Mina by Verónica Boletta

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Con una sensación indefinible, Lucas recorre el pueblo. Corrijo. Es presuntuoso llamar pueblo a aquel caserío ordenado pero escaso. Calificarlo de aldea es más apropiado. Pero aún esta palabra no es exacta. No describe su esencia. Parece una comarca de juguete, una reconstrucción a escala como lo son las casas de muñecas. Con esa imagen y el rumor sordo del riacho que corre paralelo a la avenida principal, Lucas llega a la plaza central. No hay asomo de duda. Es la única con la que se ha topado en los dos días que lleva en Salsipuedes. A su alrededor se encuentran los edificios más importantes: la iglesia, con sus paredes blanqueadas y sus portones de madera siempre abiertos esperando por feligreses que no llegan; la comisaría, un edificio de una planta, descascarado y sin personal; el Banco Nacional, agónico y silencioso tras el mármol que lo cubre, domina la esquina. En sus antípodas, el autoservicio de Olga opone resistencia. Aún con sus escasos compradores es el lugar más dinámico de la comarca, allí donde se encuentran víveres y noticias, el corazón parlante del pueblo.

—Algo está fuera de lugar. ¿Lo notas también, Corso? — Lucas obtiene, por toda respuesta, un menear de rabo que lo tranquiliza. Han recorrido varias veces la avenida en busca de una cabina telefónica, una peluquería, un bar, locales comerciales que se le antojan comunes en cualquier lugar. Salsipuedes escapa a su lógica. Teme enfermar. Sus nervios, exacerbados tras la explosión en el laboratorio, no toleran estos juegos mentales.

Con súbito alivio descubre una venta de garaje. A decir verdad, es Corso el autor del hallazgo. El can ha seguido su instinto y se introdujo en el primer local que encontró abierto, husmeando entre las cajas apiladas en el piso. No hay clientes. Tampoco hay vendedores. Una pizarra semioculta entre bártulos anuncia la modalidad: «Si te sirve, llévatelo». Puestos a investigar, Corso se apropia de una pelota de goma, corre tras ella, la hace brincar y salta para atraparla contoneándose como un poseso. Contagiado con su alegría simple, Lucas abre una caja. Hay libros de hojas amarillentas, estragados por el polvo y la humedad. Un ejemplar de la Arithmetica de Diofanto llama su atención. Luce como un libro mágico. Tal vez lo sea. Una vez abierto, no puede pasar las páginas a su antojo. Tienen voluntad propia. Ora se detienen en el índice. Una letra menuda y femenina ha apuntado sus impresiones. Las hojas avanzan y retroceden como Cortázar y su Rayuela. En la primera página la misma caligrafía dedica y sentencia: «Para L., a quien ni el tiempo ni el olvido llevarán de mi lado». Hojas después, unos ojos como los suyos miran a la cámara desde una foto sepia, tomada en 1920. Se reconoce en el retrato antiguo sentado en la hierba junto a una joven rubia que oculta el rostro en su hombro.

Vino a Salsipuedes a distraerse, a pensar en otra cosa, a no pensar. Y aquí está, súbitamente cruzado por un pasado que no recuerda, de otra vida; por Mina y el futuro, cuando no dolía.

—Algo no está bien —murmura antes de desvanecerse.

La fotografía confirma su intuición. Un iPhone X asoma en el bolsillo de la camisa de aquel joven.

Taller de Escritura “Relatos de amor”

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Octubre02

 

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