Pacto de silencio by Mel Gómez

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Este texto está escrito bajo las pautas de True Crime para el Taller de Escritura j re crivello

 

12 de marzo de 1989. Un grito aterrador de un niño interrumpe la madrugada. Luego silencio.

Hacía un mes que Iliana y Federico se habían separado. Ella era muy joven, casi una niña cuando se casaron.  Él ya tenía su carrera, trabajo y no quiso esperar más. Iliana era muy hermosa. De cabellos rubios y revueltos de tanto estar en la playa, su juvenil piel dorada y su figura grácil llamaba la atención de cualquier hombre que se cruzara en su camino. Federico la quería para él y le prometió una vida sencilla para empezar y con mucho esfuerzo levantarían su familia y un pequeño negocio del que se encargaría ella.  Poco tiempo después recibieron al primer niño, vivo retrato de la madre. Dos años después la niña, de cabellos oscuros y piel de nácar, delicada como una rosa.

A los cinco años de matrimonio, ya la relación estaba maltratada, herida de muerte. Iliana estaba cansada de jugar a la casita a los veintidós años. Amaba a sus hijos, pero estaba hastiada. Le faltaba vivir. Se aburría. Añoraba sus días de playa, sus amigos y fiestas. Deseaba de nuevo su libertad.  Federico intentó renovar la ilusión comprando una casa para la familia. Los niños subían y bajaban las escaleras corriendo, escogiendo cuál sería su habitación. Inocentes de todo lo que sucedía entre sus padres, no tenían idea del giro súbito que tendrían sus cortas vidas.

El 2 de enero de 1989, se firmaron los documentos de la propiedad. Tomaron un camión de mudanzas, lo llenaron de cajas y pertenencias para irse a habitar la nueva casa. Federico tenía que trabajar más e Ileana no resistió más. Salía a la calle y se paseaba con sus hijos, ante los ojos curiosos de sus nuevos vecinos, para volver al encierro de aquellas cuatro paredes que la asfixiaban. Cada día su frustración era mayor y los argumentos con Federico se hacían cada vez más insostenibles. No quería seguir en aquel matrimonio que le robaba sus mejores años y así se lo dijo a su esposo, sin más. Él le pidió que estuvieran separados por algún tiempo, tal vez así podría extrañarlo y reparar lo que parecía estar roto, pero Iliana estaba convencida de que su deseo era terminar con ese error que solo le trajo dos cosas buenas: sus hijos.

De este modo, poco más de un mes de mudarse a la nueva casa, cada cual se fue por su lado, aunque ninguno de los dos puso documentos de divorcio en la corte. Ella porque no tenía el dinero y él, porque no tenía el deseo. Federico iba a buscar a sus hijos durante el fin de semana para compartir con ellos. En esos días vivía con sus padres y era allí donde los llevaba a pernoctar. Sostenía la casa donde vivía Iliana con los niños, por lo que el dinero no le sobraba para rentar un piso para él. Los abuelos gozaban de los nietos, pero no podían evitar interrogarlos acerca de lo que sucedía en la casa de la madre. De ese modo se enteraron que Iliana salía con varios amigos y amigas y que hacía fiestas hasta altas horas de la madrugada en las que bailaban, tomaban licor y se ponían «graciosos».

—Federico, tienes que ponerte en vela. No sabes quién entra a esa casa. Allí están tus hijos, sobre todo hay que tener cuidado con la niña, ya sabes… —aconsejaba la madre preocupada.

—Esa mujercita nunca me gustó para ti, hijo… Pero es que te encaprichaste con ella y ya se te metió entre ceja y ceja y no escuchaste consejos. Esto se venía venir —argumentaba el padre.

—No me digan más, ni les estén preguntando a los niños. Quiero llevar esta fiesta en paz. Si no hay nada que hacer, pues tendré que entender. Además, Marcia y Enrique, los primos de Ileana van a menudo y la visitan. Dicen conocer a toda esta gente… Los nuevos amigos de Iliana. Dicen que no pasa nada extraño, que son vecinos de la calle. Yo solo tengo que ocuparme de mis hijos. Este fin de semana vienen y por favor, no los interroguen.

Federico llegó a las seis de la tarde del viernes 10 de marzo de 1989 a buscar a sus hijos. Llevaba el sobre de la manutención, que le entregó a Iliana. Los niños salieron con sus mochilas de ropa y alegres abrazaron y besaron a su padre. Luego se subieron al auto despidiéndose de la madre con sus pequeñas manitas a través del cristal de atrás del auto.

—Los traigo el domingo… A las seis —dijo retrasándose unos segundos, esperando que ella dijera lo que nunca dijo: que lo amaba, que se quedara, que volvieran a empezar.

Ese fin de semana salieron a la feria el sábado y el domingo 11, fueron a un cumpleaños de una primita paterna en la playa. Corrieron, hicieron castillos de arena y de cuando en cuando se metían en los brazos del amoroso padre. Este los recibía y se preguntaba por qué tenía que devolverlos. No entendía por qué tenía que renunciar a ellos y conformarse con verlos solo los fines de semana. Era tan injusta esta ley. Se daba cuenta de que cada vez que los veía se había perdido parte de sus vidas que jamás iba a poner reponer. Ambos crecían día a día, venían con historias nuevas, palabras que no los había oído decir antes. No era él quien quería romper el matrimonio, pensaba, era ella. ¿Por qué él tenía que sufrir las consecuencias? Sintió rabia, algo en él cambió. Empezó a sentir rencor hacia la mujer que tanto había amado.

Esa tarde tenía que devolver a los niños. Por su cabeza pasaban todo tipo de pensamientos, su amor derrotado, lo injusto que era todo. Cuando llegó a la casa se bajó para entregar a los niños que felices besaron a su mamá y entraron corriendo a la casa jugando.

—¿Podemos hablar? —preguntó.

