió! Va, esa cena. Donde yo empecé a ver, y a asociar con otros momentos que habían sucedido.

Unos días después, me dijo que no quería salir más conmigo porque tenía otro novio-.

El comisario lanzaba bocanadas de humo espesas, pero armónicas que parecían mezclarse y formar una sola línea melódica junto con el sonido de la máquina de escribir, que el hombre de traje parecía dirigir.

Fuentes prosiguió: – Y entonces le dije:

-¡Vos sos un monstruo!, no tenés sentimientos. Está bien, yo fui quizás, un pelotudo en decir eso.

Y entonces ella me dice: – Con que ¿Así que no tengo sentimientos?-. ¿Ah, sí?

Y en ese instante, se va hasta el cuarto enojada y viene al poco tiempo con una caja de fotos, y busca. Saca dos fotos, y luego me las tira. Y me dice:

-¿A sí que no tengo sentimientos? Mirá-.

Y cuando enderezo la cabeza para ver aquellas fotos arrojadas sobre la mesa, ella,  norteamericana,  aparecía sentada, llorando en la tumba de Rin tin tin. Que era el perro de una serie.

El comisario y el hombre de traje negro se miraron atónitamente como si no pudieran comprender lo que estaban escuchando. El absurdo invadía la oficina.

Y volviéndose hacia mí, me dice:

¿A sí que no tengo sentimientos?

Esas palabras bastaron con mi paciencia. Desde que la había conocido siempre el pelo fue más importante que mi persona y eso me dolía. Yo la amaba con locura pero ese amor no era recíproco, no era un puente. Era como amar a un objeto vacío, y un objeto, a mí no me devuelve nada. Me estaba vaciando.

Entonces en ese momento comenzó la guerra. El monstruo daba gritos increíbles que parecían volver sordo a cualquiera. Lanzaba maldiciones al cielo mientras los platos y las demás vajillas se estampaban cerca de mi cuerpo. Entre vidrios y pedazos de porcelana hubo un instante en que debía yo aprovechar dicha ventaja. Un descuido, un abandono en el tiempo preciso bastaron para que sin pensarlo demasiado yo agarrara el cuchillo  de cabo blanco con el que ella trozaba el pollo y en un instante  salvaje se lo clavé hasta el fondo. Los gritos comenzaron a agudizarse aún más y la sangre brotaba a borbotones que manchaban mi camisa blanca. Las fuerzas de sus brazos que me sujetaban ahora perdían su vigor y poco a poco el cuerpo se iba derrumbando para caer sobre su sangre y sobre el piso boca abajo.

En ese preciso momento hubo un silencio sepulcral que duró apenas unos segundos, pero que hubieran sido quizás siglos por la tensión que se respiraba en la sala. Entonces, el comisario estampando por fin su cigarro contra el cenicero dijo:

-Entonces Sr. Fuentes ¿Usted se declara como el autor intelectual y material del crimen?

-Aguarde que  mi obra todavía no estaba culminada- cortó en seco el recluso. -Debía dar el golpe de gracia y alcanzar a mi trofeo y así que decidí con el mismo cuchillo comenzar a desollar su cabeza y desprender esa cabellera que tanto me había atormentado y sometido en aquel infierno oscuro. Poco a poco a medida que introducía el cuchillo la carne se desprendía con facilidad y el cuero cabelludo comenzaba a despedirse de aquel cuerpo aún tibio. La satisfacción que sentía era impagable y el placer me desbordaba. No sé me si me comprende oficial, pero yo ya había sacado una idea, va, tenía esa idea. La verdad es que fui un premeditado-.

El frío penetró por completo en la sala como queriendo ambientar el relato de Fuentes. Habían transcurrido tan solo unos minutos desde que había comenzado la confesión del crimen pero el tiempo se había dilatado al extremo. Todas las preguntas del interrogatorio se extinguieron en un aliento. El hombre de traje negro había dejado de escribir porque estaba petrificado ante la inescrupolosidad de lo contado y podía percibirse el resuello de la muerte, podía escucharse, saborearse. El comisario en sus tantos años de servicio jamás había escuchado una historia semejante. Tan cruda, tan fría. El recluso sabía que una larga vida entre rejas le esperaba sin embargo, una seguridad perdurable de libertad le emergía desde su interior. Había acabado con el monstruo.

 

 

 

«No fui yo» by Verónica Boletta

c198df8aa8d8e4bbda5b98ee46f6e7c5

El subcomisario Marcelo de la Puente irrumpió en el despacho de la fiscal Adela García hecho una furia. La mujer respiró profundamente. Repitió un mantra para sí mientras dirigía una mirada fulminante al intruso. Era todo cuanto podía permitirse a menos que quisiera atentar contra la discreción que el caso exigía. Si de la Puente comenzaba a vociferar, todo el Palacio de Justicia confirmaría el secreto que circulaba entre murmullos; el nombre del principal sospechoso de la muerte de Ángeles.

Con gesto ampuloso, como si ella no hubiese advertido su presencia en la habitación, dejó caer con estrépito el periódico.

—Hay filtraciones. Si no nos apuramos se escapa el pájaro—sus ojos despedían fuego.

Paula recogió el diario. Leyó los titulares: «La policía sospecha del círculo íntimo aunque no de los padres», «El criminal conocía los movimientos de la joven», «Se espera una inminente detención»

—Es grave —dijo con enojo.

—¡Vaya si lo es! Necesito que el juez libre esa orden de detención. El pájaro se nos vuela —repitió el término; mezclaba expresiones del hampa, de los barrios bajos, completamente mimetizado tras tantos años de trabajo entre la ralea más baja.

—¡Paciencia! Es lo único que te pido. Dejé la orden en Secretaría. Todos están debidamente instruidos.  En cuanto llegue el juez podrás proceder…

—¡Tarde! Tengo paciencia pero mis hombres se pusieron nerviosos y actuaron violando las reglas.

Sostuvo la mirada de la doctora García. La reprobación de la mujer tensaba su cuerpo y escapó en forma de suspiro. —No te preocupes. Intervinieron dos de mis hombres vestidos de paisano. Ya los desafecté de la investigación. No quiero inconvenientes. Tampoco ensuciar sus legajos. Gracias a su labor evitamos la huida  —se sintió en la necesidad de agregar.

—Espero que todas las presunciones estén debidamente fundadas. Bastante problema nos ocasionó la desidia del perito forense, ése que intervino sin examinar el cuerpo y firmó el informe a partir de unas pocas fotos.

—Lo entiendo —dijo con súbita indulgencia. El tipo es padre de una adolescente de la edad de Ángeles. No ha de ser fácil revisar un cuerpo arrojado a la basura, rescatado a segundos de ser compactado.

—Estás tirando por tierra tu fama de duro. Te advierto: no toleraré que se quebrante la ley. Soy su resguardo y me lo tomo seriamente aun cuando quienes la infringen pretendan hacerlo guiados por fines altruistas.

—Mis hombres actuaron correctamente, Adela. ¡Vamos! Tenemos el resultado del ADN encontrado bajo las uñas de la chica Peñalba. Los rumores recogidos por la prensa alertaron al portero. ¿Cómo explicas que lo hayan encontrado a medianoche en la calle Tallers y disfrazado, para más datos? Si no le hubiese asignado una consigna aún estaríamos buscándolo en  su trabajo, en el Paseo de Gracia.

—Espero, por el bien de todos y, especialmente del proceso que la memoria de esa pobre chica merece, que no hayan aplicado métodos violentos.

—Sólo un poco de lenguaje firme —perdió su mirada en algún punto más allá de la ventana—,  le cubrieron la cabeza con un gorro de lana y lo pasearon un poco. Tendríamos que cobrarle el servicio de taxi. Lo devolvimos a su hogar y obstruimos toda posible vía de escape.

Un hombre joven y trajeado se introdujo en el despacho por la puerta que comunicaba la fiscalía con el juzgado. Agitó el papel que llevaba en la mano.

—El juez de instrucción firmó la orden de detención y la de allanamiento.

De la Puente arrebató el papel y se lanzó a la calle mientras vociferaba en su móvil: —¡Arréstenlo y tráiganlo a declarar!

Los policías procedieron de inmediato, casi con alegría, profundamente aliviados por esposar al animal que había abusado y asfixiado a una niña.

El sindicado autor del crimen aberrante, el conserje de la casa en que vivía, sólo atinaba a repetir: «Yo no fui».

