El retiro by Antonio Caro Escobar

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Está semana en MasticadoresdeLetras nos visita el escritor Caro Escobar –j re crivello

Cuando me llamaron de la editorial y me dijeron que debía entregar el siguiente libro antes de un mes, se me vino el mundo encima, no había escrito ni una sola palabra, pero lo que se dice ni una, lo peor es que no sabía por donde empezar, me encontraba lo que se dice completamente en blanco o lo que es lo mismo, la pájara del escritor.

Necesitaba cambiar de aires, buscar un sitio donde poder relajarme, sentirme cómodo  e intentar que las musas —esas juguetonas musas que tan pronto nos acosan, como nos olvidan— vinieran a visitarme y me trajeran algo con lo que comenzar el nuevo libro que debía entregar. Fue cuando recordé que un amigo y compañero me hablo de que había estado en un lugar paradisiaco para un escritor, que allí el había escrito una historia sobre el asesinato de un joven de la comarca, que fue muy sonado en aquel momento por lo misterioso del crimen, le llamaron el crimen de la charca del ahorcado o algo parecido.

Aquel crimen sucedió en la villa de Serradilla, llamada Villareal de San Carlos que se encuentra situada en el parque nacional de Monfrague, a unos cuatro kilómetros del conocido Salto del gitano lugar en el que anidan buitres carroñeros y que a día de hoy es una atracción turística para los amantes de las aves. También recordé que me contó que había unas cabañas o chozas que se alquilaban por temporada.

Con todos aquellos recuerdos decidí buscar información y alquilar una de aquellas cabañas y retirarme allí a escribir o al menos a intentarlo. Yo que soy un amante de la naturaleza, que mejor sitio que algo así para poder llamar a mis musas a mí lado, allí en plena sierra entre encinas y alcornoques, jaras y tomillos.

Así que prepare una maleta con cuatro prendas, lo imprescindible para pasar una corta temporada en un lugar aparatado, pero no aislado, ya que en la villa había restaurantes, al menos tres que yo hubiera visto en las páginas que había visitado en internet y el pueblo más cercano estaba a unos veinte minutos más o menos, donde podría aprovisionarme de lo que necesitara. Una vez hechos los preparativos salí de Madrid por la nacional V para dirigirme hacía Cáceres, a la altura de Trujillo me desvié en la salida 248 hacía el parque nacional de Monfrague y a mi retiro.

Llegué a Villareal de San Carlos cuando ya empezaba a atardecer, serian las siete y media, más o menos, subí la carretera que daba acceso a poblado que constaba de un centro de interpretación, tres restaurantes y cuatro o cinco casas, todas revestidas de pizarra negra que creaba un entorno rustico y a la vez una sensación de paz, las cabañas estaban ocupadas o al menos eso parecía por los vehículos que había aparcados a las puertas de las mismas, todas menos una que debía de ser la que me estaba esperando, me acerque hasta el local que hacía las veces de recepción y tienda de ultramarinos y a su vez de cafetería restaurante, todo separado, pero que se podía acceder por el interior de un local a otro; me contó el recepcionista y dueño, que era un negocio familiar, que llevaban ya unos cuantos años gestionándolo y a medida que el turismo en la zona fue creciendo, el negocio se fue adaptando y creciendo a la vez. Al parecer estaba abierto todo el año y no faltaban visitantes en ninguna época del mismo.

Me entrego las llaves de la cabaña y un horario del restaurante por si me apetecía en algún momento algo para comer, podían preparármelo y llevármelo a la cabaña, si no quería pasar por el comedor del mismo; me indico la ubicación de la cabaña y nos despedimos; tal y como había supuesto era la que no tenía coches en la entrada.

Deje mis cosas y subí el cerro para ver como el sol se perdía tras la loma dejando tras de si un cielo rojo intenso.

 

Volví al restaurante, para cenar algo y retirarme a la cabaña, necesitaba aclarar un poco mis ideas y empezar a escribir, busque una mesa, me senté y al momento se acerco una camarera, era joven no más de treinta y cinco, morena de pelo largo y metro sesenta o sesenta y cinco de estatura, guapa de cara y bonito cuerpo, para que negarlo, me sonrió, con una sonrisa dulce, fresca y sincera.

—¿Buenas noches, que le apetece? —me pregunto sin perder la sonrisa.

—Buenas noches, ¿Puede traerme una cerveza y algo de comer? —le pedí.

—Claro —me dijo. Le traigo la cerveza y ahora me dice que le apetece comer

—Gracias —le conteste.

Sin poder apartar la mirada de sus ojos, que brillaban como lo había hecho un momento antes el sol.

 

Los días fueron pasando y mi libro fue tomando forma, entre páginas y letras, aunque también, mi relación con Lucia, la camarera que a su vez era hija del dueño, se fue haciendo más estrecha.

