EL VALLE by Francisco Ríos

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Aldabas portales

Se volvió hacia atrás. Buscó con los ojos el tenue resplandor de la aldea en medio de la noche. Escondida en el valle, rodeada de montañas, en medio del bosque. La vio oscura y pequeña. Como era.

Nunca había estado tan lejos. Nunca nadie había estado tan lejos. Miró a Tuk, su perro. Buscó su contacto. Junto a él como siempre. Siempre fiel, siempre alerta; sin fisuras, sin preguntas. Tembló ligeramente.

—Entonces, es verdad; te marchas —fue lo último que dijo su madre cuando salió. Y se quedó llorando en silencio junto a la puerta.

Recordaba las noches de invierno; las viejas leyendas a luz de la hoguera, recordó todas esas historias que se habían vuelto ciertas a fuerza de ser contadas; que se habían convertido en leyes a fuerza de ser creídas.

Pero no. Aspiró el olor del bosque, húmedo y áspero. Sintió el viento frío en su piel. Siguió caminando en silencio como una sombra más en medio de las sombras. Decidido. Atento. Si había desafiado a las bestias del bosque y de la montaña; si había llegado hasta allí, nada le impediría salir del valle. Sacó el puñal del cinto y lo agarró firmemente con la mano derecha.

—¡Nadie ha salido jamás! No lo desees. Ni lo sueñes siquiera; es pecado soñarlo. Sólo el valle es cierto, sólo la aldea es segura. Un espantoso destino acecha fuera, espejismos de ciudades lejanas como sueños —decían los sabios antiguos.

Pero él deseaba abandonar el valle, siempre lo había querido. Y recordó a Wolfrug, el solitario. Dijeron que lo habían devorado las bestias del bosque, pero él sabía que no era cierto; Wolfrug era amigo de los lobos, y nunca encontraron sus restos. Recordó a Thurtia y a Fergud, los locos amantes convertidos en piedra. Tampoco era cierto; esas rocas ya estaban en el bosque cuando desaparecieron.

Y ahora, él.

Ya en la cima, subió a una gran roca oscura. Desde allí, contemplo el enorme valle por última vez. Buscó la aldea, pero ni siquiera acertó a distinguirla. Por un momento, pensó que quizá sólo era un sueño. Un sueño que olvidaría nada más despertarse.

Lentamente, se volvió y miró por primera vez hacia fuera del valle. No distinguió ningún espejismo, ningún monstruo. Ni siquiera la luz de una hoguera. Sólo otro inmenso valle de árboles y sombras. La aurora comenzaba a  brillar más allá del horizonte. Cerró los ojos durante unos minutos. Escuchó el rumor del nuevo bosque. Respiró profundamente y, por primera vez en su vida, el aire le pareció fresco y fragante.

Finalmente, bajó de la gran roca oscura y, decidido, siguió adelante.

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