Papeles Privados: Generaciones by Melba Gómez

152e92a9b24d2aaeea053f4aa9557264

Regino Leandry tenía cuarenta años cuando se quedó viudo. Alto, delgado, de ojos verdes y cabello oscuro, se daba cuenta de su impactante físico y de que tenía en sus manos la fortuna de su finada esposa, lo que le hacía el viudo más codiciado en el Mayagüez de 1925. Siempre vestido de punta en blanco: pantalón caqui, camisa blanca de manga larga —inmaculadamente planchados—, sombrero panameño y zapatos blancos, su fama de bailador llegaba desde la isla de Puerto Rico hasta la República Dominicana. Tan pronto enviudó, llevó a su casa a una chiquilla de catorce años, para que le cuidara a los hijos y se hiciera cargo de la casa. La pobre muchacha hacía malabares, pues el patrón apenas dejaba para el mandado y los niños casi morían de hambre.

Con indiferencia miraba a las seis criaturas que su pobre mujer le había parido y pronto se dedicó a dilapidar el caudal que en derecho pertenecía a sus hijos. Su mujer había heredado parte de la hacienda de su padre, dinero y otras propiedades, por lo que todo debía pasar directamente a sus hijos, pero Regino se las ingenió para comprar la conciencia de un abogado corrupto, que por unos buenos reales consiguió que le dejaran la tutoría de los bienes de los menores.

María Marta, falleció de un cáncer uterino en la más absoluta soledad de un cuarto de hospital. Los niños eran muy jóvenes y la madre quiso evitar que la vieran en sus últimos días. Su figura estaba consumida por el peso perdido, las ojeras y el dolor intenso que sufría. Se preguntaba qué había hecho para tener este final tan horrendo. Rogaba porque le llegara pronto la muerte, pero esta llegó muy lenta. Aurelio, el tercero de los hijos se las ingeniaba para visitarla, pero una y otra vez ella le pedía que se fuera. Llegó a pensar que su madre no lo amaba, pero pronto se dio cuenta de que cuando salía de la habitación, los gritos desesperados de su madre retumbaban por las paredes del hospital. El láudano no era suficiente para dejar de sentir como se corrompían sus entrañas, apenas la mareaba, pero no dejaba de sufrir.

El velorio se llevó a cabo en la hacienda de la familia. Los tíos de los niños estaban preocupados por el futuro de sus sobrinos en manos de aquel bonitillo bueno para nada, pero qué podían hacer. El padre odiaba a la parentela de su esposa y haría lo que fuera por mantener a los hijos bajo su tutela. Uno a uno los niños pasaron y colocaron una rosa sobre el féretro de la madre. Aurelio estaba destrozado, corrió rabioso al ver a las personas reírse, comer galletas y tomar chocolate caliente con queso, como si no pasara nada. Cuando vio sacar el ataúd, cargado por los amigos de su padre, se sentó de espaldas a llorar amargamente. Quería ir tras ella, decirle cuánto la amaba, rogarle por un último beso.

Aurelio tenía doce años cuando su madre falleció y poco después enfermó por —según el médico—, mala alimentación. En esa época ningún doctor diagnosticaba un corazón roto. Él jovencito había heredado la belleza física de su padre, pero a diferencia de este era de buenos sentimientos. Las monjitas del colegio le daban de comer, pero no fue suficiente para sanarle por dentro. Viendo que empeoraba la Madre Superiora pidió permiso a Regino para llevar Aurelio a un campamento de verano. El padre autorizó de mala gana y en el verano partió hacia un campamento en las montañas en donde con buena nutrición y juegos con otros niños, recuperó la salud. Cuando regresó, su padre se había amancebado con la doméstica —apenas una niña—, que ya exhibía un abultado estómago.

Aurelio se ocupaba de sus hermanos pequeños, sobre todo de Luz, la menor. Limpiaba la casa y cocinaba porque a la mujer de su padre no le sentaba bien el embarazo. Casi eran de la misma edad y él era considerado con ella. Las cosas no estaban bien en este hogar. Su hermano mayor Rafael se había llevado a una de sus hermanas para Nueva York. Había pasado algo terrible en el seno de esta familia, una aberración imperdonable. Regino intentó abusar sexualmente de su hija María.

