Imagen sacada de Pinterest

(En recuerdo y memoria de mi padre que se fue un 22 de mayo cuando ya el cuco lanzaba al viento su canción)

Huele a primavera. Suena a primavera. Sus pies la llevan, una vez más, hacia aquel trocito de monte que ha sido testigo de muchos de los momentos más felices de su adolescencia. Y también de su juventud. 

El sol acaricia sus mejillas y el rumor de la leve brisa que despeina sus cabellos se entremezcla con los primeros trinos y gorjeos de los pájaros. Del cuco, siempre presente en estos campos y en su memoria, aún, ni rastro. 

En un gesto heredado del pasado, se sienta contra el tronco de su encina preferida. Cierra los ojos. Aguza el oído. Y se deja llevar por el placer de la soledad buscada. 

De pronto, la caricia de unos labios en su pelo, de una mano ruda y cálida ensortijándose entre sus cabellos y la voz profunda de su padre: 

– Hija, ¿otra vez dormida mientras se escapa la tarde? 

Y, esbozando una sonrisa mientras abre sus cerrados ojos, ella le responde: 

– No, papá, no duermo. Solo fantaseo.

Pero al mirar a su alrededor no encuentra a nadie. Solo las encinas, y los robles…, las pequeñas avecillas dando fe de su existencia. 

Resbala una lágrima por sus mejillas. Se pone en pie y gira su vista por todo su alrededor. Está sola. Desde hace más de treinta años estos campos también están solos. Se tumba entonces sobre la pradera, completamente extendida, pegando el oído a la tierra, cerrando sus ojos de nuevo. Y vuelve a sentir su presencia una vez más. 

Ella sabe que hay lugares en los que el tiempo más que detenerse parece, incluso, avanzar en dirección contraria.

Mercedes G. Rojo

 (Publicado en su libro Días Impares, LápizCero ediciones, 2016)

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