María by Melba Goméz

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Y el viento rugió con una fuerza hasta entonces desconocida por mi generación. El miedo me heló la sangre y contuve las ganas de llorar como un chiquillo. No estaba mi madre —ni mi padre—, para consolarme y guardarme del terror que hacía presa de mí. Hacía tiempo que era el hombre de la casa, a quién miraban todos en busca de valor. Cuando arrancó las ventanas y el techo empezó a ceder, enfrentando mis temores agarré a mi mujer y a mi hijo. Nada llevábamos. Bajo una lluvia torrencial y el olor a fango nos subimos al carro. Encendí el radio para saber qué daban en las noticias. Silencio absoluto. Poco tramo pudimos recorrer.  El río de había salido de su cauce y los árboles impedían el paso.

Hacía apenas unos meses que me habían expulsado de la Policía. Maté un pastor alemán de ciento cuarenta y cinco libras con mi arma de reglamento porque intentaba atacar a mi hijo de seis años. Era día de fiesta y estaba adentro de mi casa, ayudando a mi mujer a cocinar, cuando escuché a mi perro gruñendo y luego aullar de dolor. Cuando miré por la ventana, yacía en un charco de sangre y fue cuando vi a mi niño aterrado detrás de una columna y al inmenso can acercándose a él. Actué por instinto. Le tiré con la sopa caliente y cuando vi que estaba aún más rabioso, le disparé cuatro veces. Sí, lo hice y nunca lo negué. El nervio y la desesperación me ganaron. Pienso que cualquiera en mi caso habría hecho lo mismo, pero a mí me utilizaron para dar una lección a todo aquel que se le ocurriera maltratar a un animal. Yo no lo maltraté, insistí a la juez. Defendí a mi hijo y lo haría mil veces si algo o alguien lo pusiera en peligro.

Mi nombre salió en la prensa nacional e internacional. Todos conocían mi rostro y sabían lo que hacía. Mi familia quedó indefensa.  «Manuel Estrada Romero, agente de la policía, abusador de animales», leían los titulares. Todo lo bueno que había hecho en la vida se borró en un instante. A todos se les olvidó las redadas en las que incauté toneladas de narcóticos —en las que puse mi vida en juego—, por el bien de la sociedad. Las veces que arresté verdaderos criminales, asesinos, violadores. Me sentía avergonzado, mis amigos se apartaron y me abandonaron. Nadie quiso testificar a mi favor.

Me daba cuenta que ya no era el mismo de antes. Cuando aquella juez me sentenció y arrancó mi identidad con un golpe de mallete, acabó con mi vida. Me sentía vulnerable, impotente. Sentía miedo. Por primera vez en muchos años mi arma de fuego no me acompañaba. Temía encontrarme con algún criminal al que hubiera arrestado y me hiciera daño. A mí o a la gente que amo. Estaba completamente desnudo.

Entré en la academia de la policía a los diecisiete años, entonces se me hinchaba el pecho, orgulloso al vestir aquel uniforme que me era tan familiar. Siempre quise ser policía, lo llevaba en la sangre. Mi abuelo había sido detective de homicidios, era un hombre muy respetado por todos en mi pueblo. De niño me preguntaban qué quería ser cuando grande y siempre contestaba que quería ser como él. Soñaba que ayudaría a que mi mundo fuera mejor. Que mi madre —quién me había criado sola—, se sintiera contenta, gozosa, satisfecha del producto de tanto esfuerzo. Ahora mi panorama era sombrío, desesperanzador.

En los meses subsiguientes a la acusación, mi familia pasó necesidades y hasta hambre. Para pagar al abogado nos quedamos sin un céntimo y finalmente tuve que declararme culpable para acabar con todo aquello. Mi madre que poco tenía, acabó con sus ahorros para que pudiera pagar la multa y una compensación al dueño del perro, que tanto le importaba el animal que lo tenía realengo por el barrio. Ni sabía si comía o no. Yo que era amante de la ley, ahora era su víctima.

Pero la vida tiene muchos giros inesperados y no sabe uno a dónde va a parar. Justo cuando anunciaron la temporada de huracanes y estaba yo más inmerso en la depresión de todo mi proceso judicial, todo cambió.

 

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—Hermanas, las dejo en la casa de papá, aquí estarán más seguras. Regreso en la mañana, cuando la tormenta amaine — dijo Jacinta todavía insegura de que hacía lo mejor para sus parientas mayores.