Links para consultar como se inspiró Verónica Boletta para mezclar realidad y ficción y construir una historia de True Crime

http://m.diarioveloz.com/notas/98284-el-caso-angeles-rawson-la-trama-siniestra-que-nadie-te-conto- <<< Página amarillista

https://www.infobae.com/sociedad/policiales/2017/03/09/hablo-el-portero-jorge-mangeri-yo-no-mate-ni-viole/ <<<< Entrevista al condenado Parte 1

https://www.infobae.com/sociedad/policiales/2017/03/16/jorge-mangeri-la-mama-de-angeles-me-abrazo-y-me-pidio-perdon/ <<<< Entrevista al condenado Parte 2

https://www.infobae.com/2015/08/24/1750522-revelaron-como-fue-el-ataque-jorge-mangeri-angeles-rawson/ <<< reconstrucción del crimen

 

Muerte en el Tibidabo (1) by Francisco J. Martín

3e99005b97b41592061a5fcb3b377baf

Lucas subía andando hacia su casa, tan sólo eran unos 50 metros desde la cercana parada del Tramvía Blau, ya era de noche y la humedad existente hacia que la luz de las farolas creara un halo amarillento. La noche estaba fría y Lucas, bien abrigado, volvía a su casa después de una larga jornada de trabajo como asesor financiero en su despacho de la Avinguda Diagonal en Barcelona.

Vivía con su mujer en una lujosa casa-palacete de estilo modernista en una calle adyacente a la Avinguda del Tibidabo. Aunque disfrutaban de una buena posición, tanto económica como de relaciones sociales, últimamente le estaba dedicando mucho tiempo al trabajo; demasiado tiempo según su esposa. Tenía unos horarios un poco especiales, erráticos, y aunque su esposa no quería ni pensarlo, en más de una ocasión le costaba creer que realmente estuviera trabajando o en alguna reunión.

A Marie, una bella mujer francesa, no le faltaban ojos que la miraran cuando salía de paseo o iba al centro de la ciudad, era muy elegante y se relacionaba con la “creme de la creme” de la burguesía barcelonesa, era frecuente verla por las mejores boutiques del Paseo de Gracia o tomando un refresco en algunas de las cafeterías de la zona de la Bonanova. En los cuatro años que llevaban casados nunca había flirteado con ningún otro hombre, más allá de algún cruce de miradas interesante. Era una mujer segura, que tenía mucho mundo y era capaz de comprender casi todo, todo menos que la engañaran.

  • ¿Qué tal como ha ido el día? —preguntó Marie
  • Muy liado, mucho trabajo, con una gran cantidad de peticiones de informes especiales sobre todo de IMP-EXP ABZ. Menos mal que la tarifa que aplico es la más alta y lo notaremos en la facturación. —respondió Lucas
  • Eso está bien, pero ¿seguirás trabajando así? Me gustaba más cuando podíamos aprovechar la tarde para dar un paseo hasta el Funicular y subir al Tibidabo, y ver las vistas de Barcelona al atardecer. Además, tampoco necesitamos grandes facturaciones, nos lo podemos permitir. —argumentó Marie
  • Es cierto, pero es difícil decirle a tu mejor cliente que no vas a poder hacer lo que te pide justo cuando más lo necesita. —concluyó Lucas
  • ¿Cenamos? —preguntó Marie, contrariada, para cambiar de conversación.

Desde hacía unos meses, Lucas seguía muy de cerca la cuenta de una de sus principales empresas clientes ya que le pedían continuamente estudios financieros e informes de auditoría sobre un sinfín de operaciones. A él no le parecía nada mal ya que aumentaba su facturación de forma notable, aunque reconocía que no era una situación normal, no veía la necesidad de tanto informe. Dicha empresa, IMP-EXP ABZ, estaba dirigida por Montse, una chica alta, morena, con preciosos ojos verdes y muy atractiva, que había salido de la nada y se había abierto camino en el mundo empresarial de Barcelona hasta llegar a ser la Directora de una de las principales empresas de importación-exportación de mercancías de la ciudad. Tenía muchos contactos, y hasta algunos “tentáculos” en los bajos fondos dado que vivió su juventud en la zona cercana al puerto donde operaban algunas pequeñas mafias y el “estraperlo” era el pan de cada día. En su vida había tenido relaciones con hombres de lo más variopintos, algunos muy atractivos, otros con poder y dinero, y hasta alguno con mucho encanto, pero nunca se había quedado prendada de ninguno de ellos. Pero conoció a Lucas, y sin saber cómo, estaba loca por él y hacia todo lo posible para que pasasen juntos el mayor tiempo posible, inventándose la necesidad de informes y asesoramiento para infinidad de operaciones de su compañía que, realmente, sabía que no iba a realizar. Con ello tenía a Lucas cerca, “a tiro” para utilizar todas sus armas.

Al día siguiente, Lucas salió de casa para ir a su despacho y cogió el Tramvía Blau dado que tenía el coche en revisión desde hacía dos días y no le apetecía conducir el “coche de sustitución”, prefería utilizar ese tranvía tan nostálgico por unos días. La jornada transcurrió con la normalidad habitual, es decir, sin que marido y mujer se cruzaran una sola llamada, y ya por la tarde casi anocheciendo Marie entró en casa se cambió de ropa y se sirvió un vermouth rojo con hielo. Cada día que pasaba estaba alargando las salidas por la tarde, era consciente de que no hacerlas no supondría encontrarse antes a su marido. Se acercó al ventanal del salón que daba directamente a la calle, a la altura de un primer piso, desde donde se divisaba buena parte de la ciudad,

“Cada día me gusta más ver esta imagen de Barcelona”, —pensó

Conectó la TV, cogió una revista y se dirigió hacia un cómodo sillón de cuero antiguo desde donde disfrutar de la vista. Justo antes de sentarse vio parar un coche en la calle, enfrente. Aunque no lo veía claramente debido a los árboles situados en las aceras, su silueta y su color rojo le hicieron pensar que se trataba de un modelo deportivo. Se quedó quieta y curioseó un poco, no era muy normal ver coches aparcados en esa calle ya que todos los vecinos tenían garaje y no había establecimientos comerciales,

“Quizás han acompañado a alguien a casa”, se imaginó Marie

Se fijó en que se veía el parabrisas delantero y que una mujer conducía, al lado había un hombre en camisa y corbata. Parecía que no se querían despedir a juzgar por las caricias y los besos que se estaban dando con pasión. No paraban de moverse hacia uno y otro lado, pudo ver que ella era morena y en uno de los movimientos de la pareja quedó al descubierto la cara del hombre,

  • ¡No puede ser! ¡Parece Lucas! —masculló Marie

“Serán tonterías, ¿Cómo va a ser Lucas?”, pensó, quitándole importancia

Al poco se bajó del coche el hombre quien, despidiéndose de su amiga, se dirigió hacia otra casa de esa misma calle, y el coche se fue.

  • Que desfachatez, que situación más vejatoria para su familia, si llegar a ser Lucas…” —dijo para sí en voz baja

Marie no comentó nada de lo que había visto cuando al cabo de unos veinte minutos apareció su marido. Tuvieron una conversación habitual y monótona, cenaron y a dormir. Su relación de pareja estaba decayendo día a día desde que Lucas cambió su horario laboral, apenas hablaban de sus cosas, sólo cruzaban vagas pinceladas de lo ocurrido en el día. Pero Marie no estaba dispuesta a que su vida se fuese diluyendo de esa forma y pensó en seguir a Lucas, o quizás fuese mejor contratar a un detective para que lo hiciera. Si se aseguraba que lo suyo era realmente trabajo lo afrontaría mucho mejor que si se trataba de una cuestión “de faldas”.

Pasó todo el día siguiente dándole vueltas al asunto y llegó a la conclusión de que debía hacerlo. Ya de noche en casa, mientras esperaba a Lucas sentada en su sillón favorito se percató de que había un coche aparcado enfrente, parecía el mismo del día anterior y no le dio importancia aunque no apartó la vista. Vio de nuevo a la pareja en su larga despedida, esta vez se fijó más en cada detalle y vio claramente a Lucas, estaba segura. No podía soportar aquella humillación a escasos metros de la puerta de su casa, el duro impacto de aquella visión la volvió loca por un instante, fue a su habitación, cogió su revólver calibre 22 de la mini caja fuerte de su mesilla y se lanzó a por ellos escaleras abajo.

 

Al día siguiente un periódico de sucesos abría su primera página con la siguiente noticia:

Hallan el cadáver de un hombre y una mujer en una empresa

Los Mossos d’Esquadra investigan la muerte de un hombre y una mujer, cuyos cadáveres han sido hallados con evidentes síntomas de muerte violenta. Los Mossos d’Esquadra han iniciado una investigación para tratar de averiguar las circunstancias de la muerte de ambas víctimas, así como para hallar pistas para identificar y detener al supuesto autor o autores del crimen.

