Pacto de silencio by Mel Gómez

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Este texto está escrito bajo las pautas de True Crime para el Taller de Escritura j re crivello

 

12 de marzo de 1989. Un grito aterrador de un niño interrumpe la madrugada. Luego silencio.

Hacía un mes que Iliana y Federico se habían separado. Ella era muy joven, casi una niña cuando se casaron.  Él ya tenía su carrera, trabajo y no quiso esperar más. Iliana era muy hermosa. De cabellos rubios y revueltos de tanto estar en la playa, su juvenil piel dorada y su figura grácil llamaba la atención de cualquier hombre que se cruzara en su camino. Federico la quería para él y le prometió una vida sencilla para empezar y con mucho esfuerzo levantarían su familia y un pequeño negocio del que se encargaría ella.  Poco tiempo después recibieron al primer niño, vivo retrato de la madre. Dos años después la niña, de cabellos oscuros y piel de nácar, delicada como una rosa.

A los cinco años de matrimonio, ya la relación estaba maltratada, herida de muerte. Iliana estaba cansada de jugar a la casita a los veintidós años. Amaba a sus hijos, pero estaba hastiada. Le faltaba vivir. Se aburría. Añoraba sus días de playa, sus amigos y fiestas. Deseaba de nuevo su libertad.  Federico intentó renovar la ilusión comprando una casa para la familia. Los niños subían y bajaban las escaleras corriendo, escogiendo cuál sería su habitación. Inocentes de todo lo que sucedía entre sus padres, no tenían idea del giro súbito que tendrían sus cortas vidas.

El 2 de enero de 1989, se firmaron los documentos de la propiedad. Tomaron un camión de mudanzas, lo llenaron de cajas y pertenencias para irse a habitar la nueva casa. Federico tenía que trabajar más e Ileana no resistió más. Salía a la calle y se paseaba con sus hijos, ante los ojos curiosos de sus nuevos vecinos, para volver al encierro de aquellas cuatro paredes que la asfixiaban. Cada día su frustración era mayor y los argumentos con Federico se hacían cada vez más insostenibles. No quería seguir en aquel matrimonio que le robaba sus mejores años y así se lo dijo a su esposo, sin más. Él le pidió que estuvieran separados por algún tiempo, tal vez así podría extrañarlo y reparar lo que parecía estar roto, pero Iliana estaba convencida de que su deseo era terminar con ese error que solo le trajo dos cosas buenas: sus hijos.

De este modo, poco más de un mes de mudarse a la nueva casa, cada cual se fue por su lado, aunque ninguno de los dos puso documentos de divorcio en la corte. Ella porque no tenía el dinero y él, porque no tenía el deseo. Federico iba a buscar a sus hijos durante el fin de semana para compartir con ellos. En esos días vivía con sus padres y era allí donde los llevaba a pernoctar. Sostenía la casa donde vivía Iliana con los niños, por lo que el dinero no le sobraba para rentar un piso para él. Los abuelos gozaban de los nietos, pero no podían evitar interrogarlos acerca de lo que sucedía en la casa de la madre. De ese modo se enteraron que Iliana salía con varios amigos y amigas y que hacía fiestas hasta altas horas de la madrugada en las que bailaban, tomaban licor y se ponían «graciosos».

—Federico, tienes que ponerte en vela. No sabes quién entra a esa casa. Allí están tus hijos, sobre todo hay que tener cuidado con la niña, ya sabes… —aconsejaba la madre preocupada.

—Esa mujercita nunca me gustó para ti, hijo… Pero es que te encaprichaste con ella y ya se te metió entre ceja y ceja y no escuchaste consejos. Esto se venía venir —argumentaba el padre.

—No me digan más, ni les estén preguntando a los niños. Quiero llevar esta fiesta en paz. Si no hay nada que hacer, pues tendré que entender. Además, Marcia y Enrique, los primos de Ileana van a menudo y la visitan. Dicen conocer a toda esta gente… Los nuevos amigos de Iliana. Dicen que no pasa nada extraño, que son vecinos de la calle. Yo solo tengo que ocuparme de mis hijos. Este fin de semana vienen y por favor, no los interroguen.

Federico llegó a las seis de la tarde del viernes 10 de marzo de 1989 a buscar a sus hijos. Llevaba el sobre de la manutención, que le entregó a Iliana. Los niños salieron con sus mochilas de ropa y alegres abrazaron y besaron a su padre. Luego se subieron al auto despidiéndose de la madre con sus pequeñas manitas a través del cristal de atrás del auto.

—Los traigo el domingo… A las seis —dijo retrasándose unos segundos, esperando que ella dijera lo que nunca dijo: que lo amaba, que se quedara, que volvieran a empezar.

Ese fin de semana salieron a la feria el sábado y el domingo 11, fueron a un cumpleaños de una primita paterna en la playa. Corrieron, hicieron castillos de arena y de cuando en cuando se metían en los brazos del amoroso padre. Este los recibía y se preguntaba por qué tenía que devolverlos. No entendía por qué tenía que renunciar a ellos y conformarse con verlos solo los fines de semana. Era tan injusta esta ley. Se daba cuenta de que cada vez que los veía se había perdido parte de sus vidas que jamás iba a poner reponer. Ambos crecían día a día, venían con historias nuevas, palabras que no los había oído decir antes. No era él quien quería romper el matrimonio, pensaba, era ella. ¿Por qué él tenía que sufrir las consecuencias? Sintió rabia, algo en él cambió. Empezó a sentir rencor hacia la mujer que tanto había amado.

Esa tarde tenía que devolver a los niños. Por su cabeza pasaban todo tipo de pensamientos, su amor derrotado, lo injusto que era todo. Cuando llegó a la casa se bajó para entregar a los niños que felices besaron a su mamá y entraron corriendo a la casa jugando.

—¿Podemos hablar? —preguntó.

Ileana atravesó los ojos, molesta.

—¿Otra vez? ¿De qué quieres hablar? Yo creo que está claro todo entre nosotros.

—Pues sí, entre nosotros sí, pero no en cuanto a los niños.

—¿Qué con los niños?

—Yo tengo claro que me has dicho mil veces que no me amas, que esto fue un error y que quieres el divorcio. Pero, ¿por qué razón si eres tú quien quiere romper este lazo, te quedas con los niños? ¿No dices que quieres tu libertad? ¿No serías más libre si me los dejas? Ellos son mi vida.

—No… Los niños se quedan conmigo.

—¿Por qué? Porque te toca la casa y la manutención, ¿no es así?

—No es eso, son mis hijos. Yo los parí.

—Ileana, sé justa. Mira, si quieres sigo pagando la casa y una manutención para ti por un tiempo, mientras consigues un trabajo, estabilidad.

—No. Ya te dije que no. ¿Y quién te dio esa idea? ¿Tu papá o tu mamá?

—Ninguno de los dos… Solo pensaba mientras los miraba jugar en la playa —respondió melancólico—. Bueno, te veo en dos semanas —se despidió derrotado.

 

«14 de marzo de 1989.  Una madre y sus hijos de cinco y tres años fueron asesinados a puñaladas. Ileana Barbosa Fred fue encontrada desnuda en una bañera en el segundo piso de su residencia. Los cuerpos de los niños fueron conservados en un refrigerador y congelador del hogar. La escena era una espeluznante para los agentes que llegaron a investigar una vez que recibieron varias llamadas de los vecinos debido al olor fétido que provenía desde la residencia. Se cree que el asesinato ocurrió hace dos días según el resultado de la autopsia y el estado de descomposición de la madre. Los cadáveres de los niños se encontraban conservados, él de la niña tuvo que ser descongelado antes de hacerle la autopsia», Diario del Ojo Visor.

 

Federico supo de la noticia cuando lo llamaron los investigadores ese terrible miércoles, 14 de marzo. Creyó enloquecer. Se presentó a la residencia, quería entrar, pero no lo dejaron. Las noticias presentaron su imagen desesperada, mientras el padre de Iliana lo amenazaba de muerte por aquel terrorífico acto. Todo era confusión en su mente, no creía lo que pasaba, estaba en otra dimensión, un sueño horrible del que nunca despertaría. En el principio fue el principal sospechoso, pero pronto los agentes lo descartaron. A la hora de los asesinatos, estaba en la casa de sus padres con unos amigos viendo películas y boxeo. Más de diez personas podían corroborar esta versión.

Por otro lado, notaron que existía un código de silencio entre los vecinos de la calle donde ocurrió el asesinato. Al principio nadie hablaba. Nadie quería ayudar a las autoridades, después de todo, apenas conocían a la joven madre ni a sus hijos. Luego una vecina que vivía al final de la calle, a una distancia prudente, indicó que la madrugada del lunes —cuando se creía que habían ocurrido los asesinatos—, en la casa de Ileana había música muy fuerte. La vecina inmediata, dijo que no escuchó nada, que la casa estaba en silencio. Otros decían que habían escuchado el llanto de un niño. Una anciana dijo que el martes por la noche vio un hombre saltar el muro de la entrada, entrar a la casa y salir en su auto, pero no podía dar más información porque en la oscuridad no se veía bien. Eran tan contradictorios los testimonios que los fiscales comenzaron a amenazar a los posibles testigos. El pueblo estaba rabioso y alguien tenía que responder.

Temerosos por los interrogatorios y las amenazas de los fiscales, dos hermanos, menores de edad —Luisa (15) y Antonio (14)— fueron a la Fiscalía de Distrito y la muchacha declaró lo siguiente: «El domingo estábamos en casa de Ileana, escuchando música y bailando. A ella le gustaba mucho bailar. Bebimos bastante. Ya sé que no se supone que mi hermano y yo bebiéramos, pero estábamos allí, cerca de nuestra casa. Al rato llegaron dos vecinos mayores que nosotros. Comenzaron a bailar con Ileana, pero uno de ellos la tocó de una forma que ella no le gustó. Vi que ella se puso muy seria y dijo que iba al segundo piso a ver si los niños dormían. La vi subir las escaleras. Unos minutos después los vi subir también. Me asusté mucho y le dije a mi hermano que nos fuéramos».

 

El 16 de junio de 1992 se llevó a cabo el último día del juicio contra los acusados.

—El grito aterrador de un niño interrumpió la madrugada. Luego el silencio —declaró un testigo.

En el suelo de la cocina la criatura se desangraba sin socorro —declaró el detective—. Las huellas iban desde el primer al segundo de la vivienda, la niña dormía en un charco de sangre el sueño eterno sobre la cama. Luego ambos cuerpos fueron puestos en el refrigerador, el niño; la niña, en el congelador —concluyó.

—Ellos dos —dijo señalando con el dedo a los acusados— luchaban con Ileana, que se defendía y él le pegaba en la cara. Ella parecía no creer lo que estaba viviendo. Una bestia la acariciaba lujuriosamente y el otro observaba y callaba. Yo los vi y le dije mi hermano que nos fuéramos —declaró Luisa, siendo su testimonio confirmado por su hermano.

Esa fue la historia final con la que condenaron a dos hombres que aun comenzaban la vida, tres horas después de que concluyeran las presentaciones del fiscal y la defensa. Solo ellos sabían la verdad.

Por veintiocho años los condenados reclamaban su inocencia y pidieron que se revisara su caso a la luz de las nuevas pruebas científicas —DNA mitocondrial*—, que para cuando fueron convictos no existía. Sabían que en la autopsia encontraron vello púbico en la ropa interior de Ileana. Estaban seguros de que no eran de ellos. Nunca estuvieron en la escena. Solo aquella muchachita los había puesto allí, quién sabe por qué. Sus razones eran un misterio para ellos. Los resultados llegaron y fueron develados en una vista el 14 de septiembre de 2017. El vello púbico no pertenecía a ninguno de los convictos. Pertenecía a alguna persona relacionada con la víctima por vía materna. La juez ordenó un nuevo juicio.

 

En la madrugada del lunes 12 de marzo de 1989, Enrique llegó a la casa de su prima.

—Me extrañó que tuvieras la luz encendida a esta hora —dijo—. ¿Está todo bien?

—Sí. No podía dormir. ¿Y Marcia?

—Discutimos un poco y salí a dar una vuelta.

Ileana abrió la puerta confiada y le ofreció un café. Él no quiso tomar nada, pero pidió permiso para ir a ver a sus sobrinos.

—Están dormidos —respondió la madre.

—Solo un momento.

—Está bien. Solo un momento —Y subió las escaleras.

 

En la noche del martes 13, Enrique saltó el muro de la entrada. Subió corriendo las escaleras y se quedó viendo el cadáver de Ileana: hinchado, putrefacto. Lloró. ¿Por qué no pudo ser amable con él?, pensó. Volvió sobre sus pasos hasta la cocina. Abrió el refrigerador y el congelador. Allí seguían los cuerpecitos sin vida de sus sobrinos. Tomó el cuchillo con el que había acabado con las vidas de la madre y los niños. Lo olvidó. Ahora nadie sospecharía de él, jamás.

El 12 de noviembre de 2019, la Corte Suprema declaró que, aunque la prueba determinaba que el vello púbico no pertenecía a los convictos, ese solo hecho no ameritaba un juicio nuevo y denegó la oportunidad de probar su inocencia a los dos hombres que llevaban más de veintiocho años cumpliendo sentencia de por vida por unos delitos que tal vez no cometieron.

 

Notas:

*El ADN mitocondrial se puede extraer de cabello, huesos y dientes. Los restos antiguos y no identificados se pueden comparar a los perfiles del ADN mitocondriales de supuestos parientes maternales disponibles.

*La forense que hizo las autopsias declaró que no había golpes en la cara de Ileana y que quien asesinó a los niños debió ser alguien conocido, pues no hicieron nada para defenderse.

 

El segundo círculo by Jorge Aldegunde -01

Habitación 64 portada

Jorge Aldegunde interpreta a su manera la Habitación 64, un proyecto de 15 escritores que publicaremos en un libro colectivo en Enero. – j re crivello editor

Está colocada; hasta arriba. Con todo, conducirá, siquiera porque yo estoy aun peor. Se nos ha ido la mano con el champán y el polvo blanco –asumo que será el único que echemos esta noche–. Le da por ser osada; verbigracia: sostiene que no se quiere poner el «puto cinturón». Que la atosiga, le resta espacio vital. Yo soy de otra opinión: obediente, pienso que salva vidas, pero estoy tan hecho mierda que no sé si quiero que redima la mía y, al final, olvido abrocharlo. Detrás va el comando lote; están como para ajustarse nada. En plena calentura, lo suyo es comerse la boca y buscarse las cosquillas en la entrepierna. Estiro la oreja para escuchar los ecos de algún gemido; risas sordas y chasquidos de besos apurados. A mí me revienta la cabeza – horrible dolor pulsátil– y me reconcome la envidia.

Suben los decibelios del transistor –cosa que agradecen los amantes, que ya no ocultan el revolcón–; y las revoluciones del motor. Conduce bien, la condenada. Noto cómo sube y baja su respiración: comienza en la punta de su respingona nariz, continua en la turgencia que su vertiginoso corpiño a duras penas consigue tapar, alimenta un sindiós de vasos capilares y muere entre unos labios rojos, carnosos, deliciosos. Me fijo en cómo se aferra al cambio de marchas (imposible no sucumbir a la imagen fálica); se me despierta un instinto que irriga, indómito, todas mis extremidades –algunas con más celo que otras–, hasta devenir en portentosa e inútil erección que solo sirve para granjearme otro dolor más –de testículos–, que pone el broche a una deprimente escena de perdedor.

Desvío mi atribulado pensamiento hacia actividades menos creativas, más mecánicas. Me fijo en el continuo espacio-tiempo que forman las luces de la carretera sobreimpresionadas en mi retina por efecto de la velocidad. Intento contarlas, aunque enseguida me extravío –más o menos cuando me descubro enfermo de puro mareado–. Cierro los ojos antes de que acontezca la náusea y mi precaria digestión se manifieste, en forma de insondables tropezones, por la superficie del salpicadero. Durante una milésima de segundo me mira –ojos negros, pestañas largas–. Entonces, cuando por fin consigo encontrar sujeto y predicado dignos de tanta perfección y rompo a hablar, es cuando sucede.

Ella lanza un grito, al que sigue un nada sutil volantazo.  El coche comienza a derrapar siguiendo la línea discontinua (¿imaginaria?) de una curva. Vamos muy deprisa y el último giro no le sienta bien al vehículo, que se revuelve inestable en el precario equilibrio que forman fuerzas opuestas El desastre va por capítulos: mi musa sale proyectada, en oblicuo, hacia el parabrisas con una violencia tal que se lo lleva por delante. Literalmente, vuela a una velocidad cercana a los ciento treinta kilómetros por hora –la física no descansa ni el sábado por la noche–. Después golpea sonoramente el asfalto partiéndose el espinazo por varios sitios, rebota lacerando su descontrolado cuerpo y se detiene a pocos metros del arcén. La pareja de tortolitos no corre mejor suerte: la brusca sacudida convierte su abrazo en una trampa mortal. El rostro de él golpea el reposacabezas del conductor, dejándolo inconsciente, con la nariz rota y varias piezas dentales de menos. Para apuntillar, resulta todavía más cruel el impacto de ella sobre él–cráneo contra cráneo–: el brutal aplastamiento destruye tejidos y masa cerebral. Así quedarían: semidesnudos y entrelazados, en el amasijo de hierros en que devino mi elegante berlina, con su efervescencia por castigo.

En cuanto a mí, tampoco salgo lo que se dice muy guapo en la foto: la trayectoria errática me empuja contra la puerta del copiloto. Asisto, horrorizado, al vuelo de la infeliz y bella conductora y, como era de esperar, me precipito tras ella al tiempo que la dirección recupera una trayectoria más natural, ahora que no hay tensión alguna sobre el volante. Tengo tiempo de ver destellos en una noche negra hasta que el impacto contra el suelo lo vuelve todo mucho más oscuro.

***

Por alguna extraña razón soy capaz de verme: parezco un guiñapo; postrado sobre una cama en una lúgubre habitación de hospital. Hay varios cientos de tubos alrededor de mi cuerpo y un monitor de constantes vitales que produce bips tenues y acompasados. La estancia parece grande y desangelada. Yo lo veo todo desde arriba, como si fuera una araña que cuelga del techo. El caso es que no me resulta extraño contemplar mi cuerpo desde otros ojos; reacciono como si fuera lo más normal del mundo. No me sorprende, tampoco, que pueda acercarme –a modo de zum de una cámara barata– para hacer balance de los daños; contemplar el desecho humano en el que me he convertido. Una sábana amarillenta recubre mi cuerpo. El rostro, delgado y contraído, está secuestrado por una máscara de oxígeno. Un conspicuo y prieto vendaje rodea mi cráneo, como si se afanara en recomponer los mil pedazos en los que se rompiera mi cabeza. También tengo el ceño ligeramente fruncido: parece que estuviera concentrado. O soñando.

