Eternidad by Verónica Boletta

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Este es un fragmento de Verónica Boletta de un proyecto que se transformará en libro en 2018 publicado por FlemingEd! Editorial y a la vez es un texto que participa del Taller de escritores FlemingLAB -j re.

Corso asomó su cabeza peluda por la ventanilla. El viento jugó con sus orejas. Respondió a ese ademán de la velocidad con ladridos alborotados. La sensación del movimiento atravesando su cuerpo, pura raza callejera, lo entusiasmaba. Tras unos minutos girando sobre sí decidió la mejor posición para continuar el viaje.

—¿Vas a dormir ahora? Falta poco para llegar —Lucas se extrañó ante el sonido de su voz enronquecida. No quitó los ojos de la carretera mientras hablaba. No quería pasar por alto ningún cartel, ninguna señal.

Tras a una semana ajetreada, sin mapa ni GPS, puso pies en polvorosa huyendo de la ciudad. En un tris preparó una muda de ropa, tomó los aparejos de pesca, y sin pensarlo dos veces abordó la vieja camioneta. Corso no esperó invitación para acompañarlo. Buen can, a fin de cuentas, olió la aventura en cuanto vio los preparativos de su amo. La desigual pareja se hizo a la ruta sin hablar demasiado. Sabe Dios que los perros no hablan. Pero el ingeniero Ferraro no reparó en ese detalle. Era ateo confeso.

—Esas nubes nos persiguen, Corso. No te hagas problema. Las dejaré atrás— y dicho esto pisó el acelerador hasta el límite de la velocidad permitida.

El cuentakilómetros devoraba distancia. Lucas, desprovisto de su disfraz de ingeniero, soñaba con la mirada perdida en el horizonte. Algún ladrido intempestivo lo retornaba a la realidad. ¡Joder! No se veían carteles ni señales en aquella ruta.

—¿Acaso nos perdimos? ¿Qué indica tu olfato?

Un gruñido por respuesta le indicó, de manera perentoria, que convenía parar y aliviar las vejigas. Humano y animal descendieron del vehículo con apuro, cada quien en busca de su árbol. La ruta 3 no es lo que fue en mi infancia. Excepto los campos labrados a su vera no hay rastros de humanidad. ¡Qué cosa rara!

Tomó la desolación como un augurio para sus planes de descanso. A fin de cuentas, quería sacarse de encima cualquier vestigio de civilización. El panorama se presentaba inmejorable.

Chequeó su móvil. Una tímida leyenda anunciaba «sólo emergencias». No había comunicado su partida. Supuso que nadie notaría su ausencia durante un par de días. Sus amigos sabían de sobra que su vida era una locura de obligaciones.

Giró la llave de contacto. Con un corcoveo la camioneta retomó el asfalto. Se insultaba bajito. No traje provisiones. ¡Qué cabeza la mía!

El camino no ofrecía bifurcaciones. No había alternativa salvo avanzar. Cuando vio, sobre su izquierda, el arco de bienvenida a una localidad no lo pensó dos veces. Con una brusca maniobra giró en ángulo recto. Los neumáticos protestaron. El vehículo se zarandeó. El movimiento alertó a Corso quien, por miedo o por instinto, emprendió con su concierto de ladridos.

Poco duró el bochinche. La serenidad de la comarca se introdujo en su sangre como un virus. La avenida principal, con sus casitas bajas, de ventanas adormiladas, pronto se transformó en camino de tierra y ripio. Hacia la derecha, unos metros más allá, se distinguía un curso de agua. El sonido del líquido corriendo por su cauce, acompañándolos, invitaba a la calma.

—¡Qué buen lugar para la pesca! Esta tranquilidad atrae a los peces. —Pensó en voz alta como quien necesita convencerse. —Y esas lomas, una insinuación de serranía, será  donde erigiremos nuestro campamento— agregó, ufano.

La suave brisa, convertida en viento, agitó un letrero oculto tras la vegetación. Cercano al arco de bienvenida, una chapa que acusaba el paso del tiempo dejaba ver el nombre de la población: Salsipuedes, dos mil almas. Una mano anónima corrigió el último cero. «Ahora somos dos mil dos».

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