Esa misma mañana desayunaba con Elena, una antigua y buena amiga que estaba al tanto de lo que estaba sufriendo Marie, y mientras ojeaba un diario súbitamente se le encogió el corazón al leer la noticia, se quedó paralizada y se le vino a la mente su actuación de la noche anterior,

“Menos mal que al bajar anoche y salir a la calle vi como el hombre que se bajaba del coche no era Lucas, menos mal, sino las noticias serían de otra pareja y yo estaría en la cárcel o muerta” pensó sofocada Marie.

  • ¿Qué te pasa? ¿Qué has visto ahí? —le preguntó Elena que había visto como de repente Marie palidecía
  • Espera, deja que respire —respondió

Con cierta ansiedad le contó a su amiga lo ocurrido la noche antes, y ésta le dijo que se estaba empezando a obsesionar demasiado con sus imaginaciones.

  • ¡Tengo que hacer algo! ¡No puedo seguir así! —exclamó calladamente Marie
  • He pensado hasta en seguir a Lucas, pero no me veo con fuerzas —dijo
  • ¿Y un detective? —preguntó Elena
  • También lo he pensado, y quizás sea lo mejor, tienes razón, no podría soportar toparme con alguna escena amorosa —concluyó Marie

Elena le guiñó un ojo y sacó su móvil donde tenía una agenda muy completa en la que encontró a su amigo Pere, antiguo inspector de policía que dirigía una agencia de detectives. Tras mostrarle el contacto y pedirle permiso a Marie con un gesto, lo llamó y le contó lo que ocurría, después le pasó el móvil a Marie y tras una breve conversación quedó para verse con Pere al día siguiente, a las 10 de la mañana, en las oficinas de Detectives Meridiano sitos en la Ronda Universitat.

Elena siempre había utilizado esa agencia para temas mercantiles, pero sabía que también llevaban casos de infidelidad conyugal, y estaba segura de que su amigo no la defraudaría.

En las sombras by Paulina Barbosa

c608d907052bc9fa3b95d1eb2b433345

True Crime / Serie Negra / Barcelona

Hace mucho que ha anochecido, aunque en algunos rincones de Barcelona aun hay turistas recorriendo las calles. Una pequeña sombra se mueve deprisa entre callejones y avenidas poco transitadas, es tarde, ella lo sabe se ha retrasado en su hora de vuelta, pero no ha sido realmente su culpa el que le detuvieran dos gendarmes, “Mamá Gracia entenderá”, — se reconforta. Después de lo que para ella ha sido una eternidad dobla en un callejón, sus pasos le guían hasta lo que parece un edificio abandonado en pleno Barrio del Raval, se cerciora de que no haya nadie y levanta ágilmente un tablón por el que ingresa a aquel lugar corroído por el paso de tiempo.

Camina a oscuras entre vagabundos y prostitutas, de vez en cuando le alumbra la luz de un cigarro, sube un par de pisos en las entrañas de aquel sitio que en otros tiempos fue un departamento.

  • ¿Dónde te habías metido Maru? – le pregunta atemorizado un crío de siete años
  • ¿Mamaita? – la niña mira nerviosa en todas direcciones, él le señala la única habitación que aún conserva puerta

Entonces ella ingresa a aquel cuarto, donde una mujer regordeta fuma un puro de buen tamaño, alza la vista al mismo tiempo que levanta su pesado cuerpo de un sillón y se dirige a ella, le suelta una bofetada.

  • ¿Dónde? – alguien más le ha dicho
  • En la Rambla Mamaíta – la chiquilla suprime el llanto y cierra los puños
  • ¿Salvaste algo? – la mujer le mira impaciente, la niña se desfaja la playera roída y deja caer el botín: dos carteras, un reloj y un par de anillos – Buena niña, ve con tu hermano
  • Sí, Mamá Gracia – la mujer le da una palmada en la cabeza antes de salir

No hay mucho en aquel sitio, la niña va y se recuesta junto al niño en una alfombra polvosa, la única cama es de Mamá Gracia, el pequeño ha comenzado a lloriquear, lo cierto es que no son hermanos de sangre, sino de condición, de su pasado recuerdan poco pero es suficiente para reconocer que tuvieron otra vida mucho mejor.

 

Dos de la mañana. Un hombre mira fijamente una foto de una pequeña. “Desaparecida. 23/10/89. Inés 5 años y 7 meses, piel clara, cabello castaño, ojos chocolate. Vestía uniforme escolar deportivo. Cualquier información se agradecerá”, — se lee al pie de la hoja.

Suena el teléfono.

  • ¿No puedes dormir? – le dice una voz femenina del otro lado de la línea
  • Ya son 4 años, será su cumpleaños, otro que su familia pase – suspira, no termina la frase – sólo pienso que no tendrían que haber matado a la madre así, con tanta saña, sólo para quitarle a la niña.
  • Fue un caso muy extraño, sin pistas sin nada que perseguir – silencio. Tenemos un niño perdido, su familia es de Portugal, ¿sabes del nuevo hotel?
  • Voy para allá

El hotel es como otros tantos de Barcelona, hay policías afuera de la habitación 308, saluda con un movimiento de cabeza antes de ingresar, allí resuenan con más fuerza los alaridos de una mujer, el dolor de una madre por no saber de su hijo, el padre reposa la cabeza entre sus manos, se dirige a él.

  • ¿Castellano? – el hombre levanta la cabeza
  • Sí – en su rostro consternación – mi esposa es de Lisboa, entiende un poco
  • ¿Vasco? – asiente – Cuénteme que pasó
  • Comíamos, ya sabe, mi esposa fue al baño, Fer se quedó conmigo, tiene 4 años, me volteé unos instantes – se pasa la mano por la cabeza y niega
  • No se preocupe – le da una palmada en la espalda – mañana cuando este más tranquilo pase por la comisaría

Sale de la habitación tan sigilosamente como ingresó.

 

Alguien le acaricia el pelo, ella despierta, un hombre la mira, ella sabe que es malo, no es otro vagabundo, ese tipo le da escalofríos, nota que hay alguien más allí, una sombra se mece en un rincón sollozando suavemente. Hay un nuevo niño entre ellos.

  • Dile a Gracia que estoy aquí –ella mira al niño, luego finalmente se pone de pie, desaparece por unos instantes tras la puerta de la recámara y vuelve con la matrona rolliza envuelta en una bata siguiéndole los pasos, la chiquilla se adelanta y abraza al pequeño del rincón
  • ¿Qué es eso? – la mujer señala al niño
  • Necesito más espacio – alegó el hombre – No quiero seguir allá entre todos – ella le indica que guarde silencio con una mano
  • Primero tengo que ver la mercancía – a una señal la niña se aproxima llevándolo con ella, la mujer lo jalonea, le abre la boca y revisa sus dientes, palpa sus brazos y finalmente mira sus manos — Es muy chico aún pero me servirá, puedes llevar tus cosas a uno de los cuartos desocupados —El chiquillo ha guardado silencio, pero mira receloso a la mujer
  • Gracias – al salir el hombre le guiña el ojo al tercer crío que miraba la escena desde el tapete, él le saca la lengua
  • Lo único que me ha traído es problemas — murmura mientras vuelve a su cuarto, – desde que llegó al Raval sólo ha traído problemas y golpea la puerta dejando a los niños solos

El niño corre a la puerta pero la pequeña lo detiene: “No estamos solos”, susurra y él vuelve a llorar.

 

Ha amanecido, se ha quedado dormido en el sofá de su oficina. Tocan la puerta y se incorpora cuando ella entra.

  • ¿Otra vez? – se remite a entregarle un vaso con café – Ya les tomaron la declaración, también a uno de los meseros
  • ¿Por qué ostias al mesero? – se pone de pie y se dirige al escritorio
  • Dijo que antes del alboroto había corrido a un mendigo, un tío que siempre les ahuyenta a los comensales – lo ve sacando una botella de un cajón y vaciar un poco de whisky en el café
  • ¿Sigue aquí? –ella negó y se encogió de hombros, — Vale, leeré la declaración
  • Hay más –se remite a acomodar los cojines del sofá antes de tomar asiento
  • Habla María, no tengo paciencia, lo sabes
  • Dos mossos del barrio de la Rambla detuvieron a una carterista – hace una pausa y continúa, Era ella, Inés
  • ¿Dónde la tienen? –se puso de pie impaciente
  • Se escapó, no le dieron importancia hasta que vieron el retrato en la comisaría –él se deja caer de nuevo en la silla derrotado. Le ayudaron a escapar, dos adolescentes armaron alboroto. — Después de unos momentos él se pone de pie y sale sin mediar otra palabra
  • ¿Vienes? – ella le sigue muy a su pesar

 

Medio día, la Rambla está atascada de turistas, un festín para los carteristas y ladrones. Los dos inspectores toman asiento en una de tantas cafeterías.

