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Carlos se había marchado hacía media hora. Graciela se había quedado en su cama —la de Carlos—, descansando, después de una noche épica. Él no había querido despertarla y en la mesita de noche, junto a la cama, le dejó una nota en la que le decía que podía quedarse cuanto quisiera y que en el refrigerador había lo suficiente para que ella pudiera tomar un buen desayuno. Le pedía también, que cerrara la puerta con seguro al irse.

Cerca de las diez de la mañana, ella despertó con el olor a café. Sin abrir los ojos, estiró el brazo para tocar a Carlos. Se dio cuenta de que no estaba. Pensó que estaría en la cocina haciendo el desayuno. Se desperezó y se sentó en la cama. De día la habitación se veía diferente. Pasó revista a todo lo que había en ella con detenimiento. Carlos tenía buen gusto, pero al cuarto le hacía falta un toque femenino, —pensó.

Se levantó de la cama y fue directo al baño. Tomó una toalla limpia y abrió el grifo esperando que se calentara el agua. Se miró al espejo, noto que se le había corrido el rímel. Maldijo porque parecía un mapache y no tenía las toallitas de maquillaje para removerlo. Buscó alguna crema en los cajones del tocador. No había ninguna que pudiera aplicarse alrededor de los ojos. El día comenzaba mal.

Entró a la ducha y se refregó alrededor de los ojos, lo más que pudo, con jabón. Se lavó también el cabello. Salió y se envolvió el pelo con la toalla y agarró una bata de baño que estaba colgada. Todo lo que había en ese apartamento gritaba: «hombre».

Graciela fue descalza hasta la cocina. Se dio cuenta de que estaba sola y que el café estaba hecho en una cafetera automática. Buscó una taza —con el nombre de Carlos, claro—, se sirvió bastante y fue hacia la habitación de nuevo.

Su ropa estaba puesta delicadamente sobre una silla. Sonrió recordando que la noche anterior la había dejado tirada por el suelo, los zapatos al lado de la puerta; la blusa y la falda en la sala; el sostén y las bragas coquetas, al lado de la cama.       Sobre la mesita ya no estaba la nota. Solo encontró un naipe: el dos de espada. Lo agarró y frunció el ceño extrañada. ¿Qué querría decirle Carlos? A ver, esto parece un acertijo, se dijo. Dos… Se refiere a nosotros. La espada…ni idea.

No podía interpretar qué significado tenía la bendita carta. Llamó a Carlos al móvil, pero daba al correo de mensajes. Estará en alguna junta, —pensó. Decidió llamar a una línea psíquica, a pesar de que no era creyente del significado de las cartas, al menos tendría una explicación que podría ser lo que Carlos intentaba decirle. Lo conocía poco y no sabía lo que pensaba al respecto.

Inició la llamada y la dejaron esperando unos minutos que le serían cargados a su tarjeta de crédito. Estaba a punto de colgar cuando una mujer le respondió.

—Hola, me llamo Alina. ¿Desea una lectura del tarot? —preguntó la mujer.

—No, la verdad es que solo quiero que me explique el significado del dos de espadas.

—¿El dos de espada? Bueno, eso depende del contexto en que esté colocado en la lectura.

Ya esta mujer quiere tenerme media hora aquí para cargarme la cuenta,      —pensó molesta. Mas era mucha su curiosidad. Carlos le gustaba demasiado. Era guapo, culto, parecía estable económicamente y ni hablar de su desempeño en la cama. Valía la pena hacer la inversión.

—Esta bien. Haga la lectura entonces.

La mujer fue explicándole lo que estaba haciendo, barajaba las cartas, luego las partía en tres grupos y ella debía decirle con cuál grupo empezaba. Graciela le dijo que con el del medio. Alina dijo que las había puesto sobre una mesa y comenzó la lectura. De lo que dijo nada le sorprendía. Había amado mucho a un hombre que la engañó con otra. Trabajaba en una oficina. Le gustaba mucho leer. Esto le puede pasar a cualquiera, pensó.

—Alina, el dos de espadas…

—No ha salido. Tengo que tirar otro grupo de naipes.

—Bien, el de la derecha.

Otro montón de cosas sin importancia, insignificantes para ella. Ya se estaba molestando, cuando Alina dijo que el dos de espadas seguro estaba en el otro grupo de cartas. Que las iba a poner sobre la mesa.

—Has conocido un hombre que te interesa mucho. Es muy guapo, según lo que veo. Hay algo oscuro en él. Algo que no te ha dicho.

—¿Oscuro? ¿Cómo qué?

—Las cartas no me dicen. Lo que sí me dicen es que estarás en una disyuntiva muy grande, pues este hombre es egoísta, ha perdido control de sus actos, está confundido y sin rumbo fijo.

Graciela temblaba mientras escuchaba. Decidió colgar. Pasó horas sentada en la butaca del balcón, fumando. No creía en «esas cosas», pero estaba impresionada. Sí que estaba en una disyuntiva, seguir allí esperándolo para preguntarle por qué le había dejado el naipe, si quería seguir perdiendo el tiempo conociendo a alguien con quien no llegaría a ninguna parte, o descartar todo lo dicho por la psíquica.

Llegó la noche y todavía estaba allí. Con el pelo envuelto en la toalla y sin vestirse. Cuando miró el reloj ya eran las diez de la noche. ¿Por qué no habría regresado? Volvió a llamar al móvil y nada. No contestaba. Decidió irse.

Cuando bajó al aparcadero vio el coche de Carlos. Se acercó y vio que estaba dormido en el volante. Abrió la puerta. Cuando lo tocó se dio cuenta de que tenía un puñal atravesado en el pecho.

—Hola…

Una voz ronca detrás de ella la asustó.

» Eres la nueva. Carlos siempre estaba confundido, pero siempre me amó a mí. Ya estaba cansado de perdonarlo.

Graciela, sin reaccionar, solo vio el puñal que venía hacía ella.