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Victoria  nos invita a leer su interpretación de Chicos malos/chicas malas -j re crivello

Javier no quería salir del curro cansado para meterse en casa y cocinar, entonces iba a diario con amigos a tomar algo en bares, un día su compañero Tomás le dijo de entrar en El Tren porque había una camarera que estaba cañón.  Desde entonces Javier salía de trabajar e iba a aquel bar sólo para verla lucir el modelito del día, se sentía celoso cuando la veía atendiendo a cualquier gilipollas en la barra, pero no se le podía notar.  Era buena chica, trabajadora, iba arreglada y maquillada, era correcta con todos, pero era tan guapa que la mayoría de los clientes se le insinuaba, aunque ella era una mujer muy inteligente que sabía como quitárselos de encima sin que se molestaran. Tenía una gracia especial, y conocía como responder a cada uno callándole la boca y que se muriese de risa y de amor a la vez.  Javi era inteligente y muy listo y cuánto más la veía más se obsesionaba con conquistarla.  Ella tenía novio, pero según los comentarios era camionero y no le prestaba mucha atención así él se dispuso a agasajarla. Empezó por ir al bar de otra forma, limpio, aseado, bien peinado y vestido, unas semanas después iba a última hora para intentar coincidir con la hora del cierre, la ayudaba a recoger las mesas y sillas, le apagaba las tragaperras, pequeñas cosas que hicieron que se colara en la vida de Marta poco a poco.  En dieciocho meses se casaron y ella se fue a vivir con él.  Pero el matrimonio se le hizo insoportable, para Marta estar allí o cerca de Javi era una condena. Marta un día se armó de valor y le dijo que quería el divorcio, una vez dicha la temida frase agarró sus cosas y tal como había llegado, se fue dejando su juego de las llaves de la casa en la zapatera de la entrada.  Antes había buscado la forma de volver a su vida anterior. Un mes después de su marcha Marta salió del bar en dirección a su nuevo apartamento, pasaban de la una de una noche de invierno y la gente estaba en casa durmiendo.  La temperatura rozaba los -4º y Marta iba embutida entre el abrigo y la bufanda y los auriculares del móvil con música para acompañarla de regreso a casa y no se percató de que Javier iba por detrás a una manzana de distancia y cuando se acercó al portal él ya estaba a su lado.  Le dijo que no quería discutir, así comienzan casi todas las discusiones que se transforman en bronca, pensó Marta. Estaba cansada para temer o razonar y no vio que su casi ya exmarido llevaba una mochila.  Entraron en su casa y la conversación subió de tono, de volumen, perdieron las formas y el respeto, y en algún momento Javier se encendió un cigarro.  Marta paró de hablar y reaccionó.  Su mundo se detuvo en seco.  Vio a Javier sacar una botella y rociarla con algo y luego arrojarle la colilla, lo vio todo como a cámara lenta.

El chorro que le había lanzado le enturbiaba la vista y le cegaba, el olor le resultaba muy familiar pero con los nervios no pensaba con claridad. Y se oyó a sí misma chillando: “te maldigo por toda la eternidad te perseguiré por aquellos lugares donde te veas reflejado”. Después vio una llamarada de la que se tuvo que proteger la cara cruzando los brazos.  La ropa ardía sobre su piel haciendo ruidos terribles. Tardó en asociar aquel ruido, era el mismo de la carne crepitando en el horno y lo que olía era ella misma asándose bajo esa capa de lo que fuera que aquel hijoputa le hubiera echado.  Abrió la puerta de la terraza y gritó pidiendo ayuda, una vecina enfrente se asomó y cerró las cortinas. Marta chillaba con un desgarro en la boca que se le ahogó a medida se quemaban sus cuerdas vocales y sus pulmones también, no hubo respuestas.  Abrió la puerta de su casa a duras penas envuelta en llamas, el pomo se le escurría entre su propia grasa y bajó veintiséis escalones que había entre su puerta y la calle, caminó con pasos inciertos por un descampado e interminables calles para llegar al hospital.  Mientras caminaba sentía la carne ardiendo pero el frío de la noche era reconfortante, la ropa y el calzado empezaban a quedarse duros y cada uno de sus pasos se iba haciendo más difícil.  