Cuando anunciaron que la tormenta llegaría definitivamente, anticipó que Isabel y Anastasia no estarían seguras en la casa de la loma. El techo era de zinc y se advertía que el viento arrancaría las planchas. Ellas eran ya muy ancianas. Anastasia no se levantaba de la cama y había que atenderla de todas sus necesidades y la otra, a duras penas podía ponerse en pie. Adalberto, el marido de Jacinta, no se conmovió. Decía que no soportaba «la peste a vieja» y le dijo a su mujer que las llevara a la casa de cemento que le pertenecía a su familia. En la mañana, tendría la oportunidad de ir a verlas.

No te preocupes, Jacinta —dijo Isabel—. Aquí estaremos bien hasta mañana. Nos quedaremos tranquilitas hasta que llegues.

 

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Unos se preparaban, otros no. La buena suerte que nos había acompañado en los pasados años, hacía que muchos ni siquiera creyeran que esta vez la tormenta azotaría.

—¡Qué va, chico! Esa tormenta no llega… Eso dicen de todas —afirmó Jaime mientras tomaba una cerveza y miraba el informe del tiempo en la televisión de la barra de Pancho —. Si acaso voy a comprar un par de filetes para tirar en la barbacoa y una caja de cerveza.

—Mejor es que te prepares, por si las moscas —aconsejó Fico preocupado por la trayectoria del radar que pasaba la estación de televisión. Luego verificó en su teléfono inteligente —que tenía la información al momento—, y se despidió. Era tiempo de que se ocupara de tapizar las ventanas con madera.

—¿El gobernador ya declaró la «Ley seca»? —preguntó Jaime al barman.

—Hombre… ¿Nada más piensas en beber ron? —dijo Fico mientras abría la puerta para partir. No se veían bien las cosas, el ojo del huracán pasaría sobre el centro de la isla. A solo unas horas, no creía que se desviara ese animal.

—Así me quedo dormido mientras la tormenta pasa —contestó Jaime que ya había alcanzado el punto entre la sobriedad y la borrachera.

—Yo me voy…—anunció Pancho—. Voy a cerrar temprano, esto no se ve bien. Voy a echar gasolina al carro y a pasar por el supermercado por agua y comida enlatada. A ver si todavía queda algo.

—No seas aguafiestas, Pancho —reclamó Jaime.

—¡Vamos, vamos! Que voy a cerrar… —dijo empujándolo de la silla. Una vez afuera, puso la tormentera y el candado al negocio. Se marchó en su carro deportivo.

 

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«¡Dios mío, este viento está moviendo el building como si fuera un terremoto!», pensó Olivia. Se había divorciado hacía tres meses y no quería ir a la casa de nadie a pasar la tormenta. Convertida en una mujer solitaria desde su separación, prefería el aislamiento. Desde el cuarto piso del condominio miraba el daño que la lluvia y la rabia del viento causaban —que no podría ser peor que el que su ex esposo le había causado—, hasta que vio un aluvión entrar por la calle principal de la avenida Condado. Las luces se apagaron.

«¡Pum, pum, pumpumpum!», alguien llamaba a la puerta insistentemente. Olivia tomó la linterna y corrió para ver quién llamaba.

—¿Quién es? —preguntó acercando la oreja a la puerta.

—Señora, es Teo de mantenimiento —contestó el hombre.

—¿Qué pasa? —dijo mientras abría —. ¿Por qué se ha ido la luz? ¿No encendió la planta?

—Chico está trabajando en eso…—contestó—.  Es que no puede quedarse en su apartamento. Tiene que salir al pasillo del tercer piso. Allá estarán todos más seguros —aconsejó el hombre.

—Pero yo tengo tormenteras…—protestó. La verdad es que no quería estar con nadie y menos con desconocidos.

—Mire, señora. Las tormenteras van a ceder. No aguantarán la presión de estos vientos. Apenas se escuchan las transmisiones de una radioemisora. No tenemos comunicación con el resto del mundo. En el tercer piso hemos puesto colchones en las paredes y estamos resguardándonos allí.

Contrariada, Olivia agarró una manta y su almohada. Tomó sus medicamentos para la depresión y la ansiedad. En un pequeño bulto metió sus papeles importantes y acompañada de Teo bajó hasta el tercer piso por las escaleras. Cuando llegó todos los rostros le parecían desconocidos, excepto el de Mario, un comerciante que hacía negocios con su ex esposo. Buscó el rincón más apartado en el pasillo —lo más lejos de Mario—, y se acomodó. Puso la cabeza sobre la almohada y se arropó. Estaba adormilada cuando escuchó un estruendo muy cercano.

 

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—¡Oh, Señor! ¡Ayúdanos! —gritó Leonor mientras caía de rodillas acompañando su plegaria.

—¿Qué pasa, mamita? —preguntó Brandon su hijo de seis años.

