Pacto de silencio by Mel Gómez

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Este texto está escrito bajo las pautas de True Crime para el Taller de Escritura j re crivello

 

12 de marzo de 1989. Un grito aterrador de un niño interrumpe la madrugada. Luego silencio.

Hacía un mes que Iliana y Federico se habían separado. Ella era muy joven, casi una niña cuando se casaron.  Él ya tenía su carrera, trabajo y no quiso esperar más. Iliana era muy hermosa. De cabellos rubios y revueltos de tanto estar en la playa, su juvenil piel dorada y su figura grácil llamaba la atención de cualquier hombre que se cruzara en su camino. Federico la quería para él y le prometió una vida sencilla para empezar y con mucho esfuerzo levantarían su familia y un pequeño negocio del que se encargaría ella.  Poco tiempo después recibieron al primer niño, vivo retrato de la madre. Dos años después la niña, de cabellos oscuros y piel de nácar, delicada como una rosa.

A los cinco años de matrimonio, ya la relación estaba maltratada, herida de muerte. Iliana estaba cansada de jugar a la casita a los veintidós años. Amaba a sus hijos, pero estaba hastiada. Le faltaba vivir. Se aburría. Añoraba sus días de playa, sus amigos y fiestas. Deseaba de nuevo su libertad.  Federico intentó renovar la ilusión comprando una casa para la familia. Los niños subían y bajaban las escaleras corriendo, escogiendo cuál sería su habitación. Inocentes de todo lo que sucedía entre sus padres, no tenían idea del giro súbito que tendrían sus cortas vidas.

El 2 de enero de 1989, se firmaron los documentos de la propiedad. Tomaron un camión de mudanzas, lo llenaron de cajas y pertenencias para irse a habitar la nueva casa. Federico tenía que trabajar más e Ileana no resistió más. Salía a la calle y se paseaba con sus hijos, ante los ojos curiosos de sus nuevos vecinos, para volver al encierro de aquellas cuatro paredes que la asfixiaban. Cada día su frustración era mayor y los argumentos con Federico se hacían cada vez más insostenibles. No quería seguir en aquel matrimonio que le robaba sus mejores años y así se lo dijo a su esposo, sin más. Él le pidió que estuvieran separados por algún tiempo, tal vez así podría extrañarlo y reparar lo que parecía estar roto, pero Iliana estaba convencida de que su deseo era terminar con ese error que solo le trajo dos cosas buenas: sus hijos.

De este modo, poco más de un mes de mudarse a la nueva casa, cada cual se fue por su lado, aunque ninguno de los dos puso documentos de divorcio en la corte. Ella porque no tenía el dinero y él, porque no tenía el deseo. Federico iba a buscar a sus hijos durante el fin de semana para compartir con ellos. En esos días vivía con sus padres y era allí donde los llevaba a pernoctar. Sostenía la casa donde vivía Iliana con los niños, por lo que el dinero no le sobraba para rentar un piso para él. Los abuelos gozaban de los nietos, pero no podían evitar interrogarlos acerca de lo que sucedía en la casa de la madre. De ese modo se enteraron que Iliana salía con varios amigos y amigas y que hacía fiestas hasta altas horas de la madrugada en las que bailaban, tomaban licor y se ponían «graciosos».

—Federico, tienes que ponerte en vela. No sabes quién entra a esa casa. Allí están tus hijos, sobre todo hay que tener cuidado con la niña, ya sabes… —aconsejaba la madre preocupada.

—Esa mujercita nunca me gustó para ti, hijo… Pero es que te encaprichaste con ella y ya se te metió entre ceja y ceja y no escuchaste consejos. Esto se venía venir —argumentaba el padre.

—No me digan más, ni les estén preguntando a los niños. Quiero llevar esta fiesta en paz. Si no hay nada que hacer, pues tendré que entender. Además, Marcia y Enrique, los primos de Ileana van a menudo y la visitan. Dicen conocer a toda esta gente… Los nuevos amigos de Iliana. Dicen que no pasa nada extraño, que son vecinos de la calle. Yo solo tengo que ocuparme de mis hijos. Este fin de semana vienen y por favor, no los interroguen.

Federico llegó a las seis de la tarde del viernes 10 de marzo de 1989 a buscar a sus hijos. Llevaba el sobre de la manutención, que le entregó a Iliana. Los niños salieron con sus mochilas de ropa y alegres abrazaron y besaron a su padre. Luego se subieron al auto despidiéndose de la madre con sus pequeñas manitas a través del cristal de atrás del auto.

—Los traigo el domingo… A las seis —dijo retrasándose unos segundos, esperando que ella dijera lo que nunca dijo: que lo amaba, que se quedara, que volvieran a empezar.