  • ¿Por qué no pensé en esto? –le dice a su compañera, un mesero se acerca al a mesa, él saca su insignia y el mesero se aleja
  • Pensar en qué, en ser carnada de maleantes –María no está cómoda, pero le sigue el juego y mira alerta a su alrededor
  • Era lógico, Inés seguía entre nosotros –enciende un cigarro
  • Estás obsesionado Iñaqui, veremos si da resultado o saldremos mal parados con Zaragoza –le hace una seña al mesero, esté se acerca con un cenicero

Después de un rato aparece entre la multitud una niña sola, aunque por la facha bien podría pasar por niño, se mueve rápido entre el gentío y es casi imperceptible a menos de que se le esté buscando. Iñaqui reacciona inmediatamente, se pone de pie y acelera el paso, María le sigue.

La chiquilla se acerca a un quiosco y con ojos llorosos suelta al dependiente: “me quieren llevar” —señala a Iñaqui a lo lejos, el alboroto no tarda en armarse y ella se esfuma entre la gente, aliviada de haber salvado el pellejo.

  • ¡La madre que me parió! – el Inspector grita mientras lo sostienen dos mossos
  • Señor tendrá que venir con nosotros –le repiten. María llega en ese instante
  • Viene conmigo – les dice mostrando su insignia
  • Inspector – lo sueltan, Iñaqui se golpea la cabeza
  • Tan cerca – María se le acerca y le sostiene, él se quita
  • Ya se enterará su superior de lo que habéis hechos ustedes dos –los amenaza mientras se aleja, la gente ha comenzado a dispersarse

La niña observa la escena escondida detrás de un coche. Tiene dudas, pero Mamá Gracia ha sido tan buena con ella, le ha cuidado desde… no recuerda. Luego piensa en el niño nuevo, que no hablaba castellano, ni catalán, en Pepe, su hermano. Sabe lo que puede pasar si pierde el botín, si no regresa al Raval, donde ella vio niños ir y venir. Sus pies se mueven, camina despacio e insegura.

“¿Y si no son malos?”, recuerda la frase de su hermano de la otra noche.

 

 

Catalina By Adry Luis

af51c803791a6111e1f8c42b7f735401

True Crime / Serie Negra / Barcelona

Era de imaginarse, el hedor a alcohol y la diáfana, pero insistente fetidez de la sangre, le hizo recordar los primeros años en que empezó a trabajar como policía. Entró a la habitación sabiendo que aquella vez iba a ser distinto. Nunca había estado trabajando en el mismo sitio dónde se divertía, quizás, le era inaceptable pensarlo; hasta hoy, que recordó mientrasmiraba a la víctima, que el mundo estaba plagado de dudas.

Pepón en realidad no era un detective de los que tanto se enorgullece Barcelona, sino, uno menos drástico, ligero, paciente. No por gusto, aquellos hombres de sobretodo y sombreros grises, tenían autos propios y mujeres exóticas. Cosas que no podía permitirse él, cuando lo que hacía como labor natural, era mucho más sencillo que lo que intentaban simular esos intolerables policías. No obstante, aquel jueves de invierno, olvidó todas esas banalidades agachándose al lado de su amigo: Álvaro Herrera, ya convertido en un inservible pedazo de carne. Estaba al costado derecho de la cama, la habitación totalmente a oscuras. Tuvieron que alumbrar con linternas para defenderse de la lobreguez. Pero ahí yacía, con la boca abierta supurándole alcohol, completamente desnudo, y los ojos azules ya eran grises, ese color con el cual se despiden todos.

Lo supo minutos antes de entrar, cuando su mujer le llamó dándole la noticia. A pesar de haberse hecho la idea, nunca pensó verle en aquel estado iracundo, como su mueren las almas tristes y perturbadas. Alvarito —como le decía cariñosamente—, no era un arma perturbada ni mucho menos. Mientras los oficiales y el conjunto abrían las ventanas para hacer las fotos más limpias, Pepón seguía ausente, agachado donde su amigo, pensando quizás en los disturbios que recibió aquel cuerpo antes de quedar así. Le tocó las piernas y el pecho, pero no distinguió ningún hueso roto. Por el olor y la fatiga, pensó en el ahogo, pero la sangre le señaló el terrible golpe en la cabeza. Se repuso para abrir las ventanas, y desvistió las cortinas desvelando un paisaje de picos dorados al final de la carretera.

—Empecemos —se escuchó la voz del oficial al mando.

Dos jóvenes entraron por la puerta agarrando un catre. Parecían nuevos reclutas, uno más lento que otro, por lo que alcanzó a ver Pepón. Le recordaron sus primeros días en la faena, cuando acostumbraba a hacer las cosas a base de gritos y empujones. No era fácil mirar a un muerto, la costumbre lo hacía menos doloroso, pero nunca más fácil. Desde su posición, podía sentir los débiles corazones núbiles, y aquella lasitud con que levantaron el cuerpo para depositarlo en el catre. «Con cuidado», susurró entonces, mientras se acercaba.

Llevaron a Álvaro a la ambulancia. El más joven de los dos se quedó organizando la camilla, mientras la muchacha, un tanto más ágil, volvió adentro no sin antes tomar la cámara de fotos. Pepón seguía investigando los detalles. El suelo sucio, todos los cuadros tumbados de las paredes. No había señal de lucha, pero algo raro tuvo que pasar para que su amigo quitara los lienzos. Álvaro amaba el arte, y la plástica le fascinaba de una forma enfermiza. Tanto, que le dedicó uno de sus cuadros a la puta que más amó en su juventud: Catalina Virpez, la portuguesa idealista que siempre pareció estar más loca que él. Eso recordaba el detective tomando notas de algunas peculiaridades más.

—¿Quién encontró el cuerpo? —preguntó de repente.

—Ella —contestó la jovencita señalándole por la ventana.

Pepón dejó enseguida lo que estaba haciendo y fue hacia la carretera. Vio a la mujer volverse en silencio, con los cabellos castaños y los ojos tan intensos que dolían. «Catalina», pensó, percatándose de que era inmensamente bella. A pesar de los años y su inmensurable tortura, la mujer era similar a lo que su amigo le contó en las noches de póker.

—¿Es usted Catalina Virpez? —y la dama respondió afirmando con la cabeza. De un momento a otro fue sorprendido por un abrazo, sintió el tórrido pecho muy cerca del suyo y se apartó para evitar otras confusiones. Ella era una tormenta de hermosura.

—¿Fue usted la que le encontró? —hizo por fin la pregunta.

—Él me contó de usted, José. Dijo que me protegería.

La cabeza de éste se quedó en blanco unos segundos y miró a los alrededores apartándose de la carretera. Escuchar su nombre en esos labios remontó a otras dudas.

—¿Qué has hecho?

Esta vez las palabras fueron mordidas hasta convertirse en susurros.

—Nada —respondió Catalina con un océano en los ojos—. Estábamos compartiendo y entonces todo se quedó a oscuras. Mire —le enseñó el chichón tras la nuca—, y cuando me desperté lo vi tirado, desnudo y sin respirar.

«La dejaron inconsciente», pensó Pepón al oírla. Podría estar inventándose cosas, ya bastantes películas de 007 habían pasado por él para creerse aquella escena tan bien dibujada por la extranjera. Pero recordó su nombre, como un disparo de plata al final de la oración. Nunca se habían visto, Catalina Virpez era hasta la fecha: otra fantasía más de Alvarito en la promoción de su hombría. La nombró en las borracheras, los sueños, en las victorias al monopolio; inventando teorías para sacarla a relucir. Pero todo eso se hizo realidad cuando Catalina, dibujada en carne y hueso ante Pepón, se mostró idéntica, como aquel borracho la describió hace más de 10 años.

—Tendrá que declarar con más detalles en la comisaría —soltó el detective al sentirse un tanto hipnotizado—, pero por ahora, quedase aquí, la atenderán enseguida.

La tarde desfiló ante el suceso. Huellas por ahí, sangre y ADN por allá, más preguntas para Catalina y unas cuantas teorías de Pepón. Así transcurrieron las horas, tejiendo dudas y brotando expectativas falsas. Así también llegó la noche, con el infortunio de que la extranjera resultó sospechosa y Pepón otro reo más de su sortilegio. Ya tendido en el sofá del despacho, dibujó las maneras de resorberlo todo. Colgó las fotos, hiló los puntos claves, y puso los nombres correspondientes. Catalina Virpez, era la primera en la lista. ¿Y cómo no serlo después de tantas casualidades? Ahí estaba su foto, intacta, de una belleza hiriente. Hipnotizando al detective que, desde el sofá, lanzaba sus ojos por encima del buró para ponerlos en ella. ¿Por qué? ¿Por qué era tan guapa aquella mujer? Entonces lo entendió.

