Ojos que mienten Awilda Castillo

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Aldabas de portales

El reloj del pasillo marca  las tres de la tarde y ella entra en la oficina de su jefe.

—Señor Farias, voy a dejar en la mesa auxiliar los reportes del crecimiento de las ventas del último trimestre. Esas son las únicas cifras que hacían falta para su presentación del próximo viernes.

—Muchas gracias Rita. No sé qué haría sin ti.

Rita da la espalda a su jefe y sonríe muy sutilmente.

—Sin mí, espero que pronto no encuentres ni siquiera como respirar —Piensa mientras sale de la oficina lentamente.

Héctor Farias, frente al monitor plano que ocupa uno de los lados de su amplio escritorio, continúa revisando la presentación que ha estado realizando los últimos días. Acaricia lentamente su corbata, mientras complacido observa cómo todo va quedando perfectamente,

Su intercomunicador suena y oye la voz de Rita nuevamente.

—Señor Farías, el nuevo plan de negocios para la nueva línea de productos está listo para que la revisemos.

—¡Wow Rita!  Vas mucho más adelantada que yo. No sé como lo haces, pero eres de gran ayuda. Muchas gracias.

—Para servirle.

Se da un silencio inusual antes de cortar y Héctor lo nota.

—¿Pasa algo Rita? Dice realmente interesado.

—Descuide señor… no pasa nada.

Y luego de colgar, Rita se mueve en su silla giratoria imaginando la cara de su jefe. Ajusta sus lentes mientras continúa con el plan que ha llevado a cabo desde su entrada a la corporación.

Preparada en negocios con master en psicología de ventas y rentabilidad, siempre quiso entrar a la Corporación Trébol, esa fue su meta desde que estaba en la universidad y solo veía a Héctor Farias en las revistas de negocios tanto física como digitalmente.

Desde esos días investigó a fondo su vida y la de su familia. Una esposa bonita, dos hijos varones adolescentes, una vida estable completamente. La mujercita siempre le pareció estúpidamente inadecuada para Héctor, pero eso era algo que ella se propuso resolver en el futuro.

Muchas limitaciones en todos los años de estudio. Humillaciones sin fín por ser “la pobretona” de la clase. En su apariencia retraída o de “cerebrito” como otras veces le decían, pudo soportar graduarse y emprender alguna que otra venganza  desde entonces.

A la chica más popular de la clase, las más deseada y que le veía con desdén desde el primer día, le dejó un recuerdo para siempre. En una tarde de entrenamiento sustrajo del bolso de Brenda su lipgloss y le agregó unas gotas de ácido del más fuerte que se usaba en la facultad para arrancar las manchas y sucios imposibles de manejar. Unas pocas gotas, dos o tres echadas con sumo cuidado en el recipiente y luego mezclarlo bien fueron suficiente. Luego de forma sigilosa logró colocar el cosmético en su lugar de origen.

Y se sentó a lo lejos a verla retocarse el maquillaje, como siempre. A los pocos minutos se inició la catástrofe. Los labios de la chica comenzaron a sangrar y literalmente se destruyeron ante los ojos de sus amigas que miraban aterradas.

Tres operaciones para insertar piel, fueron necesarias para dejar a Brenda medianamente presentable y no como una muñeca de terror.

Rita simplemente pensó: —Se lo merecía.

Y ahora cuatro años después, tenía suficiente madurez con la cual planear sus ataques con mayor precisión y con objetivos más claros

Ella se había propuesto entrar a la Corporación Trébol y no solo eso, sino estar al lado de Héctor y así había sido.

Él nunca tuvo asistente o colaborador del sexo femenino. A su lado siempre estuvo Jorge, un joven sobrino de su amigo Pablo, quien se especializó en marketing y se dedicó por completo en ayudar al “tío Héctor” en todo, desde los detalles más pequeños hasta otros de mayor relevancia

Rita hizo todo lo posible hasta que conoció a Jorge. Sabía que sitios frecuentaba cuando no estaba en la oficina y una vez por la casualidad que ella misma fabricó, tropezaron y dejó caer una carpeta contentiva de un estudio de mercado realizado recientemente en cuanto a productos que manejaba la corporación donde él trabajaba.

Como todo un caballero él se agachó a recoger la carpeta y al leer de qué se trataba, no pudo más que interesarse. Se presentó, ella le miró con esos ojos claros y tiernos que solía poner cuando quería ocultar cualquiera de sus planes. Una cosa llevó a la otra, y al poco tiempo se empezaron a frecuentar.

