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Elloboestaaqui ( y cuesta convencerle que se asome a MasticadoresdeLetras) regresa con una historia sabrosa para la Navidad -j re crivello editor

No me importa morir. Ahora, me refiero. No me importa que este tipo me venza con este golpe y muera. Delante de toda esta gente. Les alegraría la noche. Al menos, justificaría el precio que han pagado por la entrada. Por la cerveza. Los perritos calientes. Lo justifica todo. La muerte es así. Podría derribar a este tipo ahora. Lo noquearía con un sólo directo. Luego la cuenta. Me levantan el brazo. Gritos. Insultos. Sobre todo insultos. El árbitro se avergüenza de sí mismo. En la otra esquina le arrancan los guantes de las manos a ese pobre diablo. Son unos guantes ajados, llenos de cicatrices. Iguales que los míos. Me acerco. Le digo lo siento. No lo siento, pero se lo digo. No sé si sabe que estoy justo delante de él. No sé si sabe que hay un mundo entero fuera de ese zumbido que taladra su cabeza. Que ese mundo está podrido. Le digo que buen combate. Le miento. Sé que le miento. Le estrecho la mano. Sus ojos me ven a través de dos pellejos hinchados y brillantes. Sonríe. Es grotesco. Todo lo es. Luego bajo y esquivo las monedas. Las latas. Alguien arroja un pintalabios. Es de color escarlata. La sangre que tiñe mis puños es escarlata. La que mana de mi nariz. De mi boca. En la ducha el agua se llena de hilos de un rojo desvaído que se enredan en mis pies. El promotor de la velada entra sin llamar. Su negocio no tiene puertas. Para él no las tiene. Deja lo de ese patoso sobre una de las dos camillas que adornan esta especie de vestuario. En realidad es un cuarto trastero. El cuarto de las escobas. En la puerta hay un cartel que pone VESTUARIO. En letras mayúsculas. Grandes y negras. VESTUARIO. La realidad es lo que tú quieras que sea. Igual que una puta. Mientras me seco con la toalla el tipo del traje gris va dejando caer los billetes. Uno a uno. Cuatro billetes perfectamente nuevos. Sin arrugas. Recién salidos del Monopoly de la Reserva Federal. Buena pelea. La semana próxima organizo algo en el Bronx. Quizá os llame. Quizá nos llame dice. Las gotas de agua corren por mi espalda. Son puro hielo. Mi cuerpo arde. Podría freírse un huevo en mi pecho. Miro los billetes. Desmadejados. Intactos. Verdes. Doscientos dólares por partirme el alma. Por todo este dolor. Por machacarle la cara a este diablo. Bastaron dos puñetazos en el hígado. El tipo se dobló como el fuelle de un acordeón y luego cayó fulminado, igual que un saco de mierda. Casi le pido perdón. Termino de vestirme. Cojo mi bolsa y los doscientos. Me los meto en el bolsillo. Me despido de Gerald. O de Chester. Darrel es un nombre cojonudo para un boxeador cojonudo. Debería haberme matado ese Darrel. No lo censuraría. No habría devuelto ni uno de sus golpes. Me abandonaría en sus puños hasta que el cordel que sostiene mi vida se rompiese, de una vez por todas. Quizá fuese lo mejor. Sí, lo mejor, masculló Lou Morgan, zarandeado por vaharadas de viento y lluvia. Pensó que pensó eso mismo la noche anterior, asomado sobre la herrumbrosa baranda del High Line. El suelo de la calle Washington estaba allí abajo. Él lo estaba más todavía. Y el suelo lo sabía. Sabía que él estaba más abajo. El suelo se rio de él mientras su moneda giraba en el aire. Cruz. Siempre cruz. Todavía cruz. Después bajó las escaleras alumbrado por las letras luminosas que escribían el nombre de un bar en su espalda y empujó la puerta. Bebió toda la noche. Durmió entre los cartones que quedaban secos bajo una cornisa. La noche vino y le limpió los bolsillos. Se llevó también la calderilla y los zapatos. El ruido de las explosiones del tubo de escape de una camioneta lo despertó abrazado a la bolsa de deporte. Los guantes. Los calzones cortos, enjugados en sangre. Un frasco con gel de ducha. Dos toallas mojadas y sucias. Los restos de su vida.