Tres nuevos colaboradores en MasticadoresdeLetras

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MasticadoresdeLetras incorpora tres nuevos colaboradores. Hemos llegado a los 73. Y estamos orgullosos de ellos, variados, de diferentes estilos y ciudades del mundo.

También han aparecido MasticadoresBrasil en lengua portuguesa de la mano de Odilon Machado de Laurenço, y hace muy poco MasticadoresMéxico dirigido por Stephani Ruix y Jessica Castillo. El mundo MasticadoresdeLetras ha llegado a 9 blogs, cada uno original y dispuesto a recibir y dar cultura, y además nos acompaña un décimo blog, de José Ángel Ordiz con su mundo Fleming.

Una aventura no tiene caminos prefijados, solo son sus referentes: la creatividad y la autonomía.

¡Gracias! j re crivello Fundador de Masticadores

 

Presentamos a nuestros nuevos colaboradores

Aneizar L. Su proyecto de 52 relatos dará a luz en MasticadoresEspaña y México, será semanal. Compartimos un fragmento de su blog:

“Como odio cuando me dicen que tendría que haber previsto algo…

Pues no soy bruja y no lo vi…

Pero normalmente mi respuesta suele ser algo como…

—¡Si hombre! ¡Ahora sacooo mi bolaaa de bruja y lo veoo todooo!

Y después de eso suele haber varias opciones:

1- Que se rían.

2- Que me manden algún lugar lejano con alguna grosería.

3- O directamente se quedan tan pillados que ni contestan”.

www.infiducia.wordpress.com

 

Un nuevo colaborador será Carlos Usín, escritor, ha publicado El Club de los asesinos anónimos, Tras las huellas de una sombra, la lucha de Clodomiro entre otros. Su pluma visitará MasticadoresFocus con un cierto tono de crítica ante la situación actual.

“Decía Winston Churchill que el éxito consistía en peregrinar de fracaso en fracaso sin perder el ánimo. Una reflexión que se puede aplicar perfectamente al protagonista de este libro.Inasequible al desaliento – aunque, como todo ser humano sensible, tenga sus momentos de debilidad – lucha sin tregua por alcanzar lo que todo individuo busca en esta vida: la felicidad. Lo que nos distingue a unos humanos de otros es, precisamente, lo que cada uno entiende por felicidad” (fragmento)

 

En Masticadores también nos visitará Sir Bran (su seudónimo) quien es Benito Piñeiro Sanjorge nace en Marín en 1963, desarrolla sus estudios completando su formación como Mecánico Naval, su trabajo le lleva a recorrer países de otros continentes. Desde muy joven practica la escritura como método de reflexión. Su afán lector le acompaña en todo momento, desde la novela al ensayo pasando por la filosofía generando ideas y nuevas perspectivas que van encontrando su forma de expresión en la poesía.

Su escritura se define como intimista, con una clara evolución hacia poemas que tienden a estabilizar su mundo emocional, y de alguna forma irradiar ese mismo concepto hacia sus lectores.

ACTIVIDAD LITERARIA:

Desde hace unos diez años figura entre los componentes del  Grupo Literario URDUME, a través del cual intercambio creaciones literarias con otros/as amantes de la literatura. Y participa en recitales poéticos de su entorno más próximo.

PUBLICACIONES:

En 2013 publica su primer poemario en la editorial “El Taller Del Poeta” que lleva por título “INMOVERSO”. En 2018 publica “Los Créditos del Equilibrio” que viene a ser su segundo poemario.

He participado en la Antología “Diez voces y un océano” publicada por la editorial El Taller del Poeta y Coordinada de forma conjunta por los Talleres de escritura creativa “El Museo De La Máscara” de México y “Jorge Cuña Casasbellas” de Pontevedra.

Actividad en la red: Blog  “Sentir Puro y Dedos Entrelazados”

EL VIEJO TEJO by Mercedes González Rojo

Imagen de Nuria Cadierno
Imagen de Nuria Cadierno

Dado que estamos en enero, me gustaría estrenarme con este relato que fue publicado por primera vez también en este mismo mes, inspirado por esa amarga sensación que desde hace años me dejan siempre las fiestas navideñas. No es una manera muy optimista de comenzar un nuevo año ¿o tal vez sí?, pero es lo que hay. Publicado por primera vez en “Cuentos al amor del alumbre”, interesante propuesta hecha por el diario digital Astorga Redacción, hoy se encuentra recogido dentro de mi último libro Pecado de omisión (Huerga & Fierro, 2019) . Cuando lo leáis entenderéis por qué. Espero que lo disfrutéis.

EL VIEJO TEJO

Una densa y fría niebla se instala un día más sobre la ciudad contribuyendo al anonimato permanente en el que Elías vive. Oculto entre las columnas de la vieja plaza se cala un poco más el viejo sombrero que cumple una doble función, la de protegerle de los fríos de esos inviernos tan crueles en esta antigua villa y la de ocultar su castigado rostro de la curiosidad de los viandantes que puedan cruzarse con él por estas calles. Al tiempo le proporciona un cierto aire distinguido, el suficiente para impedir que la gente que se topa con él se apiade de su persona, sensación –la de la piedad- que siempre ha odiado profundamente, sea cual fuere el sujeto hacia el que ésta se dirija.
Con un nuevo gesto ajusta también el cuello del abrigo subiéndoselo hacia la nuca, abrigo que, junto al sombrero, constituye uno de los escasos vestigios que le quedan de un pasado floreciente cuyos ecos se pierden en la bruma permanente de los días solitarios que conforman ahora su vida. Deambulante, solitaria, discurriendo en una especie de espiral que se enreda en un tiempo que bien podría parecer detenido en momentos mejores y del que solo él es consciente que se han ido para siempre.

A veces, como hoy, se apoya en alguna columna de una de las viejas plazas de la ciudad, así, con el cuello subido y el sombrero bien calado y, entre las volutas azules de algún cigarrillo conseguido de cualquier manera, se entretiene viendo pasar a la gente. Escolares que salen o entran del colegio con el bullicio propio de la juventud, personas que van y vienen hacia el trabajo; otras, cargadas con bolsas llenas de las compras más diversas… Y ancianos que parecen deambular sin rumbo en busca de algún rayo de sol que, colándose entre las nubes del invierno, caliente sus viejos y cansados huesos. Mientras observa, imagina como será la vida de cada uno de esos seres que desfilan ante él ajenos a su mirada y a su interés. Y ese juego de imaginación le aleja de su propia y triste realidad. Gusta de cambiar de lugar para que no lo asocien siempre con el mismo espacio, con la misma hora, con los mismos días… Y ello le ayuda a pasar desapercibido, ignorado incluso, dificultando que alguien pueda interesarse por su historia o por su persona.
Aunque Elías no siempre ha sido tan huraño. Hubo un tiempo en que las cosas le iban bien, más o menos bien. Contaba con recursos suficientes para fumar lo que quería y cuando quería, para tomarse sus buenos cafés a cualquier hora del día e invitar a sus amigos. En aquella época gustaba de participar en tertulias y otros actos sociales y siempre había una cohorte de personas a su alrededor que disfrutaban oyéndole hablar de cualquier tema, porque si algún don tenía Elías – además de caer bien a la gente – era el de ser un magnífico conversador, amén de saber escuchar a quienes tenían más necesidad de hablar que él.
Hasta que un día algo cambió. Y una situación llevó a otra. Poco a poco se fue convirtiendo en el ser solitario y huraño que hoy es, incapaz de establecer con la gente más relación que la de su observadora mirada lanzada por debajo del ala del sombrero que utiliza de muralla ante esos a quienes observa. De vez en cuando un atisbo de melancolía pasa por su cabeza y, entonces, le da por pensar en lo rápidamente que puede pasar alguien de la mayor de las popularidades al más oscuro de los olvidos. Y no sabe si lo que le invade en esos momentos es rabia, tristeza o simple añoranza de tiempos pasados. En cualquier caso pronto arranca de sí tales pensamientos y vuelve a la rutina de su gris soledad.

Una racha de gélido viento empuja hacia el rostro de Elías jirones de fría y húmeda niebla. Se refugia con más empeño que otros días en el abrigo de su vieja prenda y del sombrero que siempre le acompaña mientras el día se vuelve más inhóspito en esa hora de la mañana y el paso de los viandantes le llega entre la bruma gris, acompañado de sones navideños que salen de los establecimientos cercanos. Odia estas fechas con un sentimiento desazonante y profundo que le acompaña desde los primeros tiempos de su juventud. Se revuelve inquieto ante esa sensación arropada por el bullicio de gente que comienza a desembocar en la plaza, amenazando con romper la soledad y el silencio en que le gusta refugiarse cada mañana. Y emprende la huída. Junto a las viejas plazas porticadas, el segundo de sus refugios son los parques, especialmente esos jardines de grandes árboles en los que aún puede encontrar algún rincón poco frecuentado. Se dirige hacia uno de ellos levantando con dificultad los pies a los que a veces, como hoy, les cuenta trabajo tirar de un cuerpo ya cansado de vivir, como el suyo. Busca para ello las calles más solitarias y mientras lo hace se rasga la niebla entre cuyas heridas se abren paso, con toda la fuerza que el invierno les permite, los primeros rayos de sol de la mañana, en un tímido intento de paliar la tristeza del día. Una vez en el parque se derrumba sobre su banco preferido, a salvo de encuentros no deseados, de voces indiscretas y de estentóreos sonidos hace tiempo repudiados. Relaja la posición del cuello de su abrigo y ladea, descuidado, el ala del sombrero. Allí, sin más espejo frente a él que la corteza de un viejo tejo en el que se han grabado las historias de hombres y días a millares – tal vez su propia historia – trata de dejar en blanco su mente, concentrándose en cada escama, en cada pliegue, en cada resquicio, en cada detalle de aquel tronco. Del lado del banco los rayos de sol iluminan, por breves instantes, un rostro lleno de arrugas en el que, así podría decirse, también el tiempo ha escrito parte de su historia. Y se olvida de sí mismo, y de ocultar su cara mientras una lágrima resbala por su piel trazando un camino sinuoso. El camino de los recuerdos que, pese a todo, aún le acompañan.

Han pasado las horas. Imposible saber cuantas. En el cielo un astro solar, ahora más pálido, parece mantenerse en el mismo lugar en que recuerda haberlo observado la última vez que dirigió hacia él su mirada. No siente los huesos, no siente el frío del viento sobre su rostro, ni tampoco la caricia del sol sobre su piel. Sin embargo, en un gesto heredado de la costumbre, trata de colocarse el ala del sombrero y subirse de nuevo el cuello de su abrigo para descubrir que nada le cubre la cabeza coronada de un revoloteo de blancos mechones jugando con el viento.
Un pesado silencio se apodera del parque y de la ingrávida sensación de su cuerpo, que parece insensible a los estímulos externos. Lanza su mirada alrededor y descubre un par de botellas vacías a sus pies y la misma soledad que le acompañaba en el momento en que se sentó frente al viejo tejo. No comprende nada. Otra mirada, al fondo, le hace descubrir una hilera de seres que discurren próximos a él. Le parecen diminutos. Discurren en silencio y de uno en uno, en un afanoso trasiego de pisadas que les conducen a todos al mismo sitio, tras el tronco milenario de aquel viejo tejo. Y, entonces, lo comprende todo. Esboza una sonrisa apenas imperceptible en su rostro, ajusta de nuevo el cuello de su abrigo y cierra los ojos, mientras un gorjeo atemporal de mirlos y gorriones entreteje sus notas con el silbo del viento entre las lineales hojas del viejo árbol. Y en su corteza una nueva grieta queda grabada para siempre.