Rita sentía que Jorge era un hombre sin ningún atractivo, pero ella comenzó a interesarle a Jorge. Él estaba asombrado de  lo brillante que era. Tanto, que mucha de las cosas que hablaban y las ideas que ella le compartía, luego  las llevaba a la empresa y eran tomadas en cuenta. De esta manera ella fue  ganándose su confianza, y el objetivo de acercarse a la Corporación Trébol y específicamente a Héctor Farías era logrado.

Pasados los meses llegó la oportunidad de conocerle personalmente y por supuesto que Jorge la presentó con mucho orgullo y sus dotes de preparación profesional salieron a relucir. Desde ese momento, lo conveniente era sacar a Jorge del juego, y lo consiguió. Una tarde fueron de paseo y al cruzar una transitada avenida ella lo distrajo y un coche casi le atropella. No hubo impacto fuerte, pero el giro que Jorge dio para esquivar el vehículo, le hizo caer sobre la acera con su rodilla derecha, la cual se fracturó.

En consecuencia de esto, Jorge tendría  que pasar varios meses inhabilitado. Ella le acompañaba todo el tiempo y le decía que podía seguir asistiendo a su jefe desde casa y ella le llevaría a  la empresa todo lo necesario para que él estuviese bien representado. De este modo, lo que comenzó como una presencia ocasional en las oficinas de Trébol, en tan solo dos meses llegó a ser una relación laboral formal.

Aunque Dora, la esposa de Héctor Farias se negó rotundamente a que contrataran a Rita, su excelente desempeño hizo que terminara cediendo.

—Mujer, deja la paranoia -decía Héctor. Esa chica es brillante y solo será mientras Jorge regresa. Además solo basta mirarla para saber que es confiable.

—No sé, tiene algo en sus ojos que me inquieta, —insistía Dora.

—Pues serás tú la única que ve los ojos, detrás de sus lentes. Yo no me he dado cuenta de ello.

Toda esa conversación la escuchaba Rita a través de un pequeñísimo micrófono que había colocado detrás de unas de la rejillas de la calefacción, especialmente le gustaba escuchar cuando Héctor conversaba con su esposa,  y además cuando lo hacía con su socio en el extranjero con el cual hablaba sobre lo que quería hacer con la corporación.

Así ella sabía de antemano qué aporte podría hacer a su jefe casi antes de que él, se lo pidiera.

En cuanto a Jorge, no veía mejoría en su rodilla. Rita iba a verlo regularmente los primeros ocho meses y ella misma le colocaba el tratamiento, con el único detalle que la mitad del mismo eran sustituidas las ampollas de antibióticos y desinflamatorios por agua destilada. Eso había traído como resultado que la herida se infectara y los dolores continuarán, lo que dejó  a Jorge de manera  permanente inmóvil  y sin poder volver a la oficina. Al cabo de un año, ya Héctor Farias había decidido contratarla formalmente y no como su asistente como la gerente inmediata bajo su mando.

Dora se opuso rotundamente, hasta que en su aniversario anterior, Héctor que siempre olvidaba esas fechas llegó a casa apenado al darse cuenta del día y su falta de memoria. Al recibirle Dora le abrazo y beso con tanto cariño, como hacía años que no se tocaban. Y entonces ella misma le contó que Rita había estado en la tarde con ella. De manera especial había ido a entregarle un presente de aniversario de parte de su esposo, como muestra de que estaba muy al pendiente de su relación a pesar de los años.

—La tarjeta fue genial, querido. Creo que ni aún en los primeros años, me escribiste algo tan bonito. ¡Gracias! El reloj realmente me pareció maravilloso, pero el detalle de las flores fue lo que me conmovió. Realmente gracias.

Héctor, ante tantos elogios y muestras de cariño lo dejó colar, sin embargo sabía que él no había hecho nada de eso y luego al conversar con Rita, ella solo respondió ante sus preguntas:

—Sé que ha estado muy atareado en estos días, y a veces las esposas no comprenden eso. Yo quiero a un jefe que esté feliz, y si la forma de lograrlo es que todo vaya bien en casa, pues me pongo en eso también. Si hice algo indonesio, le ruego me disculpe.

—¡Para nada, Rita! Realmente me hiciste un gran favor. Creo que nunca nadie había hecho algo así por mí.

Así que en la próxima oportunidad que Dora quiso sacar a Rita del juego, Héctor solo le dio por respuesta: —Gracias a esa chica, hemos tenido momentos felices últimamente. A partir de allí, hubo como una fisura entre ellos y esas palabras de Héctor llegaron a tener un grado de reproche e inconformidad que ni él mismo sabía que lo tenía en contra de su esposa.

