Acto 1: Tierra de lobos

Cuando llegamos la noche seguía ahí, como en el cuento de Monterroso. Se diría que el comité de bienvenida lo formaban lobos y jabatos, entre requiebros de GPS y corredoiras que, apenas iluminadas por los faros del coche, pareciera que nos conducían a la tierra de irás y no volverás. Al salir respiramos frío y escuchamos el rumor de aguas cercanas; qué extraña la sensación de oír sin ver, cuánto dependemos de la correlación de los sentidos.

El edificio principal de la gran casona -otrora morada de muiñeiro– estaba cerrado a cal y canto, aunque Beatriz nos esperaba paciente en la cantina, estratégicamente situada en la construcción adyacente, para darnos las llaves. No teníamos el cuerpo para demasiadas alegrías, pero una sencilla y reparadora cena nos confirió una bola extra e iniciamos una breve exploración de las estancias, suficiente para dar cuenta del espacioso salón y la eterna lareira en la que ardía un fuego casi de cuento.

Nuestra habitación, a dos niveles, daría para un par de aventuras: una escalera daba acceso al palomar desde donde, antes de conciliar el sueño, uno podría aclarar ideas y contar estrellas a través de la claraboya, trasunto de indiscreta puerta hacia el cosmos.

Al día siguiente, la claridad nos despierta y tomamos la asaz recomendable determinación de acallar el runrún del estómago con un portentoso desayuno: tostada de pan del país, cuajada casera, zumo de naranja –que por las mañanas cunde más que el oro de las Indias-, miel y café con leche al gusto. Todo condimentado con gran amabilidad y el suave acento matancero de Lázara que, sin menoscabo de leyendas áureas, obraron el milagro de resucitarnos para la causa.

La niebla se deshacía en jirones desordenados y, al fin, alcanzamos a ver el Miño. Toma forma también el viejo muíño, que será etapa de obligatorio peregrinaje: sus rodicios interiores giran incansables al paso del agua; es un lugar precioso, burbujeante de saltos y rápidos donde el río campa a sus anchas en infinito caudal. Lo rodea un bosque de inundación, acostumbrado a anegarse y secarse a golpe de fuelle de acordeón. Empero, en nuestra visita encontramos un cauce contenido, acaso aguarda sigiloso la siguiente crecida para llevarse consigo troncos, ramas y peñas que yacen conspicuos en variopintos rincones.

Acto 2: Un bosque animado

¿Quién sabe qué seres de leyenda encontraremos en las fragas? meigas, trasnos, mouras…incluso a Dama da Moladoira con su enmarañado pelo dorado. Antes de adentrarnos pedimos consejo y, a cambio, obtenemos un amigo: Chispín -el perro de la casa, cabal y algo triste- se ofrece a hacer de Cicerone bosque arriba. Luce ya el sol; el cielo nos regala un profundo azul de febrero. Con el ánimo presto, niveles de glucosa a tope, botas de siete leguas y la compañía del mejor guía, nos ponemos en marcha. Transitamos caminos viejos, como viejos son los árboles: robles aún desnudos; más antiguos que el mismo tiempo, troncos que remedan un sinfín de amantes enamorados en éxtasis de abrazo colectivo. Se entremezclan las ramas en requiebros sin fin; desembocan en nudos centenarios que, con sus largas caras, nos observan caminar.

El espectáculo del agua nos sorprende: se forman caprichosas lagunas y pozas cubiertas por un verde manto. Al avanzar, nos envuelve la magia de la espesura. Dejamos atrás recodos y encrucijadas en los que Chispín aguarda, indulgente, nuestro paso lento e irregular. Arribamos a un claro y nos asomamos al cauce del río. Transita algo más pausado, siempre ruidoso. Los senderistas más noveles divisan aves rapaces acechando quién sabe qué animalillos que merodean, ajenos, por la vera del río. Chispín se descubre un punto valiente: decide darse un chapuzón ante la atenta mirada de Ale y David, que aplauden la proeza -menos mal que no se les ocurre seguir el ejemplo-. Tomamos un poco de altura para indagar: la casa grande queda a unos pocos quilómetros, oculta entre la arboleda. Se desdibujan las curvas del río, en dirección norte, al tiempo que recoge el aporte de afluentes y configura tan colosal paisaje.

Por aclamación popular, y con Lorenzo bien arriba, decidimos retornar. Nos da tiempo a seguir arreglando el mundo, contra el que conspiramos desde recónditos parajes. Mientras nos tomamos el aperitivo, los niños visitan la base de operaciones de su nuevo amigo. Desde su caseta, Chispín se erige en vigía. Algo llama su atención; a los pocos segundos se materializa la causa: por el camino de tierra asoman ya los demás; nos fundimos en abrazos al celebrar la xuntanza. Entra en escena Lira; Chispín y ella tardan nada en convertirse en mejores amigos -quien pudiera recibir cursos de coaching impartidos por sabios animales-.

Acto 3: Conxuros que non queiman

Hacemos inventario de fuerzas: Ovi, Lo, Kini, Julita, Jorge, Kuki, Eva, Ale, David, Lira y servidor. Una suerte de comunidad del anillo al completo, reunida lejos de Mordor con la difícil misión de congelar el tiempo. No faltan magos, tampoco físicos -por aquello de rezar y dar con el mazo-, fotógrafos, y aprendices de bardo para contar lo que fuimos.