Empezamos a pasear por las rutas que normalmente hacían los turistas por el día, pero nosotros lo hacíamos por las noches, cuando Lucia, terminaba de trabajar y se tomaba un descanso.

Yo cenaba todas las noches en el restaurante y al acabar ella se sentaba en mi mesa y hablábamos mientras terminaban los demás clientes, luego salíamos y dábamos un paseo por los alrededores sin alejarnos demasiado, a veces nos cruzábamos con los ciervos o algún jabalí que bajaba hasta el pueblo en busca de alimento, no era raro verlos rebuscando en la basura o comiendo los restos que se caían en las terrazas de los bares.

Lucia me pregunto por mi nuevo libro, pero no quise adelantarle nada, la verdad es que lo llevaba muy adelantado, cuando decidí ir allí no tenía muchas esperanzas de sacar algo más que unos días de descanso en un lugar remoto, pero ahora me alegraba de haberlo hecho.

La primera vez que ella me llevo la cena a la cabaña, fue cuando nuestra relación de amistad comenzó.

Cuando llamó a la puerta yo me hallaba delante del portátil escribiendo.

—¿Quién es? —pregunte algo contrariado por la interrupción.

—Le traigo la cena, soy la camarera del restaurante — dijo algo tímida.

Abrí la puerta y me encontré con aquellos ojos que me habían encandilado hacía unas noches atrás.

—Hola, perdona, estaba trabajando y ya no me acordaba de que había pedido la cena.

—No quisiera molestar, pero me han pedido que se la acercara, mi padre estaba ocupado —me respondió a modo de disculpa.

—No pasa nada, perdona mi malos modos al contestar, pero estaba concentrado en lo que estaba haciendo y me ha contrariado un poco —le dije a modo de disculpa por mi forma de contestar.

—La próxima vez llamare antes de venir —me dijo.

—Jajaja. —me reí. Tranquila, procurare ir al restaurante, así no tendrás que aguantar mis malos modos. Pasa por favor, puedes dejar eso encima de la mesa —le dije señalando la bandeja.

—Gracias, ya se me estaban cansando los brazos. —me dijo con una sonrisa.

Fui a la nevera y cogí una cerveza para mi y otra para ella. Se la ofrecí y se negó a cogerla.

—No gracias, estoy trabajando.

—Ahora no, ahora estas aquí, no en el restaurante, no te va a ver nadie y yo no lo voy a decir —le dije, mientras le alargaba la cerveza. Siéntate un rato mientras nos las bebemos y te tomas un descanso, es lo menos después de mi descortesía.

—Está bien, la verdad es que me apetece algo fresco. Gracias —me contesto. Puedo preguntarle algo.

—Si claro, pero lo primero que tienes que hacer es tutearme, aunque sea algo mayor que tú, no soy tan viejo — le pedí.

—No quería llamarte viejo, son costumbres de trabajar de cara al público —se excuso

—Bueno que te parece si empezamos de cero. Hola me llamo Fernando —dije.

—Me parece bien. Hola Fernando yo soy Lucia, es un placer conocerte —contesto Lucia riendo. ¿Qué te hizo venir a Monfrague?

—Veras, soy escritor, o al menos lo intento y tengo que presentar un libro dentro de unas semanas, estaba en lo que podríamos decir en horas bajas y no me salía ni una palabra, así que decidí cambiar de aires y ver si así me venía la inspiración —le conté sin pensarlo si quiera.

—¿Y qué? ¿Ya te ha venido? La inspiración quiero decir —me pregunto.

—¿Sinceramente? Creo que ha entrado hace un momento por la puerta —le dije mirándola a los ojos.

Lo que hizo que se pusiera roja, como si le hubiera dicho un piropo. Me sonrío y miro hacía el suelo tímidamente. Al verla así, le dije.

—Perdona, no quería incomodarte.

—No, si no me he incomodado, la verdad es que lo que has dicho ha sido muy bonito —me dijo. Nadie me había dicho algo así.

—Para todo hay una primera vez, esta es la tuya, pero no quiero que pienses que soy un….

—¿Viejo verde? —acabo ella la frase.

—No era exactamente lo que quería decir, iba a decir asalta cunas, pero ni tu eres una niña, ni yo estoy para andar saltando por encima de los muebles.

Aquel comentario la hizo reír, escapándosele la espuma de la cerveza por la nariz, ya que la cogí cuando iba a darle un trago, al verla yo también rompí a reír con ganas. Me dijo que tenía que irse, que se estarían preguntando que qué estaría haciendo tanto tiempo fuera.

Así fue como mi o mis musas me inspiraron para escribir mi libro que al final lo pude acabar unos días antes de lo previsto, pero aún así me quede en la cabaña y seguí con mis paseos con Lucia todas las noches hasta la última.

 

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