TRAICIONERA BY FABIANA LAFFITTE

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Un silbido pulverizó el manso silencio de la tarde de verano. Los vidrios astillados en quinientos cuarenta y nueve pedacitos se rindieron a sus pies. Ya nada podría torcer el destino.

Con los ojos entornados, aceleró el paso entre los objetos desperdigados, llevando los trozos de vidrios clavados en sus piernas, que se movían de forma inusual, como contoneándose, en la .

Pasadas las siete de la tarde, no menguó el clima sofocante ni su carrera sobre los polvorientos caminos, trazados por viejos carros y caballos. Ya casi no llevaba su falda, solo algunas hilachas descubrían destellos de sol reflejado en los vidriecitos, que iban amalgamándose en un ungüento hecho de polvo y sangre.

Esteban quiso encender la lámpara, pero su pie chocó con algo blando y acuoso, como si una parte de la laguna lo hubiera alcanzado en su propio rancho. Inmóvil, bajó la cabeza y la vio. La luz del atardecer filtrándose exaltaba aún más lo fragmentario de la escena. Brazos, torso y vísceras esparcidas por todo el lugar.

María, su amada María se lo había advertido, pero él nunca quiso creerle. La mirada lastimera de gatito sin dueño de la Juanita le impedía dar por válido el pedido de su mujer. Ahora era tarde para lamentos. Ahora debía poner las cosas en su lugar.

Cargando la escopeta sobre su hombro derecho, partió. El crujir de las llamas, arrasando el sueño imposible de una familia con María, ni siquiera lo hicieron echar una última mirada. Se sabía culpable. Él, solo él había transformado el anhelado hogar en una pira funeraria. En la justa hoguera de su incredulidad.

 

Bajaban retozando, como todas las tardes, entre juegos y risas, comiendo frutos que arrancaban al azar. La laguna se ponía linda después de la siesta, el agua tibiecita invitaba a los chapuzones y saltos inventados para pasar el fin del verano. Nada había que hacer que no sea disfrutar entre amigos hasta que oscureciera. Pero la figura de un hombre alto, algo encorvado, que apuntaba con un arma hacia el montículo, los detuvo de un golpe.

Como si todo el paisaje acompañara la parálisis, el aire parecía también haberse congelado. Se tiraron al suelo y evitando ruidos, se arrastraron entre los pajonales, intentando no ser vistos. Desde el piso, la figura del hombre parecía agigantarse; él y el arma semejaban una única pieza, dura, como de piedra.

Las miradas impacientes y curiosas de los jovencitos recorrieron esa silueta, bajando por el doble cañón de la antigua Winchester, hasta descubrir lo que no podían creer estar viendo: Un extraño animal, con cabeza de puma y cuerpo de serpiente, con brillantes escamas alargadas de color rojo vibrante. Llevaba su parte superior erguida, enfrentando al cazador que no dejaba de apuntarle al centro del pecho. Ambos parecían medir sus próximos movimientos, mientras se balanceaban como en una danza tribal. De repente, una voz femenina sensual meneó el aire.

─ Matarme te unirá por siempre a mí.

A la frase le siguió un disparo atronador cuyo impulso arrojó hacia atrás al hombre que, ya en el piso, volvió a cargar la escopeta. El doble cañón bajo su garganta, el dedo derecho firme en el gatillo. El segundo disparo resonó, diseminando perdigones entreverados con restos de su propio cráneo, junto a un grito de horror.

 

El silencio veló todo el lugar. Solo se vieron chispazos rojos, iluminando el albardón. Uno de los chicos aseguró haber contado quinientos cuarenta y nueve destellos justo antes de caer desmayado.

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