Caigo en la cuenta de que hay un tipo sentado al lado de lo que queda de mí. Mira, pensativo, un lugar indefinido que se pierde en las sombras, más allá de la región iluminada por la frágil luz que se proyecta sobre la escena. Viste traje negro, muy elegante, corbata a juego. El detalle disonante está en sus calcetines –visibles solo porque cruza una pierna–: fondo azul marino con rayas horizontales naranjas. Chillones: como para resucitar a un muerto. De repente, su mirada se torna impaciente.

–¿Y bien? ¿Cómo se encuentra?

Su voz es tranquila; entre lúcida y cansada. Hace que la pregunta se quede flotando en el ambiente. Respondo, desde mi indeterminada ubicación.

–¿Dónde estamos?

–En la habitación sesenta y cuatro.

–Esto es un hospital, ¿no? ¿Dónde se supone que estoy? ¿En la ciudad?

–Eso no importa. Lo que importa es que estamos –está– en la habitación sesenta y cuatro.

–¿Y qué tiene de especial? Parece oscura. Y fría. ¿Dónde están los médicos?

–Pues… Imagino que en la parte nueva de la clínica. Atendiendo enfermos.

–¿Y qué se supone que soy yo?

-Usted es… Bueno. No es fácil de explicar.

–Inténtelo.

–Usted es lo más parecido a una anomalía. Se lo iban a llevar, pero al final… dudaron. Todavía piensan que usted fue una víctima. Que se puede salvar. Aunque yo no lo creo.

–¿Qué…?

–Haga por recordar. Sufrió usted un accidente.

Algo en mi conciencia se agita y descubre imágenes. Sensaciones. No son del todo nítidas. No lo suficiente. Miro de soslayo a mi forma corpórea.

–¿Qué ocurrió con ellos?

–¿Usted qué cree?

–Pero…Yo estoy vivo, ¿no? ¿Estoy en coma?

–No está vivo. Tampoco ha fallecido.  Permanece, por ahora, en el segundo círculo.

–¿Qué…? ¿El segundo círculo?

–¿Le suena La Divina Comedia, de Dante?

El sujeto extrae un pequeño libro, edición de bolsillo, desgastado –con las esquinas dobladas y páginas marcadas y anotadas–. Se ajusta unos impertinentes sobre su aguileña nariz. Sin apenas esfuerzo, localiza un pasaje y lee:

«La borrasca infernal, siempre movida,

los espíritus lleva en remolino,

y los vuelca y lastima a su caída.

Y en el negro confín del torbellino,

se oyen hondos sollozos y lamentos,

que niegan de virtud el don divino

Eran los condenados a tormentos,

Los pecadores, de la carne presa,

que a instintos abajaron pensamientos.»

Siempre me había considerado una persona de acción. De aprovechar el momento. Lo de leer lo había relegado. De hecho, seguía convencido de que era una actividad pensada para flojos de pantalón. Así que no. No había leído el puñetero libro.

El hombre miraba, un punto divertido.

–Tal vez la traducción sea un poco anticuada para su tiempo. De todas formas, todas son un remedo del italiano original.

Siguió mirando el cuerpo postrado en aquella cama con cierto desdén. Al cabo, preguntó:

–Vamos… ¿En qué iba pensando mientras miraba cómo su amiga conducía?

Siguió un bombardeo de imágenes. Se me ocurrió que tenía suerte de que mi cuerpo no reflejase emociones, que no contara con una cara vista con la que mostrarme sonrojado y turbado frente a aquel extraño. Mi envoltura, en estado calamitoso –que nada aparentaba sentir o padecer– me protegía. Mi consciencia no era más que una voz en off. O eso creía yo.

–Vale. Quería tirármela. ¿Y qué? ¿Le sorprende? Ella era una diosa. Y la quería. Solo deseaba darme un revolcón con ella. Lo nuestro no era un rollo de una noche, ¿sabe?

 

Esto último lo dije, tal vez, con intención de disculparme. El hombre levantó su rostro, descubriendo mil arrugas. Abrió los brazos, ceremonioso.

–Tiene gracia que diga eso.

–¿Por qué?

–Porque a ella, tal vez, sí le iban. Los rollos, quiero decir. Parece que a ella le gustaba jugar más que a usted.

Se amontonan, de repente, los recuerdos de la última fiesta en el club.

Mañana final…

Los otros y las bestias. by Diana González

2.7

Este texto será publicado en Habitación 64, una obra colectiva de 15 autores en Enero por Editorial Fleming, y forma parte de un futuro libro que desarrolla su autora Diana González

Hilos gruesos de un rojo casi negro bajaban lento desde las comisuras de sus labios. Escupió una flema sanguinolenta y miró hacia arriba. ━Debo dejar de alimentarme así. ━Pensó y de un solo impulso saltó y subió a la copa del  árbol más alto, de allí vería mejor el panorama.

En la frontera inhóspita, árida y polvorienta la única construcción era la cárcel de máxima  seguridad que ocupaba el llano, dejando las elevaciones de la cordillera a sus espaldas. Tenía tres muros de contención, el primero uno macizo de siete metros y casi setenta centímetros de ancho, el segundo de seis y electrificado y el tercero el desierto más hostil y engañoso de la tierra. Cuando Drake Gálvez ingresó para su primer día en funciones pensó para sí: ━Aquí estamos todos presos.━ Y no se equivocaba.

Esperaría a la noche para ver de cerca aquella construcción extraña y extensa que ocupaba gran parte del llano. Su forma actual y las horas del día no se lo permitían. Descendió sibilante hasta la parte media del árbol,  desplegó sus alas envolviéndose, descolgó su cabeza apuntando al suelo a varios pies por debajo, permanecería colgando hasta bien entrada la tarde, hasta la hora que desapareciera el más mínimo vestigio de sol y la actividad de los seres nocturnos diera comienzo.

Drake se había reportado ante el Capitán en jefe y  alcalde a cargo, recibiendo  luego,  de un subalterno las indicaciones y las presentaciones del resto del personal. En sus primeras impresiones creyó vislumbrar aciertos en los motivos que le  habían anticipado como la causa de su misión allí, pero todavía era temprano para hacer juicios de valor.

Durante la noche contempló el cielo, la magnífica noche estrellada.

━Quien diría que en este lejano confín del mundo se puedan ver noches como ésta. ━Pensó para sí recordando, gracias a la contaminación lumínica,  el  cavernoso y oscuro cielo sin destellos de su ciudad.

Absorto en su evocación no prestó demasiada atención a la sombra que sobrevolaba las torres de control, los techos para,  finalmente pendular en la ventana de su habitación.

Se volvió hacia su estancia, un camastro de hierro, un lavabo al lado de la puerta del cuarto de baño y la ducha,  un pequeño espejo, un armario de metal eran todas las comodidades y  el único mobiliario de su cuarto. De espaldas a la ventana creyó sentir que lo observaban, se giró en redondo y miró en dirección a la única abertura que tenía la habitación hacia el exterior, que era el centro del patio de la prisión, sin lograr ver nada.

Dos ojos con pupilas totalmente dilatadas observaban el torso desnudo de un hombre de complexión fuerte, robusto y alto, de brazos gruesos con venas marcadas.

Pudo sentir y oler como fluía la sangre por ellas.

Drake volvió a girarse. Ella ahogó un bramido.

Decidió dormir, faltaban apenas unas pocas horas para comenzar con las rutinas. La sensación de estar siendo observado no lo abandonó.

Recordó las palabras de Lef-Traru: «No desearás su sangre. »

 

El día comienza a las seis de la mañana si bien no amanece hasta las siete quince. Un timbre chirriante durante treinta segundos suena primero, un cuarto de hora después la llamada general que indica al personal que debe estar en su puesto en los siguientes diez minutos, el reconocimiento dactilar no fallaba, informaba los tiempos exactos.

Se reportó a sus superiores antes de los primeros cinco.

Angelis el teniente contable a cargo estaba sentado en su mesa revisando unos papeles, Leonard el sargento segundo entró al mismo tiempo que él

━Buenos días mi teniente subcomisario, aqui cabo Drake Gálvez reportando. ━Dijo cuadrándose mientras Angelis levantaba la vista y Leonard ocupaba su asiento en el escritorio enfrentado.

━Buenos días cabo Gálves. ¿Le han explicado en qué consiste su rutina?

━Verificar los ficheros, comprobación de existencias, almacenajes, provisiones y enseres.

━Así será en principio. Nosotros somos el motor de este presidio, sin nosotros esto no funcionaría. Y le puedo asegurar que funciona. En media hora iremos al comedor, contamos con veinte minutos para desayunar, entre las doce y las dos podemos almorzar, no pudiendo superar los turnos más de cincuenta personas, contamos con una hora y media al mediodía, salvo cuando toca guardia que se almuerza aparte; la cena se dispone entre las siete y las nueve con las mismas restricciones, debe apuntarse con la unidad de contacto que se le ha asignado,  siempre debe tener este dispositivo activado; puede cambiar los horarios de sus comidas una vez al mes, salvo expreso pedido de su superior, los del comedor ya están informados

Es pertinente estar en sus estancias antes de las diez y media. El día libre puede ir a los casinos en busca de entretenimiento,  o si tiene mujer encontrarse con ella, la traeremos en helicóptero y la devolveremos a su lugar del mismo modo,  se le indicará donde y como verla dado que no puede acceder a su estancia, en la que vivirá los primeros tres meses, luego será asignado a una de las viviendas del campo donde seguramente se sentirá más cómodo. Si es soltero una vez al mes puede ir a la frontera en busca de compañía, no reportarse en la fecha y hora que se le indique será considerado deserción y está gravemente penado.

Drake escuchaba la voz sin inflexiones, aburrida, monótona de Angelis y pensaba si las cinco veces anteriores que repitió aquel discurso lo habría hecho de igual manera. El saber lo que había sucedido era lo que había marcado su destino y el motivo por el que se encontraba allí, tan preso como los presos, tan vigilado como los hombres más peligrosos del mundo.

Luego de escuchar todas las directivas y obediente a la orden recibida ocupó el escritorio a un costado y enfrentado al de su superior, entre el espacio de entrada flanqueado por anaqueles y archivos y los tres escritorios se formaba un cuadrado de cuatro metros de lado que ocupaba la parte central de aquella oficina, las ventanas eran altas y alargadas, cubrían desde los dinteles toda la parte superior del edificio, con cristales de seguridad alambrados, además de rejas.

Drake tecleó las claves que le habían asignado, e ingresó al sistema desde su ordenador, solo alzó la vista cuando escucho el pitido molesto, Leonard se levantó como un resorte y salió rumbo al comedor, Angelis lo miró intrigado.

━Me he anotado en el segundo turno.

Dijo respondiendo a aquella mirada.

El otro asintió sin ninguna expresión en particular y continuó con lo suyo. Drake por su parte siguió revisando las fichas de quienes ocupaban aquella prisión.

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Septiembre by Jorge Aldegunde

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Hoy presentamos a un autor que utilizando un método de escritura (Lakin) en el Taller de Escritura j re crivello ha realizado un relato ¡perfecto! –j re

 

Septiembre by Jorge Aldegunde

(De madrugada)

Sueño con humo blanco y ceniza gris, color cemento. No alcanzo a ver el fuego, así que es inútil intentar apagarlo. Salen de una nube grande y amorfa que me persigue. Por más que intento correr siempre me alcanzan, hasta convertirse en todo cuanto respiro.

Entonces, abro los ojos.

(8.32h, estación de bomberos Engine 205/Ladder118, 74 Middagh St., Brooklyn, Nueva York)

Me gusta desayunar con los chicos, aun cuando haya terminado el turno. Es divertido charlar con ellos. Son jóvenes y están llenos de energía; cualquier incendio estaría acojonado de tenerlos enfrente. Hoy hablamos de fútbol. No del americano, sino del que inventaron los ingleses, saben jugar los brasileños y (casi) siempre ganan los alemanes. Hacemos planes –y equipos– para el fin de semana, aunque todavía estamos a martes. Miro a través del ventanal: la mañana luce radiante bajo el sol de septiembre. Antes de que me venza la modorra, intento reengancharme a la conversación; Sanders cuenta un chiste, tan verde y malo como los anteriores, pero eso no impide que resuene un coro de risas.

Suena la alarma. Todos nos activamos como un resorte. El capitán Wilkins habla por radio; gasta una expresión bien seria. Hamlin pregunta y Wilkins masculla por lo bajo. Debe de haber jaleo en el WTC: parece que una avioneta se ha estrellado en la Torre Norte.

Echamos mano del reflectante y del casco. Mientras subo al camión un conspicuo letrero me recuerda que vivimos en el ojo de la tormenta.

(8.41h, Parque de Bowling Green, Bajo Manhattan, Nueva York)

Hace diez minutos salí de Battery Park, tranquila y relajada, casi ausente. Vi cómo atracaba el ferri procedente de St. George, anunciándose con su color butano. El edificio de la terminal vomitaba un número fabuloso de almas que, con insondable determinación, viajaban a sus quehaceres diarios.

Me fumo un último cigarro y cumplo con el ritual de tocarle los testículos al toro: hoy necesito acopiarme de toda la suerte del mundo. He tenido que engrasar voluntades pero, por fin, la posición de directora financiera de Morgan & Stanley está a solo una entrevista de distancia. La altura metafórica no me asusta; antes al contrario: sé que me merezco el puesto. Distinto es subirme al piso cincuenta y cuatro de la Torre Sur. La idea de meterme en esos ascensores supersónicos no me hace ninguna gracia –quedarme encerrada entre dos alturas es una de mis peores pesadillas–. Tomo aire y llamo a un taxi, profundamente amarillo. Me tranquilizo: es martes y once; nada malo debería pasar. El conductor, un chicano con aires de sabelotodo y mirada cínica, espera que le desvele la equis que marca el lugar.

En la radio suena música, aunque pronto se interrumpe la emisión. En su lugar, surge una voz agitada, que no consigo escuchar. Pago los ocho dólares que reclama el taxímetro más el treinta y, al salir, el mundo parece otro. Algo ocurre; no paran de llegar bomberos y policía. Todos miran arriba y corren, despavoridos. Una densa y oscura humareda, en lo alto de la Torre Norte, se desparrama hacia el sur. Muchos salen del edificio, ayudados los unos en los otros; los rostros embozados y su ropa cubierta de una suerte de hollín extraño y blancuzco. Parece que vinieran del mismísimo centro de la tierra.

Aprieto el paso; espero que me dé tiempo a tener la condenada reunión.

(8.44h, Planta 54 – Torre Sur, WTC, Bajo Manhattan, Nueva York)

No quiero llevar el nudo de la corbata demasiado flojo, así que lo ajusto. Miro por enésima vez el expediente de Porat –brillantísimo–. Más que una entrevista, parece un puro trámite por el que no hubiera hecho falta moverse de Broadway. Intento concentrarme en la impresionante vista –la confluencia entre el Hudson y el Este–, a pesar del dolor de cabeza que, como cada mañana, empieza a martillear.

Consulto el reloj, una vez más. Algo retumba y se escucha un estruendo. Temo que sea dentro de mi cráneo, pero no: tiembla el edificio entero. Por un instante fallan las luces, aunque no es más que un guiño. Salgo del despacho, en la oficina reina el revuelo y muchos están saliendo al vestíbulo. Sarah sigue en su sitio, las gafas posadas en su aguileña nariz –la viva imagen de la concentración–:

–¿Qué es lo que ocurre…? ¿Un terremoto?

–No lo sé, sr. Watts. Dicen que un helicóptero ha colisionado con la Torre Norte.

–¿Qué…?

–Yo tampoco lo creo, sr. Watts. Por cierto, la cita con la señorita Porat empieza a las nueve horas –añadió con eficiente sonrisa–. ¿Puedo ofrecerle café?

(8.55h, WTC Plaza, Bajo Manhattan, Nueva York)

Vaya sangre fría la de la gringa. Ni se ha inmutado, tiene pinta de ser de las que no se amilanan. Miro sus piernas largas, esos tacones –me da que no los consiguió de a grapa–.  Camina rápido, sin mirar atrás; se dirige al rascacielos. El otro tiene fuego arriba y escupe humo denso, negro como la noche. Por la radio no aclararon mucho: parece que un avión mediano se ha estrellado. Menuda pendejada.

Por aquí reina el caos. Todos se largan y yo debería hacer lo mismo. Me entretengo con la propina de la ejecutiva y me digo que no voy a ser menos, así que dejo el coche y tiro para allá. Noto que la garganta se me seca; las manos empiezan a sudar.

Hay un corro en el centro de la plaza. En el centro un tipo moreno, con cara de cantante de boleros. Gesticula y habla español con un bombero; alrededor hay más, todos pendientes de su jefe, que conversa por radio, sin perder de vista lo que ocurre en los pisos superiores del edificio.

–…Siempre que podamos coordinarnos para entrar, claro –terciaba el bombero.

–Estamos a la espera de órdenes; no deberíamos hacer la guerra cada uno por su cuenta –añadió, contrariado, uno de los policías.

–Escuchen –añade el hispano–: yo tengo una llave maestra; puedo abrirles camino por la escalera. Lo conozco bien. Hay que llegar hasta los pisos superiores y evacuar a la gente.

(9.00h, Vestíbulo principal de la Torre Sur, WTC, Bajo Manhattan, Nueva York)

Espero por uno de los ascensores, que no termina de bajar. Quizás llame al Sr. Watts; lo más sensato es cancelar la entrevista. Sigo absorta en mis pensamientos cuando escucho un estruendo y una enorme explosión. Se sacude todo el edificio, y empiezan a caer trozos del techo. Las puertas del ascensor se abomban frente a mí, acaban cediendo a una enorme presión que escupe una lengua de fuego. Una fracción de segundo después comienzan a salir los ocupantes del interior, en medio de un mar de confusión y llamas. Hay un individuo trajeado, con una corbata estampada, de las caras. Grita, desesperado, las manos cubriéndole la cara. Se arrodilla ante mí y se descubre. Acaso alcanzo a descubrir alguna semblanza con la foto de un sonriente Sr. Watts en el rostro desollado del tipo que se retuerce de dolor frente a mí.

(9.03h, WTC Plaza, Bajo Manhattan, Nueva York)

El impacto nos ha dejado sordos. Todos nos hemos arrojado al suelo, por puro instinto. Apenas alcanzamos a escucharlos, pero caen fragmentos de cristal y acero, la piel del edificio, sobre la plaza.

-¡Tenemos que salir de aquí cagando leches…! Vamos a la Torre Norte.

El hispano y los bomberos salen disparados hacia el rascacielos. Los policías se miran; deciden entrar en la Torre Sur. Absorto en las alturas, donde se ha desatado un infierno, los acompaño como si fuera un pelele, un autómata. Recién recupero mi sentido del oído; algo me llama la atención: un objeto aterriza en el suelo, con un ruido seco, sordo. No lo puedo creer. Se tiran, se están arrojando al vacío.

