LA LUZ DE CERDEÑA by Estrella RF.

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Aldabas de portales

Estrella interpreta “Relatos de Viaje” a su manera. Compartimos -j re

-Estás radiante- dijo Elena

-Espera que te cuente y entenderás…

Habíamos quedado en una cafetería tras mi viaje a Cerdeña. Era uno de nuestros lugares favoritos  para encontrarnos. Con una ambientación un poco retro, luces indirectas, sus sillones de cuero y una música suave amenizando el ambiente, le hacía un sitio muy acogedor. Elena me esperaba en nuestra mesa favorita, en un rincón del local. Allí, ante dos humeantes cafés, podríamos hablar tranquilamente.

-Estoy impaciente por saber cosas de ese viaje tan maravilloso por lo que puedo leer en tus ojos.

-¡Uy sí, ha sido un viaje de los que quedan en la memoria para siempre. Espero no aburrirte…

Llegué de noche a Alghero, en la costa noroeste de Cerdeña, una pequeña ciudad encantadora donde aún mucha gente habla catalán. Recogí el coche que había alquilado y, con ayuda del navegador, llegué al pequeño hotel que tenía reservado. Estaba cansada, pues por la mañana había trabajado todavía, así que después de una buena ducha, me dormí.

A la mañana siguiente  solicité al recepcionista del hotel una guía de la ciudad. Amablemente me sugirió, si no me importaba gastar un poco más, los servicios de un pintor que ocasionalmente ejercía de guía, al parecer alguien serio, de confianza y que hablaba español.

Accedí a conocerle, le llamó y media hora más tarde estábamos hablando. Acordamos que me acompañara ese día para visitar la ciudad y luego decidiríamos para los días siguientes.

Bajamos al puerto. El cielo tenía una luz especial, el agua brillaba al sol y los palos de las velas se reflejaban en él como si fuera un espejo. Caminamos por los embarcaderos del puerto, entre lanchas y veleros. Daban tentaciones de echarse a la mar y navegar sin rumbo dejándose ir al capricho de las olas. Después recorrimos la muralla que separa el casco antiguo de los embates del mar.

Nos adentramos en el pueblo por una de las estrechas callejuelas que van desde la muralla. Calles estrechas, empedradas, construcciones medievales de una gran belleza, arcos que enlazan las casa, placitas acogedoras.

Un paseo mágico imaginando la vida en aquellos tiempos en que la ciudad perteneció al reino de Aragón allá por el año 1372.

Paolo resultó ser un guía excelente, culto y discreto. Comentaba de vez en cuando, pero sobre todo dejaba que yo fuera la que me interesara y preguntara. Me gustó.

Comimos en una terraza al lado de la muralla y me di cuenta que  Paolo es un gran conversador. Hablamos de su vida, de la mía, de proyectos, de viajes. Es una persona de mundo, ha viajado mucho y se nota, no como yo. Había estudiado Bellas Artes y fue profesor durante unos años. En unas vacaciones en Cerdeña se enamoró de la isla, dejó su trabajo y se afincó para dedicarse a lo que verdaderamente le gusta, pintar. Pero eso no da mucho dinero, así que se ofrece ocasionalmente como guía, además de las clases de dibujo que imparte.

Al caer la tarde bajamos hasta la playa para ver el atardecer. Me habían hablado de la luz mágica de Cerdeña, pude comprobarlo por mí misma. El sol fue descendiendo lentamente sobre el mar dejando un naranja espectacular en el cielo, que poco a poco fue palideciendo, convirtiéndose en gris y luego en noche cerrada. Sentados en el muro que separa la playa del paseo que la recorre, lo observamos en un silencio para no romper el embrujo del momento.

Cenamos en el puerto y después nos sentamos en la muralla mirando al mar. Había sido un día largo y tenía ganas de descansar.

-Paolo ¿te importaría seguir siendo mi guía mientras estoy aquí? Si no eres muy caro…- le dije.

-Lo haré con mucho gusto. ¿Qué planes tienes, algo concreto?

-No soy una turista al uso. Quiero ver pueblos, hablar con la gente, ver cómo viven. Por eso quiero que vengas conmigo, yo sola no me enteraría de nada.

-De acuerdo. Mañana nos vemos. Prepararé un itinerario.

Los días siguientes fueron plenos. La cueva de Neptuno, espectacular con sus altos acantilados. Recorrimos la costa noroeste, Fertilia, Stintino, Porto Torres con sus ruinas romanas, Castelsardo, un precioso pueblo medieval. Luego nos adentramos en el interior en dirección a Sassari, la capital de la región.

Paolo me llevó a pueblos perdidos donde hablaba con la gente y me traducía. Vi como hacían el queso y los embutidos sardos, me metí entre las ovejas (pécoras en italiano) paseamos por unos montes sin contaminar. Visitamos la basílica de Saccargia, románica, con un efecto de rayas blancas y negras por la piedra con la que está construida.