Estando cerca la fecha de aniversario nuevamente, el mismo Héctor le hizo el comentario a Rita: —Este año por favor, no te esmeres con Dora, ella definitivamente no aprecia las atenciones que se le hacen.

Ella le escuchó y supo que había dado resultado su estrategia. Sabía que era un proceso lento, pero al final, el terminaría dejándola.

Cuando Dora volvió a hacer un comentario sobre los ojos inquietantes de Rita, simplemente obtuvo por respuesta de su marido: —Estás loca.

 

Hoy ya pasados tres años de entrar en sus vidas, se ha convertido en indispensable para su jefe. Todo lo tiene a mano, gracias a ella y él ya sabe cuándo sus silencios empiezan a decir otra cosa.

—Rita, ven a mi oficina por favor.

—Enseguida estoy allí.

Y a los pocos minutos entraba con su tabla en mano pendiente de tomar alguna anotación o presentar algún reporte.

—Como bien sabes el viernes me toca hacer la presentación ante todos nuestros aliados internacionales y quiero agradecerte todo el apoyo que me has dado con eso.

—Estoy para servirle Señor.

—Luego de la reunión del día, como sabes habrá una recepción que por cierto tú misma te has encargado de que todo esté perfectamente, por lo cual también estoy agradecido. Entonces lo que quiero decirte es que quiero que nos acompañes tanto a la presentación, como a la recepción.

—Bueno Señor, yo voy a estar en su presentación pendiente de todo, ya sabe llevo sus cosas, cuido de que los equipos estén al punto y de la recepción claro que estaré. Alguien tiene que supervisarlo.

—Ese es el detalle Rita. En esta oportunidad, no te quiero como mi asistente o gerente de área en esta Junta, quiero que estés ahí, como una más de mis aliados. Que digo aliados, en tu caso, como mi socia. Y en cuanto a la recepción, no quiero que estés ahí cuidando que todo vaya bien, sino que estés disfrutando al igual que yo.

—Usted me quiere decir que… yo… —Rita pensaba: “ya se está cumpliendo mi plan”

—Lo que te quiero decir es que a partir de ahora, eres uno de mis socios. Claro, si tú aceptas. Así que: ¡enhorabuena!

—Ella sonrió y con mucho cuidado se acercó a  Héctor, quien se había levantado de su asiento. Le estiro la mano y al sentir que le apretaba, simplemente se acercó más, dándole un abrazo no muy efusivo, pero si lo suficiente cercano como para que el sintiera su aliento. Sus ojos se encontraron por segundos y ella se alejó de él, sintiendo que había generado una reacción en Héctor. El plan sigue su curso. Todo va bien.

El día de la presentación todo quedó regio. Ella sentada, vestida elegantemente como todo una alta ejecutiva, se sintió complacida al ver a aquel hombre haciendo exposición de lo que fue gran parte de su trabajo. El buscaba los ojos de ella en señal de aprobación, cada cierto tiempo y Rita hacia sutiles movimientos en su cabeza como manera de asentir. Todos terminaron la jornada y llegó la hora de la recepción.

Héctor había ido solo. En años anteriores llevaba a Dora, pero esta vez, ni siquiera le dijo nada.

Cuando Rita hizo su aparición, el no pudo más que observarla, sin poder quitar sus ojos de encima a cualquiera de sus movimientos.

Ella entró al salón con un vestido rojo, que resaltaba muy bien su tez pálida. Una pequeña apertura o transparencia al final del busto, el cual era recogido en una suerte de drapeado que se cruzaba en el cuello. Nada ostentoso, pero demarcaba muy bien las líneas de su cuerpo. El cabello suelto, con rizos cayendo como en cascada y sus ojos clara que resaltaban totalmente con el maquillaje que se había hecho. Ojos que ya estaban preparados para mentir, dando miradas que seducen y que pondrían a su jefe a su merced.

Héctor siempre le había visto de chaqueta y pantalones, muy sobrios, muy cubiertos, en tonos grises y tierra, con el cabello recogido en un moño y sus gafas siempre puestas.

Verla así, fue un choque muy agradable, casi que estremecedor. No podía concebir que hubiese tenido casi cuatro años a una mujer tan espectacular a su lado y que no se hubiera dado cuenta.

Lo que no sabe es que todo es  parte de la estrategia que empezaba a dar frutos, porque él ya está en sus manos.

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