Esto se está yendo bien rápido a la fregada, así que me largo; no me esperen.

 (9.15h, Planta 70 – Torre Norte, WTC, Bajo Manhattan, Nueva York)

Todos se han largado, pero yo sé que nos sacarán de aquí. Tan solo hay que esperar. Parece una locura, pero es ahora cuando me encuentro inspirado. Dentro de todo este caos, es cuando consigo ponerme a escribir. Es como si mi cerebro necesitara toda esta mierda para sentirse vivo. No funcionan los ordenadores, pero tengo todo lo que necesito: mi vieja Montblanc va como un tiro. Aquí escribiré el final de mi novela y, cuando la coloque, venderá millones. Contaré a todos que la terminé en el mismísimo infierno.

(9.57h, Planta 45 – Torre Norte, WTC, Bajo Manhattan, Nueva York)

No funcionan las radios. Estamos bien jodidos. El tal Rodríguez se está portando como un jabato; ha abierto un sinnúmero de puertas de emergencia que –cosa inexplicable– estaban cerradas. Le digo que se marche, que no hay tiempo. Que más arriba no llega nadie.

Solo los bomberos.

(10.27h, Planta 70 – Torre Norte, WTC, Bajo Manhattan, Nueva York)

Se afana en abrir la puerta. La golpea, lo intenta con su propio peso. Ha visto como caía la Torre Sur y ha puesto en marcha un contador en su cerebro que, por más que se engañe, está próximo a cero. Desesperado, usa la llave de Rodríguez. No atina, se le cae. Grita para saber si quedan supervivientes, pero no obtiene respuesta. Un último esfuerzo: a duras penas, consigue abrirla. Del hueco emerge un individuo que, abrazado a un fajo de papeles, enfila las escaleras sin mirar atrás. El calor se ha vuelto insoportable; apenas consigue ver. Apenas le queda resuello.

Suenan unas detonaciones y su cuerpo se pone alerta, se tensiona.

Entonces sabe lo que ocurrirá. Se prepara, mira hacia arriba. Ajusta el casco. Se desprende de la radio, ya inservible. El tiempo parece detenerse, mientras él esboza una extraña sonrisa.

Entonces, cierra los ojos.

FIN

Dedicado a los más valientes de Nueva York.

Historias de hospital by Mel Goméz

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Mel Goméz dentro del marco de una Actividad del taller de Escritura j re crivello resuelve la invitación a escribir usando el metodo Latkin -j re crivello

Hermenegilda aguantó por tres días lo más que pudo la fiebre y el dolor. Odiaba ir al hospital que siempre apestaba a muerto y enfermedad. Los olores de las personas sin bañar, la sangre, el vómito, la orina regada por los suelos. Quería quedarse en su casa, a pesar de la insistencia de su hijo de llevarla a la clínica.

—Se te ve muy mal, madre —dijo Rodolfo.

—Conozco mi cuerpo, no es necesario.

—No es necesario, ¿todavía? Llevas fiebre por dos días, vas a deshidratarte.

—Estoy tomando agua.

—Madre, que allí saben lo que hacen… Tal vez agua no es suficiente y esa calentura… Mírate, si estás temblando y tienes tres frazadas encima.

Hubo un largo silencio. El hijo sabía que era fin de discusión y se apartó de ella. No era la primera vez que tenían un intercambio similar y por la misma razón. «Sí que era cascarrabias y cabezona esta mujer», pensaba.

En la mañana fue el muchacho a revisarla y cuando la llamó no respondió. La tocó y su cuerpo ardía. Llamó a la ambulancia, que en esos lugares tardaba un siglo. «A los ricos los atienden rápido, a nosotros, ¡que se joda!», pensó. Quiso alzar a su madre en brazos, pero la verdad que estaba pasadita de peso y ni en sueños podría hacerlo. Cuando se dignaron en llegar, tuvieron que poner oxígeno y sin dar mucha explicación subieron a la mujer en la ambulancia hacia el hospital más cercano.

El joven tomó su carro, un Volkswagen 1969, que no moría. Fue detrás de la ambulancia hasta llegar a urgencias de la clínica en donde la recibieron, pero no lo dejaron entrar.

—Vamos a estabilizarla. Tan pronto tengamos una noticia, le dejo saber.

—Pero ¿está muy mala?

—No puedo decirle en este momento. Cuando sepa, le aviso.

El muchacho se fue a sentar sabiendo que estaría allí por mucho rato, porque la madre siempre esperaba hasta el borde de la muerte antes de buscar ayuda. ¿Por qué se la hacía tan difícil? Y había olvidado llamar al trabajo, para como estaban lo único que faltaba era perder la única fuente de ingreso del hogar. Hermenegilda solo recibía un dinerito de la seguridad social y apenas daba para sus medicamentos. Se levantó con la mente puesta en todo esto y no miró que venía una joven con un café en la mano. Tropezó con ella, como suele suceder en estos casos.

—Perdón, señorita —se disculpó—. Es que tengo un día horrible.

—¿Y qué le hace pensar que los que estamos aquí estamos teniendo un día maravilloso? Tenga cuidado por donde anda, ¡por favor! —respondió mortificada.

—Oiga, pero que no es para tanto…

—¿Qué no? Me ha arruinado el vestido, tengo café hasta en los zapatos.

—Bien… ¿Y qué quiere que haga? ¿Cómo puedo reparar este agravio, su Alteza?

—¿Su Alteza? Mire, no se burle de mí.

—No me burlo, solo quiero concluir este desdichado asunto y volver a lo que iba.

—Y se puede saber, ¿a qué iba con tanta prisa?

—A llamar a mi patrono, no podré ir a trabajar. Mi madre enfermó.

La joven calló por uno segundos.

—Lo siento.

—¿Siente qué?

—Estar así de majadera y que su mamá no está bien.

—Entonces, ¿me deja ir a hacer la llamada?

—Por supuesto… Si quiere puede hacerla desde mi oficina, hacia allá iba.

—Si no es molestia…

—Para nada.

Caminaron hasta la oficina.  Le enseñó donde estaba el teléfono y lo dejó a solas para que tuviera privacidad. Cuando Rodolfo salió le preguntó:

—Es raro, en este tiempo todo el mundo tiene móviles.

—Tengo, pero tuve que salir de prisa con lo de mi madre y lo dejé sobre la mesa.

—Entiendo… ¿desea un café?

—Sí, uno para usted también, pero yo pago, siento que se lo debo.

—Perfecto —asintió—. Oiga, no nos hemos presentado —digo extendiendo la mano—. Me llamo Victoria Martorell. ¿Usted?

—Rodolfo Landa.

—Pues empezamos todo desde el principio en el punto del café, pero sin tirármelo encima, por favor —dijo carcajeando.

Rodolfo estaba tan entretenido hablando con Victoria que hasta se le olvidó para lo que estaba allí.

—Si me da un momento para ver si ya saben algo de mi mamá.

—Sí, claro… Y hasta le ayudo. Voy adentro y pregunto.

Victoria pasó con su carnet de empleada perdiéndose de la vista de Rodolfo. Él se dio cuenta de que hasta ahora no la había mirado bien; de espaldas era una mujer muy bien formada, cintura diminuta, de caderas amplias y piernas torneadas. Su caminar era pausado, suave, como quien se siente dueña de sí, segura. Cuando se encontró con ella la primera vez, le pareció altanera, engreída, arrogante, pero ahora que la observaba mejor…  De frente era interesante, aunque no había nada en ella, digamos, llamativo… pero de espaldas… Empezó a imaginar que iba a salir, pero de espaldas, como si fuera una película al revés. Con el mismo ritmo con el que se entró: despacio, sensual. En fin. Se quedó esperándola, aunque tardaba bastante.

Al menos ella tendría más oportunidad de que le dieran la información, siempre en los trabajos hay alguien dispuesto a ayudar si le das la información correcta. Por ejemplo, si le decía que era su tía, o una vecina muy querida. Algo que alimentara el deseo de ayudar a alguien a quien se considera un igual. «La pena es hermana de jódete», dice el refrán. Y si vas a dar información confidencial por lástima puede que te jodas, pero es tu elección y por supuesto, satisfacción.

 

Alfredo trabajaba en construcción desde hacía cinco años. Joven, fuerte, apuesto y con ganas de comerse el mundo. Se levantaba a las tres de la mañana para estar temprano en su trabajo y dedicarse, más que ninguno, a las labores diarias y que se notara. Los capataces lo hacían y ya pronto le darían su tan deseado ascenso. Su esposa estaría feliz pues le había prometido una casita antes de que llegara su primer hijo y Marita ya estaba a punto de reventar.

Las cosas entre ellos marchaban muy bien. Se conocieron cuando estaban cursando el bachillerato. Él estaba en el equipo de futbol y ella era porrista, compartían a diario y una cosa llevó a la otra. No querían esperar mucho y tan pronto salieron de la escuela, anunciaron que iban a casarse. Ya él se había apuntado en un curso corto para manejar los equipos de construcción y tenía un trabajo a medio tiempo hasta que lo terminó. Aunque eran jóvenes los padres no se opusieron al matrimonio, pues los veían maduros y centrados en sus planes.

Tan pronto Alfredo tuvo su trabajo a tiempo completo, se señaló la fecha de la boda. La ceremonia fue sencilla, en la capilla del barrio, y el festejo en la casa de la novia. Los invitados estuvieron comiendo y bailando hasta el amanecer, mientras los novios aprovecharon la primera oportunidad para escaparse. Cuando regresaron, ocuparon una casita rentada cerca de los padres de Marita. Al poco tiempo anunciaron el embarazo. Las cosas iban bien, sin duda.

Esa mañana el grupo de trabajo lo fue a recoger en la camioneta como todos los días. Sintió el deseo de volver y besar a su esposa, mientras sus compañeros gritaban toda clase de bromas que parecieron no importarle. Llegaron temprano, algunos tomaron una taza de café para empezar, pero él se fue solo a inspeccionar el área. El jefe de los capataces lo llamó al rancho que servía de oficina para informarle de su ascenso. Tenía ganas de gritar, de brincar, de llamar a su mujer para decirle enseguida. Agradeció al jefe y salió jubiloso. Contento caminó alrededor del edificio y no vio cuando una viga de hierro se le venía encima. Ya no escuchó nada más.

Llamaron a la ambulancia y lo llevaron al hospital. Los compañeros llamaron a la esposa.

—No puede ser —dijo antes de sentir un fuerte mareo que la hizo sentarse en la primera butaca que encontró.

La madre agarró el teléfono y escuchó la terrible noticia.

—Pero, ¿está vivo?

—No sabemos, señora. La ambulancia se lo llevó muy mal.

—Vamos para allá enseguida.

 

Victoria salió por la puerta automática alrededor de cuarenta minutos después. Rodolfo la vio venir con la esperanza de que viniera de espaldas. De todos modos, se preparó para la noticia sobre su madre.

—¿Cómo sigue?

—Rodolfo, tu madre está delicada, en coma. Sigue con una fiebre muy alta y los doctores han estado haciendo varios exámenes. Me he tardado porque entré para ver mientras le hacían las tomografías del cerebro, para ver su función. No tiene muerte cerebral, tenemos esperanzas de que se recupere.

—¿Tienes idea de cuánto tiempo se tome en despertar?

—Ni idea, puede ser ahora mismo, como en una hora, un día, un mes… No se sabe. ¿Pero que pasó que tardaste tanto en traerla?

—No quería, no sabes lo terca que es. Se lo pedí varias veces, pero hasta que no la vi inconsciente, no me fue posible traerla —«tu espalda, tu espalda», repetía en su mente.

—Bueno, está en excelentes manos puedo decirte. Ya me avisarán si reacciona. Les pedí que me llamaran a mi móvil si algo pasaba.

—No sé cómo agradecerte. Eres de gran ayuda en un momento como este… —dijo pensando «si tan solo pudiera verte de espaldas me ayudarías aún más».

 

Eran las cinco de la mañana cuando llegó Fabiana. Su caso no tan serio, pero tenía que quedarse hospitalizada: arritmia, deshidratación, fiebre y dolor abdominal. Estuvo todo el día haciendo exámenes de sangre, tomografías e inyectándole fluidos. Por la noche le anunciaron que no había cabida en los niveles uno y dos, donde estaban los pacientes alerta como ella y que por esa razón la llevarían a otro piso. La subieron al tres en el que se encontraban los comatosos y los que tendrían cirugía en la mañana. No había nadie en la cama vecina por lo que se alegró. Tal vez podría dormir un poco con la morfina.

Cuando estaba cogiendo el sueño, llegó una enfermera a pedirle información: que si su historial personal, el de su familia, y faltó poco por el de sus vecinos. Por fin terminó el interrogatorio; entró otra que le hizo firmar unos papeles de admisión y responsabilidad de pago. No bien se hubo ido, entró otra a tomarle los vitales. La dejó sola y se acomodó. De repente tiraron la puerta, prendieron la luz, una mujer de baja estatura, mayor de edad, de cabellos rubios y cortos entró empujando un carro con artículos de limpieza. Del susto casi se saca la aguja que la ataba al suero. Nada dijo la mujer quien comenzó a limpiar la habitación minuciosamente.

Fabiana comenzaba a tener una migraña terrible producto de la falta de sueño y alimentos, pues parte del tratamiento era nada de comer ni beber. No veía la hora de que la mujer se fuera. «Pero qué horas tan extrañas de limpiar», pensó. Cuando finalmente la mujer terminó la infinita tarea, apagó la luz y se fue.

Cinco minutos más tarde una enfermera entró empujando una silla de ruedas y una vieja venía gritando a todo pulmón que le dolía el brazo. Insultaba a la enfermera porque no hablaba español. La enfermera miró a Fabiana, quien se viró de espaldas. La anciana gritaba y gritaba hasta el punto tal que le enfermera fue a buscar a otra que hablara español.

—¿Qué le pasa que grita tanto, Lucilla?

—Es que me duele el brazo.

—¿Y qué le pasó?

—Estaba en mi casa, me llamaron y cuando salí el sol me cegó. Tropecé y cuando me di cuenta que iba a caer con mi cara al suelo, puse el brazo y me rompí el hombro, el codo, la muñeca y los dedos.

—Pues madrecita, te voy a poner una medicina para que descanses.

—No quiero medicina, no quiero estar aquí. Además, soy diabética y tengo hambre.

—Es que no puedes comer, te van a operar mañana.

—¿Y quién me va a operar? Nadie ha hablado conmigo de eso.

—Vengo ahora…

—No, no se vaya, ¡no!

—Vengo ahora…

—¿Y por qué me habla con coraje?

—No te estoy hablando con coraje, es que te voy a buscar la medicina.

—¿Qué doctor me da a operar? —preguntó la vieja mientras la enfermera se iba—.

Oye, ¡pero no te vayas! ¿Qué pasa contigo? ¡Veeeeeeen!  Oye, tú —dijo llamando a Fabiana—, ¿tú hablas español?

—Mire señora, no quiero hablar con nadie, estoy enferma.

—Claro que estás enferma, por eso estamos aquí.

—Tengo mucho dolor de cabeza, no quiero hablar.

—Pero, ¿por qué tan antipática?

Fabiana intentaba tranquilizarse, dormir, aunque fuera unas horas. La cabeza se le partía. El vientre parecía torcerse a voluntad. No hubo ni un segundo de silencio aquella noche. Un hombre hablaba a viva voz en el pasillo sobre sus experiencias en la II Guerra Mundial, otro lo escuchaba y lo animaba a seguir contando. Fabiana se puso la almohada en la cabeza, en vano conseguía dormir. Otra enfermera entró a traer medicamento para la vieja. Ella pidió ir al baño. La enfermera le dijo que no podía ir lejos de la cama y que tendría que hacerlo en el pato.

—¡No! ¡Qué vergüenza! No pienso hacerlo en el pato.

—Pues le ponemos una cómoda a su lado y le ayudo.

—¡Pero me vas a ver tú!

—Me voy y me quedo fuera, cuando termines me avisas —prometió la enfermera conciliadora.

La mujer orinó y enseguida empezó a llorar amargamente.

—¡Qué vergüenza, Dios mío! ¡Qué vergüenza!

—No te preocupes, mamita, solo somos mujeres.

—¿Tú qué sabes de vergüenza?

Fabiana llamó a la enfermera y le pidió algo para el dolor de cabeza. Un rato después vino la enfermera con una inyección de morfina.

—A ella sí que le hacen caso —reclamó la vieja—. Como yo soy vieja no sirvo.

La enfermera suspiró, miró a Fabiana y sonrió. Por unos segundos la muchacha se sintió mareada y feliz, aunque no duró mucho su tranquilidad. Se preguntaba si aquello era una mazmorra en la que solo se escuchaban los aullidos de los infelices que allí estaban.

 

 

 

 

 

 

 

La muerta Viva By Conchi Ruiz Mínguez

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Aunque Juan era arquitecto y sus obligaciones eran múltiples, nunca había vuelto al lugar donde nació,  lejos de Madrid y Barcelona donde habitualmente residía. Debía encontrarse en el Canal de la Mancha y solo pensarlo se estremecía, aquel lugar de un gran poder hasta la decadencia económica y que aún conservaba algo de ese período. Corría el año 1989 y se anunciaba la caída del muro de Berlín y la reunificación de Alemania, en esos momentos el tema de más importancia. Allí junto al río y viendo correr la nieve con la corriente, casi helado, verde y lleno de reflejos. Allí habían jugado juntos desde muy niños. Clara y él y había tirado piedras al río. Se pasaron la vida corriendo por el canal sintiendo una tierna inclinación; el tiempo los convertiría en dos extraños. ¿Volvían los sueños? Clara decía siempre que los hombres y mujeres debían tener un lugar y ellos habían elegido aquella parte. Ese era su lugar, decía que si no fijaban un sitio es porque no se conformaban con lo que tenían y eran; y que eran sus marras que los ataban al mundo.

El pueblo al que Juan regresaba estaba junto al río Sequillo, no entendía el nombre pues siempre llevaba agua y él se lo recorría como el agua, a los pies de Valladolid. Ahora volvía para visitar la tumba de su amiga.

El cementerio estaba cerrado y el empleado se ofreció para acompañarlo. Subieron al coche y recorrieron el camino de cipreses que sin viento, se mantenían erguidos e inmóviles como estacas. Los restos de Clara estaban en uno de los nichos junto a un alto muro, allí subían sin ser vistos para correr entre las tumbas, a los dos les gustaba la quietud de la muerte.

—He venido a verte—le dijo— Y, lamento no haberte traído flores para ponerlas en tu tumba, al lado de tu nombre. Le parecía extraño que su amiga estuviera allí en un espacio tan pequeño, ella nunca paraba quieta en ningún sitio, era nerviosa como los pájaros y los ratones. El frío era intenso pero Juan no lo sentía. Una racha de viento hizo volar las hojas de los árboles dispersas por el suelo. Clara se abrió paso entre ellas, arrastraba los pies como si nunca hubiera sabido andar.

