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Abrió la boca. El gesto, estudiado largas horas frente al espejo, salió perfecto. Así lo sintió en el cuerpo. Recordó las lecciones del viejo profesor de tenis quien, acuciado por la nostalgia, compartía sus recuerdos: «con las raquetas de madera sabías en el preciso instante en que el encordado tocaba la bocha si el golpe era perfecto… o no». La reflexión venía al caso. Su mente quedó en suspenso unos segundos. Visto con los ojos de un director de cine o de teatro, esa pausa agregó profundidad a la escena. Los labios, apenas separados, se detuvieron en una sonrisa. Dos hileras de dientes blanquísimos y perfectamente alineados justificaban la inversión en odontólogos y aparatos.

Sostuvo la expresión mientras giraba la cabeza hacia uno y otro lado. Debía lucir sus atributos en partes iguales sin mezquinar dedicación hacia algún sector de la audiencia. Las horas de práctica —su voz interior repetía coaching, traduciendo en simultáneo— rendían sus frutos. Todos sus movimientos fluían, parecían naturales. Repartió el peso del cuerpo entre ambas piernas, separándolas levemente, las rodillas un poco flexionadas para no trasladar rigidez al resto del cuerpo. Cada mano aferraba un borde del atril. No había tensión en la acción, sólo un modo sutil de transmitir propiedad sobre el objeto y, a la vez, una cierta familiaridad.

Una vez más recorrió con la mirada el salón colmado, como bendiciendo a sus seguidores. El público iba en aumento reunión tras reunión. Hipnotizados con su presencia, súbitamente cautivados, el silencio comenzó a propagarse como un manto.  Se recordó parpadear cada tanto. Mantener fija la mirada lo hacía lucir intimidante a la vez que reflejaba una cierta desconexión emocional. En realidad, nunca hubo conexión. Esa era su secreto mejor guardado. Cuando la serie Dexter estaba en su apogeo pensó —jamás sintió— que lo descubrirían. Elaboraba estrategias para eludir el presunto peligro. Falsa alarma. Si pudiese experimentar emociones a la cabeza iría la omnipotencia. Y, si calificase como emoción, la soberbia seguiría en el ranking. Pero no. Era profusamente encantador. Quiso compararse con el flautista de Hamelin, una vez. Sus asesores se lo prohibieron. Hicieron bien. Les pagaba para cuidar sus espaldas —y las delanteras de las ellas que lo acechaban—. Era la clase de prevenciones que necesitaba. Alguien debía advertir, en su lugar, que a sus fans no les gustaría ser comparados con ratas.  En todo esto pensaba mientras declamaba su discurso de verba florida aunque no tanto. Hablaba sencillo para que lo entienda el vulgo. Ya lo decía el Señor, cita textual de sus apóstoles escribas, «dejad que los niños vengan a mí». Él parafraseaba fingiéndose profeta.

Habló mirándolos a los ojos, logrando un cautivador efecto de encantamiento. No debía extenderse más de veinte minutos, el tiempo suficiente para transmitir el mensaje sin fastidiar. Hizo lo que se esperaba de todo buen político, un resumen de promesas y algo, una pizca, de sacrificios:

«Compañeros, la única salvación posible es colectiva.

Nos uniremos en sacrificios y beneficios.

Toda comunidad debe compadecerse de sus miembros más débiles: ancianos, niños, desposeídos. Pediremos un esfuerzo mayor a quienes más tienen.

Eximiremos de contribuciones a los necesitados.

Nuestra vida toda debe ser ejemplo e inspiración para nuestros hermanos.

Es mi deseo que los sagrados preceptos se cumplan: vivienda, salud, educación y alimento para todos. »

Su pasado de pastor evangélico lo traicionaba. Estaba acostumbrado a prometer el Cielo, similar a sus promesas actuales. Transportado por la magia de la actuación colocaba en un futuro impreciso los resultados que presagiaba. La gente deseaba ser engañada. Eso le decían. A él…, a él no le importaba. Bondad y maldad eran sólo palabras. Se dirigía a esa amplia mayoría que pensaba que quien era rico no robaba. ¿Quién creería que él, un representante de Dios, les mentiría descaradamente para obtener votos?