EL LARGO REGRESO AL PASADO by Victoria de la Fuente

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Estaba todo preparado para ir a la playa cuando el teléfono sonó. Un pálpito ya le dijo que era algo malo, una vocecita se escuchó: “no lo cojas” pero aún así cruzó la estancia para sacar el teléfono del bolso y sin mirar la pantalla respondió.

  • Mamá… – su hija mayor sonaba llorosa al otro lado del hilo, desconsolada.
  • ¿Alex? – Preguntó extrañada, llevaban años sin dirigirse la palabra.
  • Mamá, el tío Álvaro ha muerto y… – Emma cayó al suelo desmayada, el ruido fue estrepitoso.
  • ¿Mamá?, ¿Mamá?…

Al caer se golpeó su cabeza en un mueble, también rebotó contra una butaca, el estruendo hizo que Leila saliera del baño a toda prisa con el cepillo en la mano, agitada, asustada.

Al ver la escena sus ojos parecieron salírsele de las cuencas. Marcharon de casa en dirección a Madrid tan pronto como tuvieron los billetes, dejaron sus vidas colgadas, trabajos, citas, reuniones, todo.

Hacía trece años que Emma no pasaba por la casa familiar.

Y la última vez había ido una década antes, creía.

Había sido una niña díscola, rebelde, de las que se revolvía en el colegio cuando veía una injusticia, se escapaba del instituto  para aprender de la vida y para su familia aquello era imperdonable.

Su abuelo que había hecho carrera militar aconsejó que la metieran en algún internado, decía que con disciplina todo se conseguiría.

Sin embargo, para disgusto de una familia que era muy religiosa en aquellos sórdidos lugares lo que Emma descubrió fue el amor que ellos tildaron de “el amor más impuro” y enseguida intentaron reconducir su nuevo descubrimiento para que no fuera una orientación.

Todos los recuerdos de aquellos años se agolpaban acudiendo líquidamente a sus ojos como si fueran una película que discurre delante de ella, mientras Leila asume que es la pena lo que consume a su mujer, a su amada esposa.

Cuando murió su abuelo, la única muerte hasta entonces, la sufrió tantísimo que se prometió seguir las normas socialmente aceptadas y hacer caso al primer idiota que la mirase como los hombres miran a las mujeres.

Entonces apareció aquel tipo alto, larguirucho, sin chicha ni limonada, salvo por aquellos labios tan carnosos que estaban duros al besarle y se dijo: ¿por qué no?

Llegar al aeropuerto fue todo lo contrario de lo que esperaba, ya no eran las cosas como cuando iba y venía de Londres, ahora vio que la T4 era grande y moderna, estaba agradecida por la presencia de su mujer, su pilar en la vida porque ella iba en modo automático.

Durante todos los años que se había autoexiliado por decisión propia de su familia siempre había estado en contacto con su hermano pequeño, sentían debilidad el uno por el otro, se llamaban y mensajeaban constantemente y para cada cosa que necesitasen, pero ahora asumía que nadie en la familia lo sabía.

No quisieron coger un taxi, prefirieron el Metro, ellas eran urbanitas, y aquel simple gesto hizo que se percatara de cuán cierta era aquella frase de: “No hay nada como volver a un lugar que no ha cambiado, para darte cuenta de cuanto has cambiado tú”.

Siempre había coleccionado citas y aquella frase se le atribuía  a Nelson Mandela, y aunque ella no volvía a un lugar en sí, regresaba a una situación inmaterial, a un lugar etéreo, a algo que no iba a cambiar, la incomprensión de su familia y no sabía si estaba preparada para las miradas, los comentarios a escondidas cuando pensaban que no los veía, pero los veía, ¡claro que los veía, joder!

Veía su desprecio, veía sus prejuicios, veía su pretendida deferencia, que era innecesaria.

Según iban acercándose al destino, descontando las estaciones los recuerdos se agolpaban en su memoria  bloqueándola más y más.

Estuvo trabajando como DJ durante unos años, fue una revolución porque en aquellos años no había mujeres que ejercieran como pinchadiscos, había infinidad de hombres que intentaban ligar con ella y al final se decantó por el que le pareció más inofensivo.

Siempre tuvo mal ojo y peor juicio para los hombres.

Aquel tipo podría parecer inofensivo, pero nada más lejos de la realidad, en sus años de noviazgo y matrimonio socavó toda su autoestima, no la dejaba salir, dinamitó su alegría, la apartó de sus amistades e hizo que quedara descatalogada en todo.

