La Malograda by Paloma Grandón

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La malograda nunca aprendió dónde estaba la delgada línea entre lo bueno y lo malo. No supo cuando decir no y en su extrema ingenuidad dijo siempre sí, aun cuando decía no.

La malograda fue bella, sana, deportista, no muy buena con las notas, pero muy creativa, talentosa en las artes plásticas y en la música, admirada y seguida, hasta que un día se volvió demasiado soñadora, arriesgada, egoísta y disruptiva, el mismo día que hizo un pacto de dependencia con esa seguridad prestada, que en algún momento de la vida se cobraría.

Pone en riesgo a sus seguidores, amigos y a toda su familia: padres, hermanos, parejas, hijos y nietos, no hay nadie que se escape. Porque la Malograda influye y trasciende en la ingenuidad como ejemplo de quienes le admiran y aún creen en ella copiando un modelo que no es resultado de nada bueno.

Cada día que pasa, se siente más segura de sí misma, que ya poco le importa su apariencia, habla fuerte, pisa fuerte, jamás escucha y define paradigmas que impone a sus auditores sin importarle una pizca lo que opinen. Se siente Dios en esta tierra de estúpidos e inferiores y en esa senda avanza consiguiendo todo lo que puede y desea, transgrediendo límites, inclusive los de su propia integridad.

Su egoísmo, que nunca reconoce en la miseria de su existencia, se apodera de su esencia y en sus momentos de mayor egocentrismo, aflora como el viento huracanado, sin tregua, sin importar nada ni nadie, porque sólo importa ella y cuando se le enrostra, lo niega burlándose en tu cara mientras te hace sentir impotente.

Pero, ¿quiénes son sus amigos, con quién se junta, a dónde va?

No sé si tiene amigos, antes se reunía con aquellos como ella, los que se aprovechan de los demás mientras alguien gana comisión también aprovechándose de ellos, donde el humo, el piso sucio, las risas fuertes, el alcohol, los parlantes chirriantes ya reventados por el exceso de volumen y las drogas crean la bohemia más decadente. Dónde el sexo es casual, informal y a veces obligado, porque todos son amigos, seguidores e incluso esclavos del que tiene las dosis de seguridad prestada.

Y las noches en las que no regresó a casa, sus padres angustiados, sumidos en su oraciones, le pidieron a Dios que regresara sana y salva, mientras sus hermanos se invisibilizaron haciendo como que todo estaba bien para no dar más problemas, mientras por dentro todos libraban una lucha entre la angustia y el frío anhelo de que ojalá no regresara jamás.

Una mañana de domingo, cerca del mediodía, cuando su madre y sus hermanos menores ya habían regresado a casa después de misa, después de varias noches perdida, llegó a casa. Encontró la puerta principal entreabierta y entró sin mirar a nadie con dirección hacia su habitación.

Vestía zapatos negros de hombre sin calcetines, bajo sus pantalones sus tobillos se veían secos y sucios, llevaba puesta una camiseta blanca de algodón de esas que se usan bajo la ropa para no pasarse de frío, pañuelo de seda rojo al cuello y una chaqueta gris claro manchada de vino tinto que le hacía juego con los pantalones. Su pelo se veía descuidado y su cara sucia reflejaba toda la falta de sueño del mundo, todo por lo que había pasado y lo que esperaba sucediera.

Su madre que estaba en la cocina terminando de preparar el almuerzo la interceptó con la mirada y se le acercó. Le dijo con voz fuerte y clara y con un tono que evocaba una mezcla de rabia, frustración, histerismo y al mismo tiempo paz por su llegada.

—¿De dónde vienes llegando con esa facha? ¿Qué acaso no pudiste llamar o conseguir un teléfono para avisar que no llegabas?

Hace tres noches que saliste a dar una vuelta y no me digas que andabas con tus amigas de la universidad, porque las llamamos a todas y ninguna sabía dónde estabas.

No tienes respeto por nadie, ni por ti, ni por tu familia, ni por esta casa y menos por tus hermanos. ¡Mírate! ¡Suelta de mierda! ¡Yegua loca!, hasta cuando!

De repente detuvo en su discurso, porque se ahogó en un sollozo, que dio comienzo a la tragedia de cada domingo.

La Malograda cabeza gacha, miró a su madre con la mirada perdida y solo atinó a decirle —no es para tanto, le estás poniendo mucho— mientras seguía camino a su habitación.

Los hermanos que veían televisión se quedaron en silencio para no perderse ninguna palabra del intercambio y el papá como siempre llegó placé al espectáculo.

— ¿Qué pasa mujer, porqué lloras?— Y ésta sin decir una palabra, con los ojos llenos de lágrimas hizo un movimiento con su cabeza para señalarle la habitación de la recién llegada.

