EL HOMBRE SIN SOMBRA by Scarlet C.

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Desde la habitación de mi abuela se divisaba un inmenso árbol de mango, su dulce fruto amarillento y fibroso era un manjar en las diminutas manos de mis cinco años, pasaba horas dilucidando cómo era que de la nada crecía algo tan maravilloso, inexplicable embrujo encantando con su magia las grandes incertidumbres en la inocencia de mi primera infancia. Pasaba horas en su ventana observando la creación de lo fantástico.

Mi abuela era una mujer muy particular, la definiría desde el hoy, como la consecuencia de una vida dura y complicada, atada al fervor ciego de la religión católica y sus exigentes dogmas como alternativa. Citaba a la biblia como parte inherente de su conversación, escenario donde el infierno era destino ineludible acosando sin tregua ni perdón a los pecadores. Como yo era la única niña entre tres hermanos, la costumbre de entonces, era que debía permanecer más tiempo dentro de la casa respecto a mis hermanos quienes disfrutaban de mayor libertad en cuanto a experimentar el cielo abierto corriendo tras los colores de sus cometas.

Un día, mi abuela me abordó muy circunspecta:

-Quiero que me prestes atención, esto que voy a decirte es algo sumamente importante —dijo sacándome de mi mundo mientras clavaba sus pupilas en las mías. Escucha bien… Búscate un hombre que te represente, blanco, de buena familia, profesional  y algo muy importante ¡Qué no tenga pasado! Debes cuidar de no equivocarte porque no todos los hombres sirven y tienes que saber escoger.

Me quedé estupefacta sin entender absolutamente nada. Sus palabras emitían tanto misterio que las sentí como una invasión circulándome veloz por dentro mientras mi sangre se congelaba. La miré inmóvil sin ni siquiera parpadear, sus palabras se quedaron zumbando en el enjambre de mi diminuto pensamiento ¿Por qué tenía que buscarme un hombre? ¿Para qué? Lo de buena familia dejaba colar que existían algunas que no lo eran y en cuanto a “representarme” ¿Qué sería eso? Pero sin duda, lo peor de toda aquella sumatoria tan extraña,   fue el punto del “sin pasado”, allí su voz se deslizó con la lentitud de un gusano intentando subir una escalera ¿Sin pasado? Al parecer era lo más relevante del discurso y si bien nada tenía sentido, esa sentencia se quedó en mis pensamientos los cuales comenzaron a hilar su posible significado.

No sé cuándo fue que definí su contenido, la cuestión fue que asumí  que el hombre que debía buscarme no podía tener sombra, suponiendo que “sin pasado” indicaba “sin sombra” ¡Un magno desastre! Si ya era incomprensible la causa que me imponía semejante búsqueda, lo más impactante era el convencimiento de que jamás lo lograría ya que en mis observaciones cotidianas, todos los hombres que veía poseían sombra al menos, claro, cuando ya no había luz.

Recuerdo los pormenores que comenzaron a perturbarme, si era difícil buscarse un hombre tan específico con tan solo cinco, lo más espantoso se conformaba en la certeza de que jamás hallaría a uno. El planeta entero, al parecer, estaba poblado de hombres inservibles, perseguidos constantemente por la silueta de su penumbra. Cansada de escudriñar el círculo que me rodeaba, una tarde ensimismada observando los dorados frutos que aparecían de la nada, me convencí que el asunto consistía en saber esperar, si el enigmático árbol hacía magia, posiblemente podría procrear a ese fantástico ser con la espalda lisa y desolada de tinieblas.

Los años pasaron y ya con siete, una navidad decidí tomar las riendas del asunto, escribir al niño Dios solicitándole asistencia. Ese día hicimos el pesebre, mis padres habían invitado a unos amigos a comer en la víspera de noche buena, nos permitieron salir al jardín a jugar, mis hermanos, los niños hijos de los invitados y a mí. En ese momento propuse que aprovecháramos la oportunidad y escribiéramos una carta con los secretos de los deseos más profundos y luego, enterráramos las historias bajo el árbol de la vida ¡Les pareció genial! Escribimos poco y dibujamos mucho… Mi hermano mayor quien era el comandante supremo de toda actividad sigilosa, dirigió la operación “Agujero nocturno” y sin que ninguno de los adultos se percatara, sepultamos las creaciones a la espera del milagro.

Llegaron los regalos sorprendiéndonos con sus resplandores. Me entregaron una caja forrada del tópico papel rosado, lo rasgué con la premura que requiere necesidad de apresurar al tiempo entre los dedos, adentro, un bebé recién nacido me miraba fijamente con sus azules ojos de vidrio y su piel blanca de hule ¡Ya todo estaba resuelto! Como siempre estaba tumbado, nunca tenía sombra, la cuestión era ser paciente ¡Crecería! transformándose en el hombre sin penumbras que habría de representarme.