Arrancó la foto de la pizarra y se puso la chaqueta. El pecho comenzó a inflársele y los oídos le sonaron de forma irregular. Así se reconocía un pálpito. Esas fuertes emociones que solos los policías entienden. Agitado, bajó las escaleras, y buscó rápidamente a la recepcionista. En menos de 20 minutos había organizado todo para volver al lugar del hecho. Llamó al más ágil de los dos becarios y quedó con ella en recogerle. El paseo por el centro de la ciudad se hizo mucho más interesante cuando de copiloto se montó Silvia, la pequeña fotógrafa. Se veía mucho menor con aquel jersey de pana y el pantalón ajustado a la piel. Su carita reflejaba, a pesar de la hora, un entusiasmo iracundo.

—Perdona las prisas —soltó Pepón mientras aceleraba—, pero no lo hubiese hecho si no fuera tan urgente.

La joven depositó la mochila ante su cuerpo estrechando los muslos. Su superior podía ser un hombre serio, pero era muy tarde, había frío, y el rostro de Pepón no emitía mucha confianza a esas horas de la noche.

—No se preocupe —dijo.

Al detective le era muy difícil entablar una conversación. Empezaba a temblar tras las primeras palabras, y acto seguido enmudecía por completo. Si algo se le daba fatal, era mantener un ritmo interesante. Más ahora, cuando los años habían tomado su carisma como bastón y ya no era el joven mozo que cazaba venados a orillas del mundo. De eso se daba cuenta él mismo, mientras manejaba por toda la autopista hasta las afueras de Barcelona.

Tomó un poco de tiempo que la joven organizara sus cosas. Él esperó apoyado al carro, deliberando con sus demonios otras soluciones. Después de eso, ambos se metieron en la casa. Caminó con cuidado entre todas las pruebas, y cuando estuvo delante de los cuadros, usó los guantes de goma para agarrar uno.

—¿Cuál busca? —preguntó la muchacha.

—El de ella —respondió enseguida.

Al cabo de dos minutos, el detective sacó el retrato y lo puso ante él. Se levantó del suelo para mostrárselo a la becaria, quien le tomó unas fotografías irregulares después de que había hecho lo mismo con el resto de las cosas. Pepón sacó la foto de Catalina y volvió a mirar el retrato. Silvia dio unos pasos hacia atrás cuando escuchó decir a su superior—: ¡Hija de la gran puta!

 

 

LOS ASESINATOS DE ARIBAU by Silvia Salafranca

78fe3c2c0bd603639507a8c472573b45

TRUE CRIMEN / SERIE NEGRA / Barcelona

 

Llevaba un tiempo la comisaria en calma a pesar de muchos acontecimientos producidos en diferentes puntos de Barcelona, violencia de género, violaciones, robos y desapariciones que acababan siendo producto de la chavalería de los años en los que vivimos.

Como comisario tenía contactos con algún detective privado con su despacho situado dentro de los distritos que abarcábamos nosotros. Entonces fue cuando Julián aquel día me llamo.

̶  Jordi ¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo! Necesito que me mires los casos en la calle Aribau y si te pillo bien quedar por la tarde y tomar algo.

Después de quedarme asombrado por la llamada de Julián sabía que debía estar moviendo un caso de investigación importante para recurrir a mí. Miré mi agenda y viendo un hueco entre las 17:30 y 21:15 respondí.

̶  Claro que sí, te parece bien en el Velódromo de Montaner para tomar unas cervezas ¿sobre las 18:30?

̶  Estupendo a esa hora nos vemos allí.

Mientras que hablaba con Julián había recordado varios casos de dicha calle producidos entre el 2000 al 2003 y me puse manos a la obra para recapitular de que casos hablábamos. Realmente el lugar elegido estaba a 2 cuadras de dicha calle ya que mi curiosidad necesitaba ser alimentada y que mejor que estar cerca de aquel punto.

Sobre las 17:00 horas me encontraba con tres fichas que acercaría a dicha cita puesto que coincidían en diversos tiroteos donde no pudimos esclarecer las causas.

La primera del 9 al 10 de septiembre del 2000 donde en la puerta del bar Tal Cual en la esquina de Aribau con Mallorca recibía un disparo a bocajarro en la cabeza Haamid Sada sin causa aparente más que el agravante de racismo que no se incluyó en el caso por homicidio y tenencia ilícita de armas.

La segunda realizada el 12 de mayo de 2001 en la calle Aribau 130, esquina con Roselló. Donde un camello se hacía pasar por chatarrero y en el lavabo del after Tusaka asesinaba a Jordi sin relación alguna, siendo dicho camello también condenado por el crimen y tenencia ilícita de armas.

La tercera el 7 de octubre de 2003 donde Manuel Navas propietario del Tal Cual recibía 6 disparos hasta que su amigo José Antonio daba en el blanco condenado sin esclarecerse las causas del delito. La calma parecía haber regresado en aquella calle manchada por un gris y rojo fogueado en pólvora casos sin importancia habían transcurrido tras los años dejando allí los fantasmas que jamás desvelaron sus motivos.

Miré el reloj y fui al Velódromo sentándome en una de las pocas mesas que se encontraban libres le indiqué al camarero que me pusiera una cerveza sin alcohol.

Cinco minutos más tarde entraba por la puerta Julián casi irreconocible de la última vez que habíamos trabajado juntos en un caso que le habían pedido investigar, me estrecho fuerte la mano y pidió un tercio que recogió de la misma barra para después sentarse.

̶  No han pasado los años por ti condenado, (me reía) ¡te veo estupendo!

̶  La verdad es que me he quitado bastantes kilos de encima y con eso hemos ganado en salud, tú también te ves genial. ¿Has traído lo que te he pedido?

̶  Claro, tres fichas muy indagadoras que me tienen en vilo, así que míralas y vete soltando en que estás trabajando y en que te puedo ayudar.

Cogía la carpeta con los tres casos mientras que le veía mirarlos y remirarlos, después de un rato poniendo en una libreta de cuero envejecido sus anotaciones me preguntaba:

̶   ¿El juez de los casos coincide ó el equipo que llevó los casos?

La verdad es que con la curiosidad que se me había quedado en el cuerpo tras la llamada de Julián era algo que no había mirado.

̶  Luego repasaré la información  y te llamo cuando la tenga y ahora ¿dime qué ocurre?

̶  Ok, es complicado; te he llamado directamente al recibir el caso de mi clienta que curiosamente coincide con otro negocio en la misma calle. Recibí hace dos días a la dueña de un local de copas de la calle de Aribau donde cogía una llamada de un varón que la decía que la siguiente en bañarse en pólvora sería ella. El caso que en esta calle según exteriorizó, bastantes comerciantes mantienen una estrecha amistad y otra dueña recibía la misma llamada en otro comercio de la misma calle. Ella según me explicaba mi clienta, no le había dado importancia alguna. Su expresión literal fue que hay mucho borracho y loco que de vez en cuando hace una gracieta.

̶  Julián sabes que ahora es cuando debes darme datos más concretos, aunque pudiera ser la estupidez de algún listo, la coincidencia; es más que sospechosa.

̶  Tranquilo, hoy tengo cita con mi clienta a las 21:30 mañana si te parece volvemos a quedar a las 12:30 aquí mismo, si te viene bien, e intercambiamos impresiones.

̶  Eres un truhán. Lo tuyo es increíble, no cambiarás. Un día te matarán a ti los temas de faldas. Si no vas a soltar prenda más que esta noche, que ya nos conocemos… pago en la barra y voy directo a la comisaria que me han dejado varias llamadas en el móvil.

̶  Que mala fama tengo joder, que han pasado bastantes años y estoy con un pie dentro de convento (me decía guiñándome un ojo) Me parece bien  ̶  dijo, yo me quedo un poco más, mañana la invitación corre de mi cuenta. El tema en Barcelona está muy prendido por muchas cosas últimamente como para añadirle más chicha, ¡tranquilo! Decía mientras que se marchaba Jordi del Velódromo y yo me tomaba tranquilamente la cerveza. Cristina la dueña de Emperatriz me estaba esperando para resolver sus dudas y pagarme las minutas para ir moviendo su caso. Por una extraña razón me cautivaba (para que negarlo) su pelo rubio a la altura de los hombros decorando un cuerpo para los mejores rallies. Estaba claro que Jordi después de tantos años, me tenía tomada la horma del zapato.

Me marché a mi casa un pequeño estudio de Barcelona a 17 km de allí y me preparé para estar puntual a las 21:30. Cristina estaba en la puerta del restaurante espectacular. Jamás han tenido que esperarme a mí miré el reloj y aún así yo llegaba 10 minutos, apoyé mi mano en su espalda y entramos. Uno bastante íntimo para poder hablar con ella de sus preocupaciones y la velada pasó triunfante mucho más de lo que me esperaba, para cuando me quise dar cuenta el teléfono en mi vivienda sonaba a las 10:05 de la mañana. Encontraba mi ropa descolocada, un sobre encima del recibidor de la entrada con las minutas que me había pagado Cristina y su cuerpo de generosa propina.

