Ataallah by Diana González

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Asmun, con sus movimientos largos y suaves jala el picaporte del bar y sale a la calle, el cielo andaluz ilumina su cara, no mira hacia atrás, sabe adónde va, acomoda la mochila sobre sus hombros. Mira hacia la izquierda y ve la puerta de la pensión  Ataallah   a la que pertenece el bar en el que trabaja, también  la reja de hierro, el aljibe, el patio interior atiborrado de macetas. Escribe en un posit con su letra alargada y grande. Lo pone en un sobre que deja en el mostrador de la entrada en una urna que dice Administración.

A veces la gente no se encuentra, se reconoce.

 

Hacía un año había entrado en aquel bar en busca de una mesa donde sentarse a pensar. Hacía un año que se había quedado mirando a la mujer detrás del mostrador.

Miriam había comprado la pensión con el dinero que le había dejado su madre y una hipoteca que no le quitaba el sueño. Después de años duros y muchos errores finalmente el negocio era moderadamente próspero y cubría todas sus necesidades sin extravagancias.

El bar y la pensión en el casco histórico de Córdoba ocupaban todos sus días en los que  solo se dedicada al trabajo duro de atender a los demás.

 

Sobre las ocho, no bien veía cruzar la calle a don Pascual preparaba el café con leche con media de tomate.

A las dos de la tarde de casi todos los días, llegaba Antonio y pedía su cerveza con jamón. Sobre las dos y media el diálogo era casi siempre el mismo

— Miriam, ponme otra.

— Antonio, vete a tu casa que Celina seguro ya te tiene la comida lista.

Sobre las tres los del banco. Desde las siete las cenas de la pensión. Y así  todos los días. Reconocía sus ánimos, sus malestares y cuando era necesario los mandaba a callar.

Siempre atenta, era para sus parroquianos casi una figura materna. Un muro inexpugnable y noble al que no han derruido los años, los sinsabores, las esperanzas perdidas, ni los embistes de la vida. . Su bar era una especie de puerto donde amarrar las naves, donde dejar las amarguras, donde encontrar la recompensa.

Víctor era un habitué que ante su mirada firme y  sus negativas había desistido de todo tipo de cortejo, pero el hombre no podía disimular sus sentimientos. Iba todos los días, por la  mañana a leer su diario,  tomar su carajillo, por la noche un vino, antes de volver a su fría  cama solitaria.

Quizá por eso se sintió  ofendido cuando hacía más de un año Miriam contrató a Asmun para que le echara una mano con el bar, desoyendo a todos los que le habían recomendado primos, parientes u otros que ostentaban el título de “gente conocida.”.

Quizá también, por eso la increpó mal aquella vez

— ¿Qué sabes tú de ese que se te ha dado por contratar? ¿Acaso le conoces?

— Sé que necesita trabajar y estará a prueba.

—  Te estás equivocando.

— He llegado hasta aquí sin ayuda, despreocupate y dejate de dar consejos que nadie te ha pedido.

— Mira que eres dura.

— No soy dura, soy sola.

— Porque tu quieres.

La mujer siguió conectando a los grifos   el barril de cerveza que iba por debajo del mostrador. Victor apuró su vino y con un “buenas noches” ronco se fue del bar.

Miriam estaba preparada para aquellos cortejos torpes, llenos de posesión, apremio, órdenes. Estaba acostumbrada a sortear comentarios intencionados o miradas insistentes. Estaba acostumbrada a muchas cosas que la habían alejado de cualquier idea de formar una pareja.

 

 

 

 

Aquel día Asmun estaba atento a la mujer detrás de la barra, la vió servir a la no poca clientela con eficiencia, cierta  cordialidad acre y simple. Le trajo su café con leche y su entera con tomate y preguntó

— ¿Quieres algo más?

— Si. Trabajo.

Ella se  quedó mirando fijo aquellos grandes y sinceros ojos negros. Ninguno de los dos supo cuánto tiempo estuvieron así pero fue el suficiente para que más de un cliente reparara en aquellas miradas. La voz ronca y airada de Víctor los rescató de aquel diálogo de ojos

— Miriam, anda, ponme otro café.

Ella fue tras el mostrador y atendió la insolencia de Victor, la urgencia de un par de latinos, los milkshakes de otro par  y así estuvo hasta que Asmun se acercó a la barra.

— De dónde eres.

— De Mali.

— Tienes papeles.

— Si.

— Tienes experiencia.

— He trabajado en un bar en Fez y en un hotel en Argelia.

Desde aquel día Asmun fue empleado del Ataallah,  Todo lo aprendía, atendía de la misma manera que había visto hacerlo a Miriam, aportaba ideas acertadas y era muy reservado. Aceptaba con donaire los chistes o comentarios a veces maliciosos y jamás se quejaba de nada. Pasó el mes de prueba, también comenzó a trabajar en la pensión, y de ser la mano derecha de Miriam a ser sus dos manos.