—¡No, papá! ¡Por favor, no! —el grito de la muchacha se ahogó cuando su padre le tapó la boca. La muchacha intentaba defenderse, pero el hombre era mucho más fuerte que ella, ella luchaba sin tregua por evitar esta perversión.

Rafael se dio cuenta, corrió a la habitación y se enfrentó a su padre. Él y Regino se dieron de golpes y el pervertido terminó tirado por el suelo. Por supuesto, no iba a dejar a su hermana a merced del progenitor y se la llevó a la casa de su «amiga», una mujer mayor que le había introducido en las artes del sexo. Segura de que Regino lo buscaría para matarlo, la mujer lo escondió hasta que le sacó dos boletos en el SS Borinquén, para embarcarlos lo antes posible. Aurelio se despidió de sus hermanos con inmenso dolor, otra pérdida irreparable en tan poco tiempo.

Regino estaba furioso por la afrenta de sus hijos. El gran macho se desquitaba con los que aun estaban en casa y su preñada mujer. Salía en las mañanas y cuando regresaba si no le gustaba lo que ella había cocinado, lo tiraba.

Se levantaba de la mesa, dejando a todos temblando, temiendo ser objeto de su furia. Después pedía a gritos ropa limpia y planchada para irse de parranda con prostitutas por varios días. El día que su manceba se puso de parto, estaba sola con Aurelio y los niños. El muchacho lo buscó por todo Mayagüez y le dijeron que Regino se había ido a la República Dominicana. Preocupado regresó y encontró a la partera con un niño muy bonito en brazos. Preguntó por su madrastra, y la comadrona le informó que la mujer era joven y fuerte y que estaría bien. El muchacho sonrió, pero le angustiaba saber que había una boca más que alimentar y su padre no estaba por ninguna parte donde le pudiera localizar. Cuando regresó Regino, miró al chiquito un segundo y se fue ufano con sus compadres a beber para celebrar el nacimiento de la criatura. Poco tiempo después, la mujer volvía a estar en estado.

La rabia de Aurelio en contra de su padre crecía con los años. Rafael y María se habían ido y sus hermanitos estaban pasando hambre cuando él sabía que su madre les había dejado medios suficientes para vivir bien. Al verse en bancarrota, Regino decidió vender la casa de Mayagüez y se mudó a un barrio de San Juan. Aurelio pensó que era tiempo de partir a Nueva York a buscar mejor fortuna. Su vida estaba estancada en la isla. Ya sus hermanos habían crecido y podían defenderse. Dejando a sus hermanas a cargo del hermano menor, se fue.

En Nueva York se encontró con su que su hermano se había vuelto alcohólico y andaba por las calles sin hogar. Su hermana vivía esclava de otro macho como su padre. Aurelio le suplicó que no se dejara maltratar, pero ella le contestaba que era su lugar con su marido. Tiempo después, estando embarazada, en una discusión el marido la tiró por las escaleras. La pobre María murió de parto.

Aurelio y Rafael regresaron a la isla acompañando el féretro de su hermana. A pesar de las súplicas de sus hermanos, Rafael regresó a Nueva York. Aurelio se quedó. Su prima había enviudado y como siempre se había sentido atraído a ella, decidió cortejarla. Pronto ella aceptó los acercamientos amorosos de Aurelio y se casaron. Regino nunca estuvo de acuerdo con esa unión.

Aurelio se rehusaba a abandonar la casa familiar a donde llevó a vivir a su esposa. Pronto se dio cuenta de que fue un error vivir con su padre. Tenían discusiones a diario porque Regino quería seguir tratándolo como un niño y él resentía que su padre había dilapidado la fortuna de su madre y que ahora solo les quedaba aquella humilde casa. La mujer de su padre y la suya se hallaban incómodas bajo el mismo techo, porque cada una reclamaba su lugar y las grescas diarias se escuchaban por todo el vecindario.  Aurelio no pudo más con la situación y buscó una humilde casita para recibir a su primer hijo en paz.

La mujer de Aurelio parió tres hijos corridos. Él estaba sin trabajo después de la II Guerra Mundial. El matrimonio con su prima estaba en crisis y la separación era inminente. Por un golpe de suerte consiguió empleo. Tal vez ahora las cosas iban a arreglarse en el hogar, pero no fue así. Su mujer le exigía cosas que él no podía darle. Molesto empezó a salir con sus amigos a beber y llegaba tarde, hasta que ella se hartó y lo echó de la casa. Él le dejó la casa en el divorcio y regresó a vivir con su padre.