Ese fin de semana salieron a la feria el sábado y el domingo 11, fueron a un cumpleaños de una primita paterna en la playa. Corrieron, hicieron castillos de arena y de cuando en cuando se metían en los brazos del amoroso padre. Este los recibía y se preguntaba por qué tenía que devolverlos. No entendía por qué tenía que renunciar a ellos y conformarse con verlos solo los fines de semana. Era tan injusta esta ley. Se daba cuenta de que cada vez que los veía se había perdido parte de sus vidas que jamás iba a poner reponer. Ambos crecían día a día, venían con historias nuevas, palabras que no los había oído decir antes. No era él quien quería romper el matrimonio, pensaba, era ella. ¿Por qué él tenía que sufrir las consecuencias? Sintió rabia, algo en él cambió. Empezó a sentir rencor hacia la mujer que tanto había amado.

Esa tarde tenía que devolver a los niños. Por su cabeza pasaban todo tipo de pensamientos, su amor derrotado, lo injusto que era todo. Cuando llegó a la casa se bajó para entregar a los niños que felices besaron a su mamá y entraron corriendo a la casa jugando.

—¿Podemos hablar? —preguntó.

Ileana atravesó los ojos, molesta.

—¿Otra vez? ¿De qué quieres hablar? Yo creo que está claro todo entre nosotros.

—Pues sí, entre nosotros sí, pero no en cuanto a los niños.

—¿Qué con los niños?

—Yo tengo claro que me has dicho mil veces que no me amas, que esto fue un error y que quieres el divorcio. Pero, ¿por qué razón si eres tú quien quiere romper este lazo, te quedas con los niños? ¿No dices que quieres tu libertad? ¿No serías más libre si me los dejas? Ellos son mi vida.

—No… Los niños se quedan conmigo.

—¿Por qué? Porque te toca la casa y la manutención, ¿no es así?

—No es eso, son mis hijos. Yo los parí.

—Ileana, sé justa. Mira, si quieres sigo pagando la casa y una manutención para ti por un tiempo, mientras consigues un trabajo, estabilidad.

—No. Ya te dije que no. ¿Y quién te dio esa idea? ¿Tu papá o tu mamá?

—Ninguno de los dos… Solo pensaba mientras los miraba jugar en la playa —respondió melancólico—. Bueno, te veo en dos semanas —se despidió derrotado.

 

«14 de marzo de 1989.  Una madre y sus hijos de cinco y tres años fueron asesinados a puñaladas. Ileana Barbosa Fred fue encontrada desnuda en una bañera en el segundo piso de su residencia. Los cuerpos de los niños fueron conservados en un refrigerador y congelador del hogar. La escena era una espeluznante para los agentes que llegaron a investigar una vez que recibieron varias llamadas de los vecinos debido al olor fétido que provenía desde la residencia. Se cree que el asesinato ocurrió hace dos días según el resultado de la autopsia y el estado de descomposición de la madre. Los cadáveres de los niños se encontraban conservados, él de la niña tuvo que ser descongelado antes de hacerle la autopsia», Diario del Ojo Visor.

 

Federico supo de la noticia cuando lo llamaron los investigadores ese terrible miércoles, 14 de marzo. Creyó enloquecer. Se presentó a la residencia, quería entrar, pero no lo dejaron. Las noticias presentaron su imagen desesperada, mientras el padre de Iliana lo amenazaba de muerte por aquel terrorífico acto. Todo era confusión en su mente, no creía lo que pasaba, estaba en otra dimensión, un sueño horrible del que nunca despertaría. En el principio fue el principal sospechoso, pero pronto los agentes lo descartaron. A la hora de los asesinatos, estaba en la casa de sus padres con unos amigos viendo películas y boxeo. Más de diez personas podían corroborar esta versión.

Por otro lado, notaron que existía un código de silencio entre los vecinos de la calle donde ocurrió el asesinato. Al principio nadie hablaba. Nadie quería ayudar a las autoridades, después de todo, apenas conocían a la joven madre ni a sus hijos. Luego una vecina que vivía al final de la calle, a una distancia prudente, indicó que la madrugada del lunes —cuando se creía que habían ocurrido los asesinatos—, en la casa de Ileana había música muy fuerte. La vecina inmediata, dijo que no escuchó nada, que la casa estaba en silencio. Otros decían que habían escuchado el llanto de un niño. Una anciana dijo que el martes por la noche vio un hombre saltar el muro de la entrada, entrar a la casa y salir en su auto, pero no podía dar más información porque en la oscuridad no se veía bien. Eran tan contradictorios los testimonios que los fiscales comenzaron a amenazar a los posibles testigos. El pueblo estaba rabioso y alguien tenía que responder.

