Septiembre siempre ha tenido para mí, además de sabor a otoño, sabor a cine, quizá porque en la pequeña localidad de donde soy –Astorga- habitualmente era este mes el elegido para llevara a cabo ese Festival de cine que (a pesar del dichoso coronavirus que, eso sí, este año ha obligado a cambiar sus fechas)  ya va por su vigésima tercera ocasión. 

Por ello, evocando esos recuerdos unidos a la gran pantalla, en unos momentos muy difíciles para el cine pero que sigue apostando por estar ahí, quiero rescatar para quienes os acerquéis a esta ventanita un relato que retomo de vez en cuando y que escribí hace ya un tiempo, inspirado en aquellos momentos en que la mayor parte de las salas de cine se iban cerrando una tras otra dejándonos huérfanos de toda la magia del séptimo arte, un momento en el que yo llegué desde mis tierras leonesas, donde diariamente disfrutaba de la misma fundamentalmente a través de la programación diaria que el entonces Cine Universitario nos ofrecía, acercándonos a la filmografía de distintos países y estilos, a un lugar donde como única referencia sólo llegaron a  quedar las esporádicas proyecciones de un cine de verano que poco o nada tenía que ver con el concepto de cine al que yo estaba acostumbrada. 

            El relato está dedicado a mi abuelo materno, que desde pequeña le había inoculado la pasión por el cine a mi madre, quien luego se unió a otro apasionado como fue mi padre; aunque no ésta sino la de las pajaritas de papel sea la causa principal de la dedicatoria. Para él, y también para ellos, vaya este pequeño relato con sabor a un septiembre de cine. 

PAJARITAS DE PAPEL

A mi abuelo Arnulfo, si desde algún lugar puede verme.

Cuando el cine se está muriendo a mí me gusta aún refugiarme en las salas oscuras y dejarme envolver por las voces de la pantalla.

Llevaba unas cuantas noches en las que el sueño se le había vuelto totalmente huidizo, envolviéndola en un insomnio permanente. Tenía la esperanza de que esta circunstancia fuese solamente una situación pasajera, así que pensó que – en vez de agobiarse – la mejor opción era ver una película puesto  que la climatología no estaba precisamente para disfrutar de un paseo nocturno a la luz de la luna.      En un principio calculó que la última sesión de alguno de los cines de la ciudad constituiría su mejor elección. La nocturnidad de la sala durante la proyección y la caminata de regreso a casa (siempre se desplazaba andando cuando iba al cine, así podía saborear las sensaciones recibidas sin la preocupación de tener que estar pendiente del tráfico) tal vez pudieran ser un buen acicate para atrapar ese sueño que insistía en escurrírsele entre los dedos.

             Consultó la cartelera, pero las opciones resultaban poco apetecibles absorbidas por  insulsas y comerciales películas americanas que no le atraían para nada, y que se repetían irremediablemente en todas las salas de la ciudad; así que, una vez más, decidió recurrir a su videoteca. Sus manos resbalaron por los lomos de las cintas y los dvd’s buscando un título que le dijese algo, que le llamase la atención en ese momento, que le permitiese intuirlo como la opción más oportuna para esa noche. Fue descartando título tras título, hasta que al final lo encontró perdido entre el cine español de autor. La carátula de “El espíritu de la colmena”, de Víctor Erice, pareció saltarle a las manos de entre aquel considerable abanico de películas. Pensó que hacía mucho tiempo que no visionaba el film, y recordó lo mucho que en su día le había gustado. Su atmósfera, la construcción de sus personajes, el paso del tiempo con un transcurrir lento entre interioridades, paisajes, vivencias…

            Se acomodó en el sofá lo mejor que pudo. No era precisamente una de sus actividades favoritas ver cine en casa. Prefería mil veces más acudir a la sala cinematográfica con su gran pantalla, su oscuridad, su sonido envolvente,…, con todos los elementos necesarios para que pudieras  olvidarte de “todo” excepto de aquello que estaba ocurriendo en la pantalla, como si en vez de un espectador fueras realmente una parte más de la película, un observador que vive cada escena desde un ángulo muy próximo al de los propios protagonistas. Pero, en fin, los últimos tiempos no eran buenos para el cine en esta ciudad; y si se querían ver buenas películas no había más remedio que recurrir a lo que pudieras ofrecerte en tu propia casa aunque la atmósfera conseguida no pudiera nunca compararse. Se dio cuenta de lo negativa que se estaba poniendo, así que, para no malograr  el ambiente que intentaba conseguir, se centró en pensar que era la oportunidad para detenerse en todos aquellos detalles que con anterioridad pudieran habérsele escapado.

