las ramas del olvido

-Mira- dice el hombre- en esta foto estamos tú y yo jugando al fútbol ¿te acuerdas? Con el balón rojo, el que se coló en el patio de don Anselmo y no nos lo devolvió porque le rompimos los gladiolos. Me debes una, nunca dije que habías sido tú el que había chutado. Bueno, me debes más de una porque cuando le rompiste el cristal al vecino… ¿cómo se llamaba?
-Uca
-¡Eso! ¡Lucas! El que siempre nos estaba mirando porque no tenía niños y se moría de pena cuando nos veía a ti y a mí jugar a lo que fuese. Aquella vez me tuve que morder la lengua para no saltar cuando me echó la culpa a mí, y habías sido tú el que le había dado un raquetazo a la pelota de tenis.
Detiene un momento la narración, posando sus ojos en la mirada azulada que tiene en frente y que contempla sin palabras el álbum de fotos que reposa en sus rodillas.
– Mira, aquí estamos con mamá, el día de tu cumpleaños.
-Maaamáaa- dice una vocecita casi inaudible señalando con el índice la imagen retenida entre las hojas del tiempo.
-Eso es, mamá, muy bien.
-¡“Apaaaa”!- sale de su boca desdentada mientras lanza un beso al aire.
-¡Guapa!, claro que sí, “mamá muy guapa”- dice mientras le pasa un pañuelo bajo la barbilla y le atusa un poco los cuatro pelillos que tiene.
-“Pisesa”- pronuncia con dificultad.
-¿Qué?
-Pi-se-sa.
-¡Ah, sí! Toda una princesa mamá, una princesa guapa -repite él contemplándolo con ternura -Y mira, mira esta. Los dos en el pueblo, con el caballo y los abuelos. ¿Te acuerdas de Bejolo, el caballito? A mí me parecía enorme.
No hay respuesta, solo la mano acariciando la fotografía, despacito, casi sin fuerza, como si tuviera miedo de romper la magia.
-¿Sabes? Cuando venga el tiempo bueno te voy a llevar al pueblo y vamos a dar un paseo por allí, que en primavera se pone todo muy bonito. Te llevo en la silla y nos damos una caminata hasta la presa. ¡Oye, podemos llevarnos un bocadillo y lo comemos por allí! A lo mejor hasta podemos coger unos cangrejos en el regato.
-¡Pica!
-Sí, ya lo creo que pican, pero los cojo yo, no te preocupes.
-Vamo, vamo…
Y coge su mano como si quisiera tirar de él para ir cuanto antes a dar ese paseo que le está diciendo.
-¡No! Ahora con este frío no se puede, hay que esperar que haga mejor, cuando pasen unos días ¿vale? Ahora está todo empapado, mira ¿ves cómo llueve? Así no se puede salir porque nos cogemos un catarro.
-Mamá iñe…
-Eso, y mamá nos riñe si llegamos a casa con los pantalones mojados.
Hace como si tocase palmas al hilo de una sonrisa que llena su cara blanca y desdentada.
Pasa otra vez el pañuelo bajo su boca para limpiarle y lo besa en la frente.
-¡Menudo truhan estás tú hecho!
-Ma, ma, ma
-¿Más fotos? Pero si las hemos visto todas… Ahora hay que dormir, que ya es muy tarde. Hay que descansar, que tienes los ojos pequeños de tanto sueño.
-¡No, no!- dice acompañando la palabra con gestos de negación moviendo la cabeza a un lado y a otro.
-Que sí, que si me fío de ti estamos aquí hasta las tantas.
Cierra el álbum y lo devuelve a la estantería, mientras los ojos azules le siguen por la habitación pendientes de cada movimiento que hace.
-Bueno, pues ahora vamos a leer un rato, tú una línea y yo dos, como siempre. Mira, hoy vamos a leer este que es de animales y de flores ¿Has visto? Es muy bonito, lo compré ayer porque tiene muchos colores y dibujos de caballos y montañas.
-No, no, no- y mueve las manos de un lado a otro para que su postura no deje lugar a dudas de que ese libro no es el que quiere leer, incluso da pequeños manotazos sobre el flamante libro nuevo que no parece atraerle lo más mínimo.
-Pero no lo tires, hombre. ¿Cuál quieres? ¿El otro? Bueno, bueno, pues el otro, el de todos los días, mira que eres… ¡que no podamos cambiar! Venga, empieza tú.
-Tú- responde con una chispa de picardía en los ojillos- tú, tú, tú-insiste.
-¡No eres listo ni nada! Las primeras líneas son más largas ¿eh? Vale, empiezo yo, pero estate atento que me tienes que seguir. Allá voy:
“La princesa no quiere un príncipe azul,
ni ir por el castillo con trajes de tul,
quiere ser distinta: ir a clase, estudiar,
no esperar que nadie la venga a salvar”
La mano de piel casi transparente se pasea despacito sobre las ilustraciones del libro en el que una pequeña princesa sueña con ser diferente mientras su padre se empeña en mantenerla encerrada en el palacio.
-Tú, tú, tú, tú…
-¡Ah! Tramposillo, ya sabía yo que me ibas a liar. O sea, ¿que me toca leerlo a mí entero como todos los días, verdad?
-Tú, tú, tú, tú…
No necesita ni mirar al libro, se sabe de memoria el cuento de tantas veces como lo ha leído, viendo siempre reflejada en su cara la misma emoción del primer día, como si no supiese de sobra cómo termina la historia.
“No pretende joyas ni ricos tesoros,
solo vivir fuera de su jaula de oro

