Sin memoria ©by mabm

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Aldabas de portal

María (Mbam) en Relatos de Viaje nos plantea otra manera de acercarnos a la realidad -j re crivello

De un tiempo a esta parte Bea se sentía sola, tremendamente sola a pesar de estar rodeada de gente; pero sobre todo se sentía fuera de lugar, como si no perteneciera a ninguna parte. Y esas malditas ganas de huir… El impulso de salir corriendo era cada vez más fuerte y las ansias de desaparecer, de irse lejos, de empezar de cero cobraban cada vez más fuerza. No tenía la menor idea de adonde, solo anhelaba huir de todo y de todos, pero sin memoria. Deseaba olvidarse hasta de su propio nombre, pues sabía que nunca podría ser feliz con su pesada mochila a cuestas. Pero olvidaba que había algo de lo que no podía escapar: de sí misma y de sus demonios.

 Había escuchado cientos de veces que para vencerles, debía plantarles cara, así que ni corta ni perezosa decidió bajar a los infiernos y hacerles frente. Era el jueves anterior al Domingo de Resurrección y, en cierto modo, empezaba a vivir de nuevo. Hizo acopio de todo el valor que podían contener sus bolsillos, se enjugó sus miedos, envolvió su alma en un hatillo y comenzó su descenso. Conocía a la perfección el camino, el mismo que tantas veces había recorrido junto a su querido Dan, pero a la inversa.

 El primero al que llegó tenía más de paraíso que de infierno, era como Suiza, y había un castillo. Por un momento dudó de su propósito y barajó la posibilidad de echar raíces en aquel pintoresco lugar, si bien no tardó en retomar su objetivo inicial.

 En el segundo que pisaron sus andarines pies, fue testigo de una auténtica bacanal y en tercero, encontró la mesa puesta.

 El cuarto en el que recaló era más parecido a su mundo. Había un norte donde los excesos eran el pan de cada día y un sur donde no tenían ni pan que llevarse a la boca.

 En el quinto halló a los primos hermanos de sus iracundos demonios y un gran espejo en el que pudo verse reflejada.

 En el que hacía seis, el panorama era desolador, cuerpos sin alma yacían en fosas profanadas.

 El séptimo ocultaba un bosque de árboles de cuyas ramas colgaban grotescos cuerpos picoteados por los seres que lo habitaban. En el tronco de uno de ellos, vio su nombre tallado y su cuerpo pendiendo de una rama; salió despavorida de allí.

 A las puertas del octavo, se encontró al filo de un profundo abismo; siempre le habían dado miedo las alturas. Y en el noveno, confió su billete de vuelta a los gigantes que lo flanqueaban, que la traicionaron.

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