Los años pasaron transmutando en rebelión el tránsito revuelto de la adolescencia ¡Nos hartamos de las prohibiciones! El cosmos de la existencia se escapó de las manos de mis padres y abuelos, dejándolos vacíos de argumentos ¡Nos enfrentábamos a todo y a todos! El intenso gris que antaño era el color dominante,  dio paso al sabor de impresionantes colores atizados con faldas cortas, lenguas irreverentes y el frenesí liberador de la música.

La vida siguió corriendo, llegaron los días universitarios, no sé si era adulta todavía, pero entre libros, canciones, risas y protestas, fui conjugando nuevos verbos al calor de las revoluciones, asustando a mi familia con el comportamiento descarado de quien dice lo que piensa, nutriendo la experiencia del criterio propio. Por ese entonces, hacía mucho tiempo que había dilucidado el misterio del “hombre sin pasado”, debía ser soltero, sin hijos ni compromisos. Fue increíble descubrir cómo nos deforman el pensamiento al peso de las “buenas intenciones” finalmente, crecemos y si es cierto que nos equivocamos y lo seguimos haciendo asumiendo la responsabilidad de nuestras acciones, no dejo de puntualizar que la “educación familiar” fue y es el núcleo donde se insertan los prejuicios, el machismo, el racismo y en general, todo tipo de discriminación y absurdas categorías definiendo el bien y el mal y más.

En Psicología, los estudios han avanzado exponencialmente considerando los primeros siete años esenciales en el desarrollo de la personalidad. Freud fue el designado para destapar la olla del universo interno que nos conforma, lo hizo además,  en una coyuntura histórica muy victoriana, repleta de tanta represión a todos los niveles pero especialmente en lo sexual y hablo más específicamente del cosmos femenino. Su ingenio lo llevó a percatarse que la mayoría de las perturbaciones psicológica “femeninas” tenían su origen en el Reino de Hades, infierno dominado por el “no debes sentir” y si es que llegas a hacerlo, eres una mujer manchada, vulgar y hasta asquerosa, no obstante, la importancia de los primeros siete años es igual para ambos sexos y es insólito que todavía en el siglo XXI donde la información y los avances científicos son inabarcables dado la magnitud como ruedan por Internet, todavía se continúan transmitiendo a puerta cerrada esquemas familiares y culturales similares a los de mi abuela. Los padres “modernos” pueden presumir que están libres de toda atadura, es otro mundo ciertamente pero siguen prevaleciendo esquemas contaminantes y la prueba irrefutable es el planeta que tenemos, los psicólogos lo tienen claro ¿Los padres también? ¿Los profesores? El afán del consumismo ¿Dónde se aprende? Los trastornos alimenticios son la respuesta a qué, el bullying ¿Qué pasa con todo eso? El punto es que desconocemos cuánto bagaje nos constituye en silencio.

Retomando mi viaje a casa, nos mudamos en varias oportunidades, finalmente, culminamos en aquel edificio donde todavía vive mi madre. Allí me veo desde lejos escribiendo con mi máquina Remington, la cual lamentablemente descarté en pro de la modernidad.  El sonido de las letras retumba en mis recuerdos reconstruyendo el lento proceso que implicaba manipular aquel objeto tan precario y mecánico. Las letras seleccionadas impulsaban el movimiento del brazo de metal del cual estaban adheridas y motivadas por la presión que ejercían los dedos, se iban hundiendo sobre el papel las ideas del pensamiento, a medida que chocaban con la cinta impregnada de tinta, creando la inserción de las palabras en la hoja en blanco que paulatinamente, iba llenándose como si la hubiesen estado masticando. Esa Remington fue mi aliada, amiga y confidente. En su estandarte de metal aprendí que no existe la soledad y que desaprender y reaprender implica dolor en un proceso interminable donde nunca eliminamos todo lo que estorba, siempre queda…. Una madrugada hace tanto, me inspiré en la belleza de la luna llena colgada como una Diosa en el firmamento.

Comencé a teclear un diálogo entre “El Sol y la Luna”. Culmino mi retorno a casa con parte de aquellas remembranzas…

-¡Soy el dueño del universo! La vida depende de mí. Eres un pedazo de piedra inútil que brilla a expensas de mi intensidad ¡No eres nada!

-¿Nada? Soy todo lo que tú jamás revelarás porque estás en constante explosión de caóticas llamaradas, emerges quemando a los incautos mientras que yo, abro el portal de las tinieblas iluminando con mi esfera el agujero de sus adentros.

Scarlet C

 

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