̶  Si, sí, sí, no jodas ¡voy!

Me vestí lo más rápido que pude y quedé directamente en el número 84 de la calle Aribau con Jordi, donde la coincidencia o quién sabe, ponían un homicidio de nuevo en aquella calle.

Pasaron los meses, tantos… que al caso se le dio carpetazo puesto que imaginamos que la coincidencia hizo que aquel siguiente día a nuestro encuentro, asesinaran en aquella calle de Barcelona a un chico que pasaba por allí de un disparo en el pecho. Los motivos no se esclarecieron ya que no se encontró relación ni motivo aparente y fue localizado aquel mismo día el asesino y detenido por homicidio y tenencia ilícita de armas.

Seguí quedando con Cristina, manteniendo su aroma impregnado en mi piel. Lo único curioso es que fuera a unos metros del negocio de la amiga de Cristina pero después de 5 meses, la ausencia de nuevas pruebas o llamadas, hicieron cerrar el caso que volvían a aclamar a los fantasmas en aquella calle.

Después de aquellos meses mi libreta de anotaciones me empujaba, de cuando en cuando, repasar las extrañas coincidencias que solo tenían un río de sangre y un nombre de una calle en Barcelona, donde después de aquello cada día que podía tenía un encuentro con Cristina.

La confianza de las citas cambio los hoteles para dar rienda a la fogosidad por nuestras viviendas ella ya había estado en la mía en varias ocasiones y fíjate que la primera después de tanto aparece en una completa laguna.

Esta vez era yo el que me dirigía a su casa, una gran mansión donde solo los jardines eran más grandes en comparación con mi pequeño estudio. De vez en cuando Cristina me preguntaba por el caso, pero ya nuestras citas se habían convertido en puro juego de atracción. Llamaba al timbre mientras que escuchaba los pasos hacia la puerta y un hombre de unos cincuenta y poco uniformado me hacía esperar en el recibidor.

̶  Gracias Charles, puedes tomarte el resto del día libre  ̶ dijo ella. Miré a Cristina exuberante, con un vestido negro medio transparente una falda de tubo que mostraba sus caderas y entonces la casa me dejó de impresionar.

A mesa puesta comprendí que era dueña de un negocio en la calle Aribau pero posiblemente, más cosas tenían que ayudarla económicamente a mantener ese estatus de vida. Me pase la velada disfrutando de la trayectoria perfecta del cuello a sus clavículas, y de ahí; a la generosidad de sus pechos únicamente tapados en los senos por unas flores negras bordadas. Por más que he querido en cada cita conocer algo más de ella, siempre acabo ansiando el momento de tenerla entre mis manos.

Esta vez al estar jugando el partido en casa se ha sacado los preliminares bajo su falda. Sentada en la silla con las medias de cristal posando sus pies en mi entrepierna hasta el punto de dejar el postre para después del postre. No conocía aquella faceta de Cristina y me dejé guiar de su mano.

Hasta acabar supongo en su habitación. Con un edredón de seda rojo y una luz de ambiente, una cubitera de champan en el lado derecho de la cama. Mis manos han tratado en varias ocasiones de subir por sus muslos siendo paralizadas en toda ocasión.

He pasado de detective a un débil hombre obediente, tumbado en la cama mientras que disfruto sintiendo como desabrocha los botones de mi camisa y así el resto de mi ropa y aún la tengo a ella dominándome totalmente vestida. Sin decir absolutamente nada sus besos y juegos me tienen tan bravo que mis manos localizan una cremallera que bajo sin que me lo impida, y así estar más parejos en ese juego diablesco.

Con sus piernas tapadas desde el muslo hacia abajo y un liguero, se queda encima de mi cuerpo con una pierna a la derecha y otra a la izquierda que me mantienen preso de continuar su travesura y sin darme apenas cuenta, baja una mano al lateral de la cama me ata las manos con unas esposas y saca una pequeña pistola de su espalda sujeta supongo a su liguero que no había ni apreciado.

̶  ¿Qué haces Cristina? ¡Quítame las esposas!

̶ Shhh… no te asustes, es solo un juego que te encantará, confía en mí y déjate llevar. Pasó aquella pistola supongo sin cargar por mi cuello fijándola en mi mandíbula para luego devorarme a besos y así jugó a su propio esparcimiento pensado y preparado para acabar una magnífica noche.

Al día siguiente  las cosas por hacer no me permitían quedarme mucho más, la dí un beso viéndola tumbada plácidamente en su cama, y me volví a mi casa para recoger unas cosas.

En caliente todo era excitante e increíble, pero en frío mientras regresaba, me quedé pensando en sus palabras con la pistola en la mano.

 

 

La vampiresa del Ponent by Diana González

76a433be8671e47f9dccf02893c1ae4e

True Crime/ Serie negra / Barcelona

En el Raval, la calle de Joaquín Costa 9,  es angosta, con edificios y balcones de  siglos pasados. Muchos negocios, distintas etnias y una  truculenta historia de una Vampiresa cuando su nombre era Ponent  y daba tono al barrio de la Rambla,

Marc Martinez llegó a la puerta del edificio que lucía un gris desprolijo con puerta de hierro negro, con cinco minutos de antelación a la hora, que su cliente le había citado. No le sorprendió verlo esperando, el señor Pau Turrull impecablemente vestido con traje y  paletó negro lo esperaba jugando con su llavero al que hacía rebotar contra su palma izquierda. Después de los saludos de cortesía el hombre le invitó a seguirlo, con la llave en su poder abrió la puerta del edificio sin ascensor, subieron hasta el segundo piso e ingresaron al apartamento 3B. Era un piso sencillo, de una sola habitación, con muebles de pino y un par de cuadros en el comedor, salvo la habitación que tenía un toque personal y femenino, con dos camas de hierro blanco y almohadones decorados, el resto era solo funcional y ecléctico, desde la biblioteca al fregadero. Marc miraba todo con detenimiento y sin hacer comentarios.  El señor Turrull de espaldas a él, mirando por la ventana, le dijo lacónico

— He requerido sus servicios porque no me conformo con la forma en que han empantanado el caso de mi hija, aún no se ha encontrado al culpable. En este piso vivían ella y su amiga hace dos años. Está tal cual lo dejaron, si necesita cualquier otra cosa, tengo todos los efectos personales que encontraron junto a su cadáver. Además he conseguido por mis abogados, parte de su expediente.

— ¿Dijo usted que vivía aquí con su amiga?

— Si, una compañera de estudios que actualmente vive en Valencia.

— Tiene su dirección.

— Si, puede pedirla a mi secretaria.

— Bien, empezaré por leer el expediente y tratar de juntar todo el material del que dispone. Quizá deba volver a este piso un par de veces, me gustaría registrarlo todo, le avisaré cuando así lo necesite.

— Le dejaré una copia de la llave, podrá retirarlo todo mañana en mi despacho, lo tendrá mi secretaria. Siempre consulte conmigo,  luego le dejaré todo para que le sea entregado por Matilde.

Al día siguiente Marc recogió todo en el estudio y lo llevó al piso en cuestión. Ocupó la mesa del comedor y puso cada cosa en hilera en un orden minucioso, expediente, cartera, libretas, teléfono móvil, un rouge, caja de tampones, dos condones, billetera, manojo de llaves, ocupando una tercera parte de la mesa. Luego pegó una tabla de corcho a la pared al costado del televisor y puso una caja de chinches sin abrir, sobre el mueble.

Solo después de acomodarlo todo se quitó su bufanda, la dobló y la colocó sobre el respaldo de una de las sillas, tomo un pequeño frasco del bolsillo interior que apoyo sobre la esquina de la mesa, se quitó su “jaqueta” de cuero marrón y la acomodó en el mismo respaldo sobre la bufanda.

Fue hasta la cocina con el frasco en la mano, tomó una de las tazas grandes y redondas que colgaban de la repisa, puso su carga sobre ella, enjugó la taza, la llenó de agua y la puso a calentar en el microondas.

Ya con el café amargo y humeante en sus manos volvió al comedor, abrió el expediente sobre la mesa, y se dispuso a leer

El caso se había abierto en 2015.

Gemma Turrul Trías y Antonia Maura Martinez, compañeras de piso en la Carrer de Joaquín Costa 9, 08002 Barcelona acuden a las cero cuarenta y cinco horas del  veinticinco de julio de dos mil quince al establecimiento Moog, sito en Carrer de l’Arc del Teatre, 3, 08002 Barcelona. Sin motivo aparente dentro del establecimiento se distancian. Aproximadamente a las dos de la mañana.  AMM ve a GTT bebiendo con un desconocido, luego se dirige a los aseos.  Sobre las tres abandona el establecimiento sin haber localizado a GTT. Llega a su piso sobre las tres y treinta. Hay un mensaje de AMM en el Facebook de GTT a las cinco de la mañana —¿Dónde andas? Te espero en casa.