—Has venido a verme. Estoy tan emocionada. ¿Sabes lo que hacía cuando estaba triste? Vertía harina sobre la mesa y pasaba la yema de los dedos. Me pasaba horas haciéndolo y a veces me la echaba por la garganta y el pelo, como hacíamos antes ¿Te acuerdas?

—Sí, tuvimos que ir a robarla, decías que no se podía comprar, que traía mala suerte. Corríamos y nos escondíamos en un portal y nos abrazábamos riendo como dos niños. ¡Éramos tan felices! He venido a pedirte perdón.

—No tengo nada que perdonarte.

—No debí dejarte que vinieras aquí, este pueblo te destruyó.

—No, en todos los sitios es igual, son los hombres los que se destruyen entre sí. Además, no se está tan mal aquí, no es tan distinto a como donde se reúnen los vivos.

—Aquí no cuentan los años, ni los días, ni las horas y voy conociendo muchas historias, hay muchos que tú conociste pero que no recuerdas, yo sí, están todos aquí.

—  Una racha de viento más fuerte hizo volar las hojas de los viejos árboles y envolvieron a Clara. Ya no estaba, se acercó al nicho y estaba intacto.

—………….

Juan estaba acodado en el mostrador de un bar después de bajar del cementerio. Santiago, su amigo de siempre le hablaba del pueblo y de la vida difícil. Juan apenas lo escuchaba.

— He venido a ver a Clara, a su tumba, aunque me diste la noticia hace tres años no he podido hacerlo antes, estoy muy ocupado.

— ¡Y qué más da!, no hubiera servido de nada, no se puede dar vida a los muertos.

— No, no se puede.

Y el silencio cayó sobre ellos como la sombra de un árbol. Al despedirse dio un abrazo a Santiago y al hacerlo le pareció escuchar un llanto que venía de otro tiempo, de un lugar desconocido donde alguien estaba sollozando. Al subir al coche perdió por un momento la conciencia, estaba ardiendo y la cara y las manos empapadas de sudor.

— ¿Estás bien?

Asintió y puso el motor en marcha. Lo último que vio fue un grupo de urracas posadas en una valla y avanzó hacia ella y empezó a contarlas tranquilamente. Después, nada.

 

……

 

Era extraño, pero una de las urracas estaba ahora encima de un armario y movía su pico como diciéndole: “No te va a ser fácil salir de aquí. Estás bien jodido, chaval”.

—Mira—oyó. Era Clara

— Son tres—le dijo con una sonrisa encantadora y habrá boda, lo dice la leyenda de las urracas.

Sabía que deliraba, que ardía en fiebre y ahora estaba en un pasillo muy largo y no quería seguir pero Clara tiraba de él. “Venga, no seas tonto”. Entraban en un cuarto y le mordía en los labios ardientes. “Estás loca”, pero ella seguía sin hacer caso.

Se acordó del congreso al que iba a asistir. Trató de incorporarse, pero no podía mantenerse en pie.

— No, no te puedes marchar. Lo he prohibido yo

Era Clara que volvía a estar junto a él. Alguien lo llamaba, Santiago.

—Juan ¿me oyes? Vaya susto, te fuiste contra la tapia y el coche quedó destrozado, no entiendo cómo estás vivo— y salió de la habitación.

— Clara— murmuró —no te vayas. Estaba llorando

Pero también ella tenía los ojos cuajados de lágrimas y no era la niña con la que había corrido en el canal, era la espigada y bella mujer que fue a buscarlo a Madrid a la Universidad

— ¿Se puede?, eran el médico y Santiago

— Calla, calla… —oyó susurrar a Clara— no les digas que estoy aquí.

Dijo el médico que se olvidara de la conferencia, tenía neumonía y por lo menos para más de una semana como mínimo. Las urracas estaban allí, eran tres, pero nadie las veía, solo él y Clara

— ¿Sigues ahí?

— Sí, claro, dónde iba a estar. Sólo hago que mirarte. Es una costumbre de los muertos. Espiar a los vivos. Os seguimos a todos lados y no nos cansamos de miraros. Es una pena hacer este descubrimiento cuando ya no hay remedio.

— Me dice Santiago que el coche ya está arreglado.

— ¿Te vas a ir?

— No, quiero quedarme. Me equivoqué en todo, al marcharme, al creer que te podría olvidar.

— Tienes que irte, es obligatorio.

— No podré vivir sin ti.

— Sí que podrás. Además no es bueno dormir con una muerta, muy pronto me daría por hacer cosas atroces. Sólo recuérdame como cuando éramos niños, te voy a dar un beso, sentirás frío, sólo un poco y márchate. Deja tus zapatos siempre a los pies de la cama, como esperando el regreso de alguien.

 

Las cortinas de la ventana hicieron un baile extraño y el silencio se hizo en la habitación.

 

Conchi Ruiz Mínguez

 

Cosas de Familia. Delicias del Tata Vicente by Claudio Nigro

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Eran otros tiempos, si claro que lo eran! Eran tiempos donde la veracidad de la familia tenían forma de castillo, que  contenían y nos protegían; el nuestro, inexpugnable por donde se lo viera, así era nuestra casa.

Nuestros ángeles protectores, Mamá de sangre puramente alemana, Papá decendiente de italianos, ¡ah! Mi querido abuelo, el Tata Vicente, como le decíamos y muchos lo conocían; y nosotros, cuatro hermanos de incansables travesuras, barullos y mas de una pelea por supuestas asignaciones de privilegio, que dicho sea de paso, estaban medianamente repartidas; pero como sabrán entender a la edad de la niñez nunca nos parece tal equilibrio.

Es cierto que para el mundo de hoy nos faltaban cosas, pero les aseguro que lo material no reemplazaba un buen plato de sopa, una caricia o un abrazo, eso lo teníamos de sobra.

Para ser justo también había chancletazos o sopapos otorgados estratégicamente en tiempo y forma, dado que nunca buscaban un daño físico.

De todos aquellos momentos, los que más me gusta recordar son los días previos a la fiestas, porque la casa se iba transformando apenas iniciado los diciembres de cada año.

Comenzabamos a pintar la casa y  vestirla para la ocasión, colocabamos adornos navideños y armar el deseado árbol de navidad, todo se veía renovado; los aromas se adueñaban de la casa; olor a pintura, cera de los pisos de parquet de madera y los ramos de jazmín que una vecina gentilmente le regalaba a mi Mamá eran guardianes de cada rincón de la casa.

Nosotros, mis hermanos y yo, de puro alboroto, hasta que a mi madre se le soltaba la teutona y nos ponía a todos en casilla; y sí la vieja era jodida ¿vió?, mi padre de perfil más cultural e intelectual oficiaba de algo así como un DJ de la cultura clásica, nos bombardeaba con Beethoven, Mozart, y otros de ese viejo mundo; pero no faltaba algun tangazo para satisfacer (o alimentar) la nostalgia del abuelo.

¿y el abuelo?, el Tata, ¡já! Se atrincheraba en la cocina, preparando los deleites de su tierra natal, el viejo cocinaba como los Dioses.

Cantaba y silbaba canciones italianas mientras ejercía el don gourmet, pero igualmente siempre estaba preparado para las incursiones de mi madre queriendo invadir esa zona, que era temporalmente convertida en tierra santa; ¡y así eran las disputas del territorio!.

  • ¿Que haces acá Luci?- le decía apenas mamá ponía un pie en la primer hilera de baldosas de la cocina.
  • ¡Vicente!, ¡dejá de joder! tengo que cocinar para los chicos y para Yoni -(Yoni era mi papá que se llamaba Juan)

Y ahí nomás se armaba la gorda; por suerte mi viejo con su parsimonia papal ponía paños fríos y la paz retornaba a la casa.

Debo decir que en ese reducto mágico donde el abuelo formulaba y cocinaba todo tipo de delicias, también era nuestra zona de refúgio; cuando mamá nos quería ajusticiar por alguna macana, allá corríamos, al grito de “Tata! ¡Tata!” entrábamos a la cocina y ahí no había nadie que nos tocara, era una verdadera tierra santa.

Así eran aquellos días inolvidables, llenos de bullicio y alegría.

Recuerdo muchos momentos y aromas, pero había uno muy especial, y era cuando nos preparaba una comida típica de del sur de Italia, donde era su sangre y orígenes, esa comida que adorabamos se llama Turdilli.

Eran pacientemente amasados y preparados por las manos castigadas por la dura vida que llevó, siempre los preparaba el día anterior a la noche buena y previo a año nuevo; acontecía algo así como una ceremonia o ritual; hoy imagino ese momento, y siento que él inyectaba sentimiento a través de esas manos sufrídas mientras amasaba, porque les juro, le salían como los dioses!

Eran tan tentadores que nos costaba esperar que sean servidos en la mesa navideña, ¡que caray! Para que esperar, si por algunos faltantes nadie se daría cuenta; excepto él (obvio).

No sé como, pero en las incursiones nocturnas que hacíamos para perpetrar nuestra degustación anticipada, el viejo aparecía de la nada para proteger el tesoro y darnos un “tatequieto” en la nuca acompañada de su famosa expresión:

  • ¡Salí de acá mierdaaaa!- bufando como rinocerote.

Ese plato nos acariciaba el corazón haciédonos sentir como reyes; yo creía en ese momento que nadie podía tener mejores cosas, un manjar que comíamos todos juntos en familia, en un acto de comunión con la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Don Lisandro y su teoría de la legión de los malditos by Claudio Nigro

don lisandro

Hoy me desperté como siempre temprano, pero había tenido una noche de sueño incierto y discontinuo; las noticias del ámbito político nacional de los días anteriores me quemaban la cabeza, no lograba digerir la precariedad de la oferta de “supermercado” que nos vendían los políticos de turno.

Mientras tomaba mi desayuno, mi señora me observaba como gesticulaba y salían palabras de la boca sin sentido aparente, entonces ella me dice:

-Alberto, ¿porque no terminas tu desayuno y sales a caminar?

así te despejas, ¡bah! digo, no sé que te parece — expresó con algún grado de fastidio.

Tal vez así dejas hablar sólo como un loco — sentenció finalmente.

-Si amor, voy a hacer eso, tal vez pueda despejarme (un poco) — contesté con la cabeza agacha y cierto grado de resignación, porque mas que una recomendación, pareció una orden.

Levante la taza y los cubiertos, los dejé sobre la mesada de la cocina, me arreglé un poco y partí hacia la calle en búsqueda de aire fresco para calmar mi ansiedad.

Había caminado unos 2km, cuando me cruce con Don Lisandro, que estaba sentado en la puerta de su casa tomando mate como siempre.

Era un personaje típico de pueblo, piel curtida por el sol, con más arrugas en la cara que un perro Shar Pei, sus manos sentenciaban la dura vida que llevó; todos lo conocían por sus profundas reflexiones, sorprendentemente certeras porque apenas sabía leer y escribir.

-Buen día Don Alberto, ¿que pasó, lo echaron de la casa? — me dijo el viejo, y ahí nomás soltó una carcajada.

– Don Lisandro, es que la patrona dice que ando como loco malo y (me) mandó a pastorear un poco ¿sabe? — le contesté con una sonrisa.

– Venga pa’cá, siéntese un rato y tomemos unos matecitos así conversamos, ¡tal vez, (así) se le pase la mala yerba! — el viejo zorro ya estaba percibiendo mi estado de ánimo.

– Sabe que pasa Don Lisandro, es que anoche después de ver los noticieros y los programas políticos quede envenenado; ¡no puedo soportar tanta hipocresía de estos mierdas!; nos quieren dar aspirinas para el cáncer, ¿me entiende?

Y ahí después de un breve instante que se quedo mirando fijamente y sin pestañear, se fregó el rostro como si fuera la lámpara de Aladino, como algo mágico comenzaron a brotar reflexiones que sorprenderían a más de algún intelectual.

– Mire Don Alberto yo tengo 78 años vividos en esta bendita tierra, y jamás pude pasar de aquella puerta — señaló hacia lo lejos con su dedo.

– ¿Cual Don Lisandro? — pregunte inocentemente, ya pensando que el viejo estaba desvariando.

Que cosa me está señalando mi viejo, no le entiendo — le remarqué
– ¡mi’jo!, lo mismo que Ud. no ve, tampoco lo ven esos personajes que Ud. critica; y como no lo ven tampoco te lo dan, por eso nunca pasé de pobre — sinceramente hasta ese momento no entendí que me estaba diciendo. Amigo — continuó, ¡yo no ando pidiendo plata! ¡No!, nada de eso ¡Nunca lo hice! solo quería educación y trabajo pa’ poder ganarme el pan; pero a cambio ¿Que nos dan?, miseria pa’ que sólo seamos unos pobres mendigos y así poder llevarnos cargando las miserias como burros a la montaña, calladitos y a paso firme.

Con la boca casi abierta, me acomode en pequeña silla matera para escuchar con más atención hacia donde llevaría esta conversación. Continuó el viejo sabio, casi sin interrupción salvo para dar algún que otro sorbo al mate lavado.

-Le viá’ decir más, porque se me ha calentao el pico, ¿sabe? – continuaba el viejo. Muchas veces me tira el cordón del garguero pensando como nos oscurecen la memoria, te fusilan sin piedad, siembran enfermos, les sirve el luto, salen a cosechar orejas tibias.

Estas arrugas en la cara son de tanto fruncir el ceño por esta gesta de miseria de todos estos años. ¡no! mi amigo, lo que Ud. ve ahora es de antaño; ¿sino como ellos viven?

Cada diente que me falta en la boca me lo han reemplazao por la semilla de la ignorancia pa’ que le plante en mi cabeza; ¡já! Eso ellos creyeron — sentenció nuevamente.

Tenemos una miseria crónica, nos dan ladrillos y chapas para que construyamos nuestras propias cárceles, ahí quedamos aislados, en silencio y con esperanza hambrienta al cuidado de esta legión de  los malditos — giró levemente la cabeza como señalando su casa para que vea el ejemplo de lo que él me estaba diciendo.

Un silencio profundo se hizo presente, yo con la mirada anonadada; él, observando al piso, movió su pie derecho enfundando en una vieja alpargata de soga, removió un poco de tierra, como buscando una esperanza perdida o enterrada.

Levantó su mirada luego de unos minutos y me dijo:

-Quiere otro matecito, así no se me va rengo; ¡ja ja! Espero no haberlo dejáu con el coco mas revuelto que como lo trajo.

Sonreí, y contesté, luego de tomar el mate lavado

-Muchas gracias Don Lisandro; ¡fue un verdadero placer! — le di la mano y retomé mi caminada, mirando hacia ese lugar donde su dedo sentenciador me había marcado; ciertamente no había nada y había todo.

Me brotó un sordo deseo de prometerle al viejo sabio que cuando llegue el día su partida lo enterraría allá lejos detrás de esa puerta que mi propia limitación no dejaba ver.

Mientras caminaba recordaba esa expresión tan certera: “La legión de Los Malditos”; llegó a mi memoria ese momento una frase que alguna vez leí:

 

“… no es casualidad que la destrucción de los recuerdos sea una de las medidas típicas de la dominación totalitaria”, que si mal no recuerdo era de Juan Bautista Metz Ciertamente — pensé, las derrotas, las muertes, la esperanza hambrienta, son el fetichismo de estos Héroes que reinan La Legión de Los Malditos.

La mordedura by Jorge Aldegunde

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Recordó aquel libro de relatos de Akronius Lichten —Crónica de los años perdidos, se llamaba—Lecturas de joven imberbe, de cuando aún conservaba la vista. Cuando la vida, densa y profunda, ofrecía oportunidades a precio de saldo. En uno de ellos, casi poético, el protagonista —una suerte de vikingo adusto y montaraz— emergía en medio de un frondoso laberinto. Se afanaba en buscar la salida y, cuando por fin la hallaba, sucumbía preso de una inesperada somnolencia que lo retenía y lo obligaba a postrarse sobre la húmeda hierba, cayendo profundamente dormido. Cuando despertaba no había ni rastro de la escapatoria y, así, quedaba condenado a repetir una y mil veces su esquiva suerte hasta que, ya anciano y con las fuerzas exangües, la misma muerte acudía a liberarlo de su tormento.

Desde que egresaron del desierto, en el que únicamente crecían las dunas, y se adentraron en la sabana, Dos se sentía igual de desdichado que el guerrero del relato. Construía falsas ilusiones en las que cada etapa era la última. Pero la realidad era terca, obstinada y lo sorprendía con una nueva y mayor exigencia. La transición entre los paisajes (y los climas) fue rápida, brutal. Tanto como la muerte de los vigías: número Cuatro y número Ocho; aquellos malditos escorpiones eran tan minúsculos como letales. Todo había sucedido en cuestión de minutos: al divisar la vegetación habían bajado la guardia y los artrópodos, genéticamente optimizados para el mal —como no pocas especies—, habían trepado por las botas y encontrado un resquicio de piel por el que inyectar su veneno. Dos los había escuchado gritar, primero con sorpresa; después con la voz ronca y asustada de quien sabe que morirá ahogado. Cinco, que era médico, poco había podido hacer por sus vidas. Consultó con Siete y este, tras comprobar el aspecto negruzco del exoesqueleto y el rojo brillante del aguijón, negó con la cabeza y chasqueó la lengua.

—Están jodidos —dijo el biólogo—. Solo podemos administrarles líquido para pasar el trance.

—Pues recibirán su parte; nada más. Estamos escasos de agua potable —recordó Diez, desbordante de pragmatismo.

Al fin los enterraron. Escogieron un lugar, en plena tierra de nadie, donde la incidencia de cíborgs era —por experiencia— escasa. Desde hacía dos noches, cuando las vieron en plena travesía por la aridez del erial, no habían divisado más aeronaves. Asher permaneció al lado de Dos, mientras Nueve cavaba en el áspero terreno.

—Buen chico —murmuró Dos, mientras acariciaba su pelaje. Sabía que era un cruce entre pastor belga y un can de otra especie, de envergadura algo menor. Hubiera dado un potosí porque sus maltrechos ojos le permitieran distinguir su espeso y brillante pelo negro. Pero, como todo lo demás, solo podía imaginarlo.

Uno lideraba la marcha, flanqueado por Nueve y Diez. Tres seguía a pocos pasos, sin bajar la guardia. Dos ponderaba la lógica de que en el liderazgo del grupo se hubieran impuesto los soldados. Los especialistas resultaban útiles en momentos puntuales, pero la mayor parte del tiempo presentaban un perfil bajo, como si pidieran perdón por existir. Él mismo era una anomalía: un invidente con su perro guía que, de acuerdo con las instrucciones de la misión, se revelaría útil solo si llegaban al final. En algún lugar de su cabeza radicaba la semilla, una especie de virus preparado para infectar la inteligencia central, depredadora y omnisciente, de los malditos bots. Ni él sabía dónde estaba su implante; ya cruzaría ese puente. En el ínterin, las noches que conseguía pegar ojo estaba atento a la respiración de Asher, no fuera que alguno perdiese la calma y le quisiera dar matarile.