Sin embargo, él podía estudiar, salir, tener amigos…

Cuando fue a darle la noticia de la llegada de su segundo hijo, él dijo que aquello era imposible, que tenía que ser de otro y que lo tenían que arreglar.

Aquello le abrió los ojos.

Era él quien estaba siendo infiel.

Prestó más atención a los detalles y en poco tiempo sus sospechas se vieron confirmadas, pero él era la personificación de la manipulación y la amenazó con todas las estrategias que tenía a su alcance y cuando ella no cedió él las puso en marcha.

¿Y quién gana en una guerra?

Pues probablemente no el que golpea más fuerte, ni el que tiene razón, sino el que golpea primero usando el factor sorpresa.

Aquel tipo fue a ver a los padres de ella contándoles que estaba muy abatido, hundido en realidad, porque su esposa le era infiel con todo el que pillaba, mujeres y hombres.

Quien más prestó atención fue su padre, que enseguida llamó a Emma y poniéndose de parte de su yerno la insultó y le dijo que no sería bien recibida jamás en casa.

 

Llegaron a la estación de Metro del barrio donde vivían la mayoría de la familia de Emma, y fue el único rato que Leila vio que su mujer dejaba de llorar porque no paraba de mirarlo todo con la inocencia e incredulidad que miraban las cosas los niños por primera vez, señalando aquí y allá, para después comentar que antes había otro negocio ahí y que todo estaba cambiado, pasaba del lloro a la risa histérica que denotaba su estado de nerviosismo.

En  ese momento Leila agarró una de sus manos cariñosamente  y le dijo que debían tomar una infusión para hacer un break y Emma aceptó.

Cuando Leila vio que la tila le iba haciendo efecto y se iba tranquilizando sacó a uno de los gemelos del carrito para darle  el biberón y le invitó con la mirada a su esposa a que ella hiciera lo mismo.

Fue entonces cuando Emma entendió lo comprensiva que estaba siendo Leila con ella, pues nunca hablaba de su pasado, a fin de cuentas, era doloroso todavía.

Estaba arrastrando a su nueva familia por todo el país a la carrera para acudir al entierro de su hermano pequeño, al que adoraba y ya no estaba, al que había enseñado a caminar, el niño que se dormía frotándose los pies con un algodón o sino no se dormía.

 

Cuando Leila y Emma decidieron que querían casarse y tener familia acudieron a un centro de fecundación in-vitro y una donó los óvulos y la otra los gestó, de forma que ambas fueran madres de  sus gemelos legalmente.

Cuando los bebés estuvieron listos reanudaron el camino.

Llegaron a casa de Isabel, su madre, ella solía llamarla por su nombre, jamás se refería a ella como mamá o mi madre.

Sus  padres se habían divorciado siendo ella pequeña y fue un trauma en su vida.

Isabel estaba envejecida, apenas pesaba 40 kilos, arrugada por la mala vida no era cuestión  de la vejez, su voz era un halito desesperado al que le costaba salir por la cantidad de tabaco que fumaba, cuatro cajetillas diarias, abrió la puerta en ropa interior, lo cual extrañó infinitamente a Emma y no reconoció a su hija, algo que fue mutuo.

  • Hola Isabel
  • No compro nada, no sé cómo te han dejado pasar – esgrimió la que antes era una mujer de armas tomar y solía amedrentarla – ¡aquí la gente como tú no es bienvenida!
  • ¡Mamá!

Aquel ser retorcido y huesudo, porque ya no la vio como a su madre, hubiera jurado que tuvo un destello de reconocimiento en la mirada antes de cerrar la puerta con un portazo.

Salieron del portal, señorial, de mármol rosa, en la portería estaba Josefa, la mujer que llevaba 26 años de portera, una mujer robusta, de pechos descomunales y eficiente, cariñosa y nada cotilla.

  • Ay Señorita Emma, ¿Cómo nos llega usted con tantos días de retraso? ¡Al Señorito Álvaro lo enterraron el domingo!

Emma volvió a desmayarse.

Leila sabía lo que era no poder despedirse de un ser amado y mientras los gemelos despertaban a mami a besos y aquella mujer gorda  gritaba ella ya había organizado una semana de vacaciones en Madrid, museos, el botánico, la Warner, y entre tanta visita ya averiguaría dónde descansaba Álvaro e irían a despedirse a su manera, así concebía ella el amor, tierno, dedicado, aunque ambas usasen sostén.

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