Huyendo by Mel Goméz

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Aldabas de los portales

Mel Goméz nos recuerda que los relatos de viaje tienen sorpresas. -j re

Jessica estaba cansada de su madre. Su padre era un pelele que obedecía a su mujer sin protestar. Hacía varias semanas que no asistía al colegio, no le interesaban las materias, eran inútiles, una pérdida de tiempo. A los quince años sabía manejar su vida y lo iba a hacer del modo que le pareciera, sin que nadie le impidiera ir y hacer lo que le diera la gana. Se tiñó el cabello de negro, para endurecer el rostro, aunque era difícil esconder su juventud entre sus ropas y zapatos deportivos. Robó dinero a sus padres, lo suficiente para empezar una vida lejos de ellos. Echó un par de mudas en la mochila, algo para comer por el camino y se dirigió a la estación de trenes. Compró un boleto a una ciudad al otro lado del estado.

Se sentó en un banco pintado de verde a mirar a la gente pasar. Una mujer muy parecida a su madre llevaba a una niña de la mano. La hizo recordar el tiempo cuando era así de pequeñita, e iba atada a aquella mujer que ahora odiaba. Las miraba sintiendo lástima por la pequeña, por el futuro que la esperaba.

A ella también la observaban. El guardia de la estación la estudiaba con atención. Aquel rostro excesivamente maquillado, no podía corresponder a una joven adulta. Era una niña sin duda, pero no había visto ningún reporte de secuestro o de adolescente fugitiva. Luchaba entre acercarse y preguntar, pero se detuvo cuando vio a un joven que se le adelantó.

David se sentó en el banco. Fumaba.

—¿Te molesta el humo? —preguntó.

—No… ¿me puedes regalar uno de esos? —preguntó interesada en probar los cigarrillos de color marrón y largos que fumaba.

Sin mediar palabra, el muchacho sacó la cajetilla y le ofreció. Ella sacó uno. Él tomó el encendedor y la ayudó a encenderlo, cubriendo la llama del viento con la mano.

—Eres muy joven, ¿qué haces aquí sola?

—Las apariencias engañan, no soy tan joven y tampoco estoy sola.

—Hace rato que te observo, nadie está contigo.

—¿Ves al policía que está allí? Es mi padre.

Él se rio nervioso. Jessica consiguió ponerlo en duda. Volteó lentamente para mirar al oficial, quien continuaba examinando la situación. Decidió irse a otro lugar, no fuera que lo acusaran de pervertir a una menor.

Llegó el tren que esperaba. Entregó el boleto al empleado, que también tuvo dudas en admitirla, ella lo miró desafiante y la dejó pasar. Se sentó sola. Puso su mochila en el asiento que le quedaba al lado para que nadie lo ocupara. La máquina siguió su curso. Ella oteaba a las personas que estaban en el vagón. En su cabeza se hacía historias de todos.

La mujer que había visto con la niña, seguro que huía del marido. El hombre del saco y corbata, era un infeliz como su padre. Una joven guapísima, elegantemente vestida, sería la amante de su jefe, de otro modo no se tomaría tanto tiempo en arreglarse. Un viejo harapiento, bien pudiera ser un millonario escondido, harto de que le besaran el culo.

El tren se iba deteniendo y en cada estación se subían gentes extrañas. Algunos la miraban, otros la ignoraban. En algún momento se quedó dormida y despertó cuando llamaron la estación a la que se destinaba. Se limpió el hilo de baba que tenía al borde de los labios, tomó su mochila y bajó. Nunca había estado en ese lugar. Caminó unos pasos y era como si estuviera en otro sitio y otra época. Las mujeres vestían de largo, como en otro siglo. Por primera vez se sintió intimidada. Percibía que las personas se quedaban mirándola. Tenía miedo.

Se acercó a un guardia que la observó con detenimiento.

—¿De dónde vienes, niño? ¿Eres payaso?

—Ah…Eh… Sí, soy payaso —se oyó contestar con voz ronca.

—La feria está como a dos cuadras. Sales a la calle, la segunda a la izquierda.

—Muchas gracias, señor. ¿Por dónde queda el baño?

El hombre apuntó a una puerta. Jessica entró al servicio de los hombres y se miró al espejo. Su cara estaba pintada de colores alegres. Su nariz y labios de rojo y llevaba una peluca verde. Tenía ganas de orinar y cuando se bajó el pantalón… ¡era un niño! Volteó a mirar para todos lados, sorprendida. «No puede ser, estoy segura de que soy mujer, ¿cómo ha pasado esto?» —se dijo. No podía quedarse allí.