Pensaba que tendría el aspecto de uno de esos zombis de las series apocalípticas que tanto le gustaban y que ellos no se detenían jamás, que ella debía seguir hasta el hospital. La mujer que estaba en Admisión al ver aquella mujer que llegó casi carbonizada llegó a pensar si lo que tenía delante era producto de su imaginación o una broma de sus compañeros, pero las imaginaciones no huelen, y las bromas no olían a carne quemada.  Dio la alarma y fue atendida inmediatamente.  Finalmente, Marta falleció en 36 horas debido a su gravedad, fue un calvario en el que fue sedada con altas dosis de morfina al principio y en coma inducido las últimas horas y por más que el inspector intentó, el jefe de la unidad de quemados del hospital se negó a bajarle la medicación para que recuperase la consciencia y le diese información de quién le había hecho aquello. Los periódicos contaron la noticia y buscaban un posible autor.  Javier en esas 36 horas hizo una vida absolutamente normal y tranquila.  Cuando fue interrogado sobre el suceso que padeció Marta dijo que no tenía ni idea.  Además, él podía demostrar que estaba hablando por teléfono con un amigo en aquel momento. Fue descartado como implicado porque su geolocalización le emplazaba a más de 8 kilómetros de distancia de la casa de Marta cuando los vecinos decían que se empezaron a oír las voces.  Un par de años después con las aguas más calmadas Javier se fue, había estudiado para vigilante jurado, dejó su puesto de mecánico y había hablado con su primo Eliseo para que le enchufara en una empresa en el norte.  Pero allí tampoco se pudo refugiar de su reflejo acompañado de Marta, quemada, humeante, observándole con aquellos ojos vítreos que parecían no mirar a ningún sitio y sin embargo pensaba que le miraban fijamente a él.  Si acaso se iba de pesca, en la superficie del agua estaba ella.  Si caminaba por los bosques al atravesar un charco aparecía ella. Pasaron los años y se creía libre porque el crimen había prescrito, pero los nervios le jugaban malas pasadas, era incapaz de dormir, descansar, era inestable, su carácter era irascible, era incapaz de tratar con la gente.  No quería vivir en sociedad por miedo a que los demás vieran cómo eran sus episodios de pánico en los que su mente le jugaba malas pasadas de reencuentros con Marta y alquiló un caserío en mitad de la nada y rodeado de bosque, lejos de todo.  Las horas que tenía libres de su trabajo como vigilante las pasaba recolectando leña por el bosque, en primavera, verano y otoño, era algo que había acordado con algunos propietarios, todas las partes salían beneficiadas, los bosques quedaban limpios y él tenía leña gratis, los dueños de los bosques no tenían que contratar cuadrillas de limpieza, todos contentos. Una noche, a mitad del invierno, cuando más crudo era el frío en las noches antes del amanecer una pequeña brizna de la lumbre salto de la chimenea y fue a parar fuera de ella. La brasa prendió en una alfombra que tenía en el salón. Había luna llena y la claridad se colaba por las ventanas, Javi estaba muy cansado porque aprovechaba los días libres para cazar y pescar pese al frío y con tanto trasiego subiendo y bajando del monte se había olvidado de que era el aniversario de la muerte de Marta. Cuando el sueño y el cansancio quisieron soltarle, el fuego devoraba ya la cabaña, él apenas regía, sus pulmones estaban demasiado sofocados por el humo, humo negro que no le permitía ver. Al salir de la somnolencia descubrió que la casa ardía en llamas. Aterrorizado quiso bajar a ciegas por las escaleras tanteando la pared por veintiséis escalones que le separaban del rellano que daba paso al recibidor de la cabaña y de ahí al prado en el que aparcaba su 4×4, casi desfalleció mareado un par de veces por el humo antes de alcanzar la entrada de su casa. Allí tuvo la tentación de mirar atrás a la que había sido su casa, aunque no la hubiera sentido como hogar ya que él solamente había tenido un hogar, y cuando se giró la figura de Marta emergió de entre las llamas para abrazarlo rugiendo: – Llevo mucho tiempo aguardándote entre los reflejos para abrazarte, esperando para llevarte al infierno y que te quemes para siempre como tú me quemaste a mí alma perversa.