Atravesaron una región desprovista de árboles, si bien los pastos lucían exuberantes. Hacia el norte se dibujaba la forma de un volcán, con nieve permanente en sus laderas y un cráter silencioso, apenas humeante. Mantuvieron rumbo al oeste. Hasta donde alcanzaba la vista, el paisaje verdeamarillento se prolongaba. Ocasionalmente cruzaban algún que otro pantano seco, donde abrevarían las bestias en época de lluvia.

Menguaba el día; Seis y Siete daban muestras de cansancio. Acarreaban, justo era decirlo, más peso que los demás en sus fardos de los que, por otro lado, no se desprendían un solo minuto.

–Pronto no tendremos luz para seguir –objetó el científico–. Debemos encontrar un lugar donde acampar.

–Sin Cuatro y Ocho tendremos que repartirnos entre todos el reconocimiento del entorno –apostilló el ingeniero. Seis acumulaba un valioso conocimiento de las tácticas del enemigo. Incluyendo sus escasos puntos débiles.

Uno se detuvo a mirarlos, casi condescendiente. Nueve se relajó y Diez les dedicó una mirada furibunda, reprobadora y llena de desprecio; como si fueran lastre. Tres sacó los prismáticos y oteó, paciente.

–A menos de un par de millas tendremos el cobijo de algunos árboles. No deberíamos quedarnos aquí, en plena intemperie. Seríamos carne de cañón para esas ratas plateadas.

Su voz rasgaba. Llevaba el pelo al cero y tenía una mirada capaz de dinamitar puentes de hormigón. Y casi siempre tenía razón, cosa que Diez odiaba –y no era lo único–. Lo que peor llevaba era que Uno tenía confianza ciega en ella; era la segunda de abordo. Hablaba poco, pero decía bien. Diez suponía que, además de su destreza para manejar situaciones extremas, tenía otras habilidades más mundanas. Verbigracia: algunas noches ambos desaparecían para volver al cabo de un par de horas, con semblantes dizque más relajados; juntos, pero ya no revueltos. Al poco, Uno se echaba un cigarro, clandestino y asaz revelador. Un clásico de manual.

El último trecho se hizo eterno. Les llamó la atención los pocos animales salvajes que se dejaban ver. Divisaron cebras y gacelas, que se mantenían a prudente distancia. Pero no hallaron ni rastro de los depredadores, los grandes carnívoros. Por fin alcanzaron la región arbolada, en la que la llanura comenzaba a descender levemente. El sol comenzaba a ponerse.

–Será aquí –dijo Uno–. Que Tres, Nueve y Diez se organicen para explorar y vigilen. Debemos asegurar la zona. Esta noche no podremos hacer fuego.

Permanecieron cobijados por la vegetación y cenaron frugalmente. Cinco, Seis y Siete conversaban en voz queda, sobre sus asuntos. Tres repasaba el armamento –un subfusil de asalto– y Uno tenía la mirada perdida hacia el oeste, donde morían los últimos jirones de luz. A pocos metros Asher permanecía atento, recostado junto a Dos; las orejas en tensión.

Nueve y Diez se habían repartido el perímetro y hacían guardia, cruzándose.

–Hay que joderse. Pateando hierba como putos centinelas.

–Ve acostumbrándote –repuso Nueve.

De entre los sonidos de la noche filtraron uno, amortiguado y apagado, que provenía de unos metros al este. En esa dirección la noche era completamente negra. La luna nueva tampoco ayudaba. Nueve adoptó la posición de combate y encendió el visor de su fusil, que proyectaba un potente pero estrecho haz de luz. Caminó despacio y repasó el terreno. Descubrió que estaba aplastado; las huellas remedaban pisadas planas, casi de gigante.

–Pero, qué coj…

Fue solo un golpe, seguido de un crujido –sus costillas, al partirse–. Nueve no tuvo tiempo de decir más. Diez, a pocos pasos, apuró su instinto y apuntó, no quería disparar a bulto. Por detrás, a traición, notó cómo lo agarraban y levantaban un par de metros.

-¡EMBOSCADA…! –gritó con todas sus fuerzas. Una fría mano le cerró la boca. El olor a metal le devolvió, por un breve instante, la lucidez. Clac. Fue el sonido del cuello al romperse. El engendro, un bot de infantería G-506 dejó caer su cuerpo para pasar a otro objetivo vivo.

Tras la alerta de Diez, Uno y Tres reaccionaron como resortes. Se pusieron espalda contra espalda, girando sobre sí mismos mientras iluminaban el espacio a su alrededor. El médico, el ingeniero y el científico apuntalaban la escena, pistolas en mano. Asher no paraba de ladrar y Dos, confundido, trataba de aplacarlo.

A pocos metros de altura, desde el cielo, dos enormes focos de luz aparecieron sorpresivamente. Siguió el petardeo de cañones de ametralladora que, desde las aeronaves que daban cobertura al ataque, comenzaron a disparar. Cinco, Seis y Siete cayeron, cosidos a balazos entre apagados quejidos, sin apenas opción a defenderse. El médico intentó atender al ingeniero, que se desangraba por la femoral. El biólogo había recibido el impacto de una bala explosiva cerca del cuello. El proyectil, que detonaba su carga al impactar en el blanco, había separado parcialmente su cabeza del resto del cuerpo, que todavía se sacudía, en puro espasmo. Cinco intentó arrastrarse; fue entonces consciente del poco tiempo que le quedaba: había recibido un impacto en el abdomen y bastante tenía con aguantarse las tripas. Chilló, desesperado, maldiciendo su suerte.

Uno y Tres apagaron sus visores, conscientes de que la oscuridad era su única opción. Dos, que imaginaba la escena, tiró de la correa de Asher.

–¡Calla chico! Llévame lejos de aquí –susurro al animal.

Tres y Uno iniciaron una maniobra de distracción, rodando por el terreno y buscando el amparo de arbustos cercanos. Al tiempo, abrieron fuego contra las aeronaves, terminando con los reflectores. Intentaron reagruparse. Los drones seguían disparando, ahora sin tino, tratando de allanar el terreno a los robots que, desde fuera, intentaban dar con los fugitivos.

–Entréguense y no sufrirán más daño –escupió una voz demasiado humana desde algún punto de la penumbra.

Uno se arrastró en silencio. Cuando creyó estar lo suficientemente cerca, se apoyó sobre sus rodillas y disparó una ráfaga continuada. El visor mostró a un cíborg –un C-12, extremadamente ligero–, al tiempo que la lluvia de balas, a bocajarro, lo derribaba. De algún lugar de la oscuridad salieron dos más. Con asombrosa rapidez, rodearon a Uno y abrieron fuego. Intentó escabullirse, pero fue alcanzado en una pierna y un brazo. Profirió, mientras se arrastraba, un quejido sordo que terminó de revelar su posición. Cuando iba a ser abatido Tres apareció, enloquecida, agotando la munición sobre el enemigo. Gritó desesperada, mientras se abrazaba a Uno que, acribillado, se preparaba para morir. Aeronaves y robots se sincronizaron para despedazar a sus enemigos. La noche se iluminó, casi un espectáculo pirotécnico, mientras Tres resistía, heroica, dispuesta a vender cara la piel. A morir matando.

Dos se dejaba guiar. Asher volvía la cabeza, dispuesto a pelear, cada vez que el estruendo de cañones y fusiles atronaba. Más aun cuando los compañeros gritaban o se quejaban. Dos, empero, lo reconducía. Al cabo de unos minutos reinaba un silencio de muerte y desolación. Dos no pudo ver nada –limitado por su ceguera–; solo pensaba en apurar sus opciones dejándose guiar por el instinto del animal.

–Buen chico. Sigue, sigue así. Sácanos de aquí –lo alentaba.

La pendiente del terreno se tornaba más acusada. Merced a su fino oído, Dos percibió un rumor: un río. Asher apretó el paso. Al llegar a la orilla, el perro sació su sed. Dos aprovechó para empaparse la cara y refrescar el gaznate. Sabía que el peligro acechaba, pero no podían desenvolverse mucho tiempo más sin agua. Sus pertenencias habían quedado atrás y volver no era una opción.

Caminaron siguiendo el curso del río cuya dirección predominante era el oeste. Asher había devenido en aplicado sabueso: olisqueaba y descubría un rastro imaginario que nunca se separaba más de dos o tres metros del cauce. Dos apreciaba las distancias, por pura aproximación y combinatoria de sentidos, que había aprendido a dominar para compensar su ceguera. Con todo, no hay sistema libre de fallas: no se percató de que Asher se detenía y terminó tropezando con el lomo del animal, al tiempo que, sin querer, pisaba sus cuartos traseros. Asher se quejó con un aullido lastimero.

–¡Silencio….joderrrr! –Dos se desesperó; masculló mil infamias, maldijo su torpeza y mala sombra, mientras trataba de ahogar los quejidos del can. Pero no iba a ser suficiente.

Siguieron varios chasquidos, al otro lado del río. Asher captó las poderosas luces de los drones que, deprisa, se les acercaban. Trotó hacia ellas a toda velocidad, aullando como un lobo, alejándose de Dos. Desde la orilla opuesta invisibles cañones de ametralladora abrían fuego sobre la estela del animal. Dos lo llamó, una y otra vez, pero Asher sufría su propia ceguera –con su instinto por castigo–. Al cabo, aquellas balas explosivas lo alcanzaron. Los gemidos del animal herido se elevaron por encima de las detonaciones; resonaron en la cabeza de Dos.

-¡ASHHHH…!

Desesperado, cubrió sus oídos con las manos y se alejó corriendo del río. Mientras notaba el golpe de adrenalina, pensó en lo irónico que sería si el único que se salvase de la cacería fuese ciego por obligación y sordo por devoción. Tropezó con un arbusto y se quedó tendido y en silencio.

–Entréguense y no sufrirán más daño –repitió la voz.

Una última ráfaga cortó el aire, sobre el que quedó, suspendido, un aullido largo y prolongado, que acabó perdiéndose en el tiempo.

Dos apretó las mandíbulas; se echó las manos a la venda que, por estética, cubría sus ojos y se la quitó. Despacio, abrió los ojos y miró al cielo. Al principio, pensó que los millones de puntos blancos no eran más que el reflejo de la tensión de los párpados, eternamente cerrados. Luego percibió el anárquico juego de intensidades cambiantes. Al fin, Dos volvió a contemplar las estrellas.

También los vio a ellos, brillos metálicos: máquinas de un futuro demasiado presente, diseñadas para sesgar vidas. Uno de los cíborgs estaba rematando a Asher, que ya apenas se movía. Dos suspiró, lúcido, sereno. Y entonces corrió. No para escapar del peligro, sino para confrontarlo. Y sus pies se volvieron, a cada zancada, más ligeros. Veinte metros. Quince. Sentía que volaba. Abordó al cíborg de un salto, y trató de reducirlo con puñetazos y patadas. Por un momento, se miraron frente a frente. Dos captó algo extraño en aquellos ojos. Confusión; acaso miedo. Y, por puro instinto, sonrió mientras mordía con todas sus fuerzas, hundiendo sus colmillos en los engranajes de aquella bestia articulada.

Un traje de 200 dólares by Claudio Nigro

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Escribir una leyenda

Cuando un alumno está seco le llegan unas lineas de mi parte por un Whattsapp casi desconocido que decía:

Un traje de 200 dólares para reuniones de instituto que no quieres que se sepa que has tenido éxito -j re crivello

Parte 1 La Previa by Claudio Nigro

 ¿Que puede ser peor que compartir un día de trabajo con un grupo de decrépitos, escépticos, con metalidad del siglo XIX?

Tal vez como en mi caso, es vivir en un pueblo plagado de envidiosos, que con sólo mirarte sientes que te van empujando al andén de los fracasados.

Era un día como cualquiera, con la diferencia que en los últimos meses había conseguido una serie de aciertos profesionales que me estaban catapultando hacia la cima profesional.

Aquel 17 de diciembre del 2014, que como todos los años para ese período, se realizaban las reuniones anuales de cierre del instituto de actividades industriales, en el cual yo era miembro adjunto, con postulación para formar parte del directorio activo.

Obviamente, en esa época, era bastante jóven, con buena presencia física y académica, lo cual generaba cierta incomodidad a los miembros del directorio, que la suma de edad daría mas o menos unos 998 años (no crean que eran muchos miembros), seguramente habrán sido excelentes profesionales, pero mas ligados a la época de Da Vinci o los más jóvenes a las máquinas de vapor y el carbón.

Ese día amanecí un tanto ansioso porque seguramente quedaría en evidencía algo que mi mujer me recomendó ciento de veces no lo dejara expuesto a mis sucesivos aciertos profesionales que me encaramaban sin escalas al otorgamiento del título miembro directivo Honoris.

Para ese dia crucial, me compré un vislumbrante traje azul de Christian Dior de U$s200, una camisa blanca y corbata acorde.

Vestido para la ocasión, con un beso y bendiciones de mi amada esposa (y mil recomendaciones) me dispuse a salir de casa en dirección al tanque de tiburones (así lo llamaba),  era la hora de la chusma en puerta de sus cuevas , donde invernan y cuecen sus pociones de veneno, salen a barrer, todavía un tanto lagañosas y mal peinadas, no se cosas que se pierdan la primicia de algún evento importante y la premier de su contrincante de la vereda de enfrente y sólo les toque escuchar sin comentar. Mi esposa siempre dice que lo hacen para que la lengua no pierda agilidad perniciosa.

Pero bueno, no me quedaba otra que salir Justo en ese momento crucial convirtiéndote en el perfecto blanco móvil; me persigno e invoco a los santos protectores, por San Miguel de Ancárgel y me entrego a la buena fortuna.

Abro la puerta , salgo con mi impecable atuendo, traje azul de Christian Dior, camisa blanca, zapatos lustrosos negros y allá vamos

¡Mi Dios! Me siento arder en el infierno

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Parte 2 El viaje

 

Me dirijo al carro velozmente, tratando de esquivar las miradas filosas de la chusma en puerta, ya a esa altura me sentía un X-Men!

Prácticamente me zambullí dentro del auto y partí de inmediato hacia el Instituto, mientras conducía, contestaba llamadas de trabajo e intentaba colocarme la corbata en forma correcta, sentí deseos de convertirme en un pulpo para poder hacer todo al mismo tiempo, de pronto lo inesperado , terribles retorcijones intestinales

¡Carajo! Los nervios estaban haciendo efectos letales; menos mal que mi querida esposa que es previsora en todo, colocó en mi bolsillo el kit de emergencias digestiva   (es que ella me conoce más que yo mismo): 1 pastilla de Buscapina + 1 de Estreptocarbotiazol…) y bloqueo casi instantáneo de posibles incontinencias intestinales

 

Parte 3 La Llegada

 

Llegué al Instituto pensando como debía ingresar a esa gran sala que poseía grandes ventanales de vidrio en el piso 23 de la zona de Catalinas de Bs As , todo recubierto en madera lustrosa, una gran mesa central con sillas tipo Luis XV como para unas 60 personas;  antes decidí pasar por el toilette para ajustar imagen y presencia.

Me miraba al espejo y simulaba gestos, verificaba estado de camisa, posición de la hebilla del cinturón (debe estar debidamente alineada al ombligo) y obviamente corbata, en esta ocasión elegí nudo corazón para que se sienta algo de impertinencia.

Pero las recomendaciones de mi asesora marital de imágenes me taladraban la cabeza una y otra vez ¿cómo disimular ante el gran cónclave de vejestorios que componían el directorio del Instituto mi posición exitosa?

Mientras me dirigía a la sala por esos pasillos interminables trataba de armar una estratégia de participación , en esa lucha dicotómica interna se sumaba un grave problema, que dada mi juventud era orgulloso y con pinceladas de sobérbia.

 

Parte 4 El desenlace

 

Ingrese a la Gran Sala, como les decía tenía grandes ventanales que se podía observar y disfrutar la Comarca del Río de la Plata.

En la mesa de madera lustrosa estaban sentados ya varios de los directivos que me observaron casi con fuego en las miradas, hasta me pareció ver a Satanás en la cabecera de la mesa.

La diferencia generacional en estos casos es cosa de “ los unos y los otros” , no hay arreglo posible.

Ya comenzada la reunión y mientras escuchaba cosas inverosímiles del siglo pasado, me quedé perdido en una imagen fantástica que observé a través de esa maravillosa ventana al cielo, era un ave que volaba dócilmente,  se dejaba llevar por los vientos del Este del Río de la Plata; que cosa fantástica – pensé en ese momento, ese viento hace todo por ella, la veía disfrutar de la libertad y de las caricias de aquella brisa, yo en cambio estaba del otro lado oliendo a viejo en una hermosa carcel de madera, hierros y hormigón.

De pronto cosas importantes inundaron mi cabeza, mis hijos, mi esposa , sus palabras sabias.

 

 

Así como el ave, me dejé llevar por esas imágenes sabiendo que tenía todavía todo un camino por recorrer junto a cosas importantes y que mi éxito sólo se lo debían ellos… mis afectos.

Mi presencia  se diluyó por completo en ese tanque de depredadores

En un momento, me preguntaron;

– ¿Ud que piensa ? – calculo que percibieron mi ausencia mental

Pero sólo atiné a contestar , con pequeña sonrisa en boca

– Estoy de acuerdo

Sentí que la magia de los sentimientos me había tocado por primera vez ; sin que ellos comprendieran nada; terminada la reunión me retiré con mis diplomas de honor en los bolsillos para que nada supieran.

 

Un viaje inolvidable by Leila Garcia

 

9217e5f45b15ae6e9592fe392974a257Un día de primavera casi verano, su ciudad estaba ambientada como si fuera Japón, por los arboles llenos de flores de color rosa, todo muy bonito, y a Alex eso le gustaba, ya que a él le atraía mucho la cultura japonesa y un día quería ir.

También lo que más le gustaba de ese hermoso país es la comida, como el ramen japonés. Alex estaba estudiando fotografía, y cuando tuvo que empezar a trabajar sintió una fuerza extraña en su interior; no era la primera que lo sentía, también le había sucedido otras veces, pero siempre cuando acaba los cursos de educación estudiantil.

Ahora que era un adulto lo controlaba bastante bien, así que se propuso ir de viaje a una isla desierta, sin ningún habitante, solo vegetación verde y abundante.