Regino ya estaba viejo y quebrado. Para sostenerse había abierto una dulcería y una zapatería en un puesto al lado de la casa. Aurelio iba y volvía del trabajo sin detenerse a cuidar de su propia vida. Se había prometido que a sus hijos no les faltaría nada. Iba semanalmente a donde su ex mujer, le llevaba dinero y le arreglaba cualquier cosa que ella necesitara. No podía olvidar que también era su prima, con la que se había criado desde chico. Vio a sus hermanas menores casarse y las vio sufrir, tanto o más que su madre o su hermana María.

Un día la vio a ella. Era casi una niña, inocente, risueña, alegre. La vio pasar con otra joven que pensó era su hermana por el parecido. Pero a él, «ella», se le hacía más bonita. Aurelio se subía en el techo de la casa y le tiraba dulces. Ella miraba para todos lados a ver de dónde le caían los bombones, pero no veía a nadie. Juguetonas como eran, las dos se pusieron de acuerdo para investigar quién era. Una mañana Rosa, quien era objeto del amor de Aurelio, pasó sola. Él, que estaba escondido en el techo, lanzó los acostumbrados caramelos cuando la vio pasar. Lara, que se había quedado oculta tras un árbol lo vio.

—¡Rosa, lo vi! —gritó entusiasmada—. ¡Está arriba, en el techo de la casa!

Aurelio —al ser descubierto—, se revolcó en el techo de la casa. Luego se asomó y con una tímida sonrisa les dijo adiós con la mano. Al siguiente día, las esperó frente a la tienda. Cuando lo vieron, las chicas se rieron nerviosas. Él era mucho mayor que ellas, pero era guapo y sus ojos verdes alumbraban todo su rostro. De inmediato mostró su preferencia por Rosa. A Lara no le importó pues ella ya tenía visto a un muchacho en el barrio.

A Aurelio se le hizo fácil ganar el amor de Rosa. Lo que fue difícil para ella fue aceptar que era divorciado y que tenía tres hijos que mantener. No casarse por la iglesia, vestida de novia, fue una desilusión muy grande, pero ella estaba dispuesta a renunciar a todo por el amor que le tenía. Su padre no iba a aceptarlo. Estaba segura. Pero ella ya tenía veinte años y pronto sería mayor de edad. Habló con su hermana mayor para que le hiciera un vestido corto, blanco, con calados y cintas rosadas. Salió una mañana sin decirle a nadie, ni siquiera a sus hermanas, que iba a casarse. Aurelio la esperaba frente a la corte y se presentaron ante el juez.

—Rosa, usted no es mayor de edad —dijo el magistrado—. Pero estoy seguro que si no los caso, igual se va a ir con él. Procedamos…

Perdiéndose en aquellos ojos verdes y agarrados de las manos, Rosa y Aurelio repitieron sus votos. Después del matrimonio, ella regresó a su casa, como si nada hubiera pasado. Soñando con el día en que Aurelio la buscaría.

Una semana más tarde, Aurelio tocó la puerta de la casa de sus suegros, llevando en sus manos la certificación de su matrimonio y reclamando a su mujer.

Las hermanas de Rosa no podían creer que se hubiera atrevido a tanto, pero así era ella, osada y atrevida. El padre de ella enfurecido la llamó y le dijo que no quería saber nunca más de ella. Su madre la abrazó y la besó dulcemente.

—Se le va a pasar, ya verás —le aseguró.

Y se le pasó. Rosa tuvo dos hijas, la menor era la luz de los ojos de Aurelio, de Regino y de su abuelo materno.

 

Anuncios

5 Comments

  1. Has retratado una vida pasada que aún hoy día se sigue dando, en menor medida, pero hay cosas que no cambiaran nunca, y lo poco que cambia es por que las leyes son más duras que antes y hay cosas que ya no se permiten, pero se siguen dando.

    Le gusta a 1 persona

    1. Así es, pero seguimos luchando por la igualdad de la mujer, para que no sigan siendo vistas como objetos, para que se les respete. Este mundo debe ser mejor para mis nietas. Gracias por tu comentario, siempre bienvenido. Un beso, Antonio.

      Le gusta a 2 personas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s