LA SANGRE NO LLAMA by Estrella Rodríguez

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Quizá las  cosas se remonten a aquel mes de diciembre en que nací. Con la nieve blanqueando el pueblo, en una medianoche iluminada por una luna llena inmensa, una joven de 18 años peleaba por su vida al mismo tiempo que traía otra al mundo: yo. Inesperada y antes de tiempo, vine a partir en dos su vida.

Unos primeros años lejos de mi pueblo, de los que recuerdo la sombría tranquilidad de un bosque de castaños y un río donde mi madre y mi tía lavaban la ropa. Mi prima y yo, mientras, confeccionábamos faldas con las hojas del castaño. Mi vida en Asturias se interrumpía para ir temporadas al pueblo con mi abuela. Muchos viajes en tren, con intercambio de niña en el andén de la Robla (León) entre mi madre y mi abuela.

La calma duró poco, algún demonio anidó en nuestra casa y las cosas se torcieron. Un día mi padre me encerró en un cuarto y oí cómo pegaba a mi madre, nunca supe con qué disculpa lo hizo. No sé si hubo alguna más entre ambas, pero sí me acuerdo de la última. Acababa de cumplir seis años, otra vez encerrada, otra vez los golpes, los gritos, el llanto de mi madre. Cuando él se fue, la vecina vino a vernos, mi madre apenas podía moverse, nos fuimos a su casa hasta que mi madre se recuperó. Ya nunca más volvimos.

Una mujer esperaba en el andén de la Robla, mi abuela. Yo caminaba de la mano de mi madre, sin ser consciente de lo que pasaba pero intuyendo el dolor. Un nuevo intercambio en una vieja estación de tren y bajo el frío de marzo nos separó y esta vez por más tiempo. Miré a mi madre sin entender y, aunque entonces no lo sabía, pasarían meses antes de volver a verla  y sería en un hospital. En la maleta mis vestidos de niña, en el corazón el duro aprendizaje de la vida, la nostalgia, el dolor de mi primera pérdida. Se había acabado una etapa y empezaba otra. Cogida de la mano de mi abuela miré como mi madre montaba de nuevo al tren. No volví a verla hasta pasados seis o siete meses.

El dolor me hacía gritar, la pierna estaba brillante e inflamada. Mi abuela intentaba calmarme pero no era posible, ni el médico del pueblo encontraba remedio a mi dolor. Con una infección en el hueso, tuvimos que recurrir a mi padre, que era quien tenía el seguro médico para poderme operar, así que un frío y húmedo día de finales de otoño ingresé en el hospital. Mi madre, emigrada en Alemania, vino para mi intervención.

En el hospital saltaron de nuevo las chispas, de nuevo enfrentados, otra vez los gritos. Me escondí bajo las sábanas, no quería oírlos. Como siempre, yo pagué la peor parte. Me vi fuera del hospital, sin seguro médico, con una herida abierta y un diagnóstico bastante desfavorable, la infección iba a ser de por vida. Mi madre se fue otra vez y yo suplanté a mi prima, de mi misma edad, para las curas de mi pierna enferma.

Mi abuela no se resignó, llamó a mil puertas hasta conseguir que en un hospital de beneficiencia de Madrid me operaran de nuevo. Esta vez sí, esta vez acertaron y, aunque la recuperación fue larga, tras varios meses de escayola me dieron el alta… MI madre seguía fuera. No la vi hasta mi Primera Comunión, más de año y medio después de mi primera intervención.

Los primeros años venía quince días cada dos años, eran otros tiempos. Y yo empecé a sentir que no tenía madre, llegó un momento en que casi me daba igual que viniera o no. Tenía algo dentro que me quemaba, quizá era dolor, seguro que era dolor, pero aprendí a disimular, a reír siempre, a que nadie notara lo que llevaba por dentro. Cubrí mi alma con una corteza dura y resistente que pensaban fuera fortaleza. A los nueve años ingresé en un internado del que solo salía en vacaciones y ésas las repartía entre la casa de mi abuela y la casa de mis tíos. Era de todos y de ninguno. Mi madre empezó  a venir todos los años en verano y estaba un mes. Pero ya se había roto algo entre nosotras, ese cordón umbilical que nos había unido se había desgajado para siempre.