Lo hizo en un avión privado de su padre, aterrizo y se fue, él estaba dispuesto a quedarse para siempre, pero su familia con su novia no lo estaban, pero tampoco querían agobiarlo. Después de estar pensando en lo que podría suceder si no bajaba al final se decidió y saltó como un palo hacía el agua y el avión le acercó la mochila a la arena para irse al fin.

Después camino un buen rato para encontrar algún alojamiento, y lo encontró Cuando entró se pensaba que encontraría algo peor, pero no fue así, era una casa de madera bastante grande. En la casa había mucho desorden, se pensaba que la gente que ha venido a escapar de su vida anterior lo dejarían más desordenado, pero no.

La casa por dentro era de madera marrón clarito con muebles de madera también y con algunos libros con fotos en la mesa grande, las imágenes son de una chica muy mona con caras muy graciosas, en una estaba muy pensativa y le hizo una foto para guardarla de recuerdo, junto con una con una mirada cutre. Después de hacer una pausa si había algo interesante vio un sofá bastante apetecible y dejo todas sus cosas en el suelo para tumbarse en él.

Cuando se tumbó recordó los peores momentos en el instituto y lo solo que se sentía, pero cuando entró en la Universidad esa soledad cambió, al conocer a su actual novia, pero antes de irse de viaje no estaban muy bien, ella le tiraba objetos sin ningún motivo y se hacía la victima cuando llegaban los padres de Alex. No aguantaba la vida en la ciudad.

Cuando despertó de su larga siesta tenía delante a la chica de las fotos y se desmayó, cuando volvió a abrir(mirar) la chica tenía dos vasos de agua y Alex se los cogió los dos, ella no podía entender porque actuaba así y cuando Alex la miro puso morritos y sus mofletes se hincharon como un globo.

El, para compensárselo le dio un vaso de agua de la nevera. Estuvieron un buen rato hablando de su vida, pero de vez en cuando su amiga estaba muy alocada, era la típica chica fan de un grupo de cantantes o así, pero se la veía muy buena persona.

Después de un buen rato colocando mis cosas salimos a explorar el lugar, ya que ella solo llevaba un largo día sin salir de la caseta. Cuando estábamos por un puente no muy seguro vimos desde lejos a otra chica mucho más mayor que mi amiga, pero un año más joven que yo, llevaba el pelo negro con mechas moradas. Cuando la estábamos observando enseguida se dio cuenta  y se marcho corriendo.

Al final seguimos caminando y vimos toda la isla, pero estábamos muy cansados que nos alojamos en el primer sitio que parecía una caseta, pero en cambio era marrón no como la nuestra de color gris y negra. A mi amiga Laura no le hacía mucha gracia entrar, pero yo le insistí y le di un beso en la mejilla para luego cogerla de la mano y entrar juntos.

Toda la decoración era muy minimalista sin haber blanco, solamente gris y negro, con unas fotos encima de la mesa de la chica a la fuga y mías, en ese momento no entendía nada, no sabía porque esta persona tenía fotos mías sin haberle dado yo, así que saque mi poder oculto para enseñárselo a mi amiga Laura, aunque la haya conocido hoy ya la considero mi amiga.

Ella se sorprendió sonriendo y riendo a la vez, pero con los nervios que sentía se le paso la broma para esconderse en el baño porque escuchó la puerta abrirse, Alex no sabía cómo reaccionar, así que se puso en una pose muy disimulada irónicamente.

La chica a la fuga lo miro de una manera muy rara y le dijo su nombre para crear confianza, era Violeta. Ella le dijo la verdad, que ella era la villana de esta historia que se ha inventado el para no aburrirse, pero que no le iba a hacer nada.

Él tenía sus sospechas, pero confío en ella, así que cuando fue al baño vio a Laura escuchando música tranquila y le contó el plan que tiene para acabar con Violeta, la “villana”, al final salieron los dos del baño, para formalizar el asunto, Laura y Violeta se presentaron amistosamente, ellos dos fueron hacía su casita, pero Alex con uno de sus poderes notó que les estaba siguiendo Violeta, él se giró para comprobarlo y ¡allí estaba!

Se encontraba detrás de nosotros para saber lo que estábamos hablando, Laura y ella estaban peleándose mientras Alex estaba observando las plantas de su alrededor recalculando el plan que iba a hacer para deshacerse de Violeta y que les dejará vivir a los dos.

Cuando las dos pararon de pelearse Violeta estaba magullada por todas partes, pero en cambio Laura solo tenía un golpe en la pierna, nosotros nos sorprendimos cuando solo se pasó la mano por la pierna y se le desapareció el golpe, eso le enfureció a Violeta, pero a mí me alegro.

No sabía Laura que tenía un poder, después me explico que era un don que tenía desde pequeña, cuando volvimos a nuestra casita planeamos como acabar con Violeta, Laura se puso un poco celosa, pero lo entendió.

Fui a la casita de Violeta y comimos juntos, después vimos una película picante con amor salvaje, así que hice como en la película, pasamos a su habitación cerrando la puerta detrás de nosotros; en ese momento entro Laura con un clip sin hacer ruido y Alex fue al baño dejándolo todo oscuro. Laura y Alex cogieron a Violeta y la llevaron a un avión para otro país, al final la pasaron los dos juntos en la isla genial. Pero Alex se tuvo que ir y se despidieron.

 

 

 

¡La policía! By Daliniana

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−¡La policía,  agua , agua!! —Alertó Alberto “el lisiado”,

− Joder ¡cada vez  vender en Barcelona es más difícil!− le dijo el lisiado a Juanjo.

La rambla Catalunya estaba petada de manteros y transeúntes, la noche del sábado era buena para sacar tajada al negocio. Llego la poli, cuatro agentes uniformados. Se dirigieron a  Juanjo q era el más sensato.

—A ver, tú, los papeles − le ordenó el poli calvo.

Pero que papeles, compañero soy de la secreta, y estoy aquí en misión especial , requisando material ilegal a esta pobre gente q no tiene donde caerse muerta, ¡coño!, ¿Nadie te lo había dicho? ¡Joder! Allí arriba están cada vez peor, ¡Ah, claro que no eres ni cabo!−

−Los papeles y déjate de gilipolleces – le volvió a decir ya un poco molesto.

Juanjo metió la mano dentro de su cazadora manchada y rota en un bolsillo y saco una especie de placa de identificación mientras con la rota se rascaba la entrepierna, acercándosela al poli calvo que era el que llevaba la voz cantante de los cuatro. Se la miro y finalmente le dijo.

−Capitán Martínez , J.J. Martínez, mis disculpas ¿Qué haces por aquí?

Le miro desafiante y J.J. le dijo:- a mi chico, me hablas de usted, que para tutearme te falta comer muchos huevos aun, además el que yo esté aquí es cosa mía y por seguridad nacional no puedo decírtelo, así que vete y haz como si no me hubieses visto,  ahora mi ayudante y yo seguiremos investigando y recogiendo datos-

Los cuatro jinetes policías se dispersaron por mitad de la rambla Catalunya.

—¿Ahora que hacemos jj? – le pregunto el lisiado.

−Pues ¿qué vamos hacer compañero de fatigas…? Lo que mejor sabemos hacer, gastarnos la pasta de esta pobre gente. En putas —agregó sonriendo.

Los dos se metieron en el Seat Ibiza verde del agente JJ que estaba aparcado en la acera de plaza Catalunya.

– Este coche jefe cada día huele peor, sería buena idea que comprara otro, tiene más de 20 años y esto no  lo arregla ni Paco “el manitas”.− le reprochó.

−Tú, cállate que lo único q haces es quejarte y poner pegas a todo, además vives de puta madre a mi costa, te mantengo y te sirvo droga y putas, no das un palo al agua, bueno si, me chivas donde viven los camellos, que sino estarías muerto de asco viviendo en la calle. Dejémonos de tonterías y vamos a hacer una visita a Purita y a sus amigas− Entonces los dos sonrieron a la vez imaginando su futuro más cercano.

Salieron del parking del Riviera en la autovía de Castelldefels, con paso decidido entraron al local saludando, eso sí, al segurata de la puerta, un tipo alto y negro, que parecía un mueble empotrado, con una cicatriz en la cara de alguna bronca con algún ex cliente seguramente.

Se acercaron a la barra a privar, y en ese momento se  pusieron a su lado  dos tías ligeras de ropa, dejando entrever liguero y corsé a juego de color rojo.

La insinuación forzada a golpe de pasta siempre es inmediata y eso ellos dos lo sabían, eran habituales de estos locales de relax.

−¿Dónde está purita?- pregunto J.J.

La rubia y la más alta de las dos le contesto…

− Está acabando un servicio, que pasa poli malo, ¿qué no te gustamos mi amiga y yo? Podrías hacernos un dúplex y saldrías hecho un hombre−

—¿Quien coño te ha dicho a ti que soy policía? Eh? Tú no sabes nada de nada, a ver si te van a encontrar en un barranco un día de estos como te vayas de la lengua – le dijo acercándosele a la cara.

−Vale, vale, yo callada como una puta −le dijo la rubia.

Después de beberse hasta el agua de los floreros rodeados de pilinguis semi desnudas, de creerse los reyes del mambo, y pensando que el dinero realmente da la felicidad. A pesar de su mal olor, su casposa chaqueta por la mala higiene ya que la ducha la veía como adorno de navidad y con sus manos pringosas de sudor y a saber que…

Se escucha el grito fuerte desde el fondo del local, lleno de gente y apelotonado de sexo y drogas.

− ¡Por Ala, Ala! Mi señor! ¡Moriréis todos!− saliendo por la boca de un hombre de mediana edad, moreno, vestido de túnica y con barba espesa.

En la mano llevaba un detonador electrónico, pequeño y cuadrado insertado un botón rojo.

Todo el mundo se quedó parado, estupefacto y terriblemente asustado.

En ese momento JJ estaba metido entre las piernas de una de las chicas, ella con la falda subida y el con la bragueta bajada, dándole al tema como si no hubiese un mañana. El lisiado que era de los dos el que menos roscas se comía, estaba más sobrio, fue a avisar a JJ con un manotazo.

J.J. después de girar la cara hacia el enemigo, empezó a buscar entre sus tobillos una pistola de esas enanas que parecen compradas de una tienda de todo a 100. La encontró, apunto, y se le encasquillo.

−¡Joder, mierda en el peor momento!−

Y se escucha un eco ensordecedor de un disparo desde la esquina justo donde estaba jj y el lisiado, acertando al enemigo.

−J.J. cada vez más lento, las mujeres estamos siempre más prevenidas, yo Pura,  la puta, te ha salvado el culo, del talibán más buscado de los últimos tiempo−

Con ojos de corderito degollado se dirigió a ella y le dijo:− mi heroína, ¡eres la mejor!−.

 

Naipes by Maria J. Medina

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Me falta el Naipe 9. Toda mi vida está marcada por ese número y por lo que me dijo un día mi abuela Petra: Niña, tienes un pálpito, como yo. El 9 estará presente en toda tu vida, para bien o para mal.

Siempre que ha pasado algo importante en esta vida de altibajos ha habido un nueve

Nací un 19 en Valencia. Un 19 especial. 19 de marzo de San José, lo que, lógicamente, siendo el primer año de mis padres en Valencia, condicionó mi nombre: María José (Me iba a llamar Paloma). La que me parió, Lucía, también nació un 19. Su madre, mi abuela Petra, la agorera de los pálpitos nació en 1900.

Mi madre murió un 29 y mi padre en el 2019. Para alegrías también. Mi hija nació el 9 de febrero y mi hijo el 29 de julio.

Y… vivo en la puerta 9. Mi peña de fiestas es la 69 (bonito número).

Realmente no sé si todo esto significa algo, pero, no siendo supersticiosa en absoluto, creo en que tengo un pálpito. Algo importante pasará en mi vida un día que contenga un nueve.

 

El relicario by María Julieta Muñoz

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Apenas cruzar el paseo marítimo, camine unos metros  y llegué al patio amplio de lo que había sido la  casa de una Familia acaudalada. Tenia una gran terraza, con árboles de troncos gruesos y copas abundantes.

Solo entrar en el recibidor una mujer muy amable y arreglada,  de manera diligente, busco  mi  nombre en el ordenador entre las reservas,    tomo una copia del  D.N.I. y me entrego a cambio las llaves de la habitación 308,  con vistas al mar, y ventana directa al patio, desde donde podía ver la piscina, las glorietas, la gente bebiendo en la terraza y dejar que la  música entrara.

Subí la escalera  del hotel  hacia mi habitación, mirando las fotos dispuestas en la pared, y por un momento sentí recorrer generaciones de la misma familia, asistir a las veladas de piano con elegantes damas de largos vestidos,  y hombres fumando puros en la terraza.

Al final, sin música, sola y con la mirada fija y altiva, una mujer con ojos grandes de mirada intensa y penetrante, casi intimidatoria, sino fuera por una sonrisa  tenue.

I.- Una casualidad

Me senté en la última mesa frente al Piano, cruce las piernas  y hojeaba distraída las recomendaciones de la casa, mientras en la mesa de al lado una mujer bastante atractiva reía complaciente las anécdotas de un hombre elegante y bien formado, con grandes manos, peinado a lo garzón.

Ella se dejaba impresionar con cada nuevo hecho,    expresiva,  abría los ojos y no hacía falta que preguntara nada,  para que él le diera nuevos detalles  que le llevaran  al próximo estallido  de carcajadas.

Cuando la camarera se acercó, interrumpió un  momento, y sin oír lo que ella me preguntaba mi oído se alargaba  para  captar más de lo que ellos hablaban. Los oía reír, se veían alegres parecían una pareja disfrutando  del Amor fresco  y despreocupado de los primeros encuentros, cómplices en sus risas y miradas.

Ella lucía un vestido blanco y corto, apenas con dos tirantes finos que lo suspendían,  semi traslúcido,   que dejaba ver su silueta  fina, sus pechos  firmes y su cuello largo lucía  un collar que se hundía en su geografía,  como un río zurcando la ladera de dos esbeltas colinas. Él llevaba un pantalón de jean, camisa blanca y una americana. Sus zapatos hacían juego con el porta documentos de cuero marrón que tenía sobre la mesa.

El sonreía con cada gesto  que le ganaba a ella, hablaba pausadamente y no perdía la calma con la música que producía la risa de su interlocutora, ni  el tintineo de sus pendientes ó el juego del collar entre sus pechos. Èl se decidió a tomar entre sus dedos el collar y jugueteó con él, ella se lo quitó y ambos lo miraron cuidadosamente.

La camarera volvió a la mesa y dejo el café, me preguntó por la habitación  y entre la conversación de protocolo cuando volví la mirada  a la mesa, ya no los oí, se habían marchado y ahora solo el trino de los pájaros interrumpía el silencio de del salón.

Las palomas subieron a la mesa, y en el aleteo incesante y nervioso se disputaban el collar de aquella mujer, tenía un curioso detalle  que en el momento no  presté atención, y lo guardé en mi cartera para entregarlo en recepción tan pronto saliera del edificio, lo que debía hacer en ese mismo momento en que advertí por las campanadas de la Iglesia el cambio de hora.

Había casi olvidado mi reunión y salí rápidamente hacia ella,   a la que llegaba tarde, informe de ello a quienes  me esperaban,  anunciando que estaría en quince minutos. Entre en el escritorio  sin mucha parsimonia  me quite la chaqueta, me salté el protocolo de cómo había sido mi viaje y estadía  en el fin de semana en el Hotel. Le expliqué brevemente lo que se tenía que hacer en casos como este, y marché dejando mi tarjeta de visitas sobre la mesa con el tel. móvil anotado a mano en el dorso  por si necesitaban contactar conmigo nuevamente.

 

II.- Segundo Encuentro

Mi segunda reunión tenía por motivo una vista a   una casona en la parte vieja de la ciudad, que mi cliente, un extranjero acaudalado,  quería comprar para veranear con su familia, o mejor dicho donde ellos disfruten para que él pudiera disfrutar de su vida de soletero. Estaba previsto encontrarnos  en el propio edificio  para  ver la casa, de la que tenia curiosidad, y si todo iba bien, firmar con la vendedora,  con quien había mantenido comunicación por emails y acordado un elevado precio por la casona, un pre-acuerdo.

Al entar en el edificio me encontré  con un gran recibidor  coronado  por una bovedilla  con pintura renacentista. La pared de la derecha llevaba  una típica cerámica catalana  bicolor, cuyo  verde inconfundible  se fundía con las plantas  que decoraban la entrada y las cortinas con impresiones de palmeras.

Una escalera amplia conducía al primer piso del edificio, con un pasamano de madera  y cada escalón llevaba en su frontal  la misma cerámica típica de esas Vilas.

Las habitaciones amplias,  y los techos de casi tres metros de alto daban al edificio una majestuosidad que irradiaba el esplendor de una época. El ruido de mis tacones interrumpió  a quienes se hallaban ya reunidos, girándose repentinamente  dos personas, de las que  al  menos una conocía, era el hombre que había visto por la mañana en el hotel cuando el desayuno.

Se sonrió amablemente y me estrecho sus grandes manos con firmeza,   que yo con cortesía devolví, dijo llamarse Juan Carlos García Sanchez, hice lo propio con la elegante dama de cabello plateado que se  hallaba junto a él, y a quien yo pregunté es Usted,  Montserrat Rovira i Peret,  a lo que ella afirmó.

La mujer de ojos grisáceos  y vivaces prestaba atención a cada gesto que  hacía, me ofreció sentarme y beber algo, que yo rechacé amablemente. Tenía más curiosidad por saber qué hacía aquel hombre  allí. Pero me contuve y decidí ceñirme al guión de la causa de nuestro encuentro, los detalles de la operación que se me habían adelantado por email.

La mujer se disculpó y pidió al hombre que fuera con ella aparte, lo que obedeció y mientras intercambiaban palabras me ocupé de revisar las fotografías dispuestas de manera ascendente sobre la escalera, lo que parecía una réplica bastante parecida a la del hotel que había visto al llegar.

Aquellas mujeres con sus  largos vestidos, sus peinados de la época, sus puntillas y zapatos, sentadas en las mesas dispuestas frente al piano, y al final de la secuencia de fotos, ví el rostro de aquella mujer, ahora ampliado, que miraba altiva y fija, coronada por broche que cerraba el recogido de sus cabellos.  Los inconfundibles ojos grandes y vivaces, una sonrisa que se dibujaba en la comisura de los labios, sostenida por dos pómulos prominentes, y  culminaba en dos pequeños pozuelos que se hundían en su rostro,  haciendo el efecto de una gota al caer sobre un espejo de agua.

La mujer me llamó y al oír su voz  deje el viaje que había empezado en el hotel y ahora parecía continuar. Ella explicó que su hija se demoraba, y me extendió el documento que firmaríamos, donde advertí que lo escrito no era lo último que habíamos hablado. Mi mirada se detuvo justo ahí donde los números, mire al hombre esperando me aportara más información, no era lo que habíamos intercambiado por email con la mujer y eso era inusual, ella me había pedido más y en dos veces.

