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La mañana era fresca, llovía más de lo previsto. Como siempre, la chica del informe del tiempo estaba equivocada. Se suponía que fuera un día tibio y soleado, pero no le sorprendía, a pesar de todos los métodos científicos de hoy, ella siempre fallaba en su pronóstico. Rafael se puso su sobretodo y agarró una sombrilla, que no abrió a pesar de la llovizna. Contemplaba el cielo nublado, esperando que cayera un aguacero por el que valdría la pena abrir el paraguas. Fue a tomar el desayuno en la cafetería de Pepe: tortilla española, café, tostadas y zumo de naranja. Mientras lo hacía observaba a los que entraban y se iban. Pepe parecía ser muy querido. En aquel pequeño espacio, detrás del mostrador y en silencio, sus hijos tomaban las órdenes y las despachaban con prontitud, en perfecta armonía. Una mujer, que nunca vio, se encargaba de la cocina y de preparar aquellas deliciosas tortillas. El anciano se hacía cargo de la caja.

Cuando terminó de comer, caminó hasta la calle Montera para tomar un taxi hasta el Museo del Prado. Esperó un rato en la línea para comprar el boleto y entrar. Decidió seguir por sí solo, sin guía, era más rápido y se concentraría en las obras del Bosco. Siempre había admirado al pintor flamenco. Con calma se detuvo frente al «Jardín de las delicias», y a pesar de que había estudiado la pintura muchas veces, siempre encontraba algo nuevo en ella, sobre todo, en «El infierno». Los que pasaban por su lado ni se molestaban en decirle que se moviera, parecía estar hipnotizado con la obra. Así estuvo mucho rato, tanto que por poco cierran el museo con él adentro. Salió caminando despacio, sin prisa, mirando el suelo.

Llamó un taxi para ir al restaurante «Tapa-Tapa» pues le apetecía comer pasta con gambas. Allí pidió una botella de vino y como aperitivo unos bocadillos, mientras traían el plato principal.

—Me parece que te gusta demasiado este lugar, Rafael. Eres tan predecible —dijo Ángeles exhibiendo una amplia sonrisa. Él levantó la mirada sin hacer mucho caso, lo que molestó a la mujer. —¿No me vas a invitar?

—¿Tengo alternativa?

—No, la verdad, no. ¿Todavía observando al Bosco?

—Hay mucho que aprender de él. Seguro que a ti no te parece, porque estas cosas no te interesan.

—Es cierto, no me interesan para nada. ¿Me invitas? —preguntó Ángeles refiriéndose a la botella de vino. Rafael llamó al mesero y le pidió que trajera otra copa para compartir.

—¿Quieres algo de comer?

—No, ya comí antes de venir, gracias.

Rafael comió en silencio mientras ella lo observaba con detenimiento. Conocía muy bien a los de su tipo. Era callado, poco atractivo y pasaba por dondequiera desapercibido. Hacía mucho ella estaba detrás de su pista. Cuando lo conoció le parecía demasiado precavido. Apenas le dio el nombre, jamás su apellido. Tampoco de dónde venía y para qué. Solo dijo que estaba en la ciudad por los museos, pero no salía del Prado. Sabía que escondía algo, pues había corroborado la poca información que le había dado por varios medios. Lo poco que dijo parecía no ser cierto.

Él también sospechaba desde que, por error, durmió con ella una noche en la que ambos estaban más que embriagados. Pensó en llevarla de nuevo a su hotel, para seguir indagando sin que ella se diera cuenta. Pidió otra botella. Ángeles tomaba sin parar, lo que él no sabía era, que no importaba cuanto tomara, la mujer tenía resistencia de hombre. Ella, por su lado, aparentaba estar mareada, hecho que aprovechó para llevarla con él.

Ya en la habitación, Rafael la puso en la cama y la desnudó. Volteó los bolsillos de su pantalón y blusa, en busca de alguna prueba para sus sospechas. También observó con cautela los zapatos. Viendo que la mujer estaba dormida, buscó en su bolso para investigar si tenía algún objeto que le diera luz. Nada. La mujer solo cargaba con su identificación y tarjetas de crédito. La dejó allí y salió. «Va a dormir la resaca hasta mañana, tengo tiempo suficiente», pensó. No quiso usar el elevador para no ser visto. Salió por las escaleras que daban a la parte de atrás del edificio, justo donde estaba el cajón de la basura. Caminó calle abajo, escondiéndose en la oscuridad de una noche sin luna.

