La oportunidad By Nico Pittaro

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El sol se desvanecía con lentitud y los últimos rayos de luz caían perpendicularmente por la ventana sobre el bar en esquina San Martín. Afuera, sobre la avenida, las golondrinas eliminaban sus excrementos e infectaban la vereda que alguna vez supo ser blanca y ahora está amarronada casi verdosa, como si el efecto de aquellas heces poco a poco la iba descomponiendo, pudriéndose junto al paisaje urbano. Las luces de los negocios de manera intermitente trasmitían cierta melancolía que saben tener los pueblos del interior mientras el aire, denso y amarillo, se mezclaba con la humedad en un cóctel pesado y perturbador.

La realidad parecía desintegrarse poco a poco y el bar era una especie de burbuja temporal que guarecía de esa triste intemperie a pobres almas de viejos y jóvenes fracasados que aparentaban hundirse cada vez más en esa atmósfera de tabaco, sudor y alcohol.

La puerta de entrada al bar era de un vidrio grueso y fastidioso donde se avistaba desde el interior quien iba ser el  próximo cuerpo condenado que iba a ingresar. Justo a la derecha de la puerta, un gran televisor arruinado por el paso del tiempo trasmitía la pelea del Campeonato Mundial de Box, título que alguna vez supo ganar con orgullo y talento el recordado Monzón.

A la izquierda, el cantinero vigilaba,  con su mirada de águila calva  a los viejos que en mesas cuadradas se  esparcían por aquel recinto, repleto de humedad y pestilencia, mientras, el aroma a café de máquina se mezclaba armoniosamente con el tufo que emanaban los whiskies y con el aroma a orín que se despedía de los baños. Al fondo, confundidos por la humareda que exhalaban los cigarrillos, una pareja de viejos cansinos discutían sobre política partidaria y actualidad.

En la esquina, tirado contra la ventana central se encontraba Tulio. Tenía un aspecto joven pero demacrado. La vida había sido dura con él, ya que el fracaso lo había acompañado hacía ya varios años, por no decir desde su nacimiento. Se sentía en soledad, en una fría soledad existencial y sin embargo pensaba. Recordó que alguna vez tuvo una infancia feliz, pero enseguida volvía para ahogarse en una angustia visceral que parecía consumirlo poco a poco.

En ese momento de amargura, sintió la garganta seca y arenosa de tanta desazón. Pidió un whisky y en seguida en un solo trago y sin vacilaciones se lo tomó hasta ver el fondo traslúcido del vaso. Agachó nuevamente la cabeza para ser consumido finalmente por su dolorosa pena y enseguida la oscuridad lo acobijó.

Aquella muchacha lo había herido casi de muerte, pero el ya no podía hacer nada. Más que agonizar, esperar que el verdugo venga y lo ensarte de un hachazo formidable. Si, de un buen hachazo que de una vez por todas termine con su inútil vida, con su miserable vida. Tulio comenzó a pensar en cual de todas las maneras existentes en la tierra sería la apropiada para morir de manera efectiva. La horca, el consumo indiscriminado de barbitúricos recetado por el médico de cabecera, un tiro en la boca que le haría estallar los sesos o tirarse de aquel piso en construcción sobre la calle Uruguay. Sin embargo, ninguna opción parecía la apropiada para lanzarse a la muerte, para conocer la tiesa y fría mano de la oscura muerte.

En ese momento, levantó la vista y vio que el mozo estaba a dos mesas. Alzando la mano llamó al mozo y pidió otra medida de whisky que no tardó en llegar y en consumirse de la misma manera que el trago primero. Volvió acurrucarse en sí mismo mientras el televisor seguía trasmitiendo la pelea y la atmósfera continuaba con su densidad inexplicable.

La corbata lo agobiaba aún más y no le dejaba respirar cómodamente. Se desabrochó el primer botón de su curtida camisa blanca y empezó a sentir como el aire contaminado ingresaba por sus narinas hacia el interior de su escuálido cuerpo.