Escribe lindos versos junto a la ventana
que rompe su padre al llegar la mañana”

-¡Ah!- dice abriendo tanto los ojos al ver el dibujo de la niña princesa, que parecía mucho más pequeña en aquel inmenso palacio-Vamo, vamo, ma..
-Sí, y ahora viene lo que te gusta, cuando el padre se da cuenta de que la niña quería ser escritora y no casarse con un príncipe azul.
“Hasta el rey malvado bajó del castillo
y al ver a su hija dijo arrepentido:

Si tantas palabras lograron salvarte
no seré yo quien vuelva a condenarte.

Cumplirás tu sueño, serás escritora,
yo estaré a tu lado a partir de ahora”

-Ahora tú. ¡Papá, ahora tú! No te hagas el remolón.
El anciano respira sereno dejando que el sueño repose suave sobre su cansada figura que apenas abulta levemente en el sofá.
El hijo lo cubre con la manta azul, raída como ella sola mientras en el baúl se mueren de aburrimiento tres o cuatro mantas nuevas que le han comprado pero que nunca podrán desterrar a la que antaño le compró su mujer .
Cierra el joven el libro, el cuento favorito de su padre, ese que habla de princesas que quieren escribir poesías, de sueños cumplidos, de versos al aire…Es una “ventaja” de su maltrecha memoria: cada vez que se lo lee es como si fuese la primera y se le alegra la mirada entre los dibujos llenos de vida, los campos pintados de colorines y hasta la pluma de pavo real que duerme la esperanza en el tintero de la niña princesa que se rebelaba ante el futuro que otros habían dibujado para ella.
Sabe que su padre tiene recuerdos que no se han borrado, los de años atrás, sobre todo cuando era niño, y después con su mujer, pero solo esos, los que repasan cada día sobre el álbum de fotos, muchas de ellas en blanco y negro y algunas rotas de cuando las llevaba en la cartera.
Nada más, es todo lo que queda en su mente.
Más tarde quizá lean otro poco, no conviene dejar que el olvido se apodere de él por completo.
Se queda un ratito sin moverse a su lado, sentado en el sofá, ajustando la manta al cuerpo del padre, se acatarra con tanta facilidad…
Cierra los ojos él también y la penumbra del recuerdo se va instalando como una compañera más entre los dos.
Hubo otro tiempo en que era su padre el que le contaba los cuentos, el que le arropaba y besaba su frente antes de dormir.
Toma entre su manos la mano sarmentosa del anciano, y la roza con los labios.
Fuera, las gotas echan carreras en los cristales: “¡Mira, mira, a ver cuál llega primero abajo”!
¿Es la voz suya o la de su padre? Es incapaz de distinguirlo porque la vida se ha dado la vuelta de tal modo que se ha convertido en un laberinto confuso.
Le observa respirar tan levemente que el pecho apenas sube y baja.
Como si temiese que el sueño se lo arrebatase, vuelve a subirle un poco la manta por la espalda y deja su mano posada en las costillas del padre, así siente entrar y salir el aire en sus pulmones y puede cerrar los ojos tranquilo.
-Te quiero, papá -murmura apoyando la cabeza en el respaldo del sofá, mientras el día se va apagando lentamente.
El silencio cubre todo como un manto liviano que llenase la estancia de paz.
Dos hombres o dos niños se encuentran con una princesa en el reino de Morfeo.

“El padre y la hija por fin abrazados
vuelven al castillo, y el cuento ha acabado”