Mis primeros pasos en la mafia by Verónica Boletta

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Aprendí a ser tana según las costumbres argentinas y familiares allá en mi infancia, ejercitando mi cuerpo hasta transformar el ejercicio en genes para luego olvidar. Supongo que ese es el procedimiento para naturalizar, una repetición constante que nos convence hasta transformarnos al sentido común que es, siempre, el sentido de otros.

Con cada verano de mi niñez se repetía el ritual de mi padre. La visita a la casa de mis abuelos era un loop, un rulo de 365 días menos enero. Ese mes íntegro pertenecía a la chacra, en un campo fértil de una zona pródiga. La meseta temporal me atrapaba en esas obligadas vacaciones sin elección posible. Los años, la excusa de la juventud, me dieron autonomía y playas. La muerte de mis abuelos terminó de soltar la madeja que me ataba a esa tradición. Al tiempo que conquisté otras latitudes repetía, a mi vez, algunas costumbres.

Como en aquellos tiempos, llamo bosque al conjunto de árboles frutales, a la plantación forzada de durazneros y sus múltiples variedades: los japoneses de fruta chata, los blancos, los amarillos, de piel velluda, los lampiños, parientes damascos y pelones. En otro sector de la propiedad se congregaban  los cítricos cuyos frutos jamás probábamos —¡oh verano que nos quitaste su sazón!—, la higuera pródiga de brevas, el único nogal.

La comida abundaba. La quinta desplegaba la huerta con sus almácigos de tomates, variedad de lechuga, achicoria y escarola; surcos rebosantes de acelga y espinaca.

La vida bullía. Los cachorros humanos mezclábamos nuestras correrías entre perros y gallinas. Los conejos se reproducían escandalosamente en su jaula. Los cerdos retozaban en su corral.

Las horas del día se sucedían al paso de los quehaceres. La mañana se repartía entre la siembra y cuidado de los cultivos y la atención del ganado. Las tardes  se consagraban a las tareas más livianas: la labranza de la huerta y la recolección de huevos de los gallineros.

El trabajo era una disciplina inculcada a fuerza de desconocimiento de distracciones. No contar con electricidad y sus aparatos de bienestar nos aislaba del deseo y del consumo. La ausencia de vecinos en las proximidades contribuía con esa falsa abundancia.

Practicantes acérrimos del catolicismo, el séptimo día, que para la familia es el domingo —jamás discutimos inicio y fin de la semana— discurría entre reuniones gastronómicas multitudinarias alrededor de fuentes de asado o tallarines y misa obligada en la iglesia del pueblo. El local era  atendido por su único dueño, un cura dado a los placeres del comer y del beber pues bastante martirio encuentran los cuerpos en este mundo como para agregarle otros suplicios.

En el día del Señor tocaba aprender lecciones diversas: memoria aguda para los agravios, apoyo familiar a toda costa y la sagrada ley de la omertà.

Mi primer ejercicio práctico ocurrió en uno de esos veranos. Alumna aventajada, mi crueldad dejó a salvo a los consanguíneos y se centró en el único poblador en kilómetros a la redonda que no pertenecía a la famiglia.   El Negro, pura bondad en su corazón, me daba acceso a su colección de revistas de historietas —nombre prehistórico de comics y mangas— y de deportes. Su culpa fue despertar mi deseo de poseerlas. Merecía un castigo y lo tuvo. Si el pobre hubiese sido tano se salvaba de mi predación. Sin esa capa protectora se encontraba al descubierto. Así fue como yo, su preferida, aprovechando la tranquilidad de las siestas de verano, arranqué una a una  mis hojas preferidas. Destruí su colección y su valor.

A mis dieciséis años aprendí estas lecciones: la crueldad, aún la propia, puede esconderse tras unos rizos rubios; ayuda a la suerte tener primos mayores, guardaespaldas de ocasión; y, la mayor de todas, la prudencia. Nunca más volví.

 

 

 

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