Confusa como estaba, se dio cuenta de que tenía mucha hambre y sed, demasiada. Verificó en sus bolsillos, aun le quedaba dinero. Vio al mismo policía que continuaba en la misma esquina y le preguntó dónde había un lugar para comer.

—Cerca de la feria a la que vas. Recuerda, sales a la calle, la segunda a la izquierda.

«¿Estaré haciendo un viaje al pasado, a una vida previa?», —se preguntaba, mientras caminaba por unas calles estrechas de barro, en la que solo se escuchaban los gritos de los obreros y pasaban una que otra carreta. Encontró el restaurante y entró emocionada.

—Tengo mucha hambre y sed, señor —dijo al hombre que estaba detrás del mostrador que se rio al verla —o verlo.

—¿Traes dinero, chiquillo?

—Sí —contestó sacando unos billetes del bolsillo.

El empleado la miró con sospecha.

—¿De dónde has sacado tanto dinero?

—No es tanto.

—¿Cómo que no? Esa cantidad es suficiente para vivir cinco años.

—¿Cinco años?

—¿Has estado robando?

—No, señor. Este dinero es mío —gritó y salió corriendo hacia la feria.

El hombre salió tras ella. Jessica se percató de que llamaba a los guardias y se metió por un callejón. Allí se quitó la peluca verde y la pintura de la cara. Se asomó por si alguien la seguía. No vio a nadie y caminó hacia la feria. Tenía tanta sed y hambre. Le parecía absurdo tener dinero en los bolsillos y no poder comprar nada. Se acercó a una mujer que caminaba con un niño que llevaba globos de colores.

—Señora, tengo mucha hambre y sed.

—¿Qué haces solo?

—No tengo padres. Estaba trabajando como payaso, pero me maltrataban y escape.

—Qué cosa tan terrible. Ven, vamos a casa.

A pesar de las protestas de su niño, la mujer siguió para su casa. Era una vivienda pequeña, limpia, con todo en su lugar. Le dio agua del grifo en un vaso de lata. Jessica la bebió rápidamente y pidió más. Le parecía el agua más dulce y fresca que había tomado nunca, no como las embotelladas en plástico que su madre solía comprar. La mujer encendió la estufa y puso una olla de agua a hervir.

Salió al patio y volvió con una gallina despescuezada. La metió en la olla y comenzó a sacarle las plumas. La lavó bien con agua fresca, la partió en pedazos. Peló unas papas, puso unas hierbas en otra olla y las partes de la gallina.

—Ya verás que sopa deliciosa te hago —le dijo sonriendo, pasando suavemente la mano sobre su cabeza.

Ella pensó que le habría gustado tener una madre como esa mujer. Cuando por fin estuvo la sopa, se sentó en la mesa a saborear aquel manjar. El sabor era distinto al de las que hacía su madre, delicioso. La devoró y la señora le sirvió más.

—Sí que tenías hambre, criatura. No te trataban nada bien en ese lugar.

—No, no lo hacían —dijo pensando en su familia.

Mientras hablaban se abrió la puerta y Jessica pudo ver a uno de los guardias que hablaban con el empleado del restaurante. Se levantó asustada.

—¿Qué hace este ladrón aquí? —preguntó el hombre acercándosele, amenazador.

—¿De que hablas, mi amor? —respondió la mujer.

La tomó de la chamarra mientras ella se torcía como una culebra, llorando.

—¿Qué te dijo para que lo trajeras a la casa? —reclamó.

—Tenía hambre y sed.

—Eres demasiado buena. Te ha tomado el pelo.

El guardia sacó de los bolsillos de Jessica los billetes que traía. La mujer la miró con decepción, tanta que le partía el corazón.

—Perdóneme, señora. Esto es un mal entendido que no puedo explicar.

La muchacha se las arregló para propinar una patada entre las piernas del guardia, aprovechó su debilidad para tomar el dinero y salió corriendo hacia la estación del tren. Compró un boleto con un cambio que traía y subió al primer tren que pasaba. Le parecía que este iba más rápido. En la próxima estación se detuvo.

Jessica se asomó por la ventana. Vio varios policías y a sus padres. Intentó huir, pero el empleado la detuvo. No pudo ir a ninguna parte, los policías ya estaban frente a ella. Al salir sus padres intentaron abrazarla. Ella los rechazó.

Ya en la estación de la policía, entró la mujer que le había preparado la sopa de pollo, pero vestida con ropas modernas.

—¡Señora! —dijo emocionada.

—¿Por qué te escapaste, Jessica? —preguntó sonriendo.

—Me maltratan…

—Entiendo…

La mujer la escuchó por un rato. Luego salió y pidió una ambulancia para llevar a Jessica al asilo de enfermos mentales.

 

 

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