Ileana atravesó los ojos, molesta.

—¿Otra vez? ¿De qué quieres hablar? Yo creo que está claro todo entre nosotros.

—Pues sí, entre nosotros sí, pero no en cuanto a los niños.

—¿Qué con los niños?

—Yo tengo claro que me has dicho mil veces que no me amas, que esto fue un error y que quieres el divorcio. Pero, ¿por qué razón si eres tú quien quiere romper este lazo, te quedas con los niños? ¿No dices que quieres tu libertad? ¿No serías más libre si me los dejas? Ellos son mi vida.

—No… Los niños se quedan conmigo.

—¿Por qué? Porque te toca la casa y la manutención, ¿no es así?

—No es eso, son mis hijos. Yo los parí.

—Ileana, sé justa. Mira, si quieres sigo pagando la casa y una manutención para ti por un tiempo, mientras consigues un trabajo, estabilidad.

—No. Ya te dije que no. ¿Y quién te dio esa idea? ¿Tu papá o tu mamá?

—Ninguno de los dos… Solo pensaba mientras los miraba jugar en la playa —respondió melancólico—. Bueno, te veo en dos semanas —se despidió derrotado.

 

«14 de marzo de 1989.  Una madre y sus hijos de cinco y tres años fueron asesinados a puñaladas. Ileana Barbosa Fred fue encontrada desnuda en una bañera en el segundo piso de su residencia. Los cuerpos de los niños fueron conservados en un refrigerador y congelador del hogar. La escena era una espeluznante para los agentes que llegaron a investigar una vez que recibieron varias llamadas de los vecinos debido al olor fétido que provenía desde la residencia. Se cree que el asesinato ocurrió hace dos días según el resultado de la autopsia y el estado de descomposición de la madre. Los cadáveres de los niños se encontraban conservados, él de la niña tuvo que ser descongelado antes de hacerle la autopsia», Diario del Ojo Visor.

 

Federico supo de la noticia cuando lo llamaron los investigadores ese terrible miércoles, 14 de marzo. Creyó enloquecer. Se presentó a la residencia, quería entrar, pero no lo dejaron. Las noticias presentaron su imagen desesperada, mientras el padre de Iliana lo amenazaba de muerte por aquel terrorífico acto. Todo era confusión en su mente, no creía lo que pasaba, estaba en otra dimensión, un sueño horrible del que nunca despertaría. En el principio fue el principal sospechoso, pero pronto los agentes lo descartaron. A la hora de los asesinatos, estaba en la casa de sus padres con unos amigos viendo películas y boxeo. Más de diez personas podían corroborar esta versión.

Por otro lado, notaron que existía un código de silencio entre los vecinos de la calle donde ocurrió el asesinato. Al principio nadie hablaba. Nadie quería ayudar a las autoridades, después de todo, apenas conocían a la joven madre ni a sus hijos. Luego una vecina que vivía al final de la calle, a una distancia prudente, indicó que la madrugada del lunes —cuando se creía que habían ocurrido los asesinatos—, en la casa de Ileana había música muy fuerte. La vecina inmediata, dijo que no escuchó nada, que la casa estaba en silencio. Otros decían que habían escuchado el llanto de un niño. Una anciana dijo que el martes por la noche vio un hombre saltar el muro de la entrada, entrar a la casa y salir en su auto, pero no podía dar más información porque en la oscuridad no se veía bien. Eran tan contradictorios los testimonios que los fiscales comenzaron a amenazar a los posibles testigos. El pueblo estaba rabioso y alguien tenía que responder.

Temerosos por los interrogatorios y las amenazas de los fiscales, dos hermanos, menores de edad —Luisa (15) y Antonio (14)— fueron a la Fiscalía de Distrito y la muchacha declaró lo siguiente: «El domingo estábamos en casa de Ileana, escuchando música y bailando. A ella le gustaba mucho bailar. Bebimos bastante. Ya sé que no se supone que mi hermano y yo bebiéramos, pero estábamos allí, cerca de nuestra casa. Al rato llegaron dos vecinos mayores que nosotros. Comenzaron a bailar con Ileana, pero uno de ellos la tocó de una forma que ella no le gustó. Vi que ella se puso muy seria y dijo que iba al segundo piso a ver si los niños dormían. La vi subir las escaleras. Unos minutos después los vi subir también. Me asusté mucho y le dije a mi hermano que nos fuéramos».

 

El 16 de junio de 1992 se llevó a cabo el último día del juicio contra los acusados.

—El grito aterrador de un niño interrumpió la madrugada. Luego el silencio —declaró un testigo.

En el suelo de la cocina la criatura se desangraba sin socorro —declaró el detective—. Las huellas iban desde el primer al segundo de la vivienda, la niña dormía en un charco de sangre el sueño eterno sobre la cama. Luego ambos cuerpos fueron puestos en el refrigerador, el niño; la niña, en el congelador —concluyó.

—Ellos dos —dijo señalando con el dedo a los acusados— luchaban con Ileana, que se defendía y él le pegaba en la cara. Ella parecía no creer lo que estaba viviendo. Una bestia la acariciaba lujuriosamente y el otro observaba y callaba. Yo los vi y le dije mi hermano que nos fuéramos —declaró Luisa, siendo su testimonio confirmado por su hermano.

Esa fue la historia final con la que condenaron a dos hombres que aun comenzaban la vida, tres horas después de que concluyeran las presentaciones del fiscal y la defensa. Solo ellos sabían la verdad.

Por veintiocho años los condenados reclamaban su inocencia y pidieron que se revisara su caso a la luz de las nuevas pruebas científicas —DNA mitocondrial*—, que para cuando fueron convictos no existía. Sabían que en la autopsia encontraron vello púbico en la ropa interior de Ileana. Estaban seguros de que no eran de ellos. Nunca estuvieron en la escena. Solo aquella muchachita los había puesto allí, quién sabe por qué. Sus razones eran un misterio para ellos. Los resultados llegaron y fueron develados en una vista el 14 de septiembre de 2017. El vello púbico no pertenecía a ninguno de los convictos. Pertenecía a alguna persona relacionada con la víctima por vía materna. La juez ordenó un nuevo juicio.