La vida pasó muy rápido, me enamoré, o eso pensé, cuando era muy joven y, de repente, tanto mi abuela como mi madre se pusieron en contra mía, no lo aceptaron y ahora sí, ahora mi madre me quería hacer romper con todo y llevarme con ella a Alemania. Yo quería un hogar, mi hogar y un día en un tren, sin billete y con la ropa que me dejó una amiga, me escapé. Mi madre no vino a disuadirme, siguió con su vida lejos de mí. Y me casé, tenía 17 años.

¿Qué pasó por mi cabeza ese día? Había roto con mi pasado hasta entonces, familia, amigos, mis libros, mis estudios, mi pueblo, todo quedaba atrás. Tenía ilusión, por un lado, pero por otro, el amargo sabor de la derrota. Mi corteza cada vez era más resistente, que nadie se enterara de lo que llevaba por dentro, esa ausencia, esa soledad que me acompañaría ya para siempre.

Las cosas no fueron del todo bien, recuperé una discreta relación con mi madre al cabo del tiempo, aunque su oposición al que fue mi marido, hizo que la relación entre ellos no fuera muy fluida, lo que me ponía a mí en medio, haciendo de parapeto entre los dos. Fueron años difíciles, quería volcar en mis hijos el cariño materno que yo no había recibido pero no sé si lo hice bien o mi pasado ha pesado siempre como un lastre en mis relaciones con ellos también. Soporté muchos problemas conyugales, familiares, incluso económicos, pero los viví sola, nunca sentí que tenía una madre en quien apoyarme. Me hice dura por dentro, amable, risueña, simpática por fuera, así que todo el mundo pensaba que era fuerte, ¡qué poco me conocían!

Una corta enfermedad se llevó a mi marido y lo viví sola, sin apoyo de nadie, ni siquiera mis hijos, abrumados por la pena, me tendieron una mano. De nuevo aparenté fortaleza, aunque por dentro me estuviera rompiendo a pedazos. En aquel momento, mi madre, una mujer acostumbrada a vivir sola y manejar su vida, quiso manejar la mía y no la dejé. Desde entonces fue un tira y afloja entre ambas. Yo no le gustaba, éramos como la noche y el día, y no era capaz de admitir esa diferencia. A veces tenía palabras muy duras para mí, hasta me decía que ya quisiera ser yo una mínima parte de como era ella. Intenté comprenderla, intenté serenarme y comportarme como una hija normal, pero es que no lo era, nunca iría a confiarle mis problemas, ni mis indecisiones y mucho menos contarle mis traumas de infancia.

El pasado verano, mi madre con una salud excelente hasta entonces, empezó a sentirse mal. Siempre vivió lejos de mí, cuando volvió de Alemania, ya jubilada, no vino a vivir cerca de mí, lo hizo a más de 250 kilómetros. Por mi trabajo en el hospital le hicieron un pequeño chequeo, tenía una cardiopatía y le pusieron tratamiento. Pero, tras volver a su casa y no mejorar, se vino de nuevo a la mía. Otras pruebas detectaron una enfermedad terminal muy avanzada, con un pronóstico muy malo y a muy corto plazo. Me dediqué en cuerpo y alma a su cuidado hasta que falleció.

Ella, a pesar de su enfermedad, como se suele decir, fue “genio y figura hasta la sepultura” pero también reconoció lo que nunca había pensado de mí, que la iba a cuidar con todo el mimo e iba a darle toda la comodidad posible dentro de su enfermedad. Hasta llegó a decirme varias veces que ella no merecía que me portara así después de lo que me había hecho. A mí me daban pena sus remordimientos y no quería ni que lo dijera, me sentía avergonzada. Para mí, en ese momento era mi madre y solo me tenía a mí, yo no le iba a fallar cuando más me necesitaba.

Y ahora, en este viaje rápido al pasado, sé que mi vida ha estado influenciada por esa falta de amor, por esa soledad que duele tanto. Y siento la amargura de, quizá, no haber sabido darle todo el amor en sus últimos momentos, porque debería haberle abrazado más, haberla besado, quizá debería haberle llamado “mamá”, algo que desde niña nunca lo hice… El dolor de su pérdida en mi infancia fue tan profundo que ahogó esa palabra en mi garganta. Lo siento por mí y por ella. Porque he vivido siempre y viviré con el pesar de no sentir a mi madre como madre y eso duele profundamente.

 

 

 

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