La diferencia me beneficiaba y callé. Las condiciones también habían cambiado,  y no se haría en dos momentos como expresamente me había pedido sino solo en ese momento.

Por la actitud  de aquel hombre, cuya mirada me evitó,  no obtuve una respuesta, pero la expresión en su rostro, en que su labio superior mordía casi sin querer el inferior (me recordó a un gesto del Truco) y con ello me dejó entrever  el juego.

La mujer inquisitiva en su mirada, nos miró a ambos, y dirigiéndose a mí preguntó: “¿Le parece bien?”

El hombre,  ahora estaba como un óleo de los dispuestos en el salón, cuya respiración y suspiros ratificaban su existencia, pero no eran como los que había visto a la mañana, y enmudecido me esquivaba. Hacía calor, el ambiente de verano se dejaba sentir su espesor, y el sudor de aquel hombre no era solo una reacción fisonómica derivada de la temperatura ambiente.

Mire a la mujer y afirmé con la cabeza su pregunta, entonces ella estampó su firma sobre el papel y yo la mía, nos dimos la mano con una sonrisa y entregué el dinero que me pidió  en ese momento, y quedamos en reunirnos en un mes en la notaría.

Èl se irguió  pero no sonreía, su semblante era otro, me extendió la mano en un gesto de despedida.

Yo caminé junto a la mujer y entonces pregunté por los fotos.

La mujer sonrió y dijo:

 “Es la difunta, mi  hermana, puede verla en la foto del final.

 Era muy elegante, la más parecida a mi madre, y se encargó casi en solitario de las propiedades de la familia hasta su muerte. Aquí el caballero que nos ha acompañado, el abogado de la familia,  y  siempre su asesor.

Esta era su casa donde vivió hasta su muerte. Ahora la hemos heredado mi hija  y yo, por mitad. “

Aproveché ahora que el hombre no nos oía para preguntarle si le parecía bien continuar nuestros contactos por email, y para mi sorpresa ella respondió, por Email. ¿Yo? No utilizo el ordenador, la que se encarga de esas cosas es mi hija con el abogado.

Con ella ha mantenido Ud. contacto.  Agregué sin más: “quisiera su teléfono directo para cualquier asunto que debamos hablar.”

La mujer extendió su mano y me entregó una tarjeta con sus datos, que yo agradecí.  Nos despedimos alegremente y yo marché. Me acompaño hasta el recibidor, donde nos estrechamos la mano, y me fui pensando en los acontecimientos que como impresiones se acumulaban y sucedían en mi cabeza, tantas coincidencias.

La imagen de la pareja en la mañana, y la que tenía ahora de él.

La mujer y su hija. La difunta en la foto de la escalera.

Volví al hotel, estaba agotada, nada más entrar en la habitación arrojé mis zapatos al aire, abrí el grifo de la bañera, las ventanas de la habitación para dejar salir el encierro, y nada más hacer esto, se escurrió por la ventana la música del patio del hotel.

Urge en mi cartera para sacar mi teléfono que no había revisado a causa de la reunión, notando que mis dedos se vieron aprisionados por una especie de cordón, que me recordó el efecto de la hierba del jardín, entonces como queriendo librarme de ellos tiré y de entre mis dedos recuperé el colgante que a la mañana  la mujer había olvidado en la mesa del desayuno con aquel abogado, y yo misma,  había olvidado entregarlo en la recepción.

Lo puse a la altura de mis ojos para poder verlo con cuidado, y  advertí que se podía abrir, y al hacerlo se presentó junto a mi una imagen amarillenta, un poco ocre. La imagen,  me resultó familiar, y ví aquella mujer de ojos grandes, y pómulos prominentes, cuya sonrisa se sostenía en la comisura de los labios dejando dos hoyuelos que la enmarcaban.

Las iniciales que en el reverso del relicario estaban incrustadas coincidían  con el nombre de la hija que  la mujer había mencionado  esta mañana.

Evidentemente, era la foto de misma mujer, la difunta, cuya sobrina había olvidado el relicario con su foto en su encuentro con el abogado.

Di un paso (el final de este relato)

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Siempre un final es el ejercicio más duro de un escritor, y si la historia es de varios escritores aún más. Jorge Aldegunde ha dado con él.  Saludos –j re crivello – Taller de Escritura

Participan por orden de aparición: j re crivello, Estrella Rodriguez, Conchi Ruiz, Fabiana Laffitte, Awilda Castillo, Mel Gómez, Scarlet C., Miguel Corso. Pedro J. Guirao Marco, Sandra Sanchez y Jorge Aldegunde JAP.

Aquella madrugada una fría llovizna pegaba en la puerta. Dentro la luz a las tres de la madrugada permitía ver una mujer de espaladas que manejaba frenéticamente una plancha y la deslizaba sobre fotos de los años sesenta. Pude detenerme unos segundos en la calle, mi viejo paraguas me protegía. ¿Qué hacer? Golpeaba en su puerta y le daba conversación o seguía mi camino. Di un paso.

J re crivello

Me acerqué un poco más a la ventana amparado en las sombras de la noche. Observé a la mujer atentamente, se dio la vuelta para coger otra foto de un cesto que había encima de una mesa al lado de la tabla de planchar. Parecía tener alrededor de cuarenta años y las lágrimas anegaban su pálido rostro. El dolor se reflejaba en sus ojos y el repetitivo pasar de la plancha por encima de la foto evidenciaba un gran nerviosismo. Sentí como una punzada en el pecho y sin pensarlo, llamé a la puerta.
Por la ventana pude ver como daba un respingo, parecía asustada: ¿quién llamaba a esas intempestivas horas?, —debió pensar:
-¿Quién llama?
-No me conoce pero la he visto tan triste que no he podido evitar interesarme por lo que le pasa.
-¡Váyase! no necesito su compasión.
-No tenga miedo, no entraré en su casa. Quizá le vendría bien hablar con alguien.

Estrella Rodriguez

Era una noche oscura sin luce ni sombras, un intenso olor a papel quemado me hizo pararme ante una ventana vieja rodeada de paredes agrietadas. Pasé mis manos por los cristales huérfanos de vida y luz. De espaldas una mujer, su melena  una cascada de nudos viejos y sus ojos al mirarlos sentí como si los míos cayeran en un pozo sin fondo. Trozos de papel rodeaban sus viejos zapatos,  unas tijeras más viejas aún los rodeaban. Sentí frío hasta en el alma y corrí.

Conchi Ruiz

-¿Pero quién cree ser? No sé si me enfada más su atrevimiento que el recuerdo de estos rufianes.

-Disculpe si la he invadido, sentí que tal vez hablar podría darle algún respiro. Pero, no se preocupe, ya me retiro,  —dije y al girar para marcharme, de un golpe abrió la ventana e intentando aferrarse a mi brazo, en un tono suplicante y casi con voz de niña, dijo:

-Por favor, no se vaya, por favor, ya se han marchado todos. No lo haga Ud. también. Por favor, quédese.

Su fragilidad me conmovió. La imagen de la escultura de Camille Claudel, La edad madura, que acaba de ver en el Museo Rodin surgió en mi mente. No ofrecí resistencia alguna. Ella corrió sus cabellos despeinados, buscando emprolijarlos, y al ver de cerca sus ojos, un escalofrío tan fuerte surcó mi espalda que debí bajar la vista para esconder mis propias lágrimas. Esta vez, no era compasión lo que sentía sino miedo, un profundo miedo comenzaba a congelarme.

Fabiana Laffitte

Y… (j re crivello)

Siento que la puerta se cierra tras de mí y el miedo recorrerme la espalda a través de una gota de sudor helado. Pienso como repetidas veces lo he hecho antes: ¿porque no seguí de largo? Que afán el mío de meterme donde no me han llamado, pero ni modo ya estoy aquí, frente a esta mujer que llora quizás por su desgracia, y lloro yo también ahora, por la mía.

-¿Que le ocurre? Digo mientras ella continúa aferrada a mi brazo, es como si ya no pudiera nunca más, desprenderme de ella.

Su rostro está desencajado, y ahora más de cerca veo humear la pieza sobre la cual dejó la plancha al venir en pos de mí y abrir su puerta.

Awilda Castillo

A pesar del dolor insoportable, no dejaba de pensar en aquella mujer. ¿Qué habría pasado con ella? La dejé tirada en el suelo y si me estado era tan deplorable, no quería imaginarme el suyo, si es que había sobrevivido al siniestro. Trataba de dormir y me era imposible. La enfermera entró en la habitación y puso algo en el suero.

—Es para que pueda descansar —dijo.

Solo pude asentir con la cabeza. No me era posible abrir la boca. En cuanto la mujer se fue, comencé a sentirme mareado, adormilado. No sé si estaba dormido o despierto, pero la puerta volvió a abrirse. La figura de aquella mujer se acercaba a mí, tenía la piel derretida como la cera y sus ojos, eran unas cuencas vacías a las que no podía dejar de mirar.

Mel Gómez

En sus ojos navegaba tanta tristeza que aterraba, esa que de tanto persistir, carcome las pupilas dejándoles la espesura de una catarata. Quise advertirle sobre la plancha que dejó mientras el vestido se chamuscaba pero justo antes de hablar, ella se desplomó y comenzó a convulsionar, el rostro se le fue poniendo azulado, le desabroché la blusa, le presioné el pecho pero nada, desesperada, tomé el móvil para llamar a urgencias explicándoles la situación, me indicaron que intentara auxiliarla pero cuando volteé,  la señora se había esfumado a medida que las llamaradas invadían el recinto y la puerta trabada impedía mi salida. El humo comenzó a aturdirme y con el último vestigio de fortaleza, lancé una silla a ver si conseguía romper la ventana pero nada.

Desperté en cuidados intensivos ¡El dolor era desgarrador! Las quemaduras en el sesenta por ciento del cuerpo, hacía de mí, una escafandra de horrorosos lamentos.

Scarlet C

La morfina suministrada paliaban el dolor infernal de las pústulas de mi piel quemada, mi cuerpo un amasijo abierto de horror y condena al tener que estar inmóvil en una cama, lleno de vendas. Por momentos inconsciente por los calmantes y  por un coma inducido para q mi propia existencia no sea mortífera y así regenerar mis partes muertas… Ensoñaciones, delirios, interrogantes secuestraban mi conciencia.

Recordé que mi placa estaba guardada en la americana y que la pistola la llevaba encima cuando me rescato urgencias y allí estaba mi sargento en pie mirándome desde la entrada.

Miguel Corso

Foster, mi sargento. Regordete, de labios gruesos y mirada ágil y un bigote que alisaba después de fumar un Marlboro. Tosió, carraspeo, estaba incómodo y dijo:

¿Dónde estaba Ud. cuando comenzó todo?

J re crivello

—Cuando todo empezó yo estaba rodeado por una toalla de hospital, toda mi piel impregnada de un líquido viscoso, una mujer vestida de verde me agarró por los pies, me puso boca abajo y me dio un azote en el culo. Yo rompí a llorar. Pero ¿qué importancia tiene eso para el caso del incendio, mi sargento?

Pedro J. Guirao Marco

—Mucha más de lo que Ud. piensa. El sargento se froto la barbilla, luego se rasca el pelo, y respira como si se fuera a instalar allí toda la vida. Para continuar:

J re crivello

Esté caso se le ha ido de las manos. ¿Quién era el tipo que se encontraba en el interior de la casa cuando llegaron los sanitarios? ¿Que vinculó tenía con Teresa?, un señor que se encontraba cerca del suceso me ha comentado que ella se dirigía a él como Quique, su hijo. ¿Hacia dónde han huido los dos? —y agregó: los vecinos exigen explicaciones, llevan días sin pegar ojo, el inusual comportamiento de la nueva inquilina, Teresa les desconcierta, les asusta, les crea inseguridad, ella puede ser imprevisible, incluso nos alertaron de que algo grave podía suceder, y ahora usted ha sufrido las consecuencias. Oyen una voz de fondo, alguien reclama al sargento, dirigen su mirada hacia la entrada de la habitación y aparece él, cubriendo con su cuerpo el rostro de Teresa, se disculpa, se excusa y prosigue:

—Sargento, soy Miguel.

—Miguel, no eres Quique, ¿el hijo de Teresa?

—Su nombre no es Teresa, esté nombre pertenece a su progenitora, ella es violeta mi esposa, y yo Miguel, su amado y reciente enfermero, Teresa cree que le acechan, persiguen, que vienen a por ella, plancha todo lo que alcanza a su paso con la inercia reiterada del que fue su antiguo ofició en la Lavandería del pueblo. Sargento, nadie persigue a Teresa, todo es consecuencia de su estado mental el único peligro que la abraza es su persona, y su mayor enemigo el Alzheimer.

Sandra Sanchez

Teresa sale al paso y me mira, decidida. Yo sigo postrado, hecho un guiñapo, mas percibo otra vez esa tristeza insondable, densa y oscura. Ahora sé que Miguel miente, y que lo hace por ella. Y descubro que no es el olvido lo que ella teme, sino el recuerdo. La veo en la lavandería, trabajando de sol a sol con su madre, sumisa y un punto indiferente. Sobre todo, cuando su padre entra en la habitación de Teresa a hurtadillas. Entonces prefiere no mirar ni saber.

Por eso, aunque los estragos de la enfermedad amenacen los ladrillos de sus recuerdos, ella sigue viendo su rostro alargado y severo. El mismo que adorna las fotos que, una y mil veces, se afana en planchar.

Al fin se marcha; Miguel también. El sargento tose y me pregunta, obstinado, por el incendio. Yo maldigo mi estampa y reniego de mi estúpida curiosidad.

JAP Jorge Aldegunde

 

 

 

 

 

 

 

Di un paso -02

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La serie escogida de imágenes: ventanas y café -j re

Actividad de descanso realizada por email en el marco del Taller de Escritura j re crivello y para practicar la escritura rápida. ¿Te atreves a seguirla?

Participan por orden de aparición: j re crivello, Estrella Rodriguez, Conchi Ruiz, Fabiana Laffitte, Awilda Castillo, Mel Gómez, Scarlet C., Miguel Corso.

Aquella madrugada una fría llovizna pegaba en la puerta. Dentro la luz a las tres de la madrugada permitía ver una mujer de espaladas que manejaba frenéticamente una plancha y la deslizaba sobre fotos de los años sesenta. Pude detenerme unos segundos en la calle, mi viejo paraguas me protegía. ¿Qué hacer? Golpeaba en su puerta y le daba conversación o seguía mi camino. Di un paso.

J re crivello

Me acerqué un poco más a la ventana amparado en las sombras de la noche. Observé a la mujer atentamente, se dio la vuelta para coger otra foto de un cesto que había encima de una mesa al lado de la tabla de planchar. Parecía tener alrededor de cuarenta años y las lágrimas anegaban su pálido rostro. El dolor se reflejaba en sus ojos y el repetitivo pasar de la plancha por encima de la foto evidenciaba un gran nerviosismo. Sentí como una punzada en el pecho y sin pensarlo, llamé a la puerta.
Por la ventana pude ver como daba un respingo, parecía asustada: ¿quién llamaba a esas intempestivas horas?, —debió pensar:
-¿Quién llama?
-No me conoce pero la he visto tan triste que no he podido evitar interesarme por lo que le pasa.
-¡Váyase! no necesito su compasión.
-No tenga miedo, no entraré en su casa. Quizá le vendría bien hablar con alguien.

Estrella Rodriguez

Era una noche oscura sin luce ni sombras, un intenso olor a papel quemado me hizo pararme ante una ventana vieja rodeada de paredes agrietadas. Pasé mis manos por los cristales huérfanos de vida y luz. De espaldas una mujer, su melena  una cascada de nudos viejos y sus ojos al mirarlos sentí como si los míos cayeran en un pozo sin fondo. Trozos de papel rodeaban sus viejos zapatos,  unas tijeras más viejas aún los rodeaban. Sentí frío hasta en el alma y corrí.

Conchi Ruiz

-¿Pero quién cree ser? No sé si me enfada más su atrevimiento que el recuerdo de estos rufianes.

-Disculpe si la he invadido, sentí que tal vez hablar podría darle algún respiro. Pero, no se preocupe, ya me retiro,  —dije y al girar para marcharme, de un golpe abrió la ventana e intentando aferrarse a mi brazo, en un tono suplicante y casi con voz de niña, dijo:

-Por favor, no se vaya, por favor, ya se han marchado todos. No lo haga Ud. también. Por favor, quédese.

Su fragilidad me conmovió. La imagen de la escultura de Camille Claudel, La edad madura, que acaba de ver en el Museo Rodin surgió en mi mente. No ofrecí resistencia alguna. Ella corrió sus cabellos despeinados, buscando emprolijarlos, y al ver de cerca sus ojos, un escalofrío tan fuerte surcó mi espalda que debí bajar la vista para esconder mis propias lágrimas. Esta vez, no era compasión lo que sentía sino miedo, un profundo miedo comenzaba a congelarme.

Fabiana Laffitte

Y… (j re crivello)

Siento que la puerta se cierra tras de mí y el miedo recorrerme la espalda a través de una gota de sudor helado. Pienso como repetidas veces lo he hecho antes: ¿porque no seguí de largo? Que afán el mío de meterme donde no me han llamado, pero ni modo ya estoy aquí, frente a esta mujer que llora quizás por su desgracia, y lloro yo también ahora, por la mía.

-¿Que le ocurre? Digo mientras ella continúa aferrada a mi brazo, es como si ya no pudiera nunca más, desprenderme de ella.

Su rostro está desencajado, y ahora más de cerca veo humear la pieza sobre la cual dejó la plancha al venir en pos de mí y abrir su puerta.

Awilda Castillo

A pesar del dolor insoportable, no dejaba de pensar en aquella mujer. ¿Qué habría pasado con ella? La dejé tirada en el suelo y si me estado era tan deplorable, no quería imaginarme el suyo, si es que había sobrevivido al siniestro. Trataba de dormir y me era imposible. La enfermera entró en la habitación y puso algo en el suero.

—Es para que pueda descansar —dijo.

Solo pude asentir con la cabeza. No me era posible abrir la boca. En cuanto la mujer se fue, comencé a sentirme mareado, adormilado. No sé si estaba dormido o despierto, pero la puerta volvió a abrirse. La figura de aquella mujer se acercaba a mí, tenía la piel derretida como la cera y sus ojos, eran unas cuencas vacías a las que no podía dejar de mirar.

