El Camino by Diana González

Aldabas de portales

Esta semana los escritores del Taller j re crivello se internan en “Relatos de Viaje”, Diana González nos invita a leer su texto -j re

Se calzó los borcegos. Acomodó apenas  una muda de ropa en la mochila, unos apósitos especiales para llagas en los pies, el teléfono, el cargador, una bolsa de dormir, una pequeña toalla de mano, las chanclas y miró la habitación como si su despedida fuera para siempre. Comprobó su capital que evaluó escaso y se dijo a sí misma que lo lograría. Tras cerrar la puerta con llave la dejó escondida en el lugar de costumbre, de hecho su madre la encontraría. Lo cierto que ya no podía permanecer allí.

Fue a la estación de autobuses y compró un billete a Ponferrada. Ocupó su asiento del lado de la ventanilla, fijó su vista en la nada e inmediatamente se le aparecieron imágenes que se reprochaba. En qué estarían pensando cuando sucedió lo que sucedió.

Cerró los ojos apretando los párpados. Ya no había modo de ocultar nada, ni vuelta atrás.

Durante las casi once horas que duró el viaje sus pensamientos fueron desordenados.

Bajó del bus un poco mareada, fue  de las primeras en apearse,  lo breve de su equipaje le permitió abandonar la estación enseguida, y viendo las direcciones en su guía de viaje le tomó poco tiempo llegar al albergue. De las dos que quedaban libres eligió la litera al lado de la puerta.  Saldría temprano, sin molestar a nadie. Quizá podría ver el castillo Templario antes de seguir por el camino de las vieiras.

Se levantó temprano y no sin sorpresa vió que era la última, el desayunador estaba repleto de gente de todas partes del mundo, escuchó charlas en cuatro idiomas distintos, uno de ellos ni siquiera lo supo reconocer. Estaba preparando su tostada cuando un sonriente y saludable muchacho de armoniosos rasgos orientales apenas si rozó su hombro, sin embargo le pidió disculpas en inglés y sonriente y con sus manos juntas se inclinó frente a ella tres veces.

Estar entre toda esa gente que hablaba y hacía gestos tratando de comprenderse le dió ánimos, sin duda había tomado una buena decisión. Salieron casi todos juntos al camino, unos tomaron la delantera, ella siguió sus pasos. Escuchó y respondió de igual manera a su  saludo, su desafío, su consigna

—¡Buen camino!

— ¡Buen camino!

Paso uno en bici que también grito

— ¡Buen camino!

Imposible que algo no encienda en el alma y se haga eco. Algo había prendido en el corazón de aquel ser que apenas empezaba la mayoría de edad y que había cometido un error irreparable.

En una jornada de ocho horas de andar a pie uno tiene mucho tiempo para pensar y mucho por ver.

A veces los sentidos tienen más poder que el razonamiento y este  era el caso. A los costados del camino la vida florecía, se empecinaba, ocurría. Las casas cambiaban sus techos de tejas por los de pizarra, las enormes calabazas se convertían en viñedos u otros cultivos, la gente se reunía en las plazas a beber, a celebrar la vida con la mansedumbre típica de los pueblos. Luego llegar al albergue, quitar sus borcegos, lavar sus llagas con agua helada, hablar del día con todos esos extraños que alternativamente se habían transformado en sus compañeros de viaje le había ampliado el mundo, le había derribado ciertos extremismos o licencias tallados a fuerza de los buenos consejos familiares y sus propios errores.

Sabía la consecuencia de haber elegido mal a un hombre más que prohibido, y dudaba que su madre la absolviera de nada

Extendió la bolsa de dormir en la litera superior, al lado había una muchacha de más o menos su edad de largos cabellos rubios, una piel rosada y unos aguachentos ojos claros que estaba leyendo una guia. Ni se dieron cuenta como empezaron a hablar, una del continente, la otra de las islas, se dieron los nombres y llegaron a una bifurcación en la charla.

Todas las charlas tienen una bifurcación, un punto donde el camino a seguir lo decide una pregunta o una expresión que quiebra o fortalece, que une o separa, que es un mensaje o una sentencia. La del continente preguntó como al pasar si había por ahí un novio

— No. Novio no, tengo alguien a quien amo, quizá si vuelvo o me busca sigamos, por el momento yo he salido a conocer mundo y él está estudiando. ¿Y tú?

No, ella no tenía nada más que la duda de tener que afrontar una responsabilidad para la que todavía no estaba lista y la vergüenza de su traición, nada más que eso, pero solo contestó

— No, no tengo nada. —Y se dió vuelta, fingiendo sueño, cansancio, fingiendo que no tenía nada se abrazó a su vientre y cerró los ojos.

A la mañana siguiente sobre las seis dejó el albergue, la niebla cubría todo, la señalización indicaba que tenían que andar unos tres kilómetros por asfalto, luego seguir por un sendero, atravesar un bosquecillo para, finalmente, por un  viejo sendero de piedra llegar a la plaza mayor de un pueblo que parecía de cuento.

El camino no la defraudó,

Embelesaba el verde, los rojos y los negros de la umbría. Lo hizo  lentamente disfrutando  de cada paso, de cada piedra. Un pequeño puente de madera que atravesaba un arroyo, la hojarasca  y los trinos, se llenó los pulmones de niebla, sintió que todo eso y tanto estaba por ver y ser visto. Se preguntó dónde había estado antes de hoy, de este momento de este ahora.

El pelotón que habían formado se dividió en dos, a los más jóvenes les tocó caminar otros tres kilómetros hasta el próximo albergue.