—No pasa nada, mi ángel. Solo es que Dios tiene coraje, pero si le hablamos con fe, se le quita.

—¿Es él quien sopla tan fuerte? ¿Por qué tiene tanto coraje?

—No nos hemos portado bien últimamente, creo. Ven, abrázame muy fuerte.

El viento azotaba la casita. Leonor tomó a su recién nacido en los brazos y se encerró en un armario. Se metió a Brandon entre las piernas sin importar que le dieran calambres. Rezaba en silencio, casi lista para morir, pedía por una oportunidad para que sus hijos se salvaran. Sintió unos pasos en la habitación, pero no se atrevió a salir. ¿Sería Dios que había enviado a alguien?

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—¿Hay alguien aquí? —pregunté desesperado —. ¿Hay alguien?

En una situación de urgencia sabía que no tenía que pedir permiso, pero tal y como me habían ido las cosas recientemente no me quise arriesgar.

—Manuel, no hay nadie —dijo Blanca mi esposa, quien empapada me miraba desde la entrada de aquella humilde vivienda. Habíamos dejado el coche poco antes de que el río se lo llevara y alumbrados por una linterna nos habíamos abierto paso entre la maleza. Avanzábamos lentamente pues el lodo impregnaba nuestros zapatos casi imposibilitaba la marcha. En un momento dado, tuve que levantar en brazos a mi hijo, que ya no podía caminar. Subimos una loma y vimos una casa que parecía estar resguardada entre dos montañas. Nos dirigimos a ella y abrimos la puerta, que por alguna razón no tenía llave. Puse al niño en el suelo y alumbré la estancia. Todo estaba muy limpio, la casa no estaba abandonada.

—¿Hay alguien aquí? —volví a preguntar.

Una puerta se abrió en la otra habitación.

—Sí —contestó una mujer.

Poco a poco saliendo de la oscuridad vi su silueta, con una criatura en los brazos y un niño agarrado de su mano.

—Me llamo Leonor y este es mi hijo Brandon —dijo señalando al mayor—. El bebé es Toñito.

—Perdone, señora que nos hayamos metido en su casa sin permiso. Es que se nos quedó el carro al otro lado de la loma y el río se lo llevó. Hemos caminado hasta aquí pues no hemos visto más ninguna casa alrededor.

En ese momento la casa se estremeció. Un relámpago cayó muy cerca y el trueno que lo acompañaba pareció querer partir la casa en dos. Los niños corrieron a las faldas de sus madres y yo abracé a Blanca.

—¿Tiene radio de baterías? —pregunté a Leonor.

—No, no tengo.

—Bien… Entonces tenemos que prepararnos lo mejor que podamos. Lo último que supe fue que esta tormenta estará estacionada por lo menos doce horas.

—¿Qué podemos hacer?

—Debemos traer los colchones y ponerlos en las paredes del baño. Traiga lo necesario para los niños: cobijas, juguetes y almohadas. Si tiene alimentos enlatados, tráigalos también. Estas horas serán largas, pero trataremos de pasarlas lo mejor posible.

—Usted es el ángel que me trajo el Señor —dijo Leonor—. Soy viuda. Mi esposo falleció cuando estaba embarazada y no sé nada de estas cosas.

Blanca me miró y sonrió. Hacía mucho que nadie me veía como su salvador. Ella sabía lo que pasaba por mi mente. Estaba en mi ambiente y se alegraba por mí. Me vio ir de un lado para otro de la casita, tomando todo lo que pudiera servirnos y hacer más cómodo nuestro encierro en el baño. Brandon y Junior —mi hijo—, se llevaban a las mil maravillas y para ellos el miedo se convirtió en camaradería. Compartieron sus juguetes y pusieron las cobijas y almohadas en la bañera. En las tablillas acomodamos los comestibles y útiles. Cuando todo estuvo dispuesto, cerré la puerta y puse el colchón para resguardarnos.

Los niños se durmieron al rato, inocentes del peligro que nos acechaba. Leonor, Blanca y yo nos quedamos en vela. Mirándonos en silencio, riendo nerviosos. En una perpetua plegaria. El viento gruñía afuera, rabioso y los intestinos de la pequeña casa crujían aterrorizados.

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3 Comments

  1. Hola Mel, el hilo conductor y el pais de las escenas parecen estar bastante claros.
    Si, la vida da muchas vueltas…………….me quedo en el primer estante.
    Me acordé de ti durante el viaje cuando alguien estaba comentando el desastre en Puerto Rico, viniste a mi cabeza como un ciclón.
    Un ciclón dulce, pero un ciclón.
    He vuelto de mi periplo. Muy Feliz Año, pero que Muy Feliz.

    Le gusta a 1 persona

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