FUEGO Y AZUFRE BY FABIANA LAFFITTE

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“Todos nos caemos de la infancia. Algunos nos rompemos.” Aurora Venturini

 

Lastimándose la mano, apretaba con fuerza una cruz de madera que llevaba atada a su cuello con un cordel negro. La presionaba, clavándola contra su pequeño pecho, mientras repetía:

─ Tengo que ser fuerte.

─ Tengo que confesar.

Al ver ponerse de pie a la niña que la antecedía, supo que ya era su hora. No podía ocultárselo a Dios y justo en esta instancia. Aunque decirlo la enviaría de seguro al mismo infierno.

En las clases de catecismo, la señorita Lucía, con su dulzura habitual, les había dicho que no debían preocuparse, que luego de recibir el sacramento de la confesión se sentirían livianas como plumas. Solo debían ser sinceras. Dios perdona siempre.

Sin embargo, ella sabía que no revolotearía liviana por la vida, sabía que no sería destinataria jamás de esa indulgencia.

─ ¡No tenés perdón de Dios! le decía su madre con una frecuencia tal que ya estaba persuadida de que era así. Ahora había llegado el momento de que Dios, en la persona del Padre Hilario, se lo dijera. ¡Y qué justo que tenía que ser el Padre Hilario! Nunca se sentía bien ante su presencia, la ponía nerviosa y desconocía el motivo, pero su mirada la intranquilizaba, la incomodaba. Algo en él le olía mal.

Distraída en sus pensamientos no notó que había avanzado hasta el confesionario, ya estaba de rodillas, haciéndose la señal de la cruz, mientras respondía al:

─ Ave María Purísima…

─ Sin pecado concebida, dijo, y notó que la voz se le entrecortaba y que le salía chiquitita, casi inaudible.

─ Hija, esto es muy importante. El próximo domingo recibirás por primera vez el Cuerpo de Cristo y debes estar limpia y pura de corazón, sin las manchas del pecado sobre tu alma. Ahora, debes confesar todas tus faltas.

─ Sí, Padre, dijo, sabiendo de antemano que la pureza no iría con ella nunca y que por más que las limpiase, las manchas no se le quitarían jamás. Peor aún, en cuanto hablara, Satán se haría presente para ensartarla con su tridente al rojo vivo.

─ Padre, me quedo leyendo de noche oculta bajo la cama, usando la linternita de mi hermana y gastándole la pila. He dicho tres malas palabras. El jueves tiré el café con leche por el fregadero haciéndole creer a mi madre que lo había tomado…

─ Ahá, prosigue…

─ Y… y… Titubeaba, apretando los labios.

─ ¡¿Y?! Apuró, algo impaciente, el cura.

─ Y tengo malos pensamientos. Dijo como un latigazo, pero con sordina.

─ ¡Tienes malos pensamientos! ¿Cuáles? ¡Debes decir cuáles! Ordenó el Padre Hilario, reacomodándose en su asiento y pegando la oreja a la chapa perforada con crucecitas que los separaba.

─ ¡Confiesa! ¿Piensas en hacer cosas impías? ¿Eh?

─ ¿Qué? No, no. Respondió en un murmullo, pero sin entender la pregunta.

─ ¿Piensas en lo niños y en verlos desnudos? ¿Deseas tocar sus partes pudendas? ¿Eh?

─ ¿Qué? ¿Cómo? No, no, repitió una vez más sintiendo que no descifraba bien las preguntas y que todo su cuerpo le comenzaba a temblar.

─ Entonces… ¿Qué? ¿Qué? Dijo el cura, cuya mano derecha se movía bajo la sotana mientras su oreja colorada golpeaba al mismo ritmo contra la chapa de las crucecitas.

Ella tragó saliva, el Padre Hilario también estaba temblando, eso le indicaba que la gravedad de su falta era aún mayor de lo que había calculado. Ya no solo aparecería Satán, sino que lo haría junto a un grupo de incontables diablos malvados que la quemarían por los siglos de los siglos en las cuevas infernales. Tal como se decía, ella no tendría nunca perdón de Dios y vestiría de vergüenza a su madre y a toda la familia, y el barrio entero sabría de su alma cubierta de manchas, ardiendo eternamente.

La agitación del Padre Hilario cesó de pronto, un olor ácido le invadió la nariz y ahí estuvo segura de que los demonios estaban cerca, era el olor a azufre que los identificaba.

─ ¿Y? dijo el cura, soltando un suspiro vaporoso.

─ Pienso en que mi abuela le tuerza el cuello a Don Aníbal.

─ ¿Qué?, —interrogó el clérigo desconcertado.

─ Yo vi a mi abuela torcerles el cuello a las gallinas y arrancarles todas las plumas. Y pienso en que un día se lo haga a Don Aníbal. Que le tuerza el cuello y lo despelleje.

─ ¡Pero qué ocurrencias, niña! ¡Dios nos libre y guarde de tu imaginación! Debes contener esas ideas que tienes porque a la imaginación la alimenta el diablo.

─ Ahora, arrepiéntete y reza, —ordenó.

─ Sí, pero no me pasa eso del arrepentirme, —iba a responder, pero la voz del Padre Hilario soltaba palabras en latín y sacudía sus manos haciendo señales santas. Luego le impuso por penitencia, una semana sin comer dulces y rezar diez Avemarías y la despidió.

Perturbada se levantó, cabeza gacha y manos en plegaria. Un montón de pensamientos, que no podía unir, bullían en su cabeza, confundiéndola. No obstante, de algo estaba muy segura. A Don Aníbal también lo perseguía el diablo porque ese olor rancio del azufre aparecía cada vez que él la obligaba a jugar.

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