LOS TESOROS DE JENNY / Agustín García Aguado

Agustín García Aguado

  No sé si Clara va a perdonarme. La verdad es que olvidarme de nuestro aniversario de bodas, dejarla plantada como una maceta de salón en un restaurante con estrella michelín, no es el mejor modo de reavivar viejas pasiones. En mi descargo, diré que toda la culpa es responsabilidad exclusiva de mi secretaria. Nunca imaginé que una jovencita sin pedigrí pudiera derribar mi voluntad de hombretón maduro como un púgil sin escrúpulos pero, a la vista de lo sucedido, puedo afirmar que eso fue exactamente lo que sucedió. Jenny es guapa, sonríe con ese aire burlón de basilisco de iglesia que desarma voluntades, pero no es mi tipo. No me gusta el diámetro exagerado de sus tobillos, ni esa manera pomposa que tiene de mascar chicle que la convierte en un ser abominable. A veces cuando la observo con detenimiento, confundo su rostro de loza blanca y quisiera bebérmela a sorbos como un buen café, pero finalmente reprimo mis instintos y recobro la dignidad. En realidad sólo me interesan sus medias de cristal, o sus guantes de lana rematados con ribetes de cuero, o el paraguas amarillo, con rombos grises y rojos, con que cubre su cuerpo menudo los días de lluvia. Cualquier cosa me sirve. Mi fetichismo, dirían algunos lenguaraces, es un asunto que comienza a ser preocupante, pero no hay nada en el mundo que pueda hacer para poder combatirlo. La semana pasada, sin ir más lejos, me abalancé sobre la papelera para rescatar un par de kleenex que había utilizado para limpiarse la nariz, y cuando llegué a casa, antes de besar a Clara o de colgar el abrigo en el perchero del pasillo, me recluí en el despacho como un amanuense medieval, y escondí los pañuelos de papel nada menos que entre las páginas de Guerra y Paz. No sé si Tolstoi estaría de acuerdo con mis tácticas de ocultación (igual que una urraca, hijo, hubiera dicho mi madre con su particular gracejo) pero no puedo evitar sentir una rara excitación cada vez que logro recuperar un pequeño trofeo de mi dulce Jenny. La semana que viene es su cumpleaños, y he decidido regalarle unos zarcillos de brillantes. Veinticuatro quilates, oro blanco y un pastizal pagado con la tarjeta black de la empresa. Hay lujos que uno puede permitirse a estas alturas de la vida. Sé que me agradecerá el gesto, que se sentirá una reina entronizada entre las mamparas de pladur de la oficina, pero no lo hago por exhibir una generosidad que merezca algún tipo de contraprestación. Algún día, pienso, esos pendientes de Bulgari volverán a mí de un modo u otro, y por esa razón, quizá, el juego termina cobrando sentido y la vida se hace tan emocionante como una de esas pistas ovales de velocidad donde terminas, tarde o temprano, colisionando con los pretiles de seguridad.

   Clara ha venido esta tarde a verme a la oficina. Ella es así. Puede estarse enfurruñada durante una semana por haberle dado plantón en una cena de aniversario, pero su corazoncito tiene resortes que nunca lograré entender del todo. Su señora está en el despacho, señor Rodríguez. Jenny me lo ha silabeado soltando toda la artillería pesada. Después de una reunión de departamento, lo que menos apetece es darte de bruces con una mujer que se lanzará como un kamikaze a colocarte el nudo de la corbata y a besarte con la falsa mansedumbre de un gorila en el zoológico . Pero allí estaba ella, en estado líquido, sentada en mi sillón de cuero y repasando los objetos de la mesa con manitas de princesa manumitida. Hola, querida ¿Qué haces aquí? Una esposa nunca confesará los verdaderos motivos que la han impulsado a preparar su emboscada, eso queda en su inventario particular. Cualquier argumento puede servir: un capricho pasajero, un pasaba por aquí, he venido porque me ha dado la real gana… ¿tú que crees, idiota? Palabras de un intrincado crucigrama que nunca seré capaz de descifrar, y que en el fondo terminan por resultarme demasiado aburridas. Cuando se ha marchado, he sentido la paz poco heroica del soldado en la retaguardia y, para celebrarlo, he aprovechado que Jenny ha salido un momento del despacho para revolver en su bolso. No esperaba obtener un botín de guerra tan abultado, pero soy un tipo con suerte. Un spray antivioladores, un ticket del Vips pagado con tarjeta Visa, dos tampones, un cuaderno de hule con dibujos infantiles, y unas galletitas saladas con formas de letras y números. Llevado por mi exagerada codicia he arramblado con todo, y he sentido una felicidad desbordante, la misma sensación que puede experimentar un bárbaro después de devastar una aldea y pasar a cuchillo a todos sus habitantes. Esta noche, después de cenar, lo celebraré en la intimidad de la biblioteca. Quizá no tenga sitio suficiente para ocultar todo el arsenal entre los anaqueles, pero algo se me ocurrirá. Soy un hombre con recursos. Con las demás chicas no tenía ese problema,. Las demás, resultaban vulgares, eran transparentes como la parafina, y pedían a gritos ser expulsadas del paraíso por la puerta de atrás. Eso es lo que provocó que me convirtiera durante años en un prestidigitador de cuerpos y almas. Ahora te veo, ahora no te veo… El caso es que desaparecieron de mi vista como noches de junio y no volví a saber de ninguna de ellas. Pero con Jenny es distinto. Ella me provoca ternura, sacia mis horas de tedio contándome tontas historias de amor con novios deficientes. Hasta Clara se ha dado cuenta de mis cambios repentinos de humor. Pero ella no dice nada. Se limita a recorrer el mundo, su mundo, con la levedad de un ser mitológico que anhela su destino en el Olimpo y, lo mejor de todo, me deja al margen de sus histerias. Por eso la quiero, con la moderación de un diletante entregado a su labor artística, y acepto sus arrebatos de mal humor y sus ronquidos por las noches, porque es densa e inútil como una zapatilla de ballet, y porque nunca se ha atrevido a visitar el santuario donde guardo mis reliquias sin pedirme permiso. Supongo que el amor será algo parecido a eso. Un pacto de no agresión, y no te metas donde no te llaman…Por el momento todo va bien. Soy feliz dentro de unos límites razonables, y sólo necesito una buena copa de vez en cuando para completar el círculo y para que todo siga igual. No soy ambicioso, ni siquiera me excitan la relaciones de poder y todas esas pamemas que tienen que ver con la autoestima o con la realización personal. Sólo pido mi espacio, poder examinar bajo lupa los objetos que me encargo de rescatar del bolso de Jenny, y poco más. Soy un argonauta en pijama, y no deseo aventuras escabrosas, ni rozar el cielo con las puntas de los dedos. Mi vida, digamos, es como una balsa en el mar que se deja guiar por el Mistral en dirección a una isla remota en vete a saber qué latitudes, pero acepto esas servidumbres sin rechistar, como acepto que Clara me mire sin verme cuando hacemos el amor los viernes. Qué ilustre bobada. Hacer el amor. Dos benditos que no han tenido hijos a lo largo de los años, y cuya única descendencia demostrable son los monstruos engendrados por el dolor y la rabia.  