Los primeros en llegar oficiamos, con permiso de Chispín, de nuevos expertos y contamos los pormenores de nuestra camiñada matutina. Nos acercamos al Miño, que nos acoge: imposible no rendirse, una y mil veces, ante el bullicio del agua. Llegado el momento, el soniquete de nuestros estómagos, creciendo en decibelios, reclama su espacio. Así que corremos, sensatos, hacia el lugar del buen yantar. Que no está muy lejos, dicho sea de paso: el edificio que servía de palleira es ahora un lustroso restaurante. El menú no es ningún arcano; cocido gallego, grandioso; disfrutado de principio a fin. Dejamos un hueco para freixós, orellas y café con sacarina para pecar, pero con sentidiño. Fuimos atendidos con exquisita amabilidad por Ramiro y Beatriz que nos contaron sus planes para dar a conocer el complejo etnográfico. La guinda llegó en forma de queimada, que Ramiro bendijo a golpe de cuchara, en silencio y con suma elegancia. Xúntanse as forzas do ar, terra, mar e lume; nosotros observamos el lento declinar de las llamas en la tartera de barro en la que conviven cortezas de afamados cítricos y no pocos granos de café. El resultado es espectacular: sentados a la gloriosa mesa conseguimos trasladarnos, por mor de sortilegio, a rincones olvidados de nuestra memoria, parajes felices a los que acudimos, como irreductibles galos, a golpe de bebedizo.

Acto 4: Aldegunde

Descendemos otra vez al sendero que discurre paralelo al caserío para contemplar el prado y comprobar que las piernas todavía nos sostienen. Velamos armas, empuñamos espada y adarga mas, recién armados caballeros, resolvemos no dilatar más nuestra dizque heráldica misión. Nos pertrechamos y cabalgamos en nuestras mecánicas monturas. Nos acompaña un sol vespertino que proyecta luces, dibuja sombras y algún que otro trampantojo. Dejamos atrás la villa en cuyo nombre se mientan los verdes castros y nos aproximamos, tenaces, hacia la equis que marca el sitio. Divisamos varios letreros que nos despejan las dudas. Nos conminan a que subamos: una última pendiente, un par de giros audaces y alcanzamos el centro del universo. Los parroquianos salen de sus hogares, acaso sorprendidos por la procesión diurna de ánimas. Aprovechamos para comentar la jugada con ellos, un tanto sorprendidos por la ceremonia. Alcanzada ya nuestra Ítaca, sin haber apresurado el viaje, la encontramos chica –que no pobre-; por fin podremos decir, aun cacofónico y reiterativo, que los Aldegunde estuvieron en Aldegunde.

Nos detenemos un rato más: es tiempo de foto, vídeo y chanza (un tropezón lo tiene cualquiera). Mientras inmortalizamos el instante, en la carretera concurren no pocos motoristas y algún que otro coche, desde el que nos saludan –entre perplejos y despistados-. Antes de volver, nos despedimos de los Ancares, que nos miran, eternos, desde las alturas.

El retorno coincide con el declinar del día; luz que mengua y las fuerzas también, aunque todavía nos queda para un par de embates gloriosos, más aún cuando nos figuramos haber convertido el paso del tiempo en estatua de sal.

De vuelta en la casa y consumado el atardecer, descubrimos, en lo profundo de nuestros estómagos: hueco para una más, ¿quién le puede hacer ascos a una frugal cena? Así que en ello nos afanamos, y al poco afilamos las gargantas para el asalto final. Que llega, como dirían los modernos, sin solución de continuidad: preparamos los aperos y nos entregamos al cante, que resulta más jondo para unos que para otros. Lira nos observa, desde el sofá, entre somnolienta y resignada, tal vez pensando, en su imaginario perruno, que ella lo haría bastante mejor.

Nos dieron las tres de la madrugada y decidimos, por el bien del tiempo atmosférico, darle una oportunidad al descanso y abrazamos el catre como si no hubiera mañana.

Acto 5: Que aún florecen

La mañana de domingo sirve para evocar uno de nuestros dichos más clásicos, y deviene rica heredera de noches alegres; verbigracia: las sábanas se nos pegan como lapas y nos cuesta un mundo, y parte del que viene, rehacer equipajes y prepararnos para el retorno.

Radiografiamos cada detalle: en la lareira quedan rescoldos del fuego que fue; estancias que lucen bancadas y mesas, ejecutadas con maestría en roble y castaño. Los gruesos muros de piedra están trabajosamente horadados para mostrar joyas de alfarería llenas de historia. Antes de marchar, visitamos los alpendres que albergan el museo y explican, a golpe de vista y utensilio, cómo antaño se resolvían oficios: muela, fragua, serras de aire y cadeixo de zoqueiro, con ingenios en los que el agua juega un papel fundamental. De refilón, echamos un vistazo a la piscina, singular obra de cantería, que a buen seguro cataremos en ocasión más propicia.

Nos cuesta decir adiós a nuestros amigos; Chispín se queda en su hogar guardando el fuerte y nosotros nos embarcamos a por la penúltima. Nos dirigimos a Láncara, a visitar antiguos balnearios; tierras y prados de abuelos y bisabuelos. Nos maravilla la vista de Xunqueiras de Arriba e Abaixo, contemplamos los recuerdos hechos en piedra a personalidades galaicas como Celita y Ramón Piñeiro. La postrera andanza ocurre frente a la que fuera humilde morada de un galego que emigró allende los mares y, según reza la blanca losa, plantó árboles que aún florecen.

El momento de la despedida es fugaz; casi como cuando pedimos perdón. Se deshace la compañía con tremenda paradoja: la de emprender el retorno a casa sin haber dejado de sentirnos en ella.

FIN

Dedicado, con gran cariño, a los viajes que nos cambiaron.

O si nela perco la vida
o si nela triunfare,