En ese instante, un aroma a perfume de jazmín se podía percibir desde lejos y se colaba lentamente por los ventanales del bar.  Esa dulce fragancia comenzó a penetrar rápidamente por el cuerpo de Tulio hasta el punto tal de dejarlo estupefacto, inerte ante tal perfume celestial y armónico.  El cuerpo de Tulio comenzó a cambiar de postura. Aquella frágil figura se dejaba llevar por las oleadas de perfume a jazmín que continuaban entrando de manera tal que lo envolvían, lo atrapaban como atrapa una telaraña a esa mosca que luego será el alimento de una negra y horripilante araña.

Tulio se dejaba llevar. Conocía esa fragancia y cada vez quería más, quería ser condenado a perpetua a oler ese aroma. En ese momento, alzó la vista y en seguida una forma femenina que no supo distinguir con claridad se adentró al bar y se sentó justo al frente de Tulio, mirándolo fijamente a los ojos, a su cadavérica cara que se evaporaba a cada minuto, a cada instante.

Aquella atmósfera de humo y alcohol se iba esparciendo  y posibilitaba de a poco revelar aquel rostro femenino que continuaba exhalando jazmines y demás aromas de jardín. Cuando Tulio pudo concentrarse en sí mismo y observar fijamente aquel rostro virginal no pudo creer lo que estaba sucediendo. Aquel rostro perfumado era ella, solo ella.

En un instante de vacilación Tulio sintió que el universo se confabulaba para brindarle a su mísera vida la oportunidad de encontrar un camino de luz, un sendero de esperanza ante tanta crueldad y tormenta.

El rostro de ella permanecía inmóvil, mirándolo fijamente a Tulio esperando que la oportunidad no se dilapide. Ella tenía el cabello suelto y hermoso que a cada leve movimiento producido por la brisa del débil viento que se colaba por la ventana la hacía cada vez más imposible. Sus ojos verdes humedecidos por la emoción al verlo de nuevo no paraban de despedir una luminosidad que sólo conocen los ángeles.

Tulio no encontraba palabra ante tanta emoción y sensación que aquel momento le generaba. Sin embargo, él no paraba de mirarla en su plenitud, de mirar sus ojos humedecidos, de mirar sus débiles mejillas coloradas y de mirar su boca. Esa boca que tantas veces había tocado, empapado en besos con sus labios en un contacto intenso de pasión y ardor. Sus bocas se conocían y se deseaban locamente.

La manecita de ella se extendió delicadamente sobre la mesa pidiendo compasión y abrigo en la mano de él. En ese momento el corazón de Tulio tomó un nuevo aliento y se enlazó junto a la manecita de su amada que la esperaba, que la ansiaba perpetuamente.

Caminaron y caminaron sin apartar la vista entre ellos. El ardor los desbordaba y Tulio sentía que la oportunidad se brindaba en ese solo momento para sellar un amor que por los designios del destino y del tiempo pasado estaba imposibilitado.

Desde la pasarela todo era diminuto y a la vez perturbador. La humedad de la noche se elevaba uniformemente y de  a poco absorbía el paisaje costero. El ruido producido por el choque del agua contra las piedras formaba una sinfonía exquisita para la ceremonia nocturna.

En ese momento ambos se miraron con una ternura inmensa que los reparó inmediatamente. Tulio miró la boca de ella y ella miró la de él, y por última vez el roce cálido de sus labios, ese mordisqueo que un pasado romántico supieron complacerse en cada una de sus comisuras, aparecían como pantallazos de una lejana reminiscencia. Todo estaba por consumarse en un segundo, en una simple y fugaz ráfaga de tiempo que pusiera fin a la corporeidad de esas almas.

La luna se dejaba mimar por las caricias de las nubes que desfilaban incansablemente ante el movimiento trivial del viento y las estrellas llenas de luz eran fieles testigos de esa oportunidad que el espacio y el destino habían conjurado. Entrelazaron sus manos y locos de amor se dejaron ir con la parsimonia del viento y la cautela del rocío que poco a poco empapaba el ambiente, para cubrir de una vez y para siempre a los amantes de las aquellas intemperies del mundo y del tiempo.

 

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