Ángeles, por supuesto, no estaba dormida. Tan pronto salió el hombre, se vistió y salió tras él. Junto al cajón de la basura estaba su compañero, agente especial Nicolás Marino, de la «División de crímenes en contra de la herencia cultural de la Interpol». Allí la esperaba con su arma de reglamento.

—¿Viste hacia dónde iba? —preguntó Ángeles.

—Siguió hacia allá, jefa—respondió señalando calle abajo—, caminó por un rato y tomó un taxi. ¿Hacia dónde crees que siguió?

—Ni idea, pero le puse un dispositivo del sistema de posicionamiento global en el bolsillo del sobretodo cuando pensaba que estaba dormida. Dame tu móvil.

—¿No tiene el suyo?

—¿Cómo iba a traer el mío? El hombre me rebuscó el bolso y la ropa, solo faltó buscar en mis cavidades. A propósito, tienes mi placa —dijo extendiendo la mano abierta.

Marino le entregó la placa que tenía guardada en el bolsillo de su pantalón.

» ¿Sabes si ya publicaron la noticia del robo en el museo?

—No, Interpol solicitó al museo cuarenta y ocho horas antes de hacerlo público. Será más fácil localizarlos si piensan que nadie se ha dado cuenta del cambio del original por la copia.

—¿Qué parte del tríptico se llevaron?

—«El infierno».

—Vamos al auto, hay que seguirlo.

Los agentes se dejaron llevar por la señal del dispositivo que los llevaba hacia el aeropuerto Adolfo Suárez Barajas. Una vez allí, se separaron para buscar a Rafael. Ángeles le pidió a Marino que fuera al baño pues la señal terminaba allí. Cuando entró, el oficial se encontró con el móvil tirado en el retrete. Salió prontamente para informarle a su jefa.

—¡Carajo! Seguro que se dio cuenta de que lo seguimos —dijo Ángeles frustrada. Llevaba mucho tiempo persiguiéndolo.

Parecía haber desaparecido, cuando lo divisaron en la fila para tomar un avión hacia Barcelona. Sin perderlo de vista, compraron sendos boletos en primera clase y le explicaron al piloto que tenían una misión, este dio órdenes a los sobrecargos para que corrieran las cortinas y no dejaran pasar a nadie.

Ya era tarde, Rafael que estaba sentado en los últimos asientos, los había visto e intentaba salir del avión antes de que despegara. El sobrecargo le pidió que se sentara, pero el hombre no estaba dispuesto a que lo capturaran sin hacer la lucha. Se había iniciado la marcha veloz hacia el despegue y ambos, Rafael y el sobrecargo, cayeron al suelo. Rafael logró zafarse del hombre que lo agarraba y corrió hacia la puerta del avión, que todavía no había despegado. Con fuerza la abrió y se tiró, cayendo a la pista dando vueltas, forzando que el piloto abortara el vuelo.

Ángeles solicitó refuerzos a la Policía de Madrid. Fueron al hotel donde se quedaba Rafael, pero ni rastro. Escapó dejando sus pertenencias en la habitación. Pusieron vigilancia en las fronteras por si huía en coche. En los trenes y aeropuertos circularon la foto de su pasaporte americano. El hombre se había escapado, sin que pudiera hacer nada. Estaba rabiosa, avergonzada. Marino sabía que era mejor ni hablarle. Ella era infalible. No se le había escapado nadie, hasta ahora.

Ángeles pasó el día y la noche revisando los archivos relacionados con robos de arte. Le quedaban pocas horas para que el museo diera parte a los medios noticiosos y eso haría más complicada la búsqueda. Rafael iba hacia Barcelona. Muy pocas personas coleccionaban piezas de pintores flamencos, pero sabía que algunos millonarios compraban piezas en el mercado negro y las guardaban en cajas de seguridad solo por tener la oportunidad de admirarlas de cerca, o hasta que se calmaran las aguas para venderlas a mayor precio. Decidió ir a Barcelona con Marino.

Ya en Barcelona se dirigió al Barrio Pedralbes. Un expediente contenía información de una familia acaudalada del área, que era sospechosa de comprar arte en el mercado negro. Las investigaciones anteriores siempre terminaban con ellos, pero nunca había prueba para formularles cargos. Tenían que cogerlos con las manos en la masa. Ángeles quiso anticiparse y pidió que pusieran vigilancia a los familiares, a cualquiera que entrara o saliera de la casa. No quería ponerlos sobre aviso, por lo que esta vez no iban a visitarlos ni interrogar a nadie. Sabía que enseguida pedían un abogado y no había forma de sacarles nada.