 

En la madrugada del lunes 12 de marzo de 1989, Enrique llegó a la casa de su prima.

—Me extrañó que tuvieras la luz encendida a esta hora —dijo—. ¿Está todo bien?

—Sí. No podía dormir. ¿Y Marcia?

—Discutimos un poco y salí a dar una vuelta.

Ileana abrió la puerta confiada y le ofreció un café. Él no quiso tomar nada, pero pidió permiso para ir a ver a sus sobrinos.

—Están dormidos —respondió la madre.

—Solo un momento.

—Está bien. Solo un momento —Y subió las escaleras.

 

En la noche del martes 13, Enrique saltó el muro de la entrada. Subió corriendo las escaleras y se quedó viendo el cadáver de Ileana: hinchado, putrefacto. Lloró. ¿Por qué no pudo ser amable con él?, pensó. Volvió sobre sus pasos hasta la cocina. Abrió el refrigerador y el congelador. Allí seguían los cuerpecitos sin vida de sus sobrinos. Tomó el cuchillo con el que había acabado con las vidas de la madre y los niños. Lo olvidó. Ahora nadie sospecharía de él, jamás.

El 12 de noviembre de 2019, la Corte Suprema declaró que, aunque la prueba determinaba que el vello púbico no pertenecía a los convictos, ese solo hecho no ameritaba un juicio nuevo y denegó la oportunidad de probar su inocencia a los dos hombres que llevaban más de veintiocho años cumpliendo sentencia de por vida por unos delitos que tal vez no cometieron.

 

Notas:

*El ADN mitocondrial se puede extraer de cabello, huesos y dientes. Los restos antiguos y no identificados se pueden comparar a los perfiles del ADN mitocondriales de supuestos parientes maternales disponibles.

*La forense que hizo las autopsias declaró que no había golpes en la cara de Ileana y que quien asesinó a los niños debió ser alguien conocido, pues no hicieron nada para defenderse.

 

Felicidad by Mel Gómez

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Felicidad nació una noche de luna de nieve. Su cara redonda y rosada, opacaba la luz de la fría sala de partos de un hospital neoyorquino de gran prestigio. Sus padres, eran gentes que se movían en las altas esferas del gobierno y de la bolsa de valores en la ciudad de los rascacielos. Sus abuelos, ciudadanos venezolanos, habían llegado a los Estados Unidos en los años sesenta, y habían acumulado una fortuna en la industria de textiles y moda. La pareja llamó así a la criatura en un arranque de gozo, pues en ese momento, la vida les sonreía.

Tenía ocho años la niña cuando ocurrió el ataque a las Torres Gemelas. El padre fue uno de aquellos que se veía caer al vacío desde lo alto del edificio en llamas, vestido con ropa y calzado fino de diseñador, uniforme de los hombres influyentes en el World Trade Center, intentando —sin éxito—, caminar por los aires. La imagen de aquel hombre desesperado, acostumbrado a tomar decisiones importantes cada día, se repetía una y otra vez en las pantallas de la televisión internacional. Su esposa lo reconoció enseguida, entrando en un estado catatónico que duró varios meses, teniendo sus padres que encargarse del patrimonio familiar y de Felicidad, mientras se reponía en una institución para enfermos mentales.

La vida de Felicidad nunca fue la misma desde entonces, no obstante, sus abuelos se desvivían para complacerla en todo. Apenas hablaba, se mantenía encerrada en sí misma y en los libros que parecían ser su única distracción. No tenía amigas, vivía presa en su habitación y decidió que haría su educación desde su hogar a través del computador. Fobia social, dictaminó el psiquiatra. La imagen de su padre cayendo de las Torres Gemelas se había quedado fijada en su mente y la sola idea de salir al mundo exterior la paralizaba.

La madre se había convertido en un fantasma que caminaba por la casa, aullando de dolor, en bata de dormir y descalza. La joven odiaba todo lo que la rodeaba: sus abuelos, su madre, la casa. Ni así se animaba a salir de su encierro. Terminó haciendo sus estudios universitarios en línea, obteniendo un diploma en Derecho de una reconocida universidad.

Los años no pasaban en vano, la salud del abuelo se quebrantó, falleciendo en unos pocos meses. La abuela lo siguió casi enseguida. Felicidad no podía ocuparse de la madre —tampoco quería—, y la ingresó permanentemente en una institución.

Una tarde recibió en el correo un aviso para presentarse en el juzgado. La llamaban para fungir como jurado. Intentó ser excusada, pero no lo consiguió. Le llamó la atención que a los seleccionados no les era posible compartir su nombre. Solo los identificaba un número. Las medidas de seguridad eran extremas. Le indicaron que el jurado sería secuestrado hasta llegar al veredicto. No podían ver noticias, ni tener comunicación, ni usar la red. Felicidad entendía los procedimientos, después de todo tenía un grado en Derecho, pero se preguntaba quién sería el enjuiciado.

El primer día del juicio, enseguida supo de quién se trataba, pero nada dijo. Lo había visto en la televisión, un Houdini cualquiera, famoso por sus escapatorias. Era un personaje simpático: asesino, narcotraficante, sádico. Todo lo que ella a le habría gustado ser. No estaba allí por casualidad. Lo vio mirar a cada uno de los jurados y hasta sintió cuando se detuvo en ella. La miró a los ojos, justo al alma. Sintió estremecer, no de miedo, sino de deseo. Algo que jamás había sentido en su solitaria vida. La oscuridad se apoderó de ella.

