La prótesis by Mel Goméz

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Bruce gilden Fotografía de la calle

Stephen perdió un brazo en una carrera de autos ilegal. El joven fue atendido en el mejor hospital de la ciudad. Siempre había tenido lo mejor y en esta ocasión no iba a ser diferente. Luego de intentar salvar el brazo infructuosamente, el doctor habló con los padres para informarles los resultados de la intervención. Sin embargo, las esperanzas de que el muchacho pudiera tener una vida normal no estaban perdidas. Recientemente se había aprobado por la agencia de salud un nuevo equipo prostético cuyas funciones eran iguales a las del brazo humano.

—Su hijo ni va a darse cuenta de que lo lleva puesto —indicó el galeno—, puede hacer cualquier cosa que hacía cuando tenía su brazo.

—¿Qué hay que hacer? —preguntó el padre—. El dinero no es problema.

—Solo tenemos que tomar las medidas del otro brazo y tan pronto tengamos la prótesis programamos la cirugía para instalarla.

En eso quedaron los padres con el médico, pagando por supuesto, un adelanto del costo total del aparato.

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En el otro lado de la ciudad Devon tuvo un accidente en su bicicleta. El joven afroamericano fue atendido en el hospital público y el médico —que apenas podía con la cantidad de pacientes a su cargo—, hizo lo que pudo. El muchacho tendría que continuar su vida con un solo brazo y aprender a valerse por sí mismo. Él estaba acostumbrado a que su existencia jamás sería fácil. Era hijo de madre soltera quien se rompía la espalda —literalmente—, en casas de familia, limpiando, cocinando y haciendo lo necesario para sostener a su hijo. Ella le había enseñado a no perder la esperanza ante la adversidad y eso iba a hacer.

Devon aprendió muy pronto a escribir con la otra mano, pues el brazo que perdió era el diestro. Salía con sus amigos a hacer deporte y hasta jugaba baloncesto con su único brazo. Sus profesores frecuentemente lo utilizaban como ejemplo a seguir por su espíritu resiliente y deseos de seguir adelante. Él vivía contento con la vida, pues sabía que pudo haber perecido en aquel horrible accidente y Dios le había dado la oportunidad de sobrevivir. Soñaba con una carrera en la que pudiera ayudar a personas discapacitadas como él y pronto consiguió una beca para sus estudios universitarios.

 

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La prótesis tardó un poco pero finalmente avisaron que estaba preparada. Los padres de Stephen lo ingresaron en el hospital en la fecha y la hora indicada. Hicieron las pruebas de laboratorio de rutina y enseguida lo llevaron a la sala de cirugías. La operación duró catorce interminables horas. Impacientes esperaban a que saliera el médico para que les diera lo detalles de cómo había salido su hijo.

—La operación ha sido un éxito —. Ahora estará dos horas en recuperación y luego podrán verlo.

Dicho esto, desapareció por uno de los blancos pasillos del hospital. Con poca paciencia se sentaron a esperar el tiempo de recuperación. Tan pronto transcurrió, el padre se acercó a la enfermera y exigió que lo dejaran entrar. Ella le pidió que esperara un momento para estar segura que todo estaba bien. Entró y salió enseguida.

—Pasen —digo señalándoles la entrada—. Su hijo va a estar muy bien.

Cuando entraron al cuarto, Stephen todavía dormía. Los padres se acercaron y la madre intuitivamente se acercó para mirar el brazo que le habían instalado. Cuando lo vio con horror se percató de que el brazo era negro.

—Pero ¿qué es esto? ¿Una burla?

—¿Qué pasa, señora? —preguntó la enfermera.

—No entiendo… ¿Por qué el brazo de mi hijo es negro?

—El donante era afroamericano.

—Pero ¿no era una prótesis lo que le iban a poner?

—Es una prótesis, señora. Toman la extremidad del donante y la tratan con químicos para evitar el proceso de putrefacción. Siendo un brazo humano, tiene todo el mecanismo óseo y muscular y lo hacen funcionar por medio de pequeñas descargas eléctricas que vienen desde el cerebro hasta el brazo —explicó la practicante.

—No hay forma de pintar el brazo para que sea blanco como el otro.

—No, señora. Todo depende de la raza del donante.

Poco después Stephen despertó. Cuando movió su brazo —que ya estaba funcionando—, comenzó a gritar despavorido. El personal médico corrió a la habitación para saber qué pasaba. Le aplicaron un calmante.

—No queremos ese brazo —arguyó el padre.

—Señor, sabe cuánto tiempo están las personas esperando por donantes. Meses y hasta años. Usted consiguió uno de la medida exacta…

—Sí, pero es negro.

—Es totalmente funcional. Su hijo puede usar este brazo igual que el suyo.

—No, no es igual. Quisiéramos pedirle que le arranque esa prótesis de inmediato.

En la sala de operaciones el personal comentaba sobre la ignorancia de esta familia.

—Con lo difícil que es conseguir un donante… —decía el médico contrariado.

—Doctor, ¿qué vamos a hacer con esta prótesis ahora?

—Ya está usada, tenemos que donarla al hospital público.

Stephen se sumió en una profunda depresión. No hallaba motivación para vivir. Sentía que su vida había acabado con la pérdida de su brazo. Se miraba en el espejo con asco, desalentado. Su porte de galán de novela había desaparecido. Seguro que ninguna de sus «amigas» querría nada con un inútil como él, pensaba. Escondido en su habitación comenzó a alcoholizarse, ya no era ni la sombra del joven que fue. Se apartó de sus amigos e intentó suicidarse.  Desesperanzados, sus padres lo ingresaron en un centro de rehabilitación, convencidos de que no iban a sobrevivir esta prueba que les había puesto el destino. Ni siquiera se daban cuenta de que sus prejuicios los habían llevado a esta situación.

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Una semana más tarde Devon salía del hospital, dichoso y agradecido de tener una nueva prótesis.

 

 

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