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CARTA DEL SUICIDA by José Luís Serrano

Carta del suicida

CARTA DEL SUICIDA

Sr. Juez:

Que tenga Vd. un bien día a pesar de la labor que hoy le ha tocado en suerte.
Espero que mi aspecto no sea demasiado desagradable.
Dejo mi documentación a la vista, con eso ya sabe Vd. mi nombre y demás datos.

Encontrará unos sobres con nombres y direcciones y ya franqueados. No me queda más remedio que pedirle (con todo lo que ello implica) un favor personal: póngalos en un buzón. Ahora bien, no está Vd. -ni nadie que no sea el destinatario- autorizado a leerlos, ni siquiera a abrirlos; no obstante, le explico: son cartas personales para quienes aún me llaman amigo. Era el último dilema que me quedaba por solucionar. Hubiera preferido hablar con cada uno y despedirme con un abrazo, pero eso habría sido ponerles sobre aviso y naturalmente habrían tratado de impedirme llevar a cabo mi decisión. (Lo mismo que, casi seguro, yo hubiera hecho con ellos de haberse llegado a dar la circunstancia. Imagino lo que estará pensando, pero uno también “es” sus contradicciones). Sé que respetarán mis razones aún dentro de la posible discrepancia porque somos amigos y tenemos tanto derecho a no estar de acuerdo entre nosotros como obligación de defendernos ante los demás, por lo que por mucho que Vd. insista, no le van a contar nada de nada, aunque saben, por supuesto que saben.

De lo que pueden llamarse mis propiedades, dispongo como más abajo le explico, diga lo que diga la ley y sin negativa posible, aunque estoy seguro de que esta decisión contraviene un par de leyes que no creo justas porque nadie tiene derecho a decirme cómo he de usar mis cosas ni a quién regalárselas sin obligación por su parte de aceptarlas y en este caso, sean de aquel que demuestre algún cariño por ellas. Pero cómo a quién no ha participado en su consecución se le ocurre dictar normas o leyes sobre las cosas de los demás y el destino que ha de dárseles cuando su legítimo dueño ya no esté.
Hay una cierta colección de objetos que voy a destinar a quien tengo en mente. Vd. sabrá disculparme, pero entre el momento de redactar esta carta y que Vd. la reciba pasará un cierto tiempo por lo que no es aconsejable que anote aquí nada. Lo encontrará como anexo.
Es mi voluntad y quiero que se haga lo que en la relación especifique y sobre quien lo impidiere amparado en argucias legales u ocurrencias de cualquier calaña caigan diez años de pena negra. Créame quien fuere que no le conviene semejante cosa: yo sé de lo que hablo.
¿Qué decir de la parte legar del asunto, aunque ya no esté? Nada. Una vez más: ajo y agua. Y resina. Así pues, proceda Vd. conforme a ley o reglamento o lo que quiera que haya, pero sepa y si le es posible anote que el fondo del asunto, las razones, no le conciernen ni a Vd. en lo personal ni al estamento al que representa ni a la sociedad a la que sirve. Es cosa mía personal e intransferible como ni siquiera pudo ser el hecho de nacer, pero este, justo al otro extremo de la cuerda, sí que lo es y no voy a explicar nada. Allá cada cual con la conjetura, presunción o barrunto que le llegue por mera intuición o por deducción de vaya a saber qué datos conozca o crea conocer. Seguramente se equivocará, pero me da lo mismo.

Para su informe o como quiera que se llame lo que haya de redactar no puedo ayudarle. Mejor dicho: no quiero ayudarle porque eso desvelaría los motivos que, bien pensado, siempre son, es, el mismo: la falta de un horizonte apetecible. Ya sé, y espero que vd. también, que es algo subjetivo y que puede que las cosas que aún hoy están a mi alcance a otro le llenasen la vida, pero a mí no. No alcanza. No es no ya bastante sino tan sólo suficiente. El tamaño de las cosas sólo puede medirse con la capacidad de cada cual y lo que puede ser obstáculo insalvable para uno es, para su vecino, un simple trámite sin relevancia alguna.

Sí le diré que amo la vida de modo que seguir carece tanto de razón que resulta imposible. El futuro que me esperaría es negro y no se lo deseo a nadie. Por favor, no olvide o más bien tenga presente que no soy, quiero decir no fui, un pesimista. Antes bien siempre pensé que quedaba la mitad del licor en la botella, una vez más suficiente para brindar con un amigo, aunque fuera chupando el corcho. Pero ya no. Ya no.

Pensé irme a terminar al lado del hospital y de un modo rápido que permitiera a los servicios de urgencia aprovechar lo que pudiera servir de algo, pero entre el follón que se iba a preparar con el disparo, llamar a la policía y esta finalmente a Vd. el resultado sería el mismo así que me quedo aquí con esta música esperando el silencio. Además, no tengo pistola, no la voy a robar y lo que cuesta no voy a restarlo de la lista de regalos y así tendré otra razón para hacer el camino con una sonrisa mientras renuncio a la vida. La fórmula “me la quito” ni me gusta ni la creo correcta, menos aún lo de “darse muerte” (sea, señor, tan amable de anotarlo)
Rendiré cuentas a quien al otro lado me lo reclame si así es y si no, habré llegado a la nada siendo nada.

Encontrará mi carnet de donante así que imagino que lo más fácil es que acabe en la mesa de disección de alguna facultad. Será un último favor a alguien que no sabrá que fue sobre un cuerpo que fue mío, como sobre otros muchos, que se estudió su problema. Eso sí, me gustaría –y sonrío imaginándolo- que sobre la broma ritual del DEP que en esos lugares son las siglas de Descanse En Piezas, alguien se tome un café a mi salud, es decir: celebrando lo que de mí pudo ser bueno, mientras mis últimos recortes (ya no diré restos) van camino de donde sea. Tal vez ser abono para plantas no sea mala idea.

Me despido con cuatro cosas que acaso le digan algo de mí:
Una vez tuve un perro, escribí unos versos, enseñé a un niño a cruzar las calles y una mujer musitó dulzuras abrazada a mí.
Con esas cosas me voy. Me voy en paz y en paz queden.
¿Me dejan Vds. en paz?
Muchas gracias.

Libros tímidos by JJ Zaratruciano

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“Un libro debe estar hecho, como una persona sociable, para las necesidades de los hombres” Voltaire

Un libro tímido no intenta seducir, por que el autor está convencido que la idea en sí es suficiente, es eficiente si sabes cual es tu público, pero si no, siempre está el riesgo de ser ignorado. La empatía del escritor va en la facilidad para hacerse entender, con lo amigable que pueda ser su lectura. Los libros sociables se escriben de modo que puedan ser leídos por un mayor número de personas, con un lenguaje simple, capítulos breves para no agobiar al lector. En nuestra realidad superficial, el envoltorio sí importa, por lo menos para llamar la atención. Tímido o sociable es solo una forma, no tiene que ver con el contenido, tiene que ver con su difusión.

Blog de JJ zaratruciano Link

LOS SILENCIOS by María G. Vicent

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Los silencios
Te vi contra el sol
los manzanos te rodeaban
y una luz tenue iluminaba tus pasos.
El atardecer me traía tus deseos
y las hojas,
murmuraban tu nombre.
La noche suspiró arrullo de viento,
mientras el cielo,
nos cobijó con su azul.
Quise morir en tus ojos,
mientras tus manos,
recorrían mi cuerpo.
Caminos de ida y vuelta
grabados en la geografía
de mis valles y montañas.
Tu voz, como un salmo,
evocaba futuros de fantasía.
Y no, no quiero.
No quiero promesas,
sólo que te ancles a mi vida,
mientras los silencios enmudecen
y la luz del nuevo día me penetra.

María G. Vicent ©
blog: https://temiromemiras.wordpress.com

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Editorial Fleming

MasticadoresdeLetras

POR SIEMPRE… JAMÁS… AMÉN by Felicitas Rebaque de Lázaro

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Si hay quien pregunta, yo no sé nada.

 Si hay susurros que se escuchan, yo no sé nada.

 Si las palabras hablan solas, yo no sé nada.

Si la verdad queda oculta, yo no sé nada.

Ni mis ojos miraron ni mis oídos oyeron

 ni mis labios pronunciaron.

Yo no sé nada. Por siempre jamás, amén.

 

1ª PARTE

Ahora lo sé, hay un espacio y un tiempo que se escapa a la percepción y a la inteligencia humana en donde no hay pasado, presente ni futuro. Como si un sinfín de espejos reflejasen los instantes vividos desde el principio de los tiempos, desde que el mundo es mundo, y así hasta la eternidad. Todo lo que pasó está ocurriendo, por eso siempre es presente, y así lo vivo, y lo que aconteció vuelve a suceder. Ahora lo sé, lo supe hace tiempo, desde que marché a vivir de otra manera, a este otro lugar donde ahora habito. Desde donde miro y me entretengo viendo pasar los días que regresan. Por eso, esta mañana apacible de otoño me es tan familiar como aquella.

Ernesto circula despacio por la estrecha carretera que muere en el pueblo. Rueda lento para que yo pueda ver la luz que se refleja en las montañas con la cara pegada en el cristal de la ventana. He querido bajarla para respirar ese aire familiar, pero me lo ha impedido con un gesto brusco y protector, a destiempo.—Te puedes enfriar.

Mis montañas no parecen asombrarse de mi regreso. Me miran impasibles como si me hubieran visto ayer mismo, como si no hubiera pasado minuto alguno desde el día que me marché. Sólo algunos árboles que flanquean la carretera parecen reconocerme mientras que se consumen en rojo poniendo reflejos rosados a mi palidez. Otros, en ocres y amarillos, dejan traslucir su alma temblona esperando que un mal viento les despoje de sus hojas; como a mí… un mal viento, en cualquier momento, lo espero.

Y en esta tarde, como en aquella otra, igual de tranquila, de luminosa, por la carretera, cuatro hombres conducen motos de gran cilindrada atronando el silencio. El ruido de sus motores anuncia su llegada mucho antes de que atraviesen el pequeño puente que da acceso al pueblo. A su paso, las gallinas cacarean, los perros ladran y los visillos de las ventanas esconden miradas silenciosas que se guardan tras las celosía de los cristales. Yo corro tras ellos y me oculto bajo el muro de la Iglesia para no ser vista… ¡No ser vista!, a veces se me olvida que desde este mi nuevo estado no me pueden ver.

Se detienen como lo hicimos nosotros, frente al “Hotelito”.

Ernesto se baja y rodea el coche para ayudarme a salir. Mi debilidad parece desvanecerse por la alegría de sentirme de nuevo en mi pueblo, en mi entorno. Evito su mano con unas fuerzas recobradas para estre- charme en los brazos de Aurelia, la mejor amiga de mi madre, que me espera entre dos mujeres que no conozco. Me mira, me toca, me abraza, entre sollozos entrecortados sólo acierta a decir:

—¡Mi niña, mi niña!

Me aparta para contemplarme y sus ojos llorosos penetran en los míos, al tiempo que me seca las lágrimas de la cara.

—Dios mío, ¡qué delgada estás, y qué pálida! ¡Señor, Señor! Si te viera tu madre…

Y me vuelve a abrazar fuerte intentado pasarme el vigor que hace tiempo me ha abandonado.

—Aurelia, estoy enferma.

—Sí, ya sé, me escribió Don Ernesto contándomelo y anunciando vuestra llegada. Aquí te curarás, te pondrás fuerte. ¡Ya lo verás!

Le sonrío incrédula, pero le dejo que conserve su fe.

—¡ La muchacha más hermosa de toda la comarca! – exclama dirigiéndose a las otras mujeres que me sonríen sin atreverse hacer otro movimiento.

Ernesto interrumpe el momento efusivo, molesto. Parece que nadie ha recaído en él. Me toma del brazo y entramos en el hotel. Los dueños, un matrimonio de mediana edad, y tres muchachas de servicio nos esperan en una amplia entrada que sirve de recepción.

Reverencias y parabienes a mi esposo. Reservó todo el hotel para nosotros y pagó por adelantado. Las habitaciones preparadas tal y como había ordenado, cuatro, en la planta superior, las más confortables. Todo dispuesto según las instrucciones de Don Ernesto Valcordel Infante, el indiano que se dejó caer por estos lugares para su suerte y para mi mal.

 

Los cuatro hombres se apean de las motos y Aurelia está ahí, esperándoles también. ¡Qué sequita está! Se acerca a ellos con gestos nerviosos, impacientes. Les da las explicaciones opor- tunas, las llaves… Los hombres le preguntan, se interesan por el hotel, por su abandono. Ella fuerza una sonrisa conejil, restriega las manos en el mandil y su voz aflautada se hace casi un silbido.

—Yo no sé nada — responde,  y se aleja con prisas por si a una nueva pregunta tuviera que dejar sin respuesta.

No, no les cuentes ¡A ellos qué más les da! Vienen a pasar unos días de descanso, a caminar por sendas de montaña, a llenarse de naturaleza… Pues que disfruten de estos parajes sin necesidad de más. Muy bien Aurelia, tú que todo supiste, tú no sabes nada.

Entran y se detienen en la misma entrada. Dejan aparcados sus petates y sus mochilas sobre los sillones alados de mimbre y echan una rápida ojeada, insuficiente para apreciar los desconchones de las paredes ahí donde la pintura no aguantó el paso del tiempo.

Días atrás, algunas mujeres han estado oreando y espabilando el silencio y la humedad. Han limpiado los muebles y fregado los suelos, pero pequeñas partículas de polvo se resisten a dejar su acomodo después de tantos años, diez… o ¿ya son doce?, y persisten pegadas sobre los pocos objetos que componen la decoración del hostal. Se apiñan en la atmosfera, en el aire que las atrapa suspendidas en la claridad que entra por la ventana enrejada.

Los hombres suben por las escaleras hasta la planta de arriba y se distribuyen justamente en las mismas habitaciones que ocupamos Ernesto y yo. En la mía, la más grande se instala, el más joven. La atraviesa y abre las contraventanas del mirador que se asoma al pequeño jardín, ahora descuidado y sucio. La luz se adueña del espacio y reverbera en el espejo del armario.

 

Una de las muchachas silenciosa deshace las maletas y cuelga mi ropa. Me han sentado frente al mirador en un sillón de mimbre, como los de la entrada; el esfuerzo de subir la escalera me ha dejado sin aliento. Inspiro el aire de la otoñada obligando a mis pulmones con el ansía ebria del que apura los últimos tragos, y me complazco en mirar los geranios repletos de flores que rodean el brocal de la fuente, y las petunias que siguen floreciendo arañando los días que las queda antes de que las marchite el invierno.

En la habitación de al lado oigo a mi marido dar órdenes y manda recado al médico de que ya estamos aquí. No necesita médico quien ya está sentenciado a no ser para testificar su defunción. Pero él se empeña, hay que cubrir las apariencias. Le oigo caminar hacía aquí. La puerta que une nuestros dos cuartos se queja ante su paso y chirría; ya le siento junto a mí… Una mirada suya basta para hacer salir a la muchacha que deja su cometido a medias. No me vuelvo, pero percibo su respiración gruesa a mi espalda y su tacto blando en mi hombro. Me parapeto tras el escudo invisible que he creado, frontera entre su espacio y el mío, para poder soportar su cercanía, y para que él no encuentre más de mí que el roce de mi vestido.

—¡Qué!, ¿contenta? Ya estás en tu pueblo. Como has visto, cumplo mi compromiso, podrás morir en paz.

Estoy acostumbrada a su crueldad. Y sus palabras ya no me hacen daño. Antes, me convertían en un animalillo herido y

asustado pero desde que supe que la enfermedad tiene echada la cuenta de mis días, un extraño poder me liberó de su maldad y sus desprecios.

Un acceso de tos me parte la espalda, otro, otro, uno más y otro. Busco mi pañuelo en la bocamanga de mi vestido, pero no está. Me tapo la boca con la mano intentando controlar el espasmo convulsivo. Ernesto retrocede unos pasos. Puedo sentir su gesto de repugnancia, de asco cuando ve la sangre.

—¡Muchacha, muchacha! —llama, mientras sale de la ha- bitación dejándome a solas con mi sangre, con mi sudor, con la mañana que entra por el mirador igual de deprisa que sale la vida en cada golpe de mi respiración.

Las chicas han entrado asustadas y me recuestan en la cama con mimo, con celo, como si fuera una niña pequeña, o una virgen.—Descanse, señora, descanse. El viaje seguro le fatigó— Y yo me abandono a esas manos amables y sencillas que huelen a lejía y a jabón.

 

Sentado en la cama se ajusta los cordones de las botas. Los otros ya le esperan abajo. Han gritado varias veces su nombre, apremiándole, ¡Enrique!

Ha cambiado sus ropas de viaje por otras más cómodas: jersey de lana sobre camisa de franela y pantalones de pana gruesa. Baja deprisa las escaleras para reunirse con sus compañeros que ya están en la puerta. Junto a ellos, Ramón, mi buen Ramón. Entonces, era un rapaz de mocos y ausencias que escucha y habla a través de sus ojos. Hoy, un mocetón que cierra los párpados y mira a otro lado para no decir. Lo envió Aurelia, según lo acordado. Será su guía y les descubrirá los secretos que guarda la montaña.

—Ya era hora, —le increpa el que parece el mayor de los cuatro. Un hombre corpulento con el pelo canoso ensortijado—Se supone que el más joven debería ser el más rápido.

Le presentan a Ramón que le saluda de la única manera que puede, ofreciendo su mano y una sonrisa.

—Soy Enrique, el tardón —ironiza.  ¡Enrique! —me gusta ese nombre— Estrecha la mano que le tienden y se excusa por la tardanza—Me di una ducha, y deshice el equipaje. Por cierto, ¿quién de vosotros está acatarrado? Tosía como si se le fuera a partir el pecho.

Ellos no han tosido y me inquieta la posibilidad de que él pueda escucharme. Bromean sobre ello, mientras se adentran por las calles del pueblo. Ramón camina delante de manera que no pueden ver su gesto de preocupación. Ya no sonríe. Uno de los hombre alcanza su paso y le pone la mano en el hombro para que le mire y pueda leerle sus labios.

—Hoy nos acompañaras a visitar los alrededores y pro- gramaremos las excursiones de los próximos días ¿De acuerdo, Ramón?

Ramón asiente con la cabeza y vuelve a sonreír.

 

La tarde está quejosa y se aleja lánguida. Las cumbres bostezan allá por donde se esconde el sol. Me han bajado al jardín envuelta en una manta y miro esos reflejos tras los que tantas veces deseé marchar, imaginando que eran anuncios de otros mundos que me esperaban, de otra vida más viva de la que se me presentaba en un pueblo encerrado entre montañas. Ansias locas de volar de una atolondrada adolescente que pedía al cielo su libertad cuando ya era libre. Y el cielo me castigó. Ya de nada vale lamentarse.

Continuará…

Presentamos: TRIBUNALES EN TIEMPOS DE GUERRA de Julián Fernandez Cruz

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En exclusiva, MasticadoresEspaña presenta un extracto de la próxima publicación de Julián Fernández Cruz, Tribunales en tiempos de Guerra, Julián continua su análisis del pasado inmediato español, que ha tenido en Los Hijos de la Postguerra y La hija secreta de Lluis Companys recientemente editados y próximamente El exilio republicano en México su continuidad. -j re crivello, editor, editorial Fleming

Por:  Julián Fernández Cruz

Existe una cosmovisión —antes oficial y hoy nostálgica-—y una determinada o falsa memoria sobre la Guerra Civil española y la dictadura franquista que tienden a infravalorar o, al menos, relativizar, los procesos de violencia política desarrollados durante ambas, con el objetivo de no considerar la represión franquista como el basamento de la larga duración del régimen dictatorial. Esa ha sido una percepción, heredera de la propagandística franquista, que ha llegado no intacta, pero sí con considerable salud, hasta nuestros días: la de una violencia “proporcionada”, “correlativa” a la violencia revolucionaria. La de una violencia, en definitiva, “necesaria”, “sanadora” y “justificada”. Una violencia que, gracias a la bendición eclesiástica que recibió durante la Guerra Civil y la dictadura, no sería ni cruel ni desproporcionada, sino un elemento más de la “definitiva” lucha entre el Bien y el Mal, entre la Ciudad de dios y los sin dios, la anti-España.

Pero, tal y como hemos visto, de proporcionada, puntual o limitada, la violencia franquista tuvo más bien poco. Antes bien, la violencia fue un elemento consustancial a la dictadura franquista.

Hoy es ya imposible pensar en ella sin situar en el primer plano del análisis sus 30.000 desaparecidos, sus 150.000 fusilados por causas políticas, el medio millón de internos en campos de concentración, las decenas de miles de personas empujadas al exilio, las 300.000 personas que llenaban las prisiones y los batallones disciplinarios de trabajadores durante la postguerra, los miles de maestros y funcionarios depurados, o la miserable represión ejercida contra las mujeres, que llegó a extremos de crueldad como el robo de sus hijos e hijas en las cárceles.

Los vencedores de la Guerra Civil fueron implacables con los derrotados. Ya durante el conflicto, y siguió después del conflicto, en el contexto de un Estado de guerra mantenido hasta 1948, con los Tribunales Militares, los de Responsabilidades Políticas y los de Represión de la Masonería y el Comunismo; con la Causa General, la Ley sobre Seguridad Interior del Estado o la de represión del Bandidaje y Terrorismo, que constituyeron el entramado represivo de la dictadura franquista. Todo ello contribuyó de forma decisiva a la extensión de una sólida cultura del silencio y del miedo.

La España de Franco realizó una inmensa inversión en represión y violencia para vivir después de sus rentas, convirtiendo al país en una inmensa prisión. La represión fue un elemento consubstancial del régimen franquista, desde sus inicios hasta su final y es, por tanto, un

aspecto clave en el análisis de la larga duración de éste en su intento de perpetuarse indefinidamente. La represión servía a la vez para castigar a los vencidos, cohesionar a los vencedores y atemorizar al conjunto de la sociedad.

El análisis de la primera represión, brutal e intensa, siguiendo una práctica que ya se había aplicado en los territorios dominados por los franquistas durante la guerra civil, es clave para entender la naturaleza del régimen y su larga permanencia. Un régimen que nació reprimiendo y matando y que murió matando y reprimiendo. Cada vez disponemos de investigaciones más exhaustivas que, partiendo del ámbito local y comarcal, nos permiten una aproximación más completa a los aspectos cuantitativos y cualitativos de la represión franquista, a la vez que confirman, paso a paso, los aspectos generales y su brutalidad y amplitud. No podemos hablar pues de una dictadura consensuada, si consideramos la brutal represión.

La dictadura franquista siempre se fundamentó en la distinción entre vencedores (adictos) que merecían el premio y el reconocimiento, y los vencidos (indiferentes y desafectos) que merecían el castigo y la humillación. Una división marcada por la victoria en la guerra que legitimaba al régimen franquista. Y así fue a lo largo de toda la dictadura. Por este motivo, la memoria del franquismo es hoy todavía tan compleja en España. Unos quieren recordar, “los vencidos”, y otros quieren “olvidar”, los “vencedores”. Pero, el recuerdo y el olvido forman parte inseparable de la memoria, de las diversas memorias del franquismo y de la represión.

 

 

 

 

 

 


NUEVOS COLABORADORES

Seguimos enriqueciendo nuestro blog con dos colaboradores más que nos proporcionaran interesantes lecturas. José Luís, Nuria, sed bienvenidos.

18.12.2013-3 - copia (2)

José Luís Serrano Cantarín

Escritor de formación autodidacta, (a mis papeleras pongo por testigo). Ha publicado un sólo libro “Palabra a la vista” si excluimos el paso por algunos colegios, (ya sabes, Redacción: la vaca…) institutos, un par de academias y la Uni de Vetusta (Oviedo), que es más literario nombre
Cantautor y poeta en excedencia, aunque con pequeñas incursiones en ambos géneros para no incurrir en cesantía.
Nacido en Cimanes de la Vega –León- el 29 de Julio de 1.956
Fue cantor de escolanía y productor/regidor/guionista/sra. de la limpieza/etc. en Éxodo C.A. grupo de teatro de Las Palmas (Canarias), del que fue cofundador.Responsable de comunicaciones de una asociación político-laboral (¡Vaya idea! Sí, pero qué experiencia) y editor de Diario Digital.
Ahora recolecta frutos de huertos que sembró hace tiempo y prepara surcos para nuevas simientes.

NURIA VIUDA

NURIA VIUDA

Soy escritora vocacional y lectora acérrima desde que aprendí a leer. Me formé en la biblioteca familiar y con grandes profesores y profesoras de literatura que tuve la suerte de conocer y admirar. Me he considerado siempre una escritora en la sombra que en la actualidad va saliendo al aire gracias a la confianza depositada en mis textos. Escribo en revistas literarias digitales como la Charca literaria de Barcelona, Alquimia literaria de Madrid, Extrañas noches literatura visceral de Buenos Aires, Crepúsculo de Buenos Aires. Nós otros editada por la escuela de idiomas de Valladolid, en lengua portuguesa, y en publicaciones en papel como la revista de mente a mente editada por el equipo de salud mental de León (donde he impartido un curso voluntario de escritura creativa a los usuarios) y anteriormente en sentimientos invisibles.

Mis textos han sido publicados en varias antologías como la palabra en la noche de editorial cultural norte. Vida subacuática editado por la charca literaria. Homenaje de escritoras leonesas a Concha Espina. Homenaje de escritoras leonesas a Josefina Aldecoa. Libros y Eros editado por Manual de ultramarinos. Varios cuentos bárbaros editado por Manual de ultramarinos y blogs de escritores como Resaka Hankover o Venus en la tierra.

Mi primera publicación es Cuaderno bicéfalo de editorial Dalya. Un trabajo a dos manos con el escritor Rafael Parrado que me ha aportado inmensas satisfacciones y que ha sido maravillosamente acogido por la crítica.
Escribo cuento, poesía, prosa poética, teatro, artículos, relato y epístola.

Querido pasado by Rosa Linares

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Te escribo estas letras para despedirme. Ya no me haces falta. Ya no noto tu presencia. Esta mañana he tomado el café en esa taza que no había vuelto a tocar desde que te marchaste porque era “tu” taza. Y me he sentado en la silla donde tú te sentabas sin darme cuenta siquiera. He hecho la cama y he estirado la sábana sobre tu lado de la almohada, sin doblarla como a ti te gustaba, consciente quizá de que ya no la vas a volver a abrir.

Hoy me he atrevido a vaciar el cajón de tu mesilla, dejando salir los fantasmas y las sensaciones adheridas. Y no he sentido nada. Una leve nostalgia que espanté de un manotazo y dejé que se marchase abriendo las ventanas de par en par. He pasado ante una pequeña foto tuya que aún hacía acto de presencia sobre un estante del mueble del salón y ni siquiera la he mirado. Pero, sí, me he dado cuenta de lo que ha pasado y he vuelto sobre mis pasos para hacer algo al respecto. He cogido la foto y la he tirado a la papelera rebosante de papeles arrugados que pide clemencia bajo mi mesa de escritorio. Y he sonreído. Sí. He sonreído. Ni yo me lo podía creer. Y la sonrisa se convirtió en carcajada cuando fui consciente de lo que estaba pasando. Y me sorprendí de que hubiese tardado tanto tiempo en darme cuenta.

Me ha acompañado tanto tiempo tu recuerdo que pensaba que ya no podría vivir sin él. Lo impregnaba todo: mi casa, mi vida y hasta mi piel. Pero no era más que una muerte lenta, fiel observadora que disfrutaba viéndome languidecer. Y yo me dejaba. Pero hoy he descubierto que no. Que ya no me intimida. Que ya no te necesito en mi vida. Ya eres un fantasma del pasado. Así que, por fin, puedo despedirme. En paz. Con amor. Te deseo lo mejor. Yo me voy a vivir con mi nuevo yo.

 

BOCA AMARGA by Rosa Marina González-Quevedo

mujer maltratada

Siento aún su mano deslizarse por mi vientre. Siento aún su dedo presionando mi vulva para entrar, con violencia, en mi vagina. Le encantaba mirarme a los ojos cuando ejecutaba ese desagradable ritual que él llamaba «juego preliminar»: ¿Te gusta?, me preguntaba. Y yo le respondía que sí. Pero él se daba cuenta de que le estaba mintiendo. Y para demostrármelo, sacaba el dedo de mi interior y me sujetaba la cara por el mentón, obligándome a mirarlo fijamente:
─ ¡Qué te va a gustar, si eres frígida!… ¿Ves? Estás más seca que una piedra puesta a hornear ─me decía. Y me restregaba el dedo por la boca, haciendo todo lo posible por humillarme─: ¡Puta! ¡Ya te enseñaré lo que es bueno!…
Yo sentía una ola de sangre golpear mi rostro; no podía saber si era de ira o vergüenza. Lo cierto es que mi turbación le excitaba aún mucho más, hasta el punto de lanzarse sobre mí como un animal salvaje:
─ ¡Toma, cerda! ─repetía mientras me poseía con la fuerza de un toro.
Y así, tiraba de mi cintura una y otra vez, pronunciando frases despiadadas. Luego, tras darme repetidos encontronazos contra el colchón, eyaculaba (al hacerlo, emitía un ronquido bestial). Y al final, lo de siempre: caía boca arriba, rendido.
Entonces, llegaba el momento de levantarme de la cama. Me tiraba la bata por encima y, en puntas de pie, entraba al baño. Me lavaba dos o tres veces. Y aprovechando que él estaba profundamente dormido, iba al salón. Me acostaba en el sofá. Encendía el ordenador. Me conectaba a Youtube. Y buscaba lo mejor de esos vídeos calientes que me invitaban a acariciarme y a saciar mi placer contenido.
Por la mañana, se iba a trabajar. No regresaba a casa hasta muy tarde. No me esperes a cenar, que todavía tengo mucho que hacer en la oficina, era su pretexto favorito. Y sin crearse por ello cargos de conciencia, aparecía a las tantas, preñado del olor de otra mujer, con aquella fragancia que yo había aprendido a distinguir muy bien: J´ador usaba la zorra, J’adore y carmín bermellón, etiqueta indeleble en el cuello de las camisas de mi marido.
En cierta ocasión, mientras ponía su ropa en la lavadora, se me ocurrió preguntarle por aquellas manchas. ¿Es que eres tan idiota que no sabes que es pintalabios?, me respondió con sobrado cinismo. Y lloré durante el día y parte de la tarde. Era domingo. Esa noche íbamos a reunirnos con su jefe y otros colegas (y con sus respectivas mujeres, por supuesto). Mira a ver cómo haces para quitarte la hinchazón de los ojos, que van a pensar que te he maltratado, fue todo lo que me dijo. Y entonces, me retoqué con dos capas gruesas de base de maquillaje. Me pinté la cara como para ir a un concurso de máscaras. Me puse un vestido de noche, tacones altos… Sabía lo que me esperaba: una conversación insulsa, una velada con sabor a plástico y un regreso a casa enfrentando algún reproche: ¿Quién coño te mandó a preguntarle al jefe por mis vacaciones? ¡Eso a ti no te importa! Total, sean cuando sean, nos iremos de viaje igualmente.
***
Seis meses de noviazgo fueron suficientes para creer que nuestra vida conyugal iría a pedir de boca. Nos casamos por la Iglesia, como Dios manda. Un mes antes lo habíamos hecho en la oficina del Registro Civil. Y allí estaban todos: parientes, amigos, vecinos y colegas. Ese chico es buen partido me decía mi madre, quien aceptaba con beneplácito nuestra relación.
Pasamos en Roma la luna de miel. Recuerdo que caminábamos sobre el puente que atraviesa el Tíber, robando el encanto de las pintorescas callejuelas del Trastévere, recorriendo el ghetto ebraico con sus románticos mesones, merodeando bajo el Pórtico de Octavia (donde dicen que pasea el alma de la lujuriosa Berenice )… Fueron, en fin, noches de estrellas en las que, tomados de la mano, atravesábamos Piazza di Spagna y lanzábamos monedas en la Fontana di Trevi. Fueron tardes fantásticas y atardeceres peregrinos cargados de crepúsculos que parecían ser tan eternos como aquella ciudad.
Sin embargo, a pocos días del regreso, nuestra vida de pareja comenzó a cambiar. Él se tornaba cada vez más extraño; sobre todo, por aquello de esconder en el cajón de su secreter pertenencias que debían quedar fuera de mi alcance:
─ ¿Qué guardas ahí, cariño? ─me aventuré a preguntarle un día, esperando una satisfacción de su parte.
Pero, para mi sorpresa, mi pregunta fue el detonante de su primer gran desplante: ¡Son cosas mías que no te incumben!
Y juro que no quería develar su secreto.
Pero el diablo andaba rondando por nuestras vidas. Y su descuido de aquella mañana en la que dejó abierto el misterioso cajón del secreter fue la estocada que desencadenó su infierno interior. (No tuve tiempo de cerrar de nuevo el mueble antes de que regresara a la habitación).
Entonces, supe que él no podía amar a nadie; ni a mí, ni a ésa que se jactaba de ser su amante manchando sus camisas con lápiz labial. Supe que tampoco podría llegar a regalarme rosas ni a escribirme cartas de amor ni a susurrarme al oído palabras tiernas. Supe que no podía existir amor en las tinieblas del miedo. Pues yo, sin querer, aquella mañana había descubierto los fetiches de una era terrible en su vida, una etapa cruel en la que su humillación quedaba atada a su oscura adolescencia, atrapada en los brazos de quien le había obligado a descubrir su condición de hombre con escenas de felaciones y masturbaciones disfrazadas de protección materna…
Mientras tanto ─y para mi total infortunio─ él, a mis espaldas, observaba mi estado de petrificación y sonreía, planeando en su mente el castigo que me aplicaría:
─ ¡Por favor, NOOO!… ¡Por detrás NOOO!… ¡Palos NOOO!… ¡NO ME DESGARRES!
No obstante, ahora que él ya no está en este mundo, me pregunto si habrá alcanzado al fin la paz.
No le guardo rencor. No. A fin de cuentas, su cruel condena me permitió saber que, en un rincón de mi alma, seguía oculto el deseo de seguir viviendo… En fin, puedo perdonarle mis horas de terror, pero… Haber vivido con la boca amarga… Haber visto tantas veces despuntar el alba desde el sofá, aguardando lasciva y solitaria… ¡ESO SÍ QUE NO SE LO PERDONO!
Al menos, no en mis sueños.

BLOG: http://www.reginaenvenus.blogspot.com.es/

J. Ordiz & MasticadoresFleming

Barcelona / j re crivello

Masticadores y Editorial Fleming han tenido y tienen una pluma de lujo: José Ángel Ordiz Llaneza, siempre nos apoya. Siempre está cercano. Es el mejor escritor asturiano de los últimos años.

Ahora va a colaborar con nosotros desde su blog, con lo cual Masticadoresdeletras serán 8 blogs más uno. El seleccionará fragmentos de los escritores que editamos y los dará a conocer al gran público. No es publicidad encubierta del tipo este jabón le lava la cara y le deja la piel de Cleopatra, sino una selección personal y rebelde desde el amor a la cultura.

Bienvenido José / Benvingut Estimat

J re crivello (Fundador de Masticadores)

8 blogs + uno:

Entre dos mundos (Jóse Ordiz)

MasticadoresEspaña / MasticadoresUSA / MasticadoresFocus / MasticadoresArgentina / Masticadoreslamalavida / MasticadoresEspacio / Clobbers masticadores / MastegadoresdeLletres

Y en 2020, tal vez: MasticadoresMéxico & MasticadoresLusitania (portugues) & MasticadoresItalia

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TREINTA DE FEBRERO by Beatriz Berrocal Pérez

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Me gustan las historias en las que no pasa nada, que simplemente suceden y ya está, porque así no hay que estar esperando un desenlace concreto, creo que por eso se me daban tan mal las matemáticas, porque todo se basaba en encontrar soluciones a problemas, y no todos los problemas tienen solución. En la realidad, dos y dos no son siempre cuatro, y si tienes cinco manzanas y tu madre te da ocho más, no siempre tienes trece, para empezar, no siempre las madres te dan ocho manzanas.
La conocía muy poco, podría decir, «de vista» y no mentiría, o «de visita», que sería bastante más adecuado. Ella a mí, me conocía mucho menos.
— ¿Qué tal estás? Parece que has mermado en vez de crecer.
Yo encogía los hombros, crecer o no crecer no era algo que estuviese en mi mano, pero sí me daba cuenta de que estaba entre los más bajos de los de mi edad. Que ella viniese a confirmarlo sin paños calientes no ayudaba a despejar complejos que empezaban a asomar en el horizonte de mis diez años recién cumplidos.
—Te he traído un libro. Es de números, para que estudies más, que dicen las monjas que las cuentas no te gustan, que tienes la cabeza llena de pájaros.
Hubiese dado un brazo por que el libro hubiera sido de lectura, de historias, de cuentos, de leyendas, de cualquier cosa que añadiera más pájaros todavía a mi cabeza ávida de nuevos nidos.
-—Pues mira a ver si te espabilas, porque de tontos ya está lleno el mundo. Que tú vives aquí como un señorito, pero ahí fuera la vida es muy dura y no hay sitio para los ilusos, ya te lo digo.
En sus esporádicas visitas se hacía acompañar por un hombre que venía colgado de su brazo, como un bolso pequeño y viejo que no se tira porque todavía hace servicio, pero al que ya, simplemente, se utiliza.
El hombre se mostraba más afectuoso que ella —aunque cualquier piedra del patio ya lo era sin dificultad, todo sea dicho— y estiró el brazo para revolverme el pelo, lo más parecido que he conocido a una caricia, gesto que ella cortó de inmediato con un manotazo que hizo que él apartase la mano como si hubiese estado a punto de quemarse.
— ¡No lo malcríes!
Y él me miraba compasivo con el rabillo del ojo, haciendo que me sintiera un poco más acompañado en la sensación de víctima que iba adquiriendo.
La sala de visitas era también muy fría, pero desentonaba con el porte elegante de ella, se diría que el lugar estaba más hecho para el hombre y para mí, más acorde a nuestra condición. Los desconchones de la pared y los restos de lo que algún día debieron ser persianas en las ventanas dejaban patente esa vida de «señorito» a la que ella había hecho referencia. Frente a la entrada, en la pared principal, tres marcas de cuadros que ya no estaban eran el único adorno de la estancia. Me resultaba curioso pensar que tal vez, cuando los cuadros estaban allí no habían llamado tanto la atención como la señal que dejaba su ausencia: tres espacios grisáceos —mayor el del medio—destacando en la negrura del muro, descascarillado en varios tonos según las distintas capas de pintura, huella de tiempos mejores en el centro.
— ¡Qué poco hablador eres! No me extraña que no tengas amigos. Mira a ver si te dejas de tanta lectura y tanta monserga y juegas más con los chavales.
Yo bajaba la mirada al subsuelo, pues en el suelo la tenía siempre, y pensaba muchas cosas que me callaba por mi tendencia natural al silencio.
Bajo la enorme mesa de madera que estaba en el centro rodeada de media docena de sillas desvencijadas en tres de las cuales nos sentábamos, destacaban los colores de unos papelitos arrugados que traté de estirar con la puntera de los zapatos, mientras el tiempo pasaba.
Ella no veía mis pies, y poco a poco logré extender uno de aquellos envoltorios, el amarillo: «Chocolates Miravalles», ponía, y supe que mi compañero de cuarto Roberto Miravalles había recibido la visita de su padre, a lo que parecía, una visita más dulce que la mía.
—He venido para decirte que…
Justificaba su visita, lo cual ya me sonaba extraño, era como si se disculpase por haber tenido la debilidad de ir a verme, como si necesitase un motivo que respondiese a su presencia allí, no fuese yo a pensar que había ido así, porque sí.
Ella no lo sabía, no lo supo nunca, pero yo no necesitaba que me explicase por qué había ido, me hubiese gustado mucho más no haberlo sabido, haber seguido imaginando, fantaseando, dejando volar mi imaginación, lo único que nadie podría sujetar nunca entre las paredes del centro.
—Para decirte —siguió— que va a pasar un tiempo sin que venga.
El otro papelito de chocolate era azul, y tenía una almendra dibujada dentro de un bombón. ¡Quién fuera Roberto Miravalles aquel día!
—Un tiempo más largo, quiero decir.
La miré a la cara, pero no me miraba. El hombrecillo sí, y sonreía levemente dejando ver una dentadura incompleta, pero lo hacía por detrás de ella, desde su silla colocada a la retaguardia de la autoridad.
Me guiñó un ojo, pero no supe cómo contestarle, nunca nadie me había guiñado un ojo, incluso pensé que tendría algún problema en la vista el buen hombre.
—Así que, no te extrañes si no me ves en… bueno, en bastante tiempo.
Seguí pensando sin hablar, porque las bocas se pueden cerrar, pero las mentes no. Pensé que no la iba a extrañar, que me iba a dar absolutamente lo mismo, que no me iba a importar si iba a visitarme o si no.
Por entonces creía que uno no podía engañarse a sí mismo, solo a los demás.
—Es que estoy…Voy a… en fin, que tengo que hacer algunas cosas —dijo posando ambas manos en su vientre— y bueno… que no voy a poder venir.
Quería que me diese todo igual, quería que me resbalasen sus palabras, quería que no me diese envidia Roberto Miravalles, quería que mi compañero de cuarto fuese alérgico al chocolate y tuviese que dármelo todo a mí, quería que aquella habitación no me asfixiase…
Se despidió de mí sin cruzar el abismo que nos separaba. Cuando se dio la vuelta, el vuelo del abrigo que llevaba describió un círculo a su alrededor que llenó mi cara de un aire muy suave.
A su espalda, el hombre me dio una pequeña novela del oeste enrollada que me apresuré a esconder en bajo el jersey.
— ¿Y cuándo volverás? —preguntó una voz que salió de mi garganta sin permiso alguno.
Detuvo sus pasos, pero no se dio la vuelta para mirarme, nunca lo hacía, no sé ni de qué color eran sus ojos.
—Pues… el… hacia… el treinta de febrero.
No me pareció de aquello tanto tiempo, acababan de pasar las navidades, otras veces habían pasado meses sin su visita, así que no me preocupé.
Aquella noche dormí solo, Roberto Miravalles la pasó en la enfermería debido a una indigestión de tanto chocolate como había comido.
El sueño no terminaba de llegar, así que busqué en el calendario el treinta de febrero para marcarlo.
Pero no estaba.
Cuando vino la monja a decirme que apagase la luz, le pregunté si tenía otro calendario.
—Este está mal, no le han puesto el treinta de febrero.
— ¡Jesús! ¿Pero qué tonterías dices, chiquillo?
—No son tonterías. Mire, madre, este calendario no lo trae.
—Ni ese ni ninguno —respondió firme— el treinta de febrero no existe, si acaso el veintinueve, cada cuatro años, por bisiesto, pero treinta nunca, rapaciño, treinta nunca.
Recuerdo su acento gallego, su insistencia en que me acostase y dejase de decir tonterías ante mi insistencia el buscar el día que no encontraba, su apremio en que rezase las oraciones y me encomendase al Señor para que despejase mi mente de desvaríos.
Recuerdo el calendario hecho pedazos en el suelo del cuarto, mezclados los días venideros con múltiples papelitos de colores de Chocolates Miravalles. Sábados, domingos, lunes o martes al mismo nivel que almendras, avellanas o cacahuetes, arrugados en tonos coloridos, igualados todos a los pies de las dos camas.
Recuerdo que había días diez de mayo, de junio o de abril; días veinte de agosto, de noviembre o de enero; días doce de julio, de octubre o de marzo… pero no, no había ningún treinta de febrero.
El empacho de Roberto se curó al día siguiente. Mi vacío no se curó nunca pues nunca volví a ver a mi madre.

Han pasado más de veinte febreros desde entonces.
Siguen gustándome las historias en las que no pasa nada, la lectura en ratos perdidos que me ayuda a encontrarme, y siguen sin gustarme las matemáticas, hay cosas que no cambian, pero por si acaso, cada año, al estrenar el calendario, sigo buscando esperanzado por si acaso alguna vez trae un treinta de febrero.
Relato finalista en el Certamen Villa de Torrecampo (Córdoba) en 2018.

PÁGINA WEB: http://www.beatrizberrocal.es
BLOG:http://comolavidamisma-beatriz.blogspot.com/

CON SU CAMISITA Y SU CANESÚ by Reyes García-Doncel

Portada

Una muñeca vestida de azul, con su camisita y su canesú… Vestida con el disfraz de princesa, Alice aprende a decir azul, rosa y azul; de la cocina llega el olor a masa fermentada en el horno, a brócoles y a infusión de jengibre; por la ventana llega el aguacero que azota los cristales y difumina el contorno de la calle, encerrándome aún más en este cuarto. “Palma palmita que viene mamá, palma palmita mummy”. Alice se pone sus zapatos de purpurina. Me asomo para ver el mar y no lo distingo del cielo lloroso, una bruma plomiza e irreal los une y nos envuelve a todos en la misma cortina empapada. “Un ratón chiquitín, chocolate y turrón…”. La lámpara rosa del cuarto encendida a las tres de la tarde, de nuevo el invierno, otro más, el eterno invierno, que no reconozco… Como tampoco reconozco al Stefano risueño y optimista en el huraño que no para de quejarse porque se siente explotado, porque trabaja como un mulo, porque gana muy poco dinero… Lo animo a que proteste o a que busque otro trabajo, él replica “sí, sí”, pero continúa refunfuñando sin hacer nada.
Rosemary me acerca un té y me sonríe: “¿esa canción te la enseñaron en tu colegio cuando eras pequeña?” Asiento en silencio, el olor a jengibre me inunda y cierro los ojos: los apuntes de Business, las botellas ordenadas en sus estanterías, las quejas de Stefano, la lluvia, los edificios grises, la risa estrepitosa de Elsa, mis padres por Skype, el 22, los espaguetis solo con tomate, la calefacción al mínimo, el frío, los malos modos de Stefano, el silencio… Esta es mi vida.
A través de la neblina veo una chica arrastrando un trolley.

Fragmento de la novela “Ulises con alma ajena”
Autora: Reyes García-Doncel
Editorial: Triskel ediciones

El Aleph – Un cuento de Borges by Santiago Acuña

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En este cuento el autor argentino Jorge Francisco Isidoro Luis Borges, más conocido como Jorge Luis Borges, cuenta las cosas que le van pasando luego de la muerte de su amada Beatriz Viterbo. En la cual, él mismo se propone visitar la casa familiar en cada aniversario de su muerte. En estas visitas entabla una relación con el primo hermano de Beatriz, donde su nombre era Carlos Argentino Daneri.

Cada visita que realizaba Borges a aquella casa hacía que la relación se haga más profunda y confiada para Carlos, en el cual en una de las ocasiones, éste le explica a Luis Borges que comenzó a escribir poemas, además, para poder conseguir que Borges se comunique con algún escritor para que realice el prologo de los poemas escritos por Daneri, pero para Borges estos poemas son malos, confusos y desordenados, pero igualmente éste ultimo le hace creer a Daneri que va hablar con el escritor.

Pasados algunos meses, Luis Borges recibe una llamada de Carlos Daneri diciendo que la casa va a ser demolida, pero Borges no entendía porque tanto escándalo si podía mudarse tranquilamente sin ningún problema, pero Daneri le explica que no va a poder terminar de escribir sus poemas porque allí estaba el Aleph. Atónito Borges y no entendiendo de que se trataba, se lo pregunta y Daneri le dice que en el Aleph se podía ver el todo, el universo completo y que sin el Aleph el no podía seguir escribiendo.

A todo esto, Borges creía que Daneri estaba loco, pero se equivoca en el momento que ve en el decimonoveno escalón de la escalera del sótano al Aleph en solo una circunferencia de un par de centímetros y donde se podía ver todo. Al ver el Aleph se podía ver todo el infinito, una vez visto éste ya nada tendría sentido porque lo ha visto todo del todo y solamente con el olvido el hombre podría seguir.

Daneri lo observa a Luis Borges para ver como reaccionaba éste, pero él solo se mantiene en silencio, pero luego de un rato le dice Luis a Carlos Daneri que se vaya al campo para poder despejar su mente y cure sus pensamientos “malos”.

Luego de esto Borges analiza lo que observo. Haciendo conjeturas y tratando de conceptualizar lo visto y se pregunta si realmente ¿Existe una separación entre la ficción y la realidad?, ¿Existen otros Aleph en el universo?, ¿De dónde Carlos habrá sacado ese nombre?

El Aleph es la primera letra del alfabeto hebreo. Esta letra sale del espíritu de todas las letras y de toda el habla humana. Por ende, esta fue la primera letra oída en la revelación de Dios, se supone que expresa su voluntad y el universo contenido.

Además, en el momento en el cual Borges mezcla la ficción con lo veraz, hace que nos pongamos a pensar en una cita real por una irreal, es decir, en cambio de que nosotros pensemos en la mentira, en la ficción, vemos que lo que leemos le incorporamos una cuota de verdad.

Con esto podemos decir que Luis Borges hace filosofía sin entrar al canon de la misma porque hace que nos cuestionemos sobre nosotros mismos y, además, a partir de ese cuestionamiento, cuestionar sobre la duda o cuestionamiento antes planteado.

¿Qué podemos hacer nosotros en el momento de ver el Aleph? La única cosa que podemos hacer es olvidar, ya que la libertad viene del olvido, es decir, ya que luego de verlo nada tiene sentido porque encontraste el sentido ultimo lo único que podemos hacer es olvidarlo.

Pero que pasa si nos preguntamos ¿Qué podemos hacer con todo esto? Y es ahí donde lo único que podemos hacer es escribir, hacer literatura, expresarlo. Es ahí cuando nos volvemos un evangelizador ¿Por qué? Porque simplemente tenemos que preguntarnos esto ¿Qué hacemos si vemos todo? ¿Nos lo guardamos? Creo, fervientemente, que no, ya que el hombre necesita contar, necesita hablar, expresarse. Tal vez eso es la literatura, una actividad salvífica, es una necesidad de ir escribiendo un relato sobre el sentido.

Cita Ineludible by Diana González

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Este relato saldrá publicado Habitación 64 (obra colectiva que participan varios autores)

Aleia miró por la ventana, reconoció aquel resplandor extraño en las nubes bajas. Bajó los visillos y con alta voz de mando dijo:

— ¡Alewives! Prepara la habitación sesenta y cuatro. Alguien vendrá y ella lo está esperando.

La muchacha, atenta y servicial cogió un par de sábanas blancas de hilo de algodón, y a toda prisa subió los sesenta y cuatro escalones que la separaban de la suite más lujosa de aquella casa de huéspedes.

Aleia decidió que sería una mujer joven y bella de largos cabellos negros y rasgos orientales quien recibiría al que vendría.

Cuando el cielo brillaba de nubes, siempre llegaba alguien especial.

Alonso estaba en el comedor de  su casa, afuera una llovizna pertinaz no cesaba. De momento lúcido, escribió:

«Saldré a por algunas vituallas, no me esperen para cenar.»

Sonreía al escribirla, sonreía tranquilo y sapiente. Sabía que no bien ganara la calle, al compás de sus pasos su mente se nublaría. Debería caminar enérgicamente para lograr un recorrido amplio, estaría bien que eso sucediera a una distancia suficiente como para que no le encontraran.

Afuera estaba el tiempo, transcurriendo ominoso, anodino y estéril como todos los días.

Afuera estaban sus hijos, trabajando, olvidando y resistiendo, como todos los días.

Él había estado allí, en el tiempo de hacer y criar, pero ya no. Ahora todo lo condenaba a una estancia  permanente dentro de las paredes de su casa, entre fotos y prendas de quienes no estaban.

Había ido cumpliendo años rodeado de ausencia.

Porque la ausencia se nutre de detalles y crece hasta ganar todos los espacios.

Un día al abrir un cajón, aquel mantel bordado por su mano. Sostener entre sus dedos aquel jarrón ya sin las flores. El mandil  eternamente colgado en el gancho detrás de la puerta.

Pero por suerte, en el desmañado mundo, existe el olvido. Esa sombra a veces brutal, a veces piadosa que es hermano de la soledad.

En los, cada vez más escasos, momentos de lucidez agradece que el olvido se lo esté comiendo por dentro.

 

Salió a la calle, camino apenas un par de cuadras. Esperaba la nebulosa, esperaba que pronto esa sensación de nada, ese vacío, volviera a convertirlo en un saco de huesos, pero nada sucedía. Seguía reconociendo calles, comercios, direcciones.

Entonces decidió que su paseo sería aún más largo de lo planeado y subió la cuesta que desembocaba a la circunvalación. Caminaría al costado de la ruta hasta los olivos.

La noche era fría, alzó el cuello de su abrigo e intentó calzar mejor sus anteojos.

Poco a poco las calles fueron desapareciendo, dando lugar a un sendero angosto donde sus ojos miopes sólo veían sombras indescifrables, que se movían, crecían se agrandaban y achicaban amorfas. Llegó a los olivos, los senderos se ampliaban entre los árboles, caminó su tierra roja, como cuando era joven y trabajaba en su cosecha.

Sintió un dolor en el pecho, lo atribuyó a la nostalgia. Siempre que recordaba dolía.

—Por eso es mejor el olvido. —Se dijo convencido.

Puso su mano a manera de visera para ver el camino. Las sombras corrían, iban hacia adelante, como en un oleaje que lo mantenía atento, luego volvían a él, para volver a irse. Eran sombras se cardúmenes, de aves gigantescas de carreras de Tuaregs sobre camellos negros.

Si bien su corazón latía con fuerza, su decisión de seguir adelante no la frenaría ninguna visión por vívida que fuera.

Todas las sombras confluían en un punto, que poco a poco se hizo más visible. Alonso aguzó su vista sin llegar a distinguir si era él quien avanzaba hacia ellas o eran las luces las que se precipitaban hacía él.

Reconoció esa extraña sensación que tienen los ocupantes de dos trenes detenidos en andenes juntos y en distintas direcciones. En el primer momento que alguno se mueve, desde dentro, es difícil precisar cuál es.

 

Aquello que veía iba definiéndose, teniendo contornos cada vez más sólidos, colores, ventanas. Definitivamente era un edificio, con luces, cortinas, balcones, y una escalera a una terraza por la que se accedía a la puerta de entrada. En principio creyó estar alucinando debido a la falta de claridad que su mente venía sufriendo hacía ya tanto tiempo. Sonrió sacudiendo la cabeza a uno y otro lado, creyendo estar seguro que no había ninguna construcción, y menos que menos una semejante a aquella, en mitad de aquel campo.

La lluvia cesó, avanzaba ligero y decidido. Una recuperada fuerza interna seguía empujándolo hacia adelante. Extendió el brazo buscando algo para asirse y su mano se apoyó en la balaustrada.

A su contacto frío y pétreo sintió una punzada en el pecho, había hecho el último recorrido con muchas prisas.

—Quizás sea bueno detenerse y disfrutar lo que se nos pone por delante, sin pedir o dar explicaciones. —Pensó mientras subía lentamente pero sin dificultad.

 

Pedro llegó a la casa y vio la nota sobre el mueble del recibidor. Tras leerla, y luego de buscar en todas las habitaciones, el patio, el baño, hasta en el lavadero,  con gesto apresurado llamó desde su móvil, atendió la conocida voz de su hermana.

—Carmen, papá se ha ido.

—¡Qué dices!

—Que ha dejado una nota, dice que no le esperemos a cenar.

—Por favor Pedro, ve a buscarlo. No me explico cómo encontró la llave. Debe estar cerca del mercado. Solo me faltan veinte minutos para salir del trabajo, por favor Pedro, ve a por él. Te encuentro en el puesto de Nora.

Antes de salir Pedro revisa el cajón donde la llave de repuesto está escondida y allí la encuentra, se va a la calle sin entender cómo ha hecho su padre para salir de la casa.

 

Alonso no ha tenido necesidad de llamar a la puerta, ésta se abrió no bien él subió las escaleras del elegante, anacrónico y gran edificio que refulgía en mitad de una noche blancuzca de nubes.

Una vez dentro pudo ver a su alrededor. Era una estancia enorme y suntuosa.

Difusamente iluminada por luces cálidas, en el centro del patio una fuente con chorros de agua, al costado de la recepción una acristalada puerta de acceso a los jardines.

No bien entró el recepcionista le sonrió. Sin dudarlo, como si se tratara de algo habitual se acercó al mostrador para pedir su habitación, la número sesenta y cuatro.

Sonrió. Sabía  que era una cita ineludible, cuando la vio parada en el centro de la escalinata principal volvió a sonreír, ella lo estaba esperando, lo saludo atenta y se giró en redondo. Alonso supo que la seguiría a donde fuera que lo llevara.

 

El innegable dolor de Pedro y Carmen se fue apaciguando gracias al transcurso de los días, los trabajos, los horarios. Todo fue progresivo y a la acostumbrada manera de los ritos citadinos. Sintieron la culpa por la falta de cuidado, el tiempo que faltaron a sus ocupaciones sopesaron la ausencia, para finalmente  caer en el alivio de no vivir pensando en volver pronto a casa.

El último paso era la casa, aquel testigo sordo y cargado de ausencias.  La vendieron y con lo que les tocó ambos dieron el anticipo para cada uno conseguir su propio piso con hipoteca.

El círculo se cerraba sobre sus cabezas.

Seguramente conseguirán pareja, se casaran, caerán en la trampa de los créditos personales y una nueva hipoteca por una casa más grande, alguna que otra vacación y las fiestas con los amigos. De vez en cuando la lucidez les dará otras respuestas y quizás para alguno de los dos no se haga demasiado tarde.

Les queda de consuelo y herencia que cuando lo encontraron, casi noche del día siguiente, habiendo ya pasado el rigor mortis, el cadáver de Alonso, su padre, tenía una expresión relajada. Se podría decir que sonreía.

 

Epílogo

Los niños están mirando por la ventana, la casa está a oscuras. Su hermana mayor, en la cocina,  prepara unos dulces. Está oscureciendo y la única lumbre en el comedor, es  de la chimenea.  El fuego teje sombras que van y vienen, parecen cardúmenes, aves gigantescas, carreras de Tuaregs sobre camellos negros.

Juan, el mayor cuenta, histriónico, un cuento de los que hacen estremecer a  su hermano Ramón.

«…Y dicen que se aparece de golpe en mitad de tu camino, es un hotel o un hostal, muy brillante y extraño. A ese edificio solo entran los muertos.»

Se acerca Nuria con la bandeja de buñuelos. La apoya sobre la mesa y da un coscorrón en la cabeza de su hermano Juan.

—¡Deja de asustar a Ramón! Y vengan a la mesa.

¡Tú y tus historias!  Termina con eso o le cuento a mamá y papá cuando lleguen.

Luego enciende las luces, mientras los muchachos comen.

 

 

 

 

HABLANDO CON DIOS by Ibán Velázquez

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La primera vez que entró en la consulta me sorprendió. Se trataba de un hombre que apenas podía subirse al diván sin tener que dar algún que otro pequeño salto. Iba descalzo, y sus tobillos estaban recubiertos de un frondoso pelaje que se enredaba con los dedos de sus pies al andar. Llevaba una camisa a cuadros y unos pantalones vaqueros, que para otro, podrían considerarse cortos, pero que a mi primer paciente de aquel día, le cubrían sus rollizas piernas casi al completo.

Los ojos del desconocido, de un verde tan vivo que parecía incluso brillar, me miraron expectantes.

—Disculpe, pero hoy no tenía concertada ninguna cita hasta las nueve, caballero —dije intentando ser amable, pero al mismo tiempo tajante —. Haga el favor de salir de mi consulta, tengo trabajo.

—Pasas tus días entre papeles, Roberto. Deberías disfrutar algo más el regalo de la vida que te he dado.

No podía creerlo, me había tocado otro “singular sujeto”, de esos que cualquier psicólogo prefiere mantener alejado del trabajo.

—Dígame, ¿qué le preocupa?, ¿por qué está en mi “aquí” a esta hora? —dije ya rindiéndome a la evidencia de que no iba a marcharse fácilmente. Además, temía que pudiera ser alguien peligroso, a pesar de su estatura.

—Me preocupan mis hijos. A qué padre no le preocuparían. —Las manos del hombre, de edad indefinida atusaron, lo que imaginé que en otro tiempo sería, una larga barba, que ahora no tenía.

—¿Qué ha pasado con sus hijos?

—Qué puedo decir, son una panda de desagradecidos que destrozan todo aquello que he creado para ellos. Me hacen la pelota y creen que eso es suficiente para obtener mi perdón y seguir haciendo lo mismo una y otra vez. Me apena, Roberto. —Los labios del sujeto se apretaron con fuerza, mientras sus ojos mostraban una rabia ciega que se perdía en la tristeza y la aceptación.

—¿Cuántos hijos tiene, señor….?

—Merlyhondo, encantado de conocerte, Roberto. Hacía ya tiempo que tendría que haber venido a hablar contigo. —Hizo una pausa antes de continuar —. En cuanto a tu pregunta, tengo miles de hijos, millones tal vez. A mi edad uno ya pierde la cuenta.

Por mi consulta habían pasado ya cientos de pacientes desde que la abrí, cinco años atrás, pero nunca había encontrado un caso así. Me preocupaba la familiaridad con la cual me hablaba y sobre todo esa rabia que parecía haberle casi desbordado al hablar de algo, sin duda tan ridículo, como el tener “millones de hijos”. Pensé que el mejor modo de afrontar la situación era hacer mi trabajo mientras me acercara lentamente a mi escritorio con alguna excusa. Allí podría presionar la alarma que me instaló la compañía de seguridad. No me fiaba de este paciente.

—No cree que para una vida tan corta, ¿son muchos hijos los que cree tener?

—¿Vida tan corta?, se hace largo el tiempo de ver como las civilizaciones avanzan y tus hijos no aprenden nada. Se cometen constantemente aberraciones en tu nombre y hasta se violan niños y se matan, resguardándose ante el hecho de ser hombres de Dios. —Su cara volvía a mostrarse roja por la ira —. ¡Qué coño sabrán ellos sobre Dios, si ninguno me conoce!

Me tensé allí de pie, mirándolo con mayor respeto del que ya le tenía. No sabía si había escuchado bien  o no, pero “Merlyhondo” parecía creerse Dios.

—Roberto, has pasado la vida entre papeles, tu esposa te hizo mucho daño antes de desaparecer y acabar en la cama de no se cuantos ya, lo reconozco, se me van las cifras. Tu hijo te robó y se fue, como el resto de tu familia. Tus padres murieron en ese accidente y no has podido aun superarlo. Sin embargo, estás aquí, intentando ayudar a todo el que entra por esa puerta.

Mis dedos ya estaban a punto de tocar la alarma cuando sus palabras traspasaron todas mis barreras. Mi esposa… cuanto la quise, cuan ciego estuve con ella. Mi hijo, no puedo pensar en él sin que el dolor parezca reventarme por dentro. Mis padres, mis únicos amigos, ya no estaban, no estaba nadie y solo me quedaba el trabajo, este “puto” trabajo donde un pirado me había recordado todo aquello. Si era una broma era de muy mal gusto.

—Además no cobras por muchas de las visitas que haces y Roberto, ni siquiera vas a misa, pero aún así, compras algo de comer a cada mendigo que encuentras en la entrada de un supermercado. Hasta invitaste a Andrés a un café. Murió ayer, pero con una sonrisa en sus labios, rodeado por sus hijos. Hablar contigo hizo que volviera con su familia, tenía una enfermedad terminal. Murió, pero murió feliz gracias a ti, Roberto.

Las lágrimas cayeron por mis mejillas. Recordaba a Andrés. Estaba destrozado. Me recordaba a mi mismo, cuando todo mi mundo se cayó. Y le ayudé, le di ropa vieja que tenía, lo invité a un café con leche, con mucha nata, como a él le gustaba y lo llevé a mi casa, se duchó. Lo acerqué hasta la puerta de sus hijos y esperé. Le daba vergüenza mirarles a la cara después de que su esposa muriera en un accidente, por ir él bebido. Aún recuerdo y recordaré siempre sus lágrimas, y las mías por la alegría de ver aquel reencuentro.

Entre abrazos, gritos y llantos, me fui silenciosamente. Y ahora, aquí, donde nadie podía saber eso, ese paciente que decía ser Dios, me lo recordaba.

Pasé mi mano por la cara, secándomela lo mejor que pude.

—¿Quién eres?, ¿por qué estás aquí? —pregunté sabiendo ya la respuesta.

—Soy Merlyhondo, al que algunos llaman Dios, aunque soy uno de tantos que habitan ocultos en la tierra. ¿Por  qué estoy aquí?, tal vez porque necesito desahogarme. Y creo que no existe persona mejor que tú para hacerlo, Roberto Díaz Alcántara.

Y así fue como Dios pasó por mi consulta cada Miércoles de cada mes. Es un tipo, a veces obstinado, y algo tajante.

Creo vamos avanzando algo con todo ese resentimiento que no sabe como manejar. Aunque ahora soy yo, el que tiene un ataque de ira incontenida cada vez que veo a alguien hablando en su nombre sin tener, “ni puta idea de quien es, lo que ha hecho ni lo que quiere”.

 

 

2 Nuevas colaboradoras en MasticadoresEspaña

MasticadoresdeLetras aumenta sus colaboradores con dos escritoras que “nos ayudarán a ser mejores” Bienvenidas! -Felicitas Rebaque & j re crivello

María G. Vicent nació en Valencia.

Formada académicamente como Ingeniero T. Agrícola, descubrió su verdadera vocación por  la  literatura durante su infancia, aunque decidió integrarse de una forma más seria en el mundo de la creación literaria a raíz de su participación en un Curso de Relato Breve impartido por la Escuela de Escritores de Madrid.

Durante su permanencia en dicha Escuela realizó además, dos cursos de Iniciación a la Novela. Posteriormente y junto a otros alumnos participó con varios relatos en cuatro libros que se publicaron en la Escuela.

Fue Delegada de la Asociación de Escritores Noveles (AEN) en Barcelona.

“En Clave de Pasión desde Marylebone” es su primer libro publicado en solitario. Un conjunto de doce relatos que surgen a partir de su estancia durante cinco años en Londres y en los que plasma la pasión que sintió por esa ciudad. (Editorial Letra Clara)

Ha participado junto a doce autores en “Así os ponemos los cuernos las mujeres”, libro que reúne doce relatos eróticos. (Editorial Lobo Sapiens)

Hizo su primera incursión en la novela con “La Fragilidad de las Ipomeas”. Una novela intimista, que describe la evolución de una mujer en su búsqueda personal. Una autonomía, una identidad y el verdadero amor. (Publicado en Amazón)

Colaboró con uno de sus versos en una antología poética “Versos descubiertos” (Editorial Círculo Rojo)

En breve tiempo publicará su primer Poemario “Mientras la vida pasaba” (Editorial Lxl)

Mi blog: Te miro, me miras, nos miramos (https://temiromemiras.wordpress.com)

Facebook: https://www.facebook.com/mariagvicent

Mercedes G. Rojo

Mercedes Glez. Rojo,  natural de Astorga y criada bajo el influjo del Teleno, que de alguna manera ella misma reconoce le marca cierta impronta, comienza de manera muy temprana en el mundo de la literatura, pues tanto la lectura como la escritura la acompañaron desde su más tierna infancia, hasta tal punto que tiene diversas anécdotas al respecto, con algunas de las cuales ha ido salpicando parte de sus textos.

Navega por los diferentes territorios de la literatura: relato, poesía, infantil, teatro e incluso prensa, según el momento y lo que quiera comunicar en cada situación, pues escribe por necesidad vital y porque reconoce que es la forma en la que mejor sabe expresarse y que, junto a la lectura le permite estar en permanente crecimiento.

