Capítulo Uno.

Dispongo, en un oculto rincón, del terminal para una maquina gravitatoria que permite la llegada de extranjeros sin papeles ni visado, es un modo de viajar sin necesidad de utilizar tiempo ni espacio.

Hoy ha venido de visita el mago Don Puke, que es un personaje principal en este artilugio, invento conjunto del científico Don Tesla y de no sé bien cuantos otros tantos que van y vienen a su antojo a lo largo y ancho de la galaxia.

La cosa es que venía mi amigo con toda la intención de tomar el sol de otoño durante un buen rato, y de paso secar la colada de ropa lavada bajo los beneficiosos efectos del clima continental.

Humitá es un planeta extraño, traza una órbita irregular alrededor de dos soles casi gemelos, en compañía de tres grandes lunas. En la mayor parte permanece cubierto por el mar del que sólo asoman un millar de islas bajo un cielo permanentemente nublado, así que no hay quien atine con el pronostico del tiempo.

Grave cuestión esta que impide realizar fiables previsiones sobre el resultado del producto interior bruto e imposible el cumplimiento de los objetivos económicos, excepto, claro está los meteorológicos. En Humitá llueve más que en Compostela, de un modo que no diría constante, casi mejor decir perenne.

Cuando por casualidad, luce uno de los soles entre las nubes, los hombres del tiempo ascienden hasta la cúspide de la ciudad, que tiene forma piramidal, para que escurra el agua, de piedra en piedra basáltica, por más señas. Ni casas ni calles tienen escaleras, sólo rampas, llegados arriba, soplan las enormes caracolas marinas, para alertar a la población de esa circunstancia. Como por ensalmo los habitantes salen al exterior, se despelotan en cualquier lugar y se tumban a tostarse como Noruegos en una playa de Las Canarias.

Hace siglos salieron ambos soles durante todo un Canso y la fecha celebrada con el grado de festivo perpetuo.

Ese Canso, que menciono, es la medida que sirve para todo en ese lugar, pero sí eso, para no cansarles, mejor se lo describo otro día.