El último día Paolo organizó una visita a un pueblo del interior que pensó me gustaría: Orgosolo.

Después de toda la noche lloviendo amaneció el día soleado, buena temperatura y esa luz brillante del cielo sardo. Orgosolo es pueblo de pastores y campesinos, se encuentra en un valle al que llegamos por una carretera estrecha y llena de curvas, dejando a ambos lados un paisaje encantador de campiña sin contaminar.

Es una exposición pictórica permanente en sus fachadas. Innumerables murales adornan sus calles, unos satíricos, políticos, sociales y otros, simplemente artísticos. Fue en los años sesenta cuando empezó a manifestarse allí esa manera de expresión artística que se ha convertido en su seña de identidad.

Asomándose por sus portones abiertos, se descubren patios maravillosos donde, al abrigo del viento y del sol, las plantas inundan todo de frescura y verdor. Mi imaginación juega con el sueño de un encuentro furtivo entre aquellas paredes, un encuentro que se podría inmortalizar para siempre en un artístico mural. A la hora de la comida, Paolo me tenía reservada una sorpresa, íbamos a comer con los pastores de Orgosolo. Son comidas tradicionales que prepara la asociación de pastores para los turistas. Al final, todo se contamina de la fiebre turística.

No habíamos reservado pero nos hicieron hueco entre los pasajeros de un autobús que llegaba en ese momento.

Nos acomodamos en grandes piedras colocadas en círculo entre las encinas, solamente cubiertas con unas esterillas para sentarnos encima. Aunque hacía calor, las ramas de los árboles apenas dejaban pasar el sol y el ambiente era muy agradable. Una tabla como plato, un tazón de barro y un tenedor de madera… Con dos vasijas iban repartiendo agua o vino de la zona, a elegir.

Queso de cabra y salchicha sarda, pan sardo de sémola, guiso de pécora (oveja)  con patatas, muy sabroso. Y por último, entre vinito y vinito, cerdito asado, el que habíamos visto ensartado, asándose al lado del improvisado comedor de piedra. Estaba delicioso.

De postre, queso de oveja, fruta, dulce de merengue típico y por si no hubiéramos bebido suficiente vino, una copita de grappa, ¡todavía me está quemando la garganta.

Con canciones típicas de los pastores nos despidieron. Justo a tiempo, pues las nubes empezaban a cubrir el cielo amenazando lluvia cuando justamente les agradecíamos su amabilidad. Habíamos reservado habitaciones en Orgosolo, era un poco tarde para volver a Alghero que está un poco más desviado que los demás sitios que habíamos visitado.

Cenamos pronto y seguimos con nuestras animadas conversaciones. A veces le sorprendía mirándome atentamente y le decía sonriendo,

-No estarás pensando pintarme ¿no?  -Callaba y se reía. Tras siete días juntos, conocíamos bastantes cosas el uno del otro.  No tenía pareja, pues su novia de años no había querido seguirle en su aventura en Alghero, así que estaba solo, como yo.

Al día siguiente volvía a España. Era la última noche y Paolo me gustaba. Era más joven y además, hacía años que yo no tenía una relación, pero esa noche no sé qué pasó por mi cabeza…

Había dejado de llover y lucía un cielo estrellado con todo esplendor, yo creo que la grappa todavía me estaba haciendo efecto porque le dije,

-¿Por qué no subimos a la habitación y seguimos conversando? -Y accedió. Creo que notó mi nerviosismo, sabía lo que quería y no me atrevía a decirlo. Empezó a contar anécdotas divertidas para relajar la tensión y acabamos riendo a carcajadas.

-Llevas la luz de Cerdeña en la mirada- me dijo.

Estábamos sentados en la terraza de mi habitación, se me acercó, me tomó las manos y me miró a los ojos, no tuvo que decir nada, solo mirarme y asentí con la cabeza.

Fuimos a la cama y fue como una primera vez. Resultó ser un amante cálido, apasionado y sobre todo paciente. Sentí como si mi cuerpo fuera un piano donde Paolo, con su boca y sus manos, estuviera descubriendo teclas que yo no sabía ni que existían y mucho menos que sonaban. Eso es todo. Al día siguiente me acompañó al aeropuerto y aquí estoy.

-¿Y nada más?-  Dice Elena.

-La vida sigue…

-¿Ni un número de teléfono, ni una cita, nada?- insiste.

-No, el destino que nos juntó ya una vez, decidirá.

-¡Qué pena! Aunque estás radiante, pareces más joven.

-Es la luz de Cerdeña que me embriagó- le digo sonriendo.

 

 

 

 

 

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