—¡¿Llegó?!

— Sí. —Asintió la madre.

— Le voy a dar una grande, esto no puede seguir así, estoy harto de todo esto.

—No le hagas nada, por favor déjalo así— le suplicó la mujer, que conocía a su marido enfurecido y como pensaba respecto del deber de padre.

Pero el hombre no le hizo caso y se dirigió a paso firme hacia la habitación de la Malograda que se encontraba al final del pasillo de la pequeña casa. Sin tocar la puerta, la abrió con furia, golpeándola contra la pared, lo que asustó a todos y ahí la encontró, recostada sobre su cama, con la misma facha excéntrica con la que había llegado, con los ojos abiertos mirando fijo un punto en el cielo lleno de estrellas flúor que ella misma alguna vez pegó en su época de inocencia, con la mente en blanco y el anhelo de dormir sin poder lograrlo.

La violenta entrada de su padre no la sacó de su estado de inconciencia ni tampoco sus gritos graves con el mismo discurso de la madre pero desde la creencia de que ella le pertenecía solo por ser su hija, por lo tanto le debía obediencia y respeto.

Pero la Malograda no estaba realmente ahí, sus ojos seguían donde mismo, a lo lejos escuchaba los gritos de un hombre desesperado, pero que importaba…

La madre en cambio, paralizada ante los gritos del hombre seguía en la cocina, inmóvil, temblando, con los ojos, los puños y los dientes apretados mientras los hermanos abrazados en la otra habitación solo se animaban a respirar ojalá sin hacer ruido, para no llamar la atención de su padre.

Ante la total indiferencia de la Malograda, el padre se violentó aún más y comenzó a gritarle y a zamarrearle desde los hombros como un loco, le dio dos o tres cachetadas en el rostro con sus manos grandes y gruesas, cuando sin previo aviso recibió de respuesta un vómito explosivo y ácido sobre su cara que le hizo tirarla contra la cama, en dónde ella se golpeó contra el respaldo de metal.

El padre frustrado caminó hacia la puerta de la habitación, mientras se agarraba el rostro y la maldecía, pero al mirarla hacia atrás de reojo encontró una imagen que no esperaba. La Malograda estaba sangrando.

—¡Mujer! ¡Mujer! Ven y hazte cargo de tu hija que está sangrando— fue el simple y último grito que se escuchó del padre ese día.

La mujer corrió desde la cocina hacia la habitación su hija, la miró y luego miró con dolor y rabia a su marido. Tomó a la Malograda con cariño le buscó la herida y la acomodó en la cama, la limpió con rapidez con lo que tenía a mano y llamó a uno de sus hijos para que le ayudase y llamara a una ambulancia.

Miró nuevamente a su marido y le increpó como una leona defiende a sus cachorros —¡Qué hiciste imbécil!— Y ambos, al mismo tiempo, como dos gemelos, se llevaron sus manos a la cara, tal vez, para despertar de esa pesadilla.

Semanas más  tarde, después de que la Malograda pasara una temporada en el hospital al que llegó de urgencia con una sobredosis de cocaína y un traumatismo encéfalo craneano abierto por un fuerte golpe en la cabeza que casi la mata,  fue dada de alta y destinada a una casa de jóvenes embarazadas con adicción a las drogas. Tenía 12 semanas de embarazo en tan solo 22 años de vida.

Su familia fue intervenida como consecuencia de la demanda que puso el hospital en contra del padre de la chica. Recibieron apoyo del estado para definir el diagnóstico y el tratamiento a seguir para corregir y mejorar el comportamiento de cada miembro de la familia, el que debían seguir sin excepción bajo amenaza de reubicar a los menores en ambientes menos hostiles.

En esa época, su situación económica era equilibrada, ni lujos, ni faltas, pero los costos de las terapias superaban con creces sus posibilidades, el estado solo les impuso condiciones y les dejó solos, no eran lo suficientemente pobres para ser subsidiados. El sufrimiento inicial a los pocos meses solo se había transformado en una nueva forma de sufrimiento.

Han pasado tantos años desde todo eso…Y la Malograda, rehabilitada de mentira y con descendencia, sigue haciendo lo que bien o ya con los años mal sabe hacer, conquistar a nuevos seguidores, porque es amiga de la risa fácil y tiene un millón de historias fascinantes que podrían algún día, si ella quisiera, servirle de escape hacia una vida nueva.

Pero la Malograda prefiere mantenerse escondida bajo el maldito manto de la seguridad prestada.  Seguir mintiendo, drogándose, humillando y humillándose, gritando, imponiendo, dañando y sufriendo a escondidas porque no es capaz de aceptar, que está malograda.

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