Eran tres chicas y un muchacho, no hablaban pero iban a gusto. El chico que se llamaba Iván señaló el atardecer, sin decir palabra los cuatro se detuvieron y esperaron hasta que el sol desapareció en el horizonte, por suerte estaban a escasos quinientos metros del albergue. Cuando entró sintió un tirón fuerte por debajo del estómago que la obligó a doblarse, sus tres compañeros la asistieron, le cedieron la litera de abajo, cenaron todos juntos y se fueron a dormir, al día siguiente saldrían temprano, ella decidió quedarse ese día en el pueblo un par de horas más, las suficientes como para pasar por la farmacia y comprar un analgésico.

Tomó una ducha y al ver su sangre correr lloró. arrepentida, con la angustia de perder aquello que no deseamos, pero sabiendo que igual es perder. Y lloró, también, agradecida.

Lavó, secó y acomodó la muda de ropa que se había quitado y se compró un bastón, consciente que por muy joven que se sea, siempre es bueno apoyarse firme en el camino. Y un buen soporte de prudencia no nos limita, nos amplía.

Iba distraída en estos pensamientos cuando la alcanzó el grupo de  cinco que se habían quedado en el primer albergue la anterior noche.

Siguió feliz con ellos y compartiendo parte de la travesía con una campesina robusta, fuerte, que arreaba sus vacas. Ver aquella mujer, su andar, sus manos, aquella su honestidad cotidiana de camino de barro, botas de goma, e intemperie,  se le clavó como una saeta, como un dardo directo a su lado izquierdo. No no la olvidaría nunca. Le abrumó su ignorancia, su hacer pequeño de todos los días, su mezquindad para evaluar un problema.

 

Otra noche, atravesando un camposanto miró hacia arriba y sus compañeros tuvieron que instarle  a que siguiera. Ella mirando hacia las estrellas, arrobada, nueva, desconocida, con verdadero sentimiento exclamó

— ¡Nunca vi un cielo así!

Luis, un sesentón sabio que hacía el viaje con su hijo, le dijo en tono paternal

— Como tantas cosas que aún no has visto, pero sigue, ya lo miraremos desde el albergue, que todavía hay que llegar, es tarde y estamos en un camposanto molestando a sus huéspedes, no vaya a ser que se despierten de mal humor.

Todos le rieron la gracia, ella incluída y siguió caminando. Pensando en lo que le había dicho Luis sobre todo lo que aún no había visto y que todavía había que llegar.

 

En la fecha que le había indicado llamó a su madre. Después del rigor y la espesura de los saludos entre madre e hija surgió la charla más amena, con menos distancia

— Marina, te parece irte de esta manera, dejando una carta que por poco parece que vas al fin del mundo.

— No me regañes, que estoy bien. Sabes que soy un poco tremendista. Bueno, que se me juntó lo de quedar sin trabajo y un par de cosas más y me dije a mi misma que este era un viaje para pensar.

— Ay mi niña y en qué has pensado.

— Que este es un viaje para vivir.

 

Cada día le parecía de ochenta horas fabulosas, llenas de sentido, tanto veían, tanto caminaban, tanto reían, tanto se acompañaban.

 

Porque nunca estás solo en el camino, tienes que ir con cuidado y ganas, previsto y predispuesto para  que te ocurra lo que no tienes pensado, pero tienes que ir, seguir, ayudar, ser ayudado. Aprendes a hacer mucho aunque dispongas de poco. A sentirte dichoso de ver, oler, sentir.

A valorar y valorarse,

A asombrarte a ti mismo, cuando al despegar piel junto con tus medias crees que no volverás a poder caminar al día siguiente y sin embargo con los apósitos, los cuidados necesarios y una fuerza que ignoras que tienes, al día siguiente te levantas, andas y disfrutas hasta de la lluvia inclemente.  

Porque el camino que haces, te hace.  

Escribió, una noche que estaba especialmente cansada,  en la contratapa de su guía.

 

Llevaban nueve días de marcha cuando llegaron a Monte do Gozo, fueron a ver las gigantescas estatuas de los peregrinos desde las que se distinguen en el horizonte las cúpulas de Santiago. Allí parada lloró, le pediría perdón a su hermana por siempre desear todo lo que ella tenía.

En realidad lloraban todos. Estaban a nada de conseguirlo y las cúpulas les contaban del esfuerzo, de lo visto y lo vivido, de sus pasos acertados y de las veces que cayeron.

Las cúpulas lejanas hablan de todos, de nosotros, de los que vinieron antes y los que vendrán después.  

 

Tras un glorioso día de marcha llegaron a Santiago, Todo era logro, respeto, júbilo, entraron por El Pórtico de la Gloria, besaron el Santo, se sintieron limpios y bendecidos al ver el botafumeiro columpiarse magnífico, obtuvieron la Compostela sin importarles si lo habían hecho por fe o curiosidad.

Ya casi no le quedaba espacio en las contratapas de su guía.

 

Lo hicimos porque estamos vivos y somos personas que intentan, aciertan y se equivocan, porque todos tenemos un camino en el que enseñar perdonar y aprender.

 

Estaban chocando las birras cuando Iker, el hijo de Luis al ver a su padre pensativo le preguntó a voz en cuello

— ¿Y tú por qué estás tan callado, en qué piensas?

Luis mirando a los ojos de todos y cada uno, deteniéndose en los de Iker les pregunta

— ¿Y si seguimos a Finisterre?

Todos brindaron asintiendo. Entonces Marina, con una amplia sonrisa, su cerveza en alto, brindando por la vida y el fin del mundo,  agregó.

— Bueno, pero antes, tengo que avisar a mi familia y comprar una libreta.

 

 

 

 

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