Otro similar a las seis cuarenta y cinco — Chica, me tienes preocupada, ¿Dónde estás?

Hay mensajes similares enviados por AMM hasta las diecinueve horas  del mismo día veinticinco de julio de dos mil quince.

Antes de continuar leyendo miró las fotos, y las anotaciones al dorso, Fecha: cinco de agosto dos mil quince. Localización: desvío a C-245 / Carretera D’Esplugues. Hallado  el cuerpo sin vida de Gemma Turrul Trías en un campo al costado de la inhabilitada vía comarcal, muerte por estrangulación. Elemento utilizado en el homicidio: cinturón, encontrado al lado del cadáver…

En los siguientes tres días se dedicó a revisar cada centímetro cuadrado de aquella vivienda. Encontró libros, cuadernos de estudio, otros con escritos, fotos donde estaban las dos ocupantes. Algunas donde estaba Gemma con mucha gente,  y otras donde estaba Antonia sola, nueve en total. Fue tan exhaustivo  su análisis e investigación que distinguía sus letras en los cuadernos y creía identificar quien había tomado las cuatro  fotos de paisajes, Gemma era alta, rubia, de ojos color miel, esbelta y distinguida.  Antonia era un poco más baja y con mayores redondeces, el cabello negro igual que los ojos, a su juicio la más bella.

Salvo elucubraciones, a la semana estaba casi igual que el primer día.  Ese desconcierto y la certeza de que a aquel caso le faltaba una pata, un punto de apoyo más firme decidió que iría a Valencia a ver a Antonia.

Cuando Antonia atendió el portero de su piso en el barrio Ruzafa de Valencia,  ya sabía quién llamaba a su puerta, aquel detective le había adelantado su visita.  Esperaba a un fisgón cincuentón y mal entrazado, quizá por eso no pudo disimular su sorpresa. Marc, si bien era bastante mayor que ella,  no solo era impecable y educado, lo que más le impactó fue su aspecto juvenil, su manera de mirar.

Durante la entrevista los dos se estudiaron, sin sobrepasar ninguna línea.  Él, muy profesional limitó la charla al tema que lo había movilizado hasta allí.  Ella analizó cada uno de sus movimientos, respondio a sus preguntas de manera amable. Después de unos cincuenta minutos y haberle ofrecido varias veces algo de tomar se levantó de la silla, miró su móvil y dijo en tono correcto

— ¿Podríamos continuar mañana? Lo siento inspector, pero luego que acordamos nuestra cita mi jefe me comprometió para una cena con unos clientes, y la verdad, no he podido negarme. Él y su esposa son muy buenos conmigo, me tratan como a una hija y cuando cerramos algunos tratos u otras cosas, suelo ir con ellos.

Marc asintió, antes de explicar, aceptó la mano tendida de Antonia, una sensación cálida lo invadió al tener aquella mano suave y blanca que retuvo en la suya mientras le comentó.   — No, no será mañana,  Ya que otros temas me obligan a estar en Barcelona,  Si le parece a usted bien, vendré en la mañana del martes próximo. Y no soy inspector, solo detective.

A lo  que Antonia contestó que sí. Tras cerrar la puerta su aparente seguridad se desplomó, su cara adquirió un rictus de incertidumbre, debía reconocer que aquel hombre y su visita le repelían.  Otra vez Gemma.

 

En la siguiente semana Marc volvió dos veces por aquel piso del Raval. Las nueve fotos estaban pinchadas en la placa de corcho y una anotación en un posit blanco en letra de imprenta: PAISAJES.

Pasó el fin de semana cortando el cesped.

El martes llegó a Ruzafa sobre las nueve, dejó el auto en el aparcamiento el día completo y decidió que tomaría un café en la esquina de la casa de Antonia.  Estaba indeciso entre acompañar el café con algo dulce o salado cuando una voz a su espalda casi le susurró

— Muy buenos días Detective Marc.

Se giró con cierta sorpresa.  Allí estaba Antonia y su blanca palidez, abrigada y envuelta en una gran bufanda.

— Muy buenos días. —  Contestó él, entre complacido y sorprendido.

— Parece que hemos coincidido en el desayuno.

Hicieron sus pedidos por separado, tomaron sus bandejas y ocuparon la misma mesa.

Al encontrarse de manera casual se había roto el hielo de la formalidad en que había estado envuelto el encuentro anterior.  Hablaron bastante más libremente. Ella aportó datos sobre la salida de aquel día. El objetivo había sido ver a sus Djs preferidos. Que la amistad que las unía era muy fuerte a pesar de solo llevar tres años juntas, que nunca la olvidaría.

Con absoluta normalidad terminaron el desayuno y fueron al apartamento, en la calle hacía mucho frío, constantemente Antonia se arrebujaba, frotaba sus manos y tiritaba cosa que provocó que Marc en un acto casi protector le solicitara las llaves y abriera él, ya que ella no acertaba la abertura con sus frágiles, helados y temblorosos dedos. Su mirada fue de agradecimiento. Subieron enfrentados en el ascensor muy estrecho del edificio sin poder evitar que sus cuerpos se rozaran. Marc dudaba entre si no lo habían podido evitar,  o si lo habían provocado. Lo cierto que se había desatado entre ellos un juego de seducción que resistieron estoicos durante toda la mañana. La culpa fué del café que sobre el medio día propuso Antonia. La camaradería conseguida y mantenida desde el encuentro en el bar de la esquina dió como resultado que Marc se ofreciera a ayudar en su preparación. Para su suerte o desgracia el estrecho espacio de la cocina los obligaba a estar muy juntos y otra vez Marc dudaba si esa proximidad era necesaria. Sus pensamientos tuvieron que ceder por fuerza, a sus instintos, cuando sin ningun pudor Antonia acarició su entrepierna. Luego el deseo dirigió sus caricias sobre el cuerpo de ella, sus manos hábiles recorrieron cada centímetro acompasando ritmos y placer.

Ya eran las tantas cuando finalmente Marc abandonó aquel apartamento. Viajar de madrugada le permitió disponer de una autovía vacía y poco más de tres horas y media para pensar.

Antonia por su parte un poco más segura de sí misma, al igual que había hecho en su visita anterior, se dió una ducha de agua bien caliente y se metió en su cama. Se justificó a si misma pensando que había hecho lo que había que hacer.

En la semana siguiente se llamaron un par de veces, se comunicaron por las redes. Marc le dió uno de sus perfiles falsos y pudo acceder al de ella en Facebook.

Pasadas dos semanas, Marc sin aviso previo se presentó en su casa. Aprovechó el ingreso de un vecino para no llamar al portero y pulsó directamente al timbre del apartamento que ocupaba Antonia.

Al abrir la puerta se miraron directamente a los ojos, ella solo los cerró después de ver como Marc, sin pestañear, sin decir ni una palabra enfrentó a su cara la foto de PAISAJES que respondía al la ruta donde había aparecido el cuerpo de Gemma y el selfi que ella había publicado dos meses antes de aquel suceso, en el que tenía puesto el cinturón con el que habían estrangulado a su amiga. Continuo apretando sus ojos sin poder contener las lágrimas, sin poder justificarse y confesar que se había cansado de darle su amor y de ver a diario como Gemma le despreciaba.

 

El asesinato de la legalidad, by Antonio Caro

Comenzamos una Serie sobre: True Crime / Serie negra / Barcelona. Muchos de estos relatos serán publicados en Mundiario (con 7 millones de lectores) -j re crivello

4096fb347464e8e5f4370ea8e3f2c8d3

Juan trabajaba en una cerrajería, no había puerta que se le resistiera, tanto era así que pronto se granjeo el apreció de los señoritos y ricachones, que en sus noches de juerga tenían tendencia a perder las llaves de sus domicilios, no conyugales por supuesto, sino aquellos donde llevaban a sus “amigas” y mantenidas.

Estamos en los años sesenta. Barcelona esta despertando después de la post guerra. A la estación de Sants llega Dolores, una chica de pueblo, con ganas de hacer dinero y un nombre.

Cuando Dolores alquilo un pisito donde hospedarse, el casero llamo a Juan el cerrajero para que le pusiera una cerradura nueva. Juan llegó con su caja de herramientas su peto marrón de trabajo y su camisa a cuadros. Entró en el edificio y vio a Dolores. Una mujer joven de unos veintipocos años rubia alta y muy guapa, al verla se quedo prendado y enseguida entro en conversación.