            …

            La pantalla se fue llenando poco a poco de paisajes recogidos en Segovia, en Parla, en tierras de Castilla…; hasta que, de pronto, la magia que la película despedía pareció convertirlos en sus propios paisajes, los campos más cercanos a su casa… Las extensiones de cereales que corren hacia el Val de San Lorenzo, los chopos que dormían el invierno de La Eragudina, de Morales, del Teso redondo…, esos tesos visitados de niña entre los juegos de sus amigas y los paseos familiares, esos mismos lugares que sigue disfrutando cada vez que vuelve a su tierra desde el transitorio destierro que vive en un paisaje sólo formado por olivos… Hasta el viento que acompañaba algunas de aquellas imágenes le resultó conocido. Un viento diferente a todos los vientos, que te lleva a guarecerte en el invierno entre abrigos y bufandas. 

            Avanza poco a poco la película al pausado ritmo que el director ha marcado al transcurso de la historia. Y para ella avanzan igual de lentos los recuerdos. Es su propia película la que transcurre ahora en la pantalla, sus imágenes, los flecos de su memoria los que se deslizan frente a ella… Hasta que un breve fotograma sacude su interior. ¡Allí están!, en la penumbra de una habitación que el amanecer comienza a iluminar muy tenuemente, recortándose contra el brillo oscuro de la madera de un viejo escritorio, destacándose con su blancura cuadriculada junto a una taza de café vacía, tal vez testigos de una noche de insomnio o de trabajo… Allí están, quietas, desafiantes… Entre la media luz de la habitación dos pajaritas de papel reposan sumergidas en una atmósfera de silencio. 

            Con ellas le acude de golpe el recuerdo de su abuelo. Arnulfo se llamaba; un nombre con sabor antiguo; un nombre bronco para un hombre severo y bondadoso al mismo tiempo. Recuerda su voz ronca, su voz atronadora cuando la levantaba por encima de su tono habitual, su voz aterradora cuando la recriminaba enfadado pero toda ternura en las largas horas que pasaba entreteniéndola como nieta, seguramente regalándola más horas de las que regalara a sus  propios hijos. Su mente se llenó con aquella imagen  de tardes invernales sentados, juntos, al amor de la cocina frente a una larga mesa, jugando a las cartas, enseñándole a hacer complicados solitarios que hoy ya ha olvidado. Y una multitud de pajaritas, pajaritas de todos los tamaños invadiendo la mesa como un gran ejercito hecho de papel de periódico: pajaritas grandes, pajaritas pequeñas, pajaritas de mil y un tamaños… Pajaritas que movían sus alas, pajaritas coronadas con sombrero… Sus manos trabajaban y trabajaban para darles aquellas distintas formas que él tan bien dominaba, luego su imaginación conseguía dotarlas por unos instantes de vida propia. Y las letradas pajaritas eran también subidas a bordo de barcos de papel, para surcar en ellos  los mares de la ilusión;  eran montadas en aviones  para surcar los cielos empujados por las manos, mágicas por un momento, de una niña sedienta de aventuras… Cuántas tardes de invierno ocuparon juntos compartiendo historias y silencios mientras aquellas manos rudas, acostumbradas al plomo y a los hierros,  volcaban  su ternura en cada uno de los pliegues que doblaba para ella,  convirtiendo en mágicas figuras las líneas oscuras de los periódicos, llenando de cariño cada uno de los instantes que le dedicaba.

            Ante tal avalancha de sensaciones  cerró los ojos e, inconscientemente, se acurrucó en el sofá agarrándose muy fuerte las rodillas. Se dejó llevar por los recuerdos mientras su rostro se relajaba y en su boca esbozada una sonrisa. Al otro lado de la sala, en la televisión, avanzaba lentamente la historia de los personajes que Erice había creado, en torno a la presencia de una niña en la pantalla. Pero ella vivía ahora su propia película en el cine de sus sueños. Pajaritas, barcos, aviones,…, todo un mundo de papel le había vuelto de pronto desde aquella breve imagen, trayéndole consigo la paz de la infancia, la alegre inocencia de sus primeros años. Y así, dormida entre los letrados pliegues con olor a niñez, escapó esta noche al impertinente insomnio que la perseguía en los últimos días, mientras en la pantalla los paisajes castellanos eran sustituidos por un blanco paisaje de nieve cayendo sobre ninguna parte. 

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