Bastaba que ella comentara algún problema para que en un par de días él encontrara la solución o hiciera el trabajo sin ella pedirlo, lo que fuera necesario para satisfacerla, Las tejas del techo, las tristezas de los fracasos, las puertas placas que cerraban en falso, los muchos errores,  la cisterna  que perdía en el baño de la doce, las ilusiones. Le llamaba la atención su silencio, nunca antes sus palabras o su voluntad habían sido escuchadas como escuchaba Asmun.

Los dos venían de muchos dolores que se contaron sin quejarse.

Los detalles se sucedían con la naturalidad de lo cotidiano, que ella estuviera por salir en un día lluvioso y él le alcanzara el paraguas, que hiciera frío y sin decir nada él le pusiera un abrigo sobre los hombros. Que luego de cerrar, tal cual era su costumbre, él le sirviera el licor que le gustaba tomar. Pero lo que más la conmovía era cuando hablaban y él le repetía sus propias palabras. Que alguien la tuviera así en cuenta era algo para lo que Miriam, con sus disfraces de cactus,  de llábana en el desierto, no estaba preparada.

Faltando un par de horas para abrir, un día de otoño que apenas clareaba, estaban en la cocina preparando todo para los desayunos y el almuerzo, ella estaba poniendo los panes en el horno, él de espaldas trabajando en la mesada, cortando cebolla, tomates, lechugas.

— Te quería pedir algo. — Dijo con aquella voz grave que ponía cuando hablaba de cosas muy serias.

Ella quiso pensar que un adelanto, vacaciones, un préstamo.

— No puedes esperar a que terminemos el día.

Se había dado vuelta cerrando el horno, él se había puesto de espaldas a la mesada y la enfrentaba, mirándola a los ojos.

Otra vez aquellos ojos.

— Cuando cierres por reformas, porque no vamos a Valencia.

— ¡¿Qué dices?!

— Que vayamos juntos a algún lugar.

No, Miriam no estaba acostumbrada a que le hablaran o la miraran así, a que le preguntaran.

Intentó reírse pero él con un gesto le pidió que no y siguió mirándola. Se le pasaron mil cosas por la cabeza, desde que estaba siendo víctima de una broma cruel a su absoluta incredulidad. No sólo daba por sentado que ya nadie podría enamorarse, sino que veía imposible que tan siquiera  pudiera gustar  de alguien como ella. Y esta broma chocaba contra su propio paredón. Aún con el temor de estar confundiéndose atino a decirle

— Asmun, te has dado cuenta que puedo ser tu madre.

Él sonrió, con esperanza y aplomo  le contestó

— Si. Pero no lo eres. Y yo no soy ningún niño.

El horno pitó y ella volvió a girarse para retirar el pan, sintiendo un estremecimiento recorrerle la columna vertebral. Era más fácil espantar los torpes arrebatos de los hombres de su edad que sostener la mirada de aquel hombre joven que la contemplaba entregado. Las sensaciones en su cuerpo le hicieron pensar en todo el tiempo que llevaba dormida

Retiró los panes y los puso en las bandejas, Asmun le ayudo. Los dos guardaron silencio.

Y terminó el año.

Meses en los que él siguió atento a ella, reafirmando en cada mirada sus sentimientos. Ella comenzó a valorar cada detalle, el más mínimo roce de su mano, el licor después del cierre. Cuando le enseñaba palabras en su idioma, la risa por alguna torpeza.  Desarrollaron un código de miradas, y a veces sin mirarse, sabían cuándo había que hablar, llenar las copas,   callarse o apaciguar  algún comentario molesto de Victor o de cualquiera.

Porque las personas que se han reconocido generan a su alrededor su aura, su propia atmósfera, como si fueran un planeta aparte, propio y distinto…

Miriam, sobre todo ella, pasó por mil cuestionamientos, que adónde iba, después de tanto tiempo sola, que la edad,  que ganas de meterse en problemas.

Las reformas serían en agosto.

En junio ella encontró un sobre en la urna que en el mostrador de la pensión decía: Administración. Su contenido le cortó la respiración. Durante el horario de atención cruzaron un par de miradas, de esas que gritan.

En julio cerraban más tarde y luego, cansados tomaban un par de cervezas uno a cada lado del mostrador. Una noche al acercarle la copa, él la dejó con cuidado a un costado y tomó su mano, la puso sobre la suya y dibujó una letra en su palma. Sobre la letra puso sus labios entreabiertos. Ella sintió estremecida el leve roce de su lengua. Luego, como si se tratara de algo muy frágil, cerró la mano de ella y la contuvo entre las dos suyas, mirándola a los ojos le dijo

— En agosto me lo devuelves.

 

Segunda quincena de agosto

Asmun espera en la estación. Miriam entrega la llave al encargado de las reformas y va hacia la pensión pensando en las equivocaciones y lo que duelen. Del cajón de su escritorio toma el sobre con los pasajes que recibió en junio, de la urna de Administración, un sobre con apenas una esquela que la hace sonreír,

Da un par de indicaciones a su reemplazo.

Tirando de una maleta pequeña sube a un taxi y mientras va de camino se responde a sí misma

— Y si se termina, sale mal o mañana duele, será que habremos vivido.

 

Notas:

Ataallah, árabe, Regalo de Dios.

Asmun: amazigh, compañero.

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