Pasaron días interminables para los otros miembros del jurado, en los que los abogados se esforzaban, cada uno en probar su caso. Mientras tanto, Felicidad se hundía en aquel amor errático, suplicando que nunca acabaran. Los detalles sobre las torturas en las que participó el sanguinario narco hasta dejar sin vida a sus víctimas, eran su afrodisiaco. Apenas llegaba a su habitación, daba rienda a su fantasía. Era él quién halaba sus carnes, quien le arrancaba las uñas, quien cortaba sus dedos. Luego de alcanzar el orgasmo se dormía tranquila y plena.

Los abogados finalizaron sus argumentos y el destino del asesino quedaba en las manos de Felicidad y once personas más. Las instrucciones del juez les obligaban a llegar a un veredicto unánime. Insistió varias veces en escuchar las grabaciones de los testimonios más atroces. Los demás jurados no entendían por qué ese interés morboso en los pormenores. Nadie sabía quién era ella, ni su padre, ni cuántas veces había revisado el vídeo de su caída de las Torres Gemelas, hasta no sentir nada. Por primera vez, desde la tragedia que acabó con su familia, Felicidad se sentía viva y quería regodearse en ello. Cada vez que tomaban los votos, ella se oponía al veredicto de culpabilidad y tenían que empezar de nuevo a deliberar.

Al sexto día no tuvo más pretextos. La acusaron de ser una infiltrada de la mafia para colgar al jurado, por lo que no tuvo otra alternativa que votar a favor del fallo de culpabilidad del acusado. El mundo entero estaba pendiente del dictamen. Tan pronto se supo, los medios noticiosos lo informaban cada quince minutos. Unos se alegraron, otros no. Los fiscales celebraban la convicción de uno de los hombres más temidos de todos los tiempos. Los defensores anunciaron que apelarían el veredicto, advirtiendo que no se quedarían de brazos cruzados. El narco escuchó tranquilo.

Una semana más tarde un jurado anónimo se comunicó con un diario. Informó que el jurado violentó las normas del procedimiento. Cinco miembros habían indagado en la red quién era el acusado y vieron las noticias. Reportó que le amenazaron para que diera su voto a favor del veredicto. El juicio quedó anulado, teniendo el acusado otra oportunidad para ser juzgado.

Felicidad agarró su maleta, cerró su apartamento después de dar su declaración confidencial a la prensa. Había completado su misión.

SUGESTIÓN Estrella R.

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María había salido, como todas las tardes, a pasear con su perro por el monte cercano a su casa. La temperatura era agradable e invitaba a caminar.

Era finales de octubre y el camino estaba alfombrado de hojas que crujían bajo sus pies. El cielo estaba cuajado de nubes, aunque en algunos momentos un sol tímido se asomaba entre ellas y algunos rayos se colaban entre las ramas de los árboles, iluminando las sombras.

Había días que, en su paseo, se encontraba con alguien que buscaba setas o se distraía como ella, pero aquella tarde no había nadie por allí. Estaba todo muy silencioso, parecía como si los pájaros también se hubieran ido. Ni siquiera asomaban las inquietas ardillas que solían salir a su encuentro otros días. Sintió una rara aprensión, pero siguió adelante. .

Iba absorta en sus pensamientos y no se dio cuenta de que el perro se había detenido… El pelo del lomo se le había erizado y tenía la cola baja, él que siempre la llevaba en alto como una bandera. Miró a su alrededor y no vio a nadie. Se paró a su lado y le habló:

– ¿Qué te pasa? ¿Qué has oído?

El perro se pegó a sus piernas y aún estuvo unos segundos alerta, pero enseguida olvidó lo que le había asustado y empezó a corretear por entre los árboles. Algún ratoncillo de campo,        —pensó.

Se quedó parada, en tensión, solo se oía el crujido de las hojas y las ramas secas que el perro triscaba al pisarlas. Pero ella sentía una presencia extraña, le pareció oír unas voces tenues a su espalda… Miró hacia atrás, no se veía a nadie, sin embargo ella sentía un aliento a su lado, incluso en algún momento, le pareció sentir el roce de algo en su piel..

Estaba empezando a asustarse, el perro había desaparecido, el bosque estaba totalmente silencioso y ella seguía teniendo aquella rara sensación. Sentía como si una mano la atenazara el brazo. Incluso le pareció ver las marcas blancas de unos dedos en su piel.

Se estremeció. Llamó al perro mientras susurraba. .

– Quienquiera que seas, no te tengo miedo, mi imaginación me está jugando una mala pasada… no hay nadie ¿o sí?

Intentaba convencerse, mientras su nerviosismo iba en aumento, temblaba como las hojas que aún permanecían en los árboles en aquella tarde de otoño. Al fin, el perro regresó a su lado, se relajó y con un suspiro de alivio emprendieron el camino de vuelta. La sensación extraña iba desapareciendo según iban alejándose del monte. Se rió en alto y pensó en lo fácil que es sugestionarse.

****

Sergio había pasado la noche en vela, una tras otras fueron sonando las horas en su cabeza sin que el sueño le venciera. Al fin, desesperado, saltó de la cama, se asomó a la ventana y comprobó que el cielo estaba tan oscuro como sus pensamientos. Se preparó un café y pensó en ella.

La había conocido por Internet, a los dos les gustaba escribir y estaban en la misma red social. Mantuvieron un contacto frecuente por la red, hasta que un día le mandó un mail, quería conocerla mejor. Ella le contestó y empezaron una relación de amistad que se había ido consolidando con el tiempo. Se estaba enamorando apenas sin darse cuenta pero callaba, no podía ser. Ella estaba sola pero él no.

Por cuestiones de trabajo tuvo que hacer un viaje cerca de la ciudad donde vivía ella, así que le pidió si podría verla y accedió. Reservó en un restaurante y esperó que llegara, la conocía por las fotografías que habían intercambiado, así que en el momento que entró por la puerta la reconoció. Enseguida le vio y una sonrisa iluminó su cara, era como la había imaginado, alegre, con un caminar decidido como si fuera a comerse el mundo, sintió una llamarada que pareció consumirle por dentro. La comida resultó divertida, se atropellaron en sus palabras, rieron, se miraron, era como si se hubieran conocido desde siempre. Cuando quisieron darse cuenta ya era hora de decirse adiós. Un silencio denso pareció envolverles.

No quiso que la acompañara a casa, prefería despedirse allí, —le comentó, e ir caminando. Se despidieron con un abrazo y él le rozó ligeramente los labios, sintiendo que algo se desataba en su interior. Ella se separó y le dijo adiós apresuradamente. A Pablo le pareció que sus ojos se enturbiaron al mirarle. Tras este breve encuentro, siguieron su rutina anterior, se escribían y hablaban pero no hicieron mención a aquel ligero beso y lo que había despertado en él.

De vuelta de su ensoñación, terminó el café, preparó una pequeña maleta con algo de ropa y dejó una nota encima de la mesa para su pareja diciéndole que se ausentaba unos días, que necesitaba pensar. No le echaría de menos, hacía meses que ya ni compartían cama, tan solo vivían juntos de cara a la galería.

Respiró hondo y montó en el coche. Tenía ante sí cientos de kilómetros para ir a su encuentro pero estaba decidido, tenía que verla de nuevo, tenía que saber qué sentía, tenía que besarla para saber si le correspondía.

Había recorrido más de la mitad de la distancia que les separaba, cuando pareció que el cielo se abriera sobre él y empezó a llover a cántaros,  una cortina de agua cegaba la luna delantera e iba casi a ciegas -tendré que parar, —pensó. De pronto un coche golpeó con fuerza el suyo, echándolo de la carretera y dando varias vueltas de campana quedó detenido a varios metros de la carretera. Se acordó de María, ya no podría decirle cuánto la amaba y se sumió en la sombra.

****

Pasaron unos días, sonó el teléfono, un amigo muy querido la llamaba desde el hospital, era Sergio.

-Tuve un accidente muy grave, con un traumatismo severo en la cabeza, que me sumió en un coma varias horas. Pero me estoy recuperando, ahora estoy ya fuera de peligro, quería que lo supieras.

-¿Cuándo fue?

-El pasado jueves, sobre las seis de la tarde.

María recordó aquella sensación extraña en el bosque. Aquel jueves, a las seis de la tarde, él acudió a su encuentro, de alguna manera se aferró a ella y con ella, a la vida.

-María, ¿estás ahí? Contéstame, quiero verte

-Yo también quiero verte

Y entonces susurró -te amo- y le amó más que nunca, aunque él nunca lo supiera, ¿o sí? Sergio quería verla y eso quizá significaba algo…

Pasaje de ida by Verónica Boletta

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Salsipuedes (Lucas y menos diez)

Con una sensación indefinible, Lucas recorre el pueblo. Corrijo. Es presuntuoso llamar pueblo a aquel caserío ordenado pero escaso. Calificarlo de aldea es más apropiado. Pero aún esta palabra no es exacta. No describe su esencia. Parece una comarca de juguete, una reconstrucción a escala como lo son las casas de muñecas. Con esa imagen y el rumor sordo del riacho que corre paralelo a la avenida principal, Lucas llega a la plaza central. No hay asomo de duda. Es la única con la que se ha topado en los dos días que lleva en Salsipuedes. A su alrededor se encuentran los edificios más importantes: la iglesia, con sus paredes blanqueadas y sus portones de madera siempre abiertos esperando por feligreses que no llegan; la comisaría, un edificio de una planta, descascarado y sin personal; el Banco Nacional, agónico y silencioso tras el mármol que lo cubre, domina la esquina. En sus antípodas, el autoservicio de Olga opone resistencia. Aún con sus escasos compradores es el lugar más dinámico de la comarca, allí donde se encuentran víveres y noticias, el corazón parlante del pueblo.

 Olga (Lucas y menos uno)

 Acarreó el último cajón de cerveza y lo apiló junto a los otros. Se rascó la cabeza engrasando los cabellos ralos y duros. Bajo los párpados gruesos. Los ojitos brillaron con un destello de inteligencia. Poca inteligencia iluminaba aquel cerebro, a decir verdad; se parecía más a la llama de una vela que a un potente reflector. Pero para la vida sencilla de Salsipuedes bastaba.

Olga es la propietaria del autoservicio del pueblo. Quien atiende su propio negocio, repone los productos, despacha a los clientes y paga a los proveedores. También oficia de curandera, trata el empacho y el mal de ojo. Los vecinos la respetan. O le temen. Ninguno quiere granjearse la enemistad de ser tan poderoso. Su figura rotunda agiganta el mito. Su cintura es el ecuador del globo que es su cuerpo. El sobrepeso se adueñó de su ser de tal modo que los pies, a cargo de sostener la estructura, viven hinchados. Por eso, calza pantuflas en toda ocasión. Sus piernas, sin embargo, son dos pilares. Allí se concentra toda la energía. No esquiva el trabajo duro. Aún más, lo agradece. Si no hay, lo inventa.

En cuanto Lucas traspuso la puerta del local se estudiaron. Éste no es de acá. Tiene pinta de ciudad. Y está paliducho. —«¿Qué desea el señor?», preguntó para romper el silencio.

—Agua mineral, pan, doscientos gramos de jamón serrano y doscientos cincuenta gramos de queso. Y saber dónde puedo cargar combustible agregó.

—No hay.

—Pues allí veo el agua y el canasto con pan, al menos.

—Sí. Eso sí. Lo que digo es que no hay dónde cargar combustible. —Y, mientras ponía los productos en una bolsa y sumaba los precios, agregó: «Nadie sale de aquí»

Rio, nervioso. Algo en aquella mujer le daba mala espina. Sacudió la cabeza para alejar los malos pensamientos. Decidido a concederle otra chance, preguntó:

—¿Y una terminal o parada de ómnibus?

Dos ojitos de hielo y acero lo miraron fijamente.

—El señor no entiende ¾susurró sibilante. «N-A-D-I-E sale de aquí, a menos que muera»

 

 Pasaje de ida (Lucas y más cinco)

Creer o sucumbir, piensa más rápido que un rayo. Su caminata en uno y otro sentido no le ha revelado la ubicación del cementerio. Sostiene la mirada de la mujer mientras espeta sin contemplaciones:

—Véndeme dos pasajes al infierno, sin escalas.

Lucas ha hablado con una voz desconocida, dictada desde el más allá. Él mismo se asusta al oírla como quien desconoce a su dueño. Conserva la compostura, sin embargo. Doma el olor del miedo, un efluvio montaraz y agrio que advertiría el can más despistado. Instintivamente mira a través de la vidriera. Corso juega con una rama. La calma del can —o tranquiliza. Sostiene la mirada en los ojitos porcinos que, a su vez, lo miran.

—El señor no pensará que yo… —hipa Olga buscando las palabras exactas. Chasquea la lengua en su boca súbitamente seca. Repentinamente teme la clarividencia que intuye en los ojos que la enfrentan.

—No estoy dispuesto a compartir mis pensamientos

No sólo la voz que ruge desde su garganta lo sorprende; también lo hacen esos modales secos que no acostumbra. Su alma no se reconoce en ese envase.

—Deprisa. Dame ya los dos boletos  —urge a Olga.

El cuerpo grueso se vuelve ágil. El miedo acciona resortes desconocidos. Por años ha escuchado leyendas, cuentos de terror alrededor de fogatas nocturnas. Nunca fue particularmente devota. Olga enciende una vela a cada santo para quedar bien con todos. No será ésta la excepción.

Extiende unos tickets improvisados, malas imitaciones de billetes de ómnibus. Desea que el sujeto —cuya apariencia mutó de intrascendente a espectral— se largue de su local.

Sabe que es mala idea preguntar pero lo hace ganada por la curiosidad. —¿Dónde abordarás…?

—Si para salir de aquí debo morir es claro que la parada del autobús se encuentra en el camposanto

TRAICIONERA BY FABIANA LAFFITTE

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Un silbido pulverizó el manso silencio de la tarde de verano. Los vidrios astillados en quinientos cuarenta y nueve pedacitos se rindieron a sus pies. Ya nada podría torcer el destino.

Con los ojos entornados, aceleró el paso entre los objetos desperdigados, llevando los trozos de vidrios clavados en sus piernas, que se movían de forma inusual, como contoneándose, en la .

Pasadas las siete de la tarde, no menguó el clima sofocante ni su carrera sobre los polvorientos caminos, trazados por viejos carros y caballos. Ya casi no llevaba su falda, solo algunas hilachas descubrían destellos de sol reflejado en los vidriecitos, que iban amalgamándose en un ungüento hecho de polvo y sangre.

Esteban quiso encender la lámpara, pero su pie chocó con algo blando y acuoso, como si una parte de la laguna lo hubiera alcanzado en su propio rancho. Inmóvil, bajó la cabeza y la vio. La luz del atardecer filtrándose exaltaba aún más lo fragmentario de la escena. Brazos, torso y vísceras esparcidas por todo el lugar.

María, su amada María se lo había advertido, pero él nunca quiso creerle. La mirada lastimera de gatito sin dueño de la Juanita le impedía dar por válido el pedido de su mujer. Ahora era tarde para lamentos. Ahora debía poner las cosas en su lugar.

Cargando la escopeta sobre su hombro derecho, partió. El crujir de las llamas, arrasando el sueño imposible de una familia con María, ni siquiera lo hicieron echar una última mirada. Se sabía culpable. Él, solo él había transformado el anhelado hogar en una pira funeraria. En la justa hoguera de su incredulidad.

 

Bajaban retozando, como todas las tardes, entre juegos y risas, comiendo frutos que arrancaban al azar. La laguna se ponía linda después de la siesta, el agua tibiecita invitaba a los chapuzones y saltos inventados para pasar el fin del verano. Nada había que hacer que no sea disfrutar entre amigos hasta que oscureciera. Pero la figura de un hombre alto, algo encorvado, que apuntaba con un arma hacia el montículo, los detuvo de un golpe.

Como si todo el paisaje acompañara la parálisis, el aire parecía también haberse congelado. Se tiraron al suelo y evitando ruidos, se arrastraron entre los pajonales, intentando no ser vistos. Desde el piso, la figura del hombre parecía agigantarse; él y el arma semejaban una única pieza, dura, como de piedra.

Las miradas impacientes y curiosas de los jovencitos recorrieron esa silueta, bajando por el doble cañón de la antigua Winchester, hasta descubrir lo que no podían creer estar viendo: Un extraño animal, con cabeza de puma y cuerpo de serpiente, con brillantes escamas alargadas de color rojo vibrante. Llevaba su parte superior erguida, enfrentando al cazador que no dejaba de apuntarle al centro del pecho. Ambos parecían medir sus próximos movimientos, mientras se balanceaban como en una danza tribal. De repente, una voz femenina sensual meneó el aire.

─ Matarme te unirá por siempre a mí.

A la frase le siguió un disparo atronador cuyo impulso arrojó hacia atrás al hombre que, ya en el piso, volvió a cargar la escopeta. El doble cañón bajo su garganta, el dedo derecho firme en el gatillo. El segundo disparo resonó, diseminando perdigones entreverados con restos de su propio cráneo, junto a un grito de horror.

 

El silencio veló todo el lugar. Solo se vieron chispazos rojos, iluminando el albardón. Uno de los chicos aseguró haber contado quinientos cuarenta y nueve destellos justo antes de caer desmayado.

Ataallah by Diana González

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Asmun, con sus movimientos largos y suaves jala el picaporte del bar y sale a la calle, el cielo andaluz ilumina su cara, no mira hacia atrás, sabe adónde va, acomoda la mochila sobre sus hombros. Mira hacia la izquierda y ve la puerta de la pensión  Ataallah   a la que pertenece el bar en el que trabaja, también  la reja de hierro, el aljibe, el patio interior atiborrado de macetas. Escribe en un posit con su letra alargada y grande. Lo pone en un sobre que deja en el mostrador de la entrada en una urna que dice Administración.

A veces la gente no se encuentra, se reconoce.

 

Hacía un año había entrado en aquel bar en busca de una mesa donde sentarse a pensar. Hacía un año que se había quedado mirando a la mujer detrás del mostrador.

Miriam había comprado la pensión con el dinero que le había dejado su madre y una hipoteca que no le quitaba el sueño. Después de años duros y muchos errores finalmente el negocio era moderadamente próspero y cubría todas sus necesidades sin extravagancias.

El bar y la pensión en el casco histórico de Córdoba ocupaban todos sus días en los que  solo se dedicada al trabajo duro de atender a los demás.

 

Sobre las ocho, no bien veía cruzar la calle a don Pascual preparaba el café con leche con media de tomate.

A las dos de la tarde de casi todos los días, llegaba Antonio y pedía su cerveza con jamón. Sobre las dos y media el diálogo era casi siempre el mismo

— Miriam, ponme otra.

— Antonio, vete a tu casa que Celina seguro ya te tiene la comida lista.

Sobre las tres los del banco. Desde las siete las cenas de la pensión. Y así  todos los días. Reconocía sus ánimos, sus malestares y cuando era necesario los mandaba a callar.

Siempre atenta, era para sus parroquianos casi una figura materna. Un muro inexpugnable y noble al que no han derruido los años, los sinsabores, las esperanzas perdidas, ni los embistes de la vida. . Su bar era una especie de puerto donde amarrar las naves, donde dejar las amarguras, donde encontrar la recompensa.

Víctor era un habitué que ante su mirada firme y  sus negativas había desistido de todo tipo de cortejo, pero el hombre no podía disimular sus sentimientos. Iba todos los días, por la  mañana a leer su diario,  tomar su carajillo, por la noche un vino, antes de volver a su fría  cama solitaria.

Quizá por eso se sintió  ofendido cuando hacía más de un año Miriam contrató a Asmun para que le echara una mano con el bar, desoyendo a todos los que le habían recomendado primos, parientes u otros que ostentaban el título de “gente conocida.”.

Quizá también, por eso la increpó mal aquella vez

— ¿Qué sabes tú de ese que se te ha dado por contratar? ¿Acaso le conoces?

— Sé que necesita trabajar y estará a prueba.

—  Te estás equivocando.

— He llegado hasta aquí sin ayuda, despreocupate y dejate de dar consejos que nadie te ha pedido.

— Mira que eres dura.

— No soy dura, soy sola.

— Porque tu quieres.

La mujer siguió conectando a los grifos   el barril de cerveza que iba por debajo del mostrador. Victor apuró su vino y con un “buenas noches” ronco se fue del bar.

Miriam estaba preparada para aquellos cortejos torpes, llenos de posesión, apremio, órdenes. Estaba acostumbrada a sortear comentarios intencionados o miradas insistentes. Estaba acostumbrada a muchas cosas que la habían alejado de cualquier idea de formar una pareja.

 

 

 

 

Aquel día Asmun estaba atento a la mujer detrás de la barra, la vió servir a la no poca clientela con eficiencia, cierta  cordialidad acre y simple. Le trajo su café con leche y su entera con tomate y preguntó

— ¿Quieres algo más?

— Si. Trabajo.

Ella se  quedó mirando fijo aquellos grandes y sinceros ojos negros. Ninguno de los dos supo cuánto tiempo estuvieron así pero fue el suficiente para que más de un cliente reparara en aquellas miradas. La voz ronca y airada de Víctor los rescató de aquel diálogo de ojos

— Miriam, anda, ponme otro café.

Ella fue tras el mostrador y atendió la insolencia de Victor, la urgencia de un par de latinos, los milkshakes de otro par  y así estuvo hasta que Asmun se acercó a la barra.

— De dónde eres.

— De Mali.

— Tienes papeles.

— Si.

— Tienes experiencia.

— He trabajado en un bar en Fez y en un hotel en Argelia.

Desde aquel día Asmun fue empleado del Ataallah,  Todo lo aprendía, atendía de la misma manera que había visto hacerlo a Miriam, aportaba ideas acertadas y era muy reservado. Aceptaba con donaire los chistes o comentarios a veces maliciosos y jamás se quejaba de nada. Pasó el mes de prueba, también comenzó a trabajar en la pensión, y de ser la mano derecha de Miriam a ser sus dos manos.

Bastaba que ella comentara algún problema para que en un par de días él encontrara la solución o hiciera el trabajo sin ella pedirlo, lo que fuera necesario para satisfacerla, Las tejas del techo, las tristezas de los fracasos, las puertas placas que cerraban en falso, los muchos errores,  la cisterna  que perdía en el baño de la doce, las ilusiones. Le llamaba la atención su silencio, nunca antes sus palabras o su voluntad habían sido escuchadas como escuchaba Asmun.

Los dos venían de muchos dolores que se contaron sin quejarse.

Los detalles se sucedían con la naturalidad de lo cotidiano, que ella estuviera por salir en un día lluvioso y él le alcanzara el paraguas, que hiciera frío y sin decir nada él le pusiera un abrigo sobre los hombros. Que luego de cerrar, tal cual era su costumbre, él le sirviera el licor que le gustaba tomar. Pero lo que más la conmovía era cuando hablaban y él le repetía sus propias palabras. Que alguien la tuviera así en cuenta era algo para lo que Miriam, con sus disfraces de cactus,  de llábana en el desierto, no estaba preparada.

Faltando un par de horas para abrir, un día de otoño que apenas clareaba, estaban en la cocina preparando todo para los desayunos y el almuerzo, ella estaba poniendo los panes en el horno, él de espaldas trabajando en la mesada, cortando cebolla, tomates, lechugas.

— Te quería pedir algo. — Dijo con aquella voz grave que ponía cuando hablaba de cosas muy serias.

Ella quiso pensar que un adelanto, vacaciones, un préstamo.

— No puedes esperar a que terminemos el día.

Se había dado vuelta cerrando el horno, él se había puesto de espaldas a la mesada y la enfrentaba, mirándola a los ojos.

Otra vez aquellos ojos.

— Cuando cierres por reformas, porque no vamos a Valencia.

— ¡¿Qué dices?!

— Que vayamos juntos a algún lugar.

No, Miriam no estaba acostumbrada a que le hablaran o la miraran así, a que le preguntaran.

Intentó reírse pero él con un gesto le pidió que no y siguió mirándola. Se le pasaron mil cosas por la cabeza, desde que estaba siendo víctima de una broma cruel a su absoluta incredulidad. No sólo daba por sentado que ya nadie podría enamorarse, sino que veía imposible que tan siquiera  pudiera gustar  de alguien como ella. Y esta broma chocaba contra su propio paredón. Aún con el temor de estar confundiéndose atino a decirle

— Asmun, te has dado cuenta que puedo ser tu madre.

Él sonrió, con esperanza y aplomo  le contestó

— Si. Pero no lo eres. Y yo no soy ningún niño.

El horno pitó y ella volvió a girarse para retirar el pan, sintiendo un estremecimiento recorrerle la columna vertebral. Era más fácil espantar los torpes arrebatos de los hombres de su edad que sostener la mirada de aquel hombre joven que la contemplaba entregado. Las sensaciones en su cuerpo le hicieron pensar en todo el tiempo que llevaba dormida

Retiró los panes y los puso en las bandejas, Asmun le ayudo. Los dos guardaron silencio.

Y terminó el año.

Meses en los que él siguió atento a ella, reafirmando en cada mirada sus sentimientos. Ella comenzó a valorar cada detalle, el más mínimo roce de su mano, el licor después del cierre. Cuando le enseñaba palabras en su idioma, la risa por alguna torpeza.  Desarrollaron un código de miradas, y a veces sin mirarse, sabían cuándo había que hablar, llenar las copas,   callarse o apaciguar  algún comentario molesto de Victor o de cualquiera.

Porque las personas que se han reconocido generan a su alrededor su aura, su propia atmósfera, como si fueran un planeta aparte, propio y distinto…

Miriam, sobre todo ella, pasó por mil cuestionamientos, que adónde iba, después de tanto tiempo sola, que la edad,  que ganas de meterse en problemas.

Las reformas serían en agosto.

En junio ella encontró un sobre en la urna que en el mostrador de la pensión decía: Administración. Su contenido le cortó la respiración. Durante el horario de atención cruzaron un par de miradas, de esas que gritan.

En julio cerraban más tarde y luego, cansados tomaban un par de cervezas uno a cada lado del mostrador. Una noche al acercarle la copa, él la dejó con cuidado a un costado y tomó su mano, la puso sobre la suya y dibujó una letra en su palma. Sobre la letra puso sus labios entreabiertos. Ella sintió estremecida el leve roce de su lengua. Luego, como si se tratara de algo muy frágil, cerró la mano de ella y la contuvo entre las dos suyas, mirándola a los ojos le dijo

— En agosto me lo devuelves.

 

Segunda quincena de agosto

Asmun espera en la estación. Miriam entrega la llave al encargado de las reformas y va hacia la pensión pensando en las equivocaciones y lo que duelen. Del cajón de su escritorio toma el sobre con los pasajes que recibió en junio, de la urna de Administración, un sobre con apenas una esquela que la hace sonreír,

Da un par de indicaciones a su reemplazo.

Tirando de una maleta pequeña sube a un taxi y mientras va de camino se responde a sí misma

— Y si se termina, sale mal o mañana duele, será que habremos vivido.

 

Notas:

Ataallah, árabe, Regalo de Dios.

Asmun: amazigh, compañero.

Lazos de sangre ©by mabm

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Eran hermanos de leche. Habían nacido con poco tiempo de diferencia y crecido alimentándose del mismo pecho. El primero en ver la luz fue el valor y tras él llegó el miedo. Por sus venas no corría la misma sangre, pero ambos eran la cara y la cruz de la misma moneda y su vínculo era más fuerte que los lazos carmesí.

Capítulo I

De niños solían pasar días enteros jugando bajo el sol, que se filtraba a través de las ramas de los árboles que poblaban el bosque que les hacía de patio de juegos. El mayor era muy intrépido y siempre andaba infundiéndole el coraje que le faltaba al más pequeño.

Pronto a sus pueriles correrías se les sumaron otros dos como ellos, cortados con el mismo patrón: el amor y el odio. El valor se enamoró del amor, a sabiendas que este le hacía débil y vulnerable. El miedo, por su parte, hizo muy buenas migas con el odio, tras el cual siempre escondía su verdadero rostro.

Capítulo II

Un día el miedo descubrió que tenía un gran poder sobre las personas y que estas, por miedo, acataban su voluntad. Encontró poderosos aliados en los demonios ajenos, los cuales se nutrían de él.

Y pasó mucho tiempo… Y en el nombre del miedo, el odio se apoderó del corazón de los hombres, matándose entre ellos.

Y los demonios se asieron con más fuerza al miedo que les alimentaba, mordiendo la mano que les daba de comer; y el valor le tendió la suya.

 

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