  • Buenos días señorita —dijo Juan muy educadamente.
  • Buenos días tenga usted —le contesto ella.
  • Soy Juan el cerrajero, me ha llamado Lorenzo el casero para cambiar la cerradura de uno de los pisos —le comento Juan.
  • Si, lo estaba esperando, ha de cambiar la del segundo izquierda, por favor — dijo Dolores.
  • ¿Es su casa? —le pregunto él.
  • Lo será cuando usted cambia la cerradura y se deja de tanto palique —le contesto ella muy seca.
  • No se me enfade usted señorita, que es muy guapa y muy temprano para tener el ceño fruncido —le dijo a modo de respuesta— No se preocupe que en un santiamén le pongo la nueva.
  • Veremos, si es verdad, ya esta tardando —contesto Dolores.
  • Puedo preguntarle algo —dijo el cerrajero con una sonrisa en la cara.
  • Puedo impedírselo — le atajo ella.
  • ¿Va ha trabajar usted por aquí?
  • Eso quiero. —contesto ella— ¿Y usted se va a poner a trabajar ya?

Juan la miró y sonrió como pensando —esta chica es de armas tomar.

  • Claro que si, señorita, en un santiamén tiene su cerradura nueva —dijo el sonriendo.
  • Eso me dijo hace ya media hora y todavía no ha sacado ni las herramientas —le replico ella un poco malhumorada.

En aquel momento se presento Genaro el casero.

  • Hombre Juan, ya estas aquí —le saludo— pon rápido ese bombín que esta señorita quiere instalarse cuanto antes.
  • Ahora mismo me iba a liar con ella, señor Genaro —contesto el cerrajero— con la cerradura —dijo sonriendo mientras miraba a Dolores.
  • ¡Jajaja! Tú siempre tan gracioso Juan —le dijo el casero.
  • La vida hay que tomársela con un poco de sentido del humor señor Genaro, que son cuatro días los que vamos a estar aquí, como para amargarse por poca cosa. —le dijo el chico.
  • Tienes razón Juan ¿Verdad, señorita Dolores? —le pregunto el casero al verla tan sería.
  • Si usted lo dice, será —dijo sin énfasis ninguno.

Juan había empezado a cambiar el bombín de la cerradura mientras hablaban y al cabo de unos minutos había terminado.

  • ¡Bueno! Esto ya esta listo señor Genaro —dijo recogiendo la caja con las herramientas.
  • Gracias Juan. Ya sabes apuntalo y a final de mes me pasas la factura de lo que haya pendiente.
  • No se preocupe por eso, así lo haré —le contesto el cerrajero— Señorita a sido un placer conocerla, espero verla más a menudo —le dijo a Dolores.
  • Vete tu a saber, si volvemos a vernos —contesto ella— con Dios —dijo entrando en el piso y cerrando la puerta tras de si.

Dolores, comenzó a trabajar en casa de unos señoritos, en el servicio domestico, pero aquello no era algo que le gustara. El señorito le tiro los tejos y le ofreció una cantidad bastante aceptable por acostarse con él. Aquello le molestó al principio, pero acabo aceptando.

Se dio cuenta que así se ganaba más y mas rápido que limpiando suelos, por lo que no tardo en cambiar de oficio y dedicarse a buscar a hombres con dinero que pudieran pagarle lo que ella sabía que valía, tan solo por su compañía y por su cuerpo claro esta.

Juan no se pudo apartar de la cabeza a aquella muchacha que había conocido e intento en más de una ocasión acercarse a ella, pero ella le daba largas y le mandaba a casa con viento fresco. Eso lo reconcomía por dentro, máxime cuando se entero que se dedicaba a ir con uno y con otros por dinero.

Los celos y la envidia podían con él, tanto era así que quiso darle una lección, decidió entrar en su casa y quitarle todo lo que tuviera de valor, sabía que se lo habían proporcionado otros hombres y no estaba dispuesto a consentirlo.

Una noche espero en la esquina de la calle a que ella saliera, cuando la vio montar en un coche, él se dirigió a su casa y entró sin ningún problema, empezó a recorrer el piso con la mirada sin tocar nada. Abrió la puerta de la habitación de Dolores y se dirigió a la cama, se sentó en el borde y paso la mano por encima de la colcha, vio el aparador en la pared del fondo y se acerco, no pudo evitar la tentación de abrir los cajones y averiguar que guardaba una mujer como Dolores. Saco el primero y había ropa de lencería que él jamás había visto ni en las revistas en las que las chicas salían casi desnudas y en poses sensuales.

Agarro una prenda y la olio, olía a frescor ¿Así olería ella? —Pensó— La estiro y vio que era un body de encaje rojo, se transparentaba todo, aquello lo puso de muy mala leche, pensando en quien la vería con aquella prenda. Los celos eran mayores a cada momento, tanto fue así que no se dio cuenta que Dolores había vuelto a casa, se había dejado algo.

Lo encontró en su cuarto con la prenda en la mano.

  • ¿Qué haces aquí? —le pregunto furiosa— Como te atreves a entrar en mi casa, sucio bastardo —le bramó.
  • Zorra, eses una golfa —le contesto ciego de ira y celos.
  • Voy a llamar a la policía, ahora mismo. —dijo ella— maldito cabrón, te vas a enterar.
  • Eres una puta. —dijo él mirándola con los ojos inyectados en sangre— los prefieres a ellos, a esos señoritingos de cuatro perras y te abres de piernas para ellos por dos reales.
  • Hijo de puta, te voy a sacar los ojos —dijo ella furiosa al escuchar aquellas acusaciones.

Él se dirigió a ella y le dio un bofetón que la tiro de espaldas contra la puerta.

  • Cabrón, ¡no me pongas la mano encima! ¿Quién te crees que eres?
  • ¿Soy poco para ti verdad zorra? ¿Te crees más que nadie? Solo por que tienes una bonita cara —le dijo a la vez que iba hacía ella dispuesto a pegarle de nuevo.

Dolores no se achico y le hizo frente.

  • Tú, tu no eres nadie, un mierda que se cree con derecho sobre mi. Jamás seré tuya.
  • ¡Llevas dos días aquí y te crees la reina de Saba! —exclamó él— Y no eres mas que una cualquiera que llego hace dos días del pueblo creyendo que se iba a comer el mundo.
  • Que sabrás tú, pobre desgraciado. Qué crees que yo vine a Barcelona a buscar a un pordiosero como tú —le escupió a la cara

Juan la agarro por los pelos y la volvió a golpear, tirándola sobre la cama, sin saber cuando había cogido un frasco de cristal gordo, de colonia y se puso a golpearle en la cabeza. Ella se deshizo como pudo de él y salió corriendo hacía la puerta de la calle, pero Juan más rápido que ella, la agarro por detrás y la volvió a golpear con aquel objeto.

Dolores sangraba profusamente por la cabeza y la boca, dejaba un rastro tras de sí mientras corría para intentar escapar de aquel loco iracundo. Pero fue en vano, él la alcanzo antes de llegar a la puerta y le volvió a pegar con el frasco de colonia, ese tan caro que le habían regalado hacía unos días y no lo había llegado a abrir aún. Todo se le volvió negro cuando golpeo con la cara en el suelo.

Juan se agacho a su lado y la golpeo en la nuca, con tanta fuerza que escucho como crujía su cráneo. Se incorporo mirándola, mientras un charco de sangre se formaba alrededor se su cabeza, la cara la tenía desfiguraba. Ya no parecía la chica que el había visto meses atrás cuando le cambió la cerradura de la puerta.

Se dirigió al baño y al verse en el espejo completamente lleno de sangre se asusto y comprendió que había hecho, se lavó lo mejor que pudo, fue al cuarto de ella, donde comenzó a revolverlo todo para que pareciera un robo, luego hizo lo mismo en el salón y abandono la casa amparándose en la oscuridad de la noche.

Al cabo de dos días unos policías llamaron a la puerta de su casa, al abrir el padre, preguntaron por su hijo, este salió como si nada, más de una vez iban a buscarlo para que fuera a forzar o cambiar la cerradura de alguna casa.

Cuando salió le detuvieron por el asesinato de Dolores Sanz, ocurrido en la calle Legalidad numero 5. Él se defendió diciendo que no había sido, que ese día había estado fuera de Barcelona. Pero lo que no supo hasta el día de juicio era que el chofer del señorito que había ido a buscar a Dolores aquella noche, estaba esperándola todavía cuando el salio a hurtadillas y lleno de sangre.

El chofer subió a casa de Dolores y la encontró tirada en el suelo en un charco de sangre, al ver lo que había ocurrido aviso a su jefe y este dio parte a la policía. Así fue como Juan el cerrajero lo encerraron tras unas rejas de las que no podría abrir.

 

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: