Cita a ciegas by Silvia Salafranca

 

Llevo un tiempo tratando de encontrar una pareja no hace tanto que lo dejé con la que tuve anterior, tengo el almanaque plastificado como recuerdo después de los primeros diez años, pensé que las polillas se podrían comer aquella historia.

Al principio supongo que necesitaba ese espacio de soltería. La ruptura te deja un despecho, donde quieres hacer todo aquello prohibido que estando en una relación es impensable, luego te das cuenta que hasta estando libre como un hermoso palomo, es impensable también.

El caso es que entre lo que no ocurre, lo impensable y que no estamos en aquellos tiempos de cartas aromatizadas, sino en el nuevo mundo de la tecnología, antes de volver a declararme virgen he pensado apuntarme a una de esas páginas que anuncian de contactos para conocer a la pareja ideal. Al menos en los anuncios el chico la pisa (porque tiene dos pies izquierdos bailando) y ella lo ve como el hombre más maravilloso del mundo.

Claro, sé que no debo fiarme de estos spots, que también la mujer que anuncia sus pérdidas de orina, o la que tiene picores vaginales lo cuentan con una sonrisa y proclamado a los cuatro vientos. Todavía nadie en la vida real me ha contado dichos problemas.

Después de pasar un test donde me ha faltado poner mi grupo sanguíneo y DNI… ya me he puesto a cotillear los perfiles de las posibles candidatas para una cita.

Llevo tres días de máster con casi doce horas dedicadas en cada uno de ellos, ya que no me encuentro tan desesperado como para ponerme a tiempo completo.

Tengo claras dos cosas, según fotografías y mensajes que ya he recibido, la juventud está muy necesitada de pillar a un madurito como yo.

He tratado de situar mis mejores poses para las fotos que subí, luego pensé que era más sensato que tuvieran clara mi calvicie (ya que mi gato Antonio no se quedaba quieto por más que traté de agarrarlo a mis orejas) al igual que en la descripción puse que era un adorable oso de peluche, la tripa cervecera de la buena vida, adornada suena mejor. El caso es que por fin tengo una cita para este sábado he pensado que lo más sensato después de entablar muchas conversaciones con colegialas, era quedar directamente en un lugar concreto dado que con las fotografías una vez nos veamos ya simplemente quedará cruzar los dedos y disfrutar de la velada.

Me he releído las conversaciones el viernes para no confundir el nombre después de tanto coqueteo hasta dar con Patricia (Patricia, Patricia, Patricia, no hago más que repetirlo mentalmente porque han sido muchos los nombres de mujeres hasta llegar a ella) al menos solamente le he tenido que contar las tierras por heredar de mi padre y que  dispongo de un buen empleo y vivienda. Sé que ella tiene ganas de encontrar el verdadero amor porque muchas otras me pedían también un comprobante de los números en mi cuenta de banco, ella no, Patricia es especial.

Hemos quedado en un restaurante conocido en pleno centro de Madrid. Nunca me había visto con tantas ganas de que llegase el momento, bueno sí con mi reciente ex pero claro habiendo pasado 18 años de la ruptura, me siento como un chaval.

Hoy he recibido bastantes emoticonos de Patricia en el whatsapp y me apasiona lo expresiva que llega a ser con ellos. Sé que tengo una suerte sorprendente porque aunque no me ha querido desvelar su edad,  por las fotos no llegará a veinte años (rozo el doblarla la edad) y tiene un cuerpo de modelo impresionante el caso es que lo que me ha conquistado de ella es su madurez.

Me veo ya en la puerta impaciente mirando el reloj, no fumo, pero estoy por pedirle un cigarrillo al caballero que tengo a mi lado y espérate que no se me suelte la tripa con los sudores que me están recorriendo. Acabo de echarme el aliento a la mano y voy a ir al chino que hay justo en la misma manzana para que me dé unos caramelitos de eucaliptus. Miro el reloj y veo que ya voy justo, así que directo hacia la barra que me parece a mí que la chica que hay con un cuerpo escultural de espaldas es Patricia, pendiente de que llegue.

Me pongo a su lado mientras le pido al camarero una copa de vino, espero que si se gira el contacto visual haga la entrada de las presentaciones. He tosido diciendo Patricia y creo que estoy confundido y es así, porque acaban de tocarme en el hombro mientras que escucho:

  • ¿Eres Manolo?

No importa, porque mi cita no ha fallado, me giro con una sonrisa de oreja a oreja y aquí comienza mi confusión.

Respondo que sí mientras que observo a una mujer creo que con cinco años  más que yo, con la complexión de dos o tres modelos unidas y un bigote que hace sombra en el suelo. Me parece ahora mismo más femenino el camarero. Tal vez la presbicia me hizo idealizar las fotografías de Playboy que había en su perfil. Nos sentamos en la mesa y la dejo hablar, que voz más sutil y delicada parece un camionero que ha estado gritando en un estadio después de llevar tres días de fiesta.

No debo de ser negativo y me fijo en sus ojos aunque no sé si me está mirando a mí o está enfocando tanto el lado derecho como el izquierdo sin darse cuenta de que estoy con ella. Su sonrisa me tiene enamorado me hace recordar mi primer Casio PT1 el caso es que me he quedado la velada entera viendo todas las estupendas virtudes que no me había detallado, lo llego a saber y me habría quedado tirándole los trastos al camarero. Creo que saldré con la cuadrilla y le echaré rostro para acercarme a la que me entre por el ojillo, que no estoy yo para este mundo de las tecnologías.

 

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