Gana su primer premio de poesía cuando, siguiendo un impulso, envía su primer poema a un concurso. Después vendrían otros de las esporádicas veces que se decide en participar, entre ellos un primer premio y dos segundos en el Concurso de Poesía “Con Voces de Mujer”, de Astorga, entre el 2004 y el 2008. En relatos, de los que está más orgullosa es de las dos ocasiones en las que llegó a finalista del Premio “Diario de León”, organizado por su revista El Filandón, y de algunos otros  de carácter internacional; y, por supuesto, el primer premio de relatos cortos de la Casa de León en la Coruña, en la edición de 2017, por el relato que conforma el segundo título de su colección de “Historias y leyendas del gato maragato”, una colección que pretende ser mucho más que álbumes ilustrados.

Al margen de los premios y menciones, que a pesar de la treintena alcanzada considera como anecdóticos, pues anecdótica es también su participación en los concursos,  sus primeras publicaciones llegan ya en 1986, participando desde entonces en alrededor de medio centenar de libros y antologías, entre las que gusta destacar especialmente la antología de cuentos populares “Érase una vez…”, editada por el Museo del Niño de Albacete y auspiciada por su Diputación provincial y en la que participa junto a destacados nombres nacionales e internacionales tanto de la literatura como de la ilustración, así como sus participaciones en el Proyecto de LIJ “Charín”, bajo la experta dirección hasta el momento de Camino Ochoa, quizá porque considera que llegar al público infantil sin defraudar al público adulto es una de las metas más difíciles de conseguir en literatura.

En el mundo teatral, en el que se formó y que ha practicado también  tanto como actriz como en calidad de directora, ha escrito y representado diversas piezas propias y otras a partir de adaptaciones de obras clásicas, casi todas ellas destinadas a público infantil.

En el mundo periodístico también comienza pronto sus colaboraciones con artículos para la prensa local astorgana (1986) así como otros relacionados con la educación y con otros aspectos sociales, en la Revista ECO del Centro de Profesores de Astorga, en la revista del Consejo Social de San Andrés del Rabanedo (que además coordinó durante el periodo que se editó) o la revista La Panera editada por la Gerencia de Servicios Sociales de León, de 2002 a 2011, con 37 números publicados, coordinados también por ella en su totalidad. Actualmente escribe semanalmente en las páginas de Cultura de La Nueva Crónica de León con una sección propia en la que realiza semblanzas sobre artistas leonesas, además de otros artículos puntuales sobre libros, eventos culturales y temas de interés social. También es habitual su colaboración en periódicos digitales como Astorga Redacción contando en su haber con más de 300 artículos de opinión y reportajes.

Entre sus publicaciones cuenta hasta el momento con cinco títulos propios a partir de los cuales ha realizado numerosas intervenciones de animación lectora con público de todas las edades y ha antologado los trabajos corales Homenaje a Concha Espina: una mujer invisible y  Josefina Aldecoa. Una leonesa entre la literatura y la educación. También cuenta con la autoría compartida de un par de guías de viajes de la colección “Las guías del Duero” editadas en su momento por El Mundo de Castilla y León.

En la actualidad, aparte de en sus proyectos literarios que son varios, está volcada en la animación y gestión cultural con la realización de talleres, en la que tiene especial relevancia la transmisión oral de la literatura, que lleva a todos los rincones de la provincia y de fuera de ella (tanto para público adulto como para público infantil y juvenil) a través de cuentacuentos, filandones, representaciones teatrales,   veladas poéticas, que complementa con otras actividades como charlas, exposiciones, encuentros literarios, talleres de creación literaria… y proyectos de diversa índole en los que colaboran numerosos escritores y artistas de distintas disciplinas artísticas

 

PUBLICACIONES (más detalles en su blog):

  • Pecado de omisión. Huerga y Fierro editores, Madrid – 2019
  • La historia secreta de Pedro Mato, capitán de los maragatos, Ediciones del Lobo Sapiens, León- 2018
  • La leyenda del gato maragato,  Ediciones del Lobo Sapiens, León- 2016
  • Días Impares, LápizCero Ediciones, Madrid-2016
  • Vamos juntos a jugar, Sistemas Editoriales, León-2008

 

De próxima aparición  (el 1 de febrero)

  1. Rojo, Mercedes; González-Quevedo, Rosa Marina y Montañés, Noemí: De lunas, mujeres y otras historias. Mariposa Ediciones, León-2020

 

ENLACES A SUS BLOGS PRINCIPALES y redes sociales:

http://entrepalerasyencinas-mercedesgrojo.blogspot.com/

http://www.elgatomaragato.com/

https://conchaespina2018-2019.blogspot.com/

https://leonconjosefina.blogspot.com/

 

Facebook: https://www.facebook.com/mercedes.gonzalezrojo

 

 

 

 

Masticadores presenta tres nuevos colaboradores para 2020

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Presentamos tres nuevos colaboradores que visitaran las columnas de Masticadoresdeletras, Rosa Liñares, Ibán Velazquez, Santiago Acuña ¡Bienvenidos!

-j re crivello editor

Rosa Liñares se presenta y lo explica en su mini relato:

“Por un momento cierro los ojos y te veo sonriente ante mí. Más vívido que nunca. Me acerco corriendo a abrazarte, pero tu imagen se aleja cada vez más.

Cierro las manos y aprieto los puños para que no se escape entre los dedos esa sensación. El tacto de tu piel bajo ellos. Tu calor.

Me tapo los oídos con fuerza y aún escucho el eco de tu voz, de tu risa, de tus silencios tan llenos.

De nuevo abro los ojos y las manos, y escucho a mí alrededor. Silencio. Frío. Humo. Eso es lo que queda de los dos”.

Rosa Liñares La llave de las palabras

Con Ibán Velázquez próximamente aparecerá un texto suyo en Masticadores pero nos dice:

Mi nombre es Ibán Velázquez, soy licenciado en física teórica, doy clases en un instituto, en España. Soy el director de la revista online digital y gratuita llamada Revista Blenderianos ( http://revistablenderianos.org/ ), sobre el mundo del 3D y un programa de software libre llamado Blender, llevamos ya tres números publicados. He escrito un bookcasine especializado sobre “Creación de páginas web para la revista USERs. Aparte de eso me ha dado por la escritura. Llevo mucho tiempo dándole vueltas a un mundo inmenso en el que voy a situar una historia de fantasía urbana y misterio llamada “EL RESURGIR DE LOS TITANES” (https://w.tt/2GwjtEH  ), primer volumen de lo que pasará a denominarse la Trilogía de los dotados. Mientras voy escribiendo esta primera obra han surgido relatos alrededor de este mundo que pueden ser interesantes de leer.

Santiago Acuña nos dice a su vez a:

Mi nombre es Santiago Acuña, me gusta mucho leer y escribir, nunca supe que muy dentro de mí existía algo así, pero en el momento en que lo descubrí, supe cómo saber escapar.

Todo esto empezó con un simple sueño, en el cual, cuando desperté entendí cuál era el camino hacia dónde ir.

Estudio una carrera que me llena y que creo que fue una buena elección, me gusta y mucho. Pero al transcurrir los años, que son muy pocos pero que aprendo día a día, comprendí que los libros no son solamente son meras hojas escritas, sino que te pueden llevar hasta lo más profundo de ti y llegar a entender hasta lo más lejano del universo.

Blog El jueves de Sofía

 

Carta para el año 2020 por Paloma Grandón

Cuando me plantearon en Masticadoresdeletras el desafío de escribir una carta al año 2020 lo primero que se me vino a la cabeza fue: “¿qué le voy a decir al año 2020?”, “¿qué es un año?, ¿lee, oye, concede deseos?”. Pasaron varios días y muchas ideas vinieron a mi mente en torno a este desafío y entonces trabajé en recrear una definición: “Un año son 12 meses, 365 días, 8.760 horas, muchos minutos y una buena millonada de segundos, es decir un año es un periodo de tiempo finito, delimitado por un inicio y un término, ambos creados por convenciones religiosas, el 1ro de enero y el 31 de diciembre, respectivamente”.

También mis ideas divagaron por el lado tradicional de sembrar esperanzas y esos rollos, me dio una lata gigante ponerme a desear cosas relativas a iniciar, corregir, cambiar algún aspecto de mi vida o de la vida de las personas o del mundo entero – que de seguro a todos nos hace falta, y menos lata pero abulia igual agradecer por lo bueno y las leccionesaprendidas y toda esa joda que en el último tiempo me ha costado muchísimo reintegrar en mi vida.

Así es que, después de esto y aquello les presento el resultado:

Viña del Mar, 28 de diciembre de 2019

Bienvenido y esperado Año 2020, no te detengas por nosotros por favor (muchos quieren detener el tiempo), porque no sabemos lo que eso significa, ni lo que podría suceder en tal caso. Nosotros podemos atrasar y adelantar nuestros relojes, llevar una vida slow o muy agetriada, llegar atrasados a todos lados, anticiparnos a los hechos o dormir un día entero o varios con el fin de hacer como que no avanzas. También podemos angustiarnos por no alcanzar a realizar todo lo que nos planteamos dentro de un periodo de tiempo, ni todo lo que nos asignan, lo que la vida nos pone por delante, pero eso no es culpa tuya, muchas veces es culpa nuestra porque no sabemos decir a qué no, no nos imaginamos los efectos de todo eso o simplemente es así no más. Durante tu paso o el nuestro por tu finita duración, podemos tener experiencias que nos hagan sufrir, alegrarnos, decidir ser mejores o peores personas, podemos ponernos metas como: bajar de peso, comprarnos un auto, ser mejores padres, hermanos, abuelos, hijos, dedicarle más tiempo a nuestra pareja, a nuestras mascotas, cuidar nuestro planeta, ecopensar, ser parte de y no ser el problema de, ser menos enojones, lo que sea, pero creo que todo eso te vale madres porque te imagino como un testimonio en una carrera de relevo, un palito de muchos que conforman el tiempo, pero sin conciencia. Una pequeña parte de un infinito espiral de pasado presente y futuro que dudo que percivas, al menos en la manera que nosotros comprendemos la existencia, los efectos que generas en nosotros, los seres humanos.

Reflexionando, creo que la tarea es nuestra, tenemos que tomar conciencia en positivo del tiempo.

Para bien o para mal, la vida siempre avanza, el tiempo no da tregua y cada experiencia se sucita por una causa que a su vez también fue el efecto de otra causa y así, sucesivamente fue hacia atrás y será hacia adelante y si nos ponemos a imaginar en todas las posibles interacciones, esto crea una trama potencial de posibilidades que podría ser infinita. Pues bien, esa misma causalidad se vivirá en tu paso, año 2020, y gracias a todas estas convenciones que hemos creado podremos tener muchas referencias para describir lo que hicimos en lo que llamaremos pasado y lo que haremos en lo que llamaremos futuro.

Seguramente, y ojalá así sea, en los presentes gloriosos de reflexión, —antes que se transformen en pasado, seremos concientes y sacaremos provecho de las experiencias vividas y ojalá certeros en proyectar los futuros acontecimientos en base a la intuición, la buena fortuna de tener una estupenda red neuronal o el simple azar.

Querido año 2020, para despedirme, no me queda más que desearte suerte en el reultado del resumen que se proyecte en los medios de comunicación a fines de diciembre del 2020 y desear conciencia planetaria y espiritual a todos quienes seremos responsables de construir tu fama.

 

Con cariño,

Feliz 2019Paloma

 

Columna publicada en https://palomagrandon.com/2019/12/28/carta-para-el-ano-2020-por-paloma-grandon/

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