   Jenny me ha mirado esta mañana con la rara intensidad con que suelen mirar las terneras colgadas en los ganchos de sangrado de un matadero. Ha llegado diez minutos tarde, se ha sentado ante el ordenador y, tras repasarse los labios con una barra de rojo intenso, me ha desarmado con una de sus ocurrencias. Es tan adorable, que puedo pasarme la mañana viajando imaginariamente por su cuerpo menudo mientras grito para mis adentros en un arrebato idiota de pasión adolescente. Después, se ha desabrochado un botón de la blusa. Ha sido un acto voluntario, casi cruel. Lo he visto con mis propios ojos. O no lo he visto, y lo he soñado. Interpretar sus gestos se convierte a veces en una tarea para semiólogos sesudos, y eso a mi edad no parece ser lo más recomendable. Pero cuando ha exhibido con desvergüenza el encaje de su sujetador negro, he intuido los peligros que nos acechan a ambos. La luz del despacho ha comenzado a parpadear en una suerte de macabro Poltergeist, el tono gris marengo de la moqueta ha recobrado el azul salvaje de los océanos, y he decidido actuar con urgencia. Pero a veces es mejor ser prudente y calibrar posibilidades antes de pasar a la acción. Como ahora mismo. Observo de soslayo a Jenny y veo a Clara. Es su otro lado, y esa sensación de dualidad escuece como una herida abierta. Supongo que no cejará en su empeño y seguirá desabrochándose botones con acelerado virtuosismo, subiéndose la falda hasta mostrar sus muslos. Pero no me interesan los detalles de su fisonomía. Ya he dicho que no es mi tipo, y sólo me atraen los objetos y los detalles que la completan ante mis ojos como una pequeña obra de arte. Esta vez, si todo sale bien, me haré con sus zapatos negros. Un treinta y seis con puntera estrecha y tacones de aguja. Servirá para cubrir mis expectativas por el momento. Ya he puesto un anuncio, solicitando secretaria personal, así que, según cálculos aproximados, Jenny será una de tantas la semana que viene. No hay vuelta de hoja. Volverá a su mundo, y esa certeza debiera hacerle inmensamente feliz. Por lo pronto, sigue danzando, dejándose llevar por un baile sensual y arrebatador sobre la pila de informes y atestados que tapizan el suelo del despacho, y su danza sólo cesará cuando me levante de mi sillón de cuero para hacerle los honores de una zarabanda. Sé que Clara, con su silencio y su discreción, se mostrará agradecida, y aceptará por nuestro nuevo aniversario una cena con sumiller en un restaurante con estrella michelín.  

Pseudónimo presentado al Premio: Urbanelli

Breve biografía literaria

Publicación del libro de relatos “La ternura de las bestias”, con Editorial ACEN, 2018.

Premio Pluma de Oro 1994 de cuentos, en Alcorcón.

Segundo premio certamen narradores Concurso Mariana Caprioz, Argentina, 2017.

Finalista concurso de relatos Ciudad de Martos 2017.

Primer Premio de Relato Corto “Tierra de Monegros” 2018.

Primer Premio de cuentos “Ulises” de Viso del Alcor” 2018.

Primer Premio de relatos “Casa de Aragón” en Madrid 2018.

Segundo Premio Prosa “Sant Jordi” 2018.

Primer Premio “Entre tus páginas y las mías” en Valladolid 2018.

Primer Premio de relato Plazuela de los Carros 2018.

Primer Premio de Relato “Corto Sierra de Guadarrama” 2019.

Primer Premio Certamen de Cuentos “Chimeneas Vigías” (Ayuntamiento de Alguazas) 2019.

Tercer Premio de Relato Breve “Fomento Hispania” 2019.

Segundo Premio Relato Corto Víctor Chamorro 2019

Primer Premio “Caperucita Feroz” de Ápeidon Ediciones 2020.

Tercer Premio de Narrativa “Letras Cascabeleras” 2020