Temerosos por los interrogatorios y las amenazas de los fiscales, dos hermanos, menores de edad —Luisa (15) y Antonio (14)— fueron a la Fiscalía de Distrito y la muchacha declaró lo siguiente: «El domingo estábamos en casa de Ileana, escuchando música y bailando. A ella le gustaba mucho bailar. Bebimos bastante. Ya sé que no se supone que mi hermano y yo bebiéramos, pero estábamos allí, cerca de nuestra casa. Al rato llegaron dos vecinos mayores que nosotros. Comenzaron a bailar con Ileana, pero uno de ellos la tocó de una forma que ella no le gustó. Vi que ella se puso muy seria y dijo que iba al segundo piso a ver si los niños dormían. La vi subir las escaleras. Unos minutos después los vi subir también. Me asusté mucho y le dije a mi hermano que nos fuéramos».

 

El 16 de junio de 1992 se llevó a cabo el último día del juicio contra los acusados.

—El grito aterrador de un niño interrumpió la madrugada. Luego el silencio —declaró un testigo.

En el suelo de la cocina la criatura se desangraba sin socorro —declaró el detective—. Las huellas iban desde el primer al segundo de la vivienda, la niña dormía en un charco de sangre el sueño eterno sobre la cama. Luego ambos cuerpos fueron puestos en el refrigerador, el niño; la niña, en el congelador —concluyó.

—Ellos dos —dijo señalando con el dedo a los acusados— luchaban con Ileana, que se defendía y él le pegaba en la cara. Ella parecía no creer lo que estaba viviendo. Una bestia la acariciaba lujuriosamente y el otro observaba y callaba. Yo los vi y le dije mi hermano que nos fuéramos —declaró Luisa, siendo su testimonio confirmado por su hermano.

Esa fue la historia final con la que condenaron a dos hombres que aun comenzaban la vida, tres horas después de que concluyeran las presentaciones del fiscal y la defensa. Solo ellos sabían la verdad.

Por veintiocho años los condenados reclamaban su inocencia y pidieron que se revisara su caso a la luz de las nuevas pruebas científicas —DNA mitocondrial*—, que para cuando fueron convictos no existía. Sabían que en la autopsia encontraron vello púbico en la ropa interior de Ileana. Estaban seguros de que no eran de ellos. Nunca estuvieron en la escena. Solo aquella muchachita los había puesto allí, quién sabe por qué. Sus razones eran un misterio para ellos. Los resultados llegaron y fueron develados en una vista el 14 de septiembre de 2017. El vello púbico no pertenecía a ninguno de los convictos. Pertenecía a alguna persona relacionada con la víctima por vía materna. La juez ordenó un nuevo juicio.

 

En la madrugada del lunes 12 de marzo de 1989, Enrique llegó a la casa de su prima.

—Me extrañó que tuvieras la luz encendida a esta hora —dijo—. ¿Está todo bien?

—Sí. No podía dormir. ¿Y Marcia?

—Discutimos un poco y salí a dar una vuelta.

Ileana abrió la puerta confiada y le ofreció un café. Él no quiso tomar nada, pero pidió permiso para ir a ver a sus sobrinos.

—Están dormidos —respondió la madre.

—Solo un momento.

—Está bien. Solo un momento —Y subió las escaleras.

 

En la noche del martes 13, Enrique saltó el muro de la entrada. Subió corriendo las escaleras y se quedó viendo el cadáver de Ileana: hinchado, putrefacto. Lloró. ¿Por qué no pudo ser amable con él?, pensó. Volvió sobre sus pasos hasta la cocina. Abrió el refrigerador y el congelador. Allí seguían los cuerpecitos sin vida de sus sobrinos. Tomó el cuchillo con el que había acabado con las vidas de la madre y los niños. Lo olvidó. Ahora nadie sospecharía de él, jamás.

El 12 de noviembre de 2019, la Corte Suprema declaró que, aunque la prueba determinaba que el vello púbico no pertenecía a los convictos, ese solo hecho no ameritaba un juicio nuevo y denegó la oportunidad de probar su inocencia a los dos hombres que llevaban más de veintiocho años cumpliendo sentencia de por vida por unos delitos que tal vez no cometieron.

 

Notas:

*El ADN mitocondrial se puede extraer de cabello, huesos y dientes. Los restos antiguos y no identificados se pueden comparar a los perfiles del ADN mitocondriales de supuestos parientes maternales disponibles.

*La forense que hizo las autopsias declaró que no había golpes en la cara de Ileana y que quien asesinó a los niños debió ser alguien conocido, pues no hicieron nada para defenderse.

 

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