Mel Gómez

En sus ojos navegaba tanta tristeza que aterraba, esa que de tanto persistir, carcome las pupilas dejándoles la espesura de una catarata. Quise advertirle sobre la plancha que dejó mientras el vestido se chamuscaba pero justo antes de hablar, ella se desplomó y comenzó a convulsionar, el rostro se le fue poniendo azulado, le desabroché la blusa, le presioné el pecho pero nada, desesperada, tomé el móvil para llamar a urgencias explicándoles la situación, me indicaron que intentara auxiliarla pero cuando volteé,  la señora se había esfumado a medida que las llamaradas invadían el recinto y la puerta trabada impedía mi salida. El humo comenzó a aturdirme y con el último vestigio de fortaleza, lancé una silla a ver si conseguía romper la ventana pero nada.

Desperté en cuidados intensivos ¡El dolor era desgarrador! Las quemaduras en el sesenta por ciento del cuerpo, hacía de mí, una escafandra de horrorosos lamentos.

Scarlet C

La morfina suministrada paliaban el dolor infernal de las pústulas de mi piel quemada, mi cuerpo un amasijo abierto de horror y condena al tener que estar inmóvil en una cama, lleno de vendas. Por momentos inconsciente por los calmantes y  por un coma inducido para q mi propia existencia no sea mortífera y así regenerar mis partes muertas… Ensoñaciones, delirios, interrogantes secuestraban mi conciencia.

Recordé que mi placa estaba guardada en la americana y que la pistola la llevaba encima cuando me rescato urgencias y allí estaba mi sargento en pie mirándome desde la entrada.

Miguel Corso

Foster, mi sargento. Regordete, de labios gruesos y mirada ágil y un bigote que alisaba después de fumar un Marlboro. Tosió, carraspeo, estaba incómodo y dijo:

¿Dónde estaba Ud. cuando comenzó todo?

J re crivello

Continuará…

 

 

 

Di un paso by Estrella Rodríguez & j. Re crivello

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Actividad de descanso realizada por email en el marco del Taller de Escritura j re crivello y para practicar la escritura rápida. ¿Te atreves a seguirla?

Aquella madrugada una fría llovizna pegaba en la puerta. Dentro la luz a las tres de la madrugada permitía ver una mujer de espaladas que manejaba frenéticamente una plancha y la deslizaba sobre fotos de los años sesenta. Pude detenerme unos segundos en la calle, mi viejo paraguas me protegía. ¿Qué hacer? Golpeaba en su puerta y le daba conversación o seguía mi camino. Di un paso.

J re crivello

Me acerqué un poco más a la ventana amparado en las sombras de la noche. Observé a la mujer atentamente, se dio la vuelta para coger otra foto de un cesto que había encima de una mesa al lado de la tabla de planchar. Parecía tener alrededor de cuarenta años y las lágrimas anegaban su pálido rostro. El dolor se reflejaba en sus ojos y el repetitivo pasar de la plancha por encima de la foto evidenciaba un gran nerviosismo. Sentí como una punzada en el pecho y sin pensarlo, llamé a la puerta.
Por la ventana pude ver como daba un respingo, parecía asustada: ¿quién llamaba a esas intempestivas horas?, —debió pensar:
-¿Quién llama?
-No me conoce pero la he visto tan triste que no he podido evitar interesarme por lo que le pasa.
-¡Váyase! no necesito su compasión.
-No tenga miedo, no entraré en su casa. Quizá le vendría bien hablar con alguien.

Estrella Rodriguez

 

 

UNA LARGA NOCHE by Estrella Rodríguez

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Hace unos meses estuve unos días de vacaciones en el Maestrazgo turolense. Un viaje que no voy a olvidar en mi vida. Últimos de septiembre, el otoño empezaba a pintar un cuadro en tonos ocres mezclándose con los verdes y dorados del verano.

Me levanté temprano, había llovido toda la noche pero un tímido sol se asomaba entre las nubes. Antes de salir, desplegué el mapa que llevaba para ver qué pueblos había por los alrededores, me habían dicho que tenían mucho encanto, así que marqué una ruta turística que me ocuparía todo ese día.

Me albergaba en un pequeño hotel rural en Cinctorres. Ese día mi idea era visitar La  Iglesuela del Cid, Cantavieja y Mirambel, pasear con calma por sus calles, hacer fotografías, sentir la calma de esos preciosos pueblos y relajarme. En mis viajes en solitario advertía, sobre todo en poblaciones pequeñas de zonas del interior, que una mujer viajando sola, despertaba curiosidad, pareciera que estuviéramos todavía enclavados en el siglo pasado.

A mediodía, cansada de tanto caminar y con hambre, busqué un restaurante donde comer, ese es el momento que menos me gusta cuando viajo sola. Me senté en una mesa un poco retirada, para huir un poco de las miradas de los demás comensales. Entró una pareja con dos niños, después otra pareja y por fin un hombre solo, a todos les preguntaron qué iban a comer, todo normal, pero a mí no me atendían, prudentemente había esperado pero ya tuve que hacerme notar. Se acercó un muchacho:

-Por favor ¿me trae la carta? Veo que están entrando otras personas a las que han atendido y a mí nadie me ha preguntado.

-Perdón, señora, creí que estaba esperando a alguien.

-Pues no, vengo sola.

No terminaba de acostumbrarme a que me dijeran siempre lo mismo. Parece que, con frecuencia, todavía no se ve normal ver a una mujer sola. Hasta mis amigas me llaman aventurera ¡por ir a los mismos sitios que van ellas con sus parejas! solo porque no voy acompañada.

 

Seguí mi recorrido por la tarde hasta que empezó a caer la noche, era ya tiempo de volver al hotel. Pensé, “no voy a volver por el mismo sitio que fui, tiene que haber alguna carretera que me lleve más rápido”. Había hecho un recorrido que era casi una circunferencia, así que buscaba un camino alternativo que fuera más corto para evitar tanta curva, tanta carretera estrecha sin pintar y tanto puertecito. Pues nada, me dije, “le preguntaré al Tomtom…” Y el buen Tomtom, como siempre tiene respuesta para todo, me indicó una carretera por la que solo tenía que hacer veintitantos kilómetros. Más contenta que un ocho me puse en camino.

A los dos kilómetros, la carretera, ya de por sí estrecha, se estrechó mucho más, luego se acabó el asfalto, luego empezó a subir, luego los baches parecían hoyos para plantar pinos… Me encontraba en pleno monte, de noche, sola, sin cobertura en el móvil y sin decir a nadie por dónde andaba. Los únicos seres vivos que encontré fueron un grupo de vacas que se quedaban mirando los faros del coche y estoy segura que, si  pensaran, su pensamiento sería “a dónde irá está loca…”

El camino estaba impracticable, muy embarrado por la lluvia de la noche anterior, lleno de baches que eran cada vez más profundos. Era noche cerrada ya y no sabía si seguir o volver atrás. Dar la vuelta era complicado, el camino era muy estrecho y la noche estaba bastante oscura, era una zona de monte totalmente desconocida para mí, así que me parecía una maniobra un poco peligrosa. De pronto sentí como las ruedas se hundían en un agujero embarrado y el coche empezó a patinar. No había forma de salir de allí, ni hacia adelante ni marcha atrás, me había atascado en medio del monte, de noche y con la única compañía de las vacas. Reconozco que hubo un instante que tuve miedo, pero no me quedó más remedio que resignarm e intentar encontrar una solución, no pensaba yo que hubiera llegado ya mi última hora. Como un amigo muy querido dice, “siempre acabamos llegando a donde nos esperan”.

¿Qué hacer? ¿Caminar hasta el pueblo más cercano? ¿Esperar en el coche hasta la mañana? Sopesé los pros y los contras. No voy a negar que cuanto más pensaba más me preocupaba. No podía ir caminando en una noche oscura, por el monte, por un camino que parecía un patatal, sin teléfono y arriesgándome a alguna caída.

Miré a ambos lados del camino, las vacas estaban muy tranquilas, algunas se habían tumbado, lo que me hizo pensar que no habría lobos u otros animales depredadores cerca. Suponía que nadie iba a venir a atender a las vacas, se quedarían allí durante días, como recordaba que hacían en mi pueblo. Tenían comida suficiente y el tiempo no estaba excesivamente frío, además imaginé que tendrían alguna tenada por si querían refugiarse.

Decidí quedarme en el coche y por la mañana, con la luz del día, estudiar mejor la situación. Sabía que iba a ser una noche eterna, pero hubiera sido peor una avería en el coche y que se hubiera quedado muerto, al menos tendría la radio para hacerme compañía. Bloqueé las puertas, me tapé con una manta que siempre llevo en el maletero y me dispuse a esperar e intentar dormir un poco. El cielo estaba cubierto, aunque confiaba en que no lloviera. Quizá por la mañana estuviera el terreno un poco más seco y con ramas o piedras debajo de las ruedas, pudiera mover el coche…

La noche fue larga, muy larga, me dio tiempo a pensar mucho, a recordar a todas esas personas que habían pasado por mi vida. Ahora sí que me iban a llamar loca, sería mejor no decir nada de esta aventura. Había momentos que me quedaba dormida, pero los ruidos del monte me despertaban y, no lo niego, me asustaban un poco. Supongo que miré mil veces el reloj hasta que empezó a amanecer.

Cuando salí del coche reconocí que estaba en un lugar precioso, con más montañas al fondo y un cielo de un tono entre anaranjado y rojo que anunciaba un buen día. Respiré hondo y miré el camino, lo examiné a fondo, me pareció difícil que yo sola pudiera sacar el coche de allí, a la luz del día, me di cuenta que me había salido un poco del camino y sería difícil sacarlo sin una grúa. Así que no me iba a quedar más remedio que caminar con la esperanza de encontrar pronto a alguien o algún lugar con cobertura para el móvil.

Emprendí la marcha, por suerte ya era cuesta abajo, si no encontraba a nadie antes tendría que andar más de diez kilómetros hasta encontrar un pueblo. Llevaba ya andados algunos kilómetros cuando, a lo lejos, en el llano, vi a dos ciclistas. Grité con todas mis fuerzas, pero estaban demasiado lejos y no me escucharon. No quería salirme del camino por si me despistaba y luego no recordaba donde había dejado el coche. Según me iba acercando al llano por donde habían pasado los ciclistas, vi que había una estrecha carretera así que confié que pasara algún coche.

Todavía pasó más de una hora hasta que, para mi júbilo, apareció un coche a lo lejos. Me puse en mitad de la carretera con los brazos en alto, no estaba dispuesta a que pasara de largo. Paró. El conductor era un hombre de unos cuarenta años que viajaba solo, imagino su extrañeza al verme allí, embarrada, despeinada, con el rimmel corrido y con cara de susto.

-¿Qué le ha pasado?- me preguntó.

-Me he quedado atascada en el barro, arriba, en el monte. He pasado la noche en el coche y he empezado a caminar para intentar encontrar a alguien.

-¿Y cómo ha ido a parar al monte?

-Imprudencias, me dejé llevar por el Tomtom… ¿Es usted de por aquí?

-Sí, de Cinctorres.

-¡Qué suerte dentro de la mala suerte! Me alojo en el hotel El Faixero. ¿Me podría llevar hasta el pueblo para contratar una grúa que rescate mi coche?

-Por supuesto, vamos.

Una vez en el pueblo, mi rescatador me acompañó a un taller donde disponían de una grúa y, como le había explicado más o menos donde estaba el coche atascado, se ofreció a acompañarnos para indicar al mecánico el lugar. Y así se acaba la historia, me rescataron el coche, dije adiós a mis compañeras nocturnas, las vacas y ese día me lo tomé de descanso, invité a comer a mi salvador que, al ser del pueblo, era conocido de todos y mi aventura fue la comidilla de ese día y quizá de unos cuantos más.

Al día siguiente emprendí viaje hacia Morella, un pueblo precioso del Maestrazgo castellonés, pero ahora, más prudente, procurando no salirme de la ruta establecida…

Jazmín by Leila García

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Leila es la más jóven de los cuatro Talleres de Escritura. ¡Bienvenida Leila! -j re crivello

Un día Jazmín iba por las calles de su barrio, tenían un ambiente rutinario, con colores marrones claros y con un poco de color, pero olían a normalidad, lo que ella no quería nunca. Ella quería escaparse de la rutina diaria que le atormentaba y perseguía constantemente, ella quería libertad y sentir esa libertad que nunca había podido sentir.

En ese momento, se le ocurrió una gran idea para que nadie la descubriese, ni ella misma sabría donde iría. Cuando llegó al bosque de las grandes historias y maravillas se perdió en él, era un bosque con gran vegetación verde y olor a naturaleza y soledad, solo quería un día de tranquilidad y sin que nadie la molestara con las mismas cosas de siempre.

Cuando estaba adentrándose fantasioso, recibió una llamada de su madre muy preocupada, porque las veces que había intentado escaparse, cuando volvía a su casa, su madre la recibía con mirada preocupante y de decepción. Pero para no tener la tentación de coger el móvil, lo tiro lo más lejos que pudo y volvió a centrarse en el fantástico paisaje que tenía delante suya.

Cuando volvió a la realidad, se dio cuenta de que el bosque era un laberinto, porque ella ya quería volver a la rutina, pero no pudo, así que se tumbó en el césped y cerró sus ojos azules cristalinos; cuando los volvió a abrir vio que mágicamente habían aparecido muchas flores multicolor(es) y ya no tenía la estructura anterior sino que ahora era un laberinto con muchas flores y en medio albergaba un gran árbol.

Cuando se acercó corriendo hacía el árbol, el suelo se volvió de agua y su traje era diferente al que llevaba, era un vestido blanco y en vez de tener el pelo de color azul como antes, lo llevaba de color marrón oscuro tirando a negro ondulado. Todo era muy rocambolesco y misterioso, ella no entendía porque había un bosque así, entonces cuando llegó por fin al árbol, las flores se acercaron a ella, pero en concreto las flores violetas y jazmines y se quedaron dónde estaba ella de pie. Como ella aún no lo había acabado de asimilar, intuyó que las flores querían que se tumbara encima de ellas y eso mismo hizo, en ese momento se sentía rara pero a la vez libre, y volvió a cerrar sus hermosos ojos para hacer la siesta.

Después de un buen rato dormida, se despertó de su larga siesta de paz, pero cuando puso sus maravillosos ojos en el césped, había una carta de As de Tréboles llamativa, como Jazmín era muy curiosa la cogió arriesgándose a las consecuencias que tendría. Cuando la cogió, el árbol se abrió y de allí salieron todos los males, como la Caja de Pandora, pero no se esparcieron por la ciudad, si no que se fueron a bajo de todo y salió de allí un sabio. Ese sabio era un señor mayor que coleccionaba muchas cartas como la que tenía Jazmín, se dirigió a ella para cogerle la carta, pero ella se la guardo en el bolsillo que tenía el vestido. El sabio murmuro unas palabras indescifrables para luego irse hacía el cielo.

Pero aun no se había cerrado el árbol y Jazmín se adentró en él sin saber lo que había allí. Cuando entró no vio nada, estaba todo oscuro, pero cuando  cerró los ojos para abrirlos rápidamente vio la luz de sus barrios conocidos. En ese momento aun iba con el vestido y el peinado, pero un amigo suyo que caminaba por allí le dio un conjunto todo negro con unas gafas de sol también negras. Ella no entendía por qué hacía eso su amigo, también le dio un pequeño bolso con sus cosas y se fue corriendo.

Mientras el chico escapaba, ella lo estaba viendo que él también llevaba ropa negra. Al final captó el mensaje que le quería transmitir y se escondió en un edificio abandonado para cambiarse y guardar la carta en el bolso y seguirle. A continuación, buscó la iglesia donde se encontrarían todos. Cuando llegó,  se sentó con su mejor amigo, que a él le gustaba ella.

Mientras el cura estaba hablando, al lado de la foto del compañero de clase de su mejor amiga, que había fallecido recientemente,  apareció repentinamente una foto de un As de tréboles llamativo como el que cogió en el bosque alternativo. En ese momento, ella creía que se había vuelto loca, porque le preguntó a quien estaba a su lado si al lado de la foto había una fotografía  de un As de tréboles, pero le dijo que no.

Cuando acabó esa pésima celebración, es decir, el funeral de su compañero, les dio el pésame a sus familiares y a los compañeros que lo habían aguantado en clase, ella en ningún momento había llorado, pero dentro vio que mucha gente si y les compadeció.

Ella, al llevar gafas de sol, no se le vio caer ninguna lágrima, ya que ella no tenía relación con él.

Cuando volvió al bosque, se le cambió la ropa en un segundo, ella no creía en la magia ni en la fantasía, pero lo tenía que hacer. Cuando llegó al árbol se tumbó de la misma manera que encontró la carta, y se sintió libre con una paz infinita. Cerró los ojos para dormir y ya nunca más los volvió a abrir.

 

 

 

CENICIENTA GRADO CERO BY FABIANA LAFFITTE

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Entró y a los pocos metros, descubrió su mirada rodeándole el escote, subiendo por su cuello hacia sus labios. La electrizó. De forma automática, elevó los hombros y los movió hacia atrás, irguiéndose. Siguió hacia el interior del pub, pero con pasos mucho más largos y acompasados.

Sabía que él continuaría observándola. Una media sonrisa de satisfacción le brotó sin que lo notara. Se sentía estupenda, la más sexy y atrevida del lugar. Esa certeza la impulsó a realizar lo que denominaba caminata modo felino: mirada a un punto fijo inescrutable, brazos relajadísimos, contoneo de caderas, piernas en sinuosa cadencia.

En ese trámite estaba cuando una de la tira de piedritas plateadas de sus sandalias se soltó; su delgado pie cedió y, siguiendo el movimiento de todo su cuerpo, avanzó solo, descalzándola. Notó la inestabilidad pero eso no arruinaría su resplandeciente ingreso, ni perdería la atención de ese hombre que prometía una noche irrepetible.

Dejó que la sandalia quedara a medio camino, simulando que nada había ocurrido. Mantuvo el paso y se ubicó en el más cercano de los taburetes junto a la barra. Movió la cabeza, para que el cabello le ondeara, exhibiendo sus hombros. Segura de que nadie lo había advertido vino un refreshing de confianza. Además, pensó, al haber quedado de espaldas, ¿quién le miraría el pie, con su trasero enfundado en esa falda de piel corta y colorada hasta el infierno?

Se sentó de lado, escondiendo el pie desnudo. Se ubicó justo para poder ver el sector del piso en donde había quedado su sandalia pero también, para tener en cuadro a ese hombre, despertador de deseos inconfesos. Pidió una ginebra de fresa, y siguió tratando de parecer felinamente despreocupada mientras, con un ojo puesto en cada lado, cavilaba cómo haría para recuperar su calzado sin perder su presa.

Ya estaba por el tercer sorbo a la bebida rosada, cuando notó que sus deseos se encaminaban: él mirándola seductoramente, se abría paso entre la gente, acercándose. Tomó la copa y al levantar la vista vio que él trastabillaba y se agachaba para reaparecer con una sonrisa socarrona. Con el brazo bien alto, y su sandalia en la mano, gritó con voz de tenor:

─ ¿Quién es la borracha que ya perdió el zapato?

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