Tan pronto Ángeles y Marino llegaron a Barcelona, se mantuvieron en la Jefatura Superior de la Policía de Cataluña. Allí esperarían cualquier pista que condujera a la aprensión de Rafael y sus compradores. Ella no podía ser vista, Rafael la reconocería enseguida. Salía y entraba del edificio para fumar, ya le ardía la boca de tanto halar. Se hacía tarde y le pidió a Marino que buscara algo para cenar. Mientras lo esperaba, se calmaba el hambre con agua y unas galletitas que tenían los guardias en una cocina improvisada. Habían pasado muchas horas desde el robo, pronto las noticias del mundo entero estarían hablando de ello, los ladrones y los compradores estarían sobre aviso.

 

Sonó el móvil de Ángeles.

—Jefa, ¿está escuchando la radio de la policía?

—No, salí a fumar —respondió Ángeles.

—Pues espéreme ahí. Hay una actividad sospechosa en el Parque Cervantes, la recojo enseguida.

—Te espero.

Cinco minutos después Marino llegó. Pronto se subió al auto.

—¿Qué escuchaste exactamente?

—Un hombre con la descripción del sospechoso fue visto en el parque, llevaba un cilindro para guardar pinturas.

—Eso parece muy obvio… ¿no crees?

—Sí…

—Lo que sea que está ocurriendo, no es en ese parque. ¿Qué dicen los que están vigilando la mansión? ¿Ha salido alguien?

—No, todo está tranquilo allí… Bueno, solo ha salido la sirvienta. La han seguido y se metió en el mercado…

—¿Al mercado a esta hora? No, hay algo extraño. Vamos…—dijo tomando el radio teléfono para advertir a todos.

Las unidades se pusieron en alerta. La patrulla encubierta que seguía a la mujer se quedó esperando frente al mercado, por donde entró. Ángeles y Marino llegaron poco tiempo después. Marino entró a la tienda fingiendo que iba a comprar un refresco. Buscó alrededor y la mujer no estaba. Siguió hasta el fondo donde vio una salida. Abrió la puerta y le dispararon.

Al escuchar el disparo los agentes se bajaron con sus armas de asalto y chalecos antibalas. Unos entraron, pero no vieron más que al dependiente con los brazos alzados, temblando como una hoja frente a un vendaval. Ángeles le hizo un gesto, preguntando por donde ir. El hombre le señaló la puerta del fondo. La oficial dejó uno de los agentes allí y se fue con otro por la parte de afuera hacia la parte de atrás. Allí se encontró a Marino en el suelo con un balazo en el muslo que sangraba profusamente. Ángeles se quitó el cinturón y le aplicó un torniquete.

—¿Por dónde se fue? ¿Era una mujer?

—Sí… —dijo y se desmayó.

—Hazte cargo de él —ordenó al agente que la acompañaba.

Ángeles avisó para que viniera una ambulancia mientras corría por el callejón. No había salida, así es que la mujer estaría ocultándose en cualquier rincón. La agente llevaba el revólver agarrado con las dos manos, a la altura del pecho. Vio una sombra agazapada al lado de un cajón de basura.

—¡Interpol! —gritó—. ¡Salga de ahí ahora mismo!

La sombra se fue levantando poco a poco, en la oscuridad Ángeles pudo reconocer a Rafael vestido de mujer. Llevaba un cilindro de cartón con él.

«¡Válgame! Si hasta me das ganas de reír…—dijo ella sin notar que él se acercaba.

—Bien, creo que me has agarrado…

En ese momento se abalanzó sobre ella, tumbándole el arma de las manos. Ella reaccionó enseguida lanzando unos golpes de Jiujitsu, estaba muy preparada para este tipo de situación. Pronto lo tiró al suelo, y haciendo una llave lo venció. En eso llegaron otros agentes del equipo, que enseguida le apuntaron con sus armas, mientras Ángeles le colocaba las esposas. Se levantó y se sacudió el polvo de encima y encargó a sus hombres el detenido.  Tomó el cilindro y siguió hasta donde pudiera ver el contenido. Sonrió orgullosa al ver «El infierno» del tríptico «El jardín de las delicias», del pintor holandés El Bosco. «Vas de vuelta al lugar de donde nunca debiste salir, sabía que